domingo, 14 de mayo de 2017

Puerta abierta al flamenco




Lutgardo García Díaz ha esquivado en La llave misteriosa los peligros que acechan al tratamiento poético del tema del flamenco: ha conseguido escribir un libro con el que puede disfrutar un lector ajeno a ese mundo gracias a la calidad de sus versos (y a la privilegiada cabeza que los gobierna), los cuales en ningún momento caen en la tentación de convertirse en remedos de letras flamencas y que aun siendo hondos, hondísimos, están escritos desde el lado de la alta poesía lírica, no de lo jondo. Lo recomiendo sin reservas a todos los lectores sin prejuicios o que, mejor aún, quieran cuestionar estos.
     Cantaores y guitarristas llenan estas páginas en las que, en un recorrido cronológico por esta música que es a su vez canto, o cante, hay miserias, fríos, hambres, pero también oro, asombro y prodigios. Yo creo que a grandes poetas que fueron muy aficionados al flamenco, como Félix Grande o Alberto García Ulecia, les habría encantado leer La llave misteriosa. Uno, que no lo es (ni gran poeta ni aficionado), también es capaz de sentir el diapasón emocional de estos poemas en versos que sienten la misma admiración que Borges demostró por milongas y tangos en un pasado que se tornasolea como mítico y que me recuerda al excelente poema inicial, "La queja", donde se lee, por ejemplo: "Eso ocurrió después de que el gran Franconetti / entrara en el prostíbulo cantando las cabales, / con su tripa cetácea y su sombrero gaucho."
     Además de los flamencos, hay un protagonista trágico que en "19 de agosto" recibe una magnífica elegía, elegante elusiva: Fedrico García Lorca. Otros poetas amantes y decidores del flamenco se asoman también en citas y menciones, como Pablo García Baena, Aquilino Duque y Ricardo Molina. De la detención del tiempo en el cante, como en la buena poesía, da muy buena cuenta el poema "Taranto":

Y ahora la voz bajando por las grutas
a las entrañas mismas de la tierra.
Sorbiendo mminerales, tiñéndose las manos
con el carbón impuro que en las vetas aguarda
mientras pasan los siglos sin pasar.

Lutgardo García Díaz ha dejado aquí un libro singular, a contracorriente, hermoso. Y uno le da las gracias aunque no tenga el oído educado para el flamenco (aunque sí, que de aquí es de lo que se trata, para la poesía).


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