viernes, 8 de septiembre de 2017

De fantasma a fantasma


Carlos Edmundo de Ory


El Ateneo Jaqués ha dedicado recientemente su revista al Postismo, en un número monográfico que ha resultado ser muy completo. Me pidieron un artículo. Es este:

DE FANTASMA A FANTASMA

Juan Eduardo Cirlot y Carlos Edmundo de Ory




La historia de las relaciones de Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) con el Postismo es también la del poeta barcelonés con otros grupos y movimientos. Ilustra muy bien su radical soledad aunque también su necesidad de amistad, reconocimiento, compañía, aunque únicamente fuera para anclarse a una realidad de la que como un globo aerostático su compleja alma se alejaba de continuo para surcar, acaso sin regreso, no se sabe bien qué cielos, qué tormentas estratosféricas o abisales, tanto da. Su contacto con el grupo compuesto por Carlos Edmundo de Ory, Chicharro hijo y Silvano Sernesi tiene, así pues, su correlato con su acercamiento a Dau al Set, al grupo surrealista parisino, a la Academia del Faro de San Cristóbal… En todos esos colectivos, el singular Cirlot es como agua entre el aceite. Siempre es periférico. Está pero no está, como asumiendo la máxima hamletiana, modificada, que al final de su carrera poética se convirtió en “ser y no ser”.
            A los postistas se acercó un Cirlot joven en sus primeros vagidos literarios queriendo impresionar –tenía motivos para hacerlo–, pero él, que aunque tenía un gran sentido del humor era un ser trágico, chocó con las chanzas y un punto de menosprecio del grupo madrileño, que prefirió de él las cartas enfebrecidas a los poemas, y publicó comentarios con su firma, mas no sus versos. A aquel “Amigos: leo vuestra revista, yo, un habitante de la sombra temporal” le sucedieron comentarios que lo mismo aportaban un lema que recriminaban y condescendían: “Es bello y surrealista escupir al padre, por eso os perdono que no queráis confesaros sola y simplemente: surrealistas.”
Cirlot no se integró en el grupo, pero si se me permite la boutade fue un sol que orbitó sobre aquella luna trastocando las leyes de la astrofísica, un satélite que más aún que satélite fue planeta, y estrella solitaria cuya rareza no consintió tener sistema solar. A Chicharro le escribió más adelante para pedirle documentación de cara a la redacción de la entrada dedicada al Postismo de su Diccionario de los Ismos. Con aquella petición, declaraba: “Amo la geología del postismo y si no me siento sumido en sus ammonites aestéticas no es por falta de adhesión, o mejor, de intrusión, sino porque ciertas razones geográficas […] me obligan  a mí a comerme mis venas en soledad y en retiro hecho de trabajo y de obscuridad; sin resonancias ni compañerismo alguno.”
De las cartas del año 1945, recién regresado el futuro autor de Bronwyn a Barcelona tras el cumplimiento del segundo servicio militar, ahora en Zaragoza, lo más interesante y valioso que quedó fue su relación epistolar con Carlos Edmundo de Ory. Esta se desarrolló muy intensamente en una primera etapa que abarca desde el citado año a 1952, y una más breve y de menor afinidad a principios de los años setenta, cuando Cirlot ya había alcanzado su cenit creativo y se despeñaba, en lo humano, por la enfermedad: un cáncer de páncreas que se lo llevó a los 57 años.
            El epistolario se conserva perfectamente ordenado en la fundación gaditana que lleva el apellido de Ory (este, pese a su aspecto y formas de cierto alocamiento despreocupado, juguetón, hizo siempre gala de una gran meticulosidad incluso en épocas en las que aún no era bibliotecario, como si pusiera en práctica aquel dicho de Nietzsche de que “la madurez del hombre es haber a vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba de niño). Allí, en esas cajas, hay también recortes, números de revistas, manuscritos, borradores, postales, cuadernos dedicados, fotografías, tarjetas, libros en ejemplar único de aquellos de los que confeccionaba Cirlot como si estuviera en un scriptorium medieval de la Irlanda de la que procedía una rama de sus antepasados, los Butler… Gracias al celo de Ory (Carlos, como lo llaman los más cercanos), se han podido salvar materiales que de otra manera no habrían llegado hasta nosotros. Entre ellos, el Libro de Cartago y la Suite atonal (Cirlot destruyó todas sus partituras cuando vio que no pasaría de epígono como compositor). También, un largo poema que alcanza casi la docena de cuartillas, “Diálogo infinito”, que era desconocido hasta que lo hallé cuando preparaba la biografía de Cirlot entre aquella correspondencia y que, puesto luego a disposición de su hija Victoria, ha sido incluido en la reciente antología de la poesía cirlotiana preparada por Elena Medel El peor de los dragones.
            Cirlot hizo con sus papeles personales borrón y cuenta nueva en varias ocasiones, pero Ory fue acopiando desde el principio documento tras documento, de manera que tenemos las muchas cartas cruzadas entre los dos, que hasta la fecha solo se han publicado parcialmente. En ellas hay confidencias, peticiones de favores, tanteos poéticos, la forja de lo que llamarían sus protagonistas una “amistad celeste”. Llegaron a escribirse con tanta frecuencia, y tanta familiaridad adquirieron, que en cierto momento de silencio el barcelonés insta al gaditano, al que otras veces llama su hermano o “querido hijo” (Cirlot era siete años mayor): “¡Perro! ¿Por qué no me escribes?”
            Ory le dedicó en 1946 su “Ante un retrato tristísimo de J.E.C.” (luego, en 1963, “Inspirado en un retrato de JEC”). Acierta originalmente de pleno en el adjetivo, incluso en el superlativo que lo acrece, pues la tristeza fue elemento consustancial de Cirlot, tanto que en el genial retrato otro, el autorretrato que tituló “Momento”, en 1971, el autor de Susan Lenox escribió que casi siempre estaba triste, y aclaraba: “Mi tristeza proviene de que me acuerdo demasiado de Roma y de mis campañas con Lúculo, Pompeyo o Sila, / y de que recuerdo también el brillo dorado de mis mallas doradas en los tiempos románicos, / y proviene de que nunca pude encontrar a Bronwyn cuando, entonces, en el siglo XI, / regresé de la capital de Brabante y fui a Frisia en su busca. / Pero pensándolo bien, mi tristeza es anterior a todo esto, pues cuando fui en Egipto un vendedor de caballos, / ya era un hombre conocido por “el triste”.” Además, de puño y letra de Cirlot, el Libro de Cartago lleva como subtítulo entre paréntesis: “diario de una tristeza irrazonable”.
            Luego, Ory le dedicaría algunas páginas más en las que evocaba la relación que los unió y cómo esta, a la postre, se enfrió. Solo se vieron dos veces: una en Madrid, la otra en Barcelona. Su amistad fue la de dos de los más grandes poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX, que en el caso de Cirlot fue una contingencia un tanto espectral, pues su mundo verdadero era el de la civilización sumeria, el de los cartagineses derrotados por Roma, el de la épica germánica, el de las pervivencias célticas en el cristianismo, el de la herejía al bigense.
            Lo que había de bromas en aquella primera etapa (como escribir Cirlot “Genio Nacional” tras el nombre del destinatario en un sobre dirigido a Ory a su pensión madrileña, entre otras expansiones festivas, asimismo en los remites, que alegrarían la mañana la cartero que hiciera el reparto) se convertirá en un tono lúgubre cuando en 1970 Cirlot ponga al corriente a su amigo de lo que ha publicado desde “entonces”. Y un buen número de líneas más abajo: “¡Cuánto hablo! ¿A quién? De fantasma a fantasma.” Ory mostró interés en publicar las viejas cartas. Cirlot lo desaprobó, más distante y desengañado, más nihilista. Dos cartas después, también en octubre de 1970: “En lo que se refiere a nuestra amistad, advierte (cosa extraña) que está hecha de adivinación más que de nada, pues apenas nos conocemos en realidad.” Les separan varias cosas, como la inclinación al budismo que siente Ory y el desprecio por esa corriente espiritual que tiene Cirlot, que como hombre occidental se siente muy lejos de la aniquilación del deseo.
            Ory se preocupó por la magia, por las posibilidades del lenguaje, entre las que intervienen las aliteraciones, tan cirlotianas. Pero uno fue alegre, infantil, lleno de asombro por todo; y el otro triste, muy viejo de reencarnaciones en las que en realidad (doble maldición) no creía, y horrorizado por nada y por lo nunca. El centenario de Cirlot ha pasado con menos ruido del que merece; ojalá el de Ory, dentro de pocos años, sirva para un mejor conocimiento del gran raro luminoso –como Cirlot fue el gran raro oscuro– de nuestra poesía reciente.
           




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