lunes, 1 de mayo de 2017

Antónimos del mar






Así llama a las islas el mallorquín Josep Lluís Aguiló en su nuevo libro Banderes dins la mar, que en traducción -espléndida- de Francisco Díaz de Castro pasa a ser Banderas en el mar. El poemario aparece simultáneamente en ambas lenguas en una elegante edición bilingüe de Visor, y todo él tiene una atmósfera insular que no se agota en ello, sino que dialoga con otras realidades antagónicas como, efectivamente, el mar, pero también mediante los pares contrastivos aborígenes/turistas, isleños/continentales, ínsulas/metrópoli, y hasta en unos cuantos poemas amorosos. Aguiló declara en una nota final que estas islas pueden ser no solo Mallorca, sino Cerdeña, Sicilia, Malta... También Ítaca, que más que una superficie de tierra es una ola recurrente que siempre viene de los hexámetros de Homero.
Ha hecho bien el poeta en no circunscribir a sus propias riberas la materia de los versos pero aportando a estos el profundo conocimiento de su propia realidad.
     "El Árbol del Sol" es una hermosa composición alegórica en la que se avista y persigue una suerte de talismán u obsesión, como Moby Dick para Ahab. Un día, el protagonista del poema estuvo a punto de salir a buscarlo, però no vaig gosar fer-ho. / A la meva edat ja no em ve de nou / quan m'infecta el material des somnis. En los endecasílabos de Díaz de Castro, "pero no me atreví, porque a mi edad / no me impresiono ya cuando me infecta / la materia secreta de los sueños." Por su parte, "Biografía" es un excelente poema sobre el cataclismo del amor (recuerdo ahora el "amor, amor, catástrofe" de Pedro Salinas): qué bien se presentan los sucesos extraordinarios, los signos, lo grandioso, frente a lo desarbolado que queda el que ama. Pero mejor lean el poema, y Banderas en el mar todo.

No hay comentarios: