jueves, 7 de diciembre de 2017

Ricardo Molina en su centenario



Ricardo Molina


La poesía andaluza y la española celebran este año los cien del nacimiento de uno de los más importantes poetas de Córdoba, Ricardo Molina, un autor de obra sólida e importante que quedó trunca con la temprana muerte de su autor en 1968.
Molina nació el 28 de diciembre de 1916 (él decía que en 1917) en Puente Genil (Córdoba), pero desde los ocho años vivió prácticamente siempre en la capital cordobesa (salvo unos estudios de Filosofía y Letras en Sevilla, interrumpidos por la Guerra Civil), donde fue profesor a destajo en academias y solo dos años antes de morir obtuvo la plaza de agregado de instituto. En Córdoba fundó la revista Cántico, que aglutinaría a un grupo relativamente homogéneo de poetas unidos no solo por la literatura sino también por la amistad y el compartir intereses e inclinaciones comunes. Fue el año 1947, el mismo año en que Molina se alzaba con el prestigioso, y en aquella época casi único en el panorama poético, Premio Adonáis. El libro ganador era Elegías de Sandua (1948), segundo de los suyos tras El río de los ángeles. Luego vendrían Corimbo (1949), Elegía de Medina Azahara (1959), La casa y La Luz de cada día (ambos de 1967) más Regalo de amante y Cancionero, publicados conjunta y póstumamente en 1973.
No solo en la poesía destacó Ricardo Molina: los estudios sobre el flamenco se beneficiaron también de su sensibilidad e inteligencia, más su amistad y colaboración con Antonio Mairena, con varias obras comenzadas a publicar en 1963 (Mundo y formas del cante flamenco). Fue autor igualmente del ensayo Función social de la poesía (1971) y tradujo a poetas franceses e italianos: Claudel, Aragon, Gide, Peguy, Montale, Ungaretti… de los que ofreció muestras en la revista.
Molina cultivó el versículo y, en las elegías el alejandrino, como en los tan hermosos y tan nimbados de romanticismo de la “Elegía VII” de las de Sandua:

Y al volver la cabeza para ver por vez última
tu torreón lejano bañado por la luna
me parece que mi alma es ese triste arcángel
que gira en la veleta al impulso del viento,
y mi vida una casa que ya no habita nadie
que invaden las malezas y las brumas de otoño,
una casa en ruinas perdida entre los montes,
olvidad en un valle salvaje y melancólico…

Pero también en los endecasílabos y heptasílabos destaca su lograda musicalidad, fomentada a menudo sin duda por la asonancia, en la que fue un maestro. Fue consciente de que su poesía podía provocar rechazo, dada su temática, el amor homosexual. Así, en la “Elegía XIII” de Sandua anticipa para cuando esté ya muerto:

Y otros dirán tal vez: “Amaba sólo el cuerpo.
Era un materialista.
Sus Elegías son poco recomendables.
Muchas podrían tacharse incluso de inmorales.”

Sin embargo, suele velar el sexo del objeto de su deseo con un genérico “amor mío”, y en algunos poemas incluso emplea un “amada” o “amiga”.
Ricardo Molina sintió muy joven la mordedura de la literatura, y cuando tenía solo 16 años –recuerda Pablo García Baena– escribió a André Gide y este le respondió. Los juveniles poetas del momento, más algún pintor, se reunían en tertulia de taberna o acudían a escuchar música a casa de Carlos López Rozas, profesor del Conservatorio de Córdoba. No era una ciudad, como sucedía en el conjunto de España, que sobresaliera en vida cultural. Como ha rememorado García Baena, “el ambiente de Córdoba, en aquel tiempo, era bastante pobre. Estaban los actos provinciales, el provincianismo acartonado de las academias… esto era lo único que había.” Luego estaban los jóvenes, continúa, entre los que se contaban ellos.
Eran aquellos muchachos, que luego pasaron a ser artífices de Cántico, Julio Aumente, Juan Bernier, Pablo García Baena, Ginés Liébana, Mario López, Ricardo Molina y Miguel del Moral. No hay necesidad de especular por el motivo del nombre elegido, Cántico. Es el mismo Molina quien lo aclara en carta a Guillén: por el espiritual del inefable san Juan de la Cruz y por el de su corresponsal, que vio la primera edición en 1928. Ya en alguna ocasión he observado las reticencias que seguramente tendría que vencer Cernuda ante una revista que ostentaba el título de ese autor de décimas cuyo parecido con las suyas, expuesto por la crítica, habría de mortificarlo al aparecer el libro con que debutaba: Perfil del Aire (1927). Guillén había adelantado parte de su obra en revistas y fue Cernuda quien pareció epígono, imitador del vallisoletano. Es innegable entre aquellos mozos cordobeses el papel protagonista del poeta de cuyo nacimiento se cumplen ahora cien años. Según Bernier, “Ricardo Molina era la clave, la continuidad y el alma de un grupo que quería sobre todo romper con la apatía, con el senequismo nirvánico de Córdoba.”
Olga Rendón Infante ha recopilado el epistolario de Molina con Luis Cernuda, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre (Los poetas del 27 y el grupo Cántico de Córdoba, dos volúmenes, editorial Alegoría, 2015). Aquí, con un trabajo concienzudo, se aporta muchísimo material inédito, por el que nos enteramos de que Molina, alma de la revista y constante urdidor de contenidos y tejedor de complicidades, ya planeaba en la primavera de 1948 un número de homenaje pero no a Cernuda, como en efecto sucedió en 1955, sino a Federico García Lorca. Sin embargo, no se llegó a publicar ese número dedicado al granadino y el doble consagrado al sevillano tendrá que esperar a la segunda época de la revista. Será este homenaje a Cernuda, mullido por Molina, un momento muy importante en la recepción crítica y la difusión del autor de La Realidad y el Deseo, reconocimiento pionero y seguido, en 1962, por el homenaje que también le tributa la publicación valenciana La Caña Gris. Al recibir aquel número doble de Cántico, Cernuda se mostró muy halagado (más allá de algunos errores que señaló en el texto de Adriano del Valle) y destacó, entre los trabajos críticos, los de Vicente Núñez y el propio Molina.
Hombre religioso, católico pero también pagano en la concordia con lo sensual, Molina sufrió en su alma la pugnacidad de los contrarios. Como en tantos, esa lucha, si dura para el hombre, se resolvió en creatividad para el artista. Por sus versos desfilan las calles y plazas de Córdoba, con sus iglesias, pero también las riberas del Guadalquivir, unos pinares donde robar un beso, y la evocación de la sierra, que se convierte, por escondida y alta, apartada de las miradas indiscretas, el escenario ideal del amor: “Árboles de la sierra que nos visteis pasar,
/ vosotros que aspiráis por todo vuestro cuerpo
/ el azul perfumado, la púrpura del día.” O en la Elegía VI:

Te amé a los quince años. Tú tenias mi edad.

Te amé en la sierra verde bajo un sol de domingo,

cuando al volver de misa paseaba tu familia

por la larga avenida de viejos eucaliptos.

El cuerpo es fundamental en esta poesía homosexual pero pudorosa (recuerdo ahora los “Poemas para un cuerpo de Cernuda”). Un cuerpo que en “Respuesta” no es solo él, sino muy estremecedoramente, también el alma. Al dirigirse a un “cuerpo de tierra tan bello”, asegura que no se pueden esquivar:

los ojos y los labios,

el cuello, las mejillas y los brazos y el pecho

y los pies y las piernas, la cintura y los hombros

y el alma que es en ellos

una segunda piel más sutil y brillante,

el alma que es como un perfume límpido

que delicadamente nos baña todo el cuerpo.

La Elegía XI, por su parte, es casi la traslación del espíritu romántico y neohelénico de Keats (poeta sobre el que, por cierto, José Luis Cano estableció una relación con Cernuda, en las páginas de Cántico). Se trata de una composición bellísima si levemente estereotipada, como otros poemas en la misma línea de Juan Gil-Albert, gran cultivador como aquí Molina, del endecasílabo blanco. Siendo muy delicadas y hermosas la primera y segunda estrofa, en esta, la central, es donde mejor se aprecia ese paganismo de raíz griega tan de Molina:


Pues la verbena en flor, la verde prímula

y las viñas silvestres cuyos pámpanos

sombrean la roja frente de los sátiros,

y el soto umbrío que un arroyo baña

y que al pasar el viento vibra todo

como lira de hojas plateadas,

y las colgantes dríadas que enroscan

sus guirnaldas de azules campanillas

en el tronco del álamo sonante,

y la zarza espinosa donde tiembla 

–sombra y rocío– un dios enamorado,

no tienen para mi alma la dulzura

de la dorada gracia de tu cuerpo.

Pero no es solo la herencia clásica la que impregna la obra y el alentar de Molina. También, y como no podía ser de otra manera en Córdoba, capital que fue del Califato, hay algo de arco de herradura, de lunas orientales blanqueando la mezquita, de aljamiada escritura en este poeta que confiesa en
“Poeta árabe”:



Los hombres que cantaban

el jazmín y la luna

me legaran su pena,

su amor, su ardor, su fuego.



La pasión que consume

los labios como un astro,

la esclavitud a la

hermosura más frágil.



Y esa melancolía

de codiciar eterno

el goce cuya esencia

es durar un instante.


La poesía de Molina, como la de otros amigos del grupo, se sumió en el silencio, en parte deliberado, por la muerte temprana en su caso, y porque los vientos de la creación y la crítica soplaban en dirección bien contraria, como demuestra su exclusión flagrante de la antología de José María Castellet Veinte años de poesía española, un bodrio en la que el rojo juez de un tribunal popular literario expulsaba de su paraíso real-socialista también a un raro colosal como Juan Eduardo Cirlot. Con todo, hubo un nexo con la generación de los novísimos que hay que personalizar en Guillermo Carnero, quien en 1976 publicó un libro fundamental: El grupo Cántico de Córdoba. Un episodio clave de la poesía española de postguerra.

A Ricardo Molina hace tiempo que se le honra en su tierra. La Diputación convoca desde hace muchos años un premio de poesía que lleva su nombre, publica Hiperión y en su última convocatoria ha ganado no un mero concursante habitual de los premios sino un poeta y magnífico, Josep María Rodríguez (Molina también concursó a menudo, tratado de procurarse unas pesetas dada su precariedad laboral). Su poesía completa ha sido recogida en dos ediciones. La segunda, muy completa, incorpora un elevado número de poemas inéditos y dispersos. La publicó José María de la Torre en Visor en 2007. Este año la Feria del Libro de Córdoba ha estado estará dedicada a él, se ha celebrado un congreso sobre su figura y obra en su natal Puente Genil y habrá sin duda muchas más actividades relacionadas con el poeta. La Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía lo ha nombrado, muy merecidamente, autor del año a título póstumo.

(Un artículo que he publicado en Revue scientifique d'études linguistiques et littéraires, Argel)

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