lunes, 16 de octubre de 2017

Leña


Sigo podando un futuro libro de poemas. Si alguien la necesita para el futuro invierno, que no parece que vaya a llegar nunca, vendo leña a buen precio.

domingo, 15 de octubre de 2017

Mundo y palabra






Lo dice muy bien Antonio Colinas en esta antología de Alejandro López Andrada que ha seleccionado y prologado para la editorial Hiperión: "Estamos, pues, ante un poeta que, por una parte, tiene un mundo y unas raíces en las que sustentar su canto, y por otro con un poeta que sabe iluminar su palabra". Efectivamente, El horizonte hundido manifiesta un ámbito propio que queda realzado, recuperado, reescrito mediante una magnífica capacidad lírica, con un lenguaje primoroso y con una de las dicciones más melodiosas de las que se pueden encontrar hoy en España.
     Se recogen aquí composiciones de El valle de los tristes (1985), Novilunio en Allozo (1988), Códice de la melancolía ((1989), La floresta de amianto (1992), Álbum de apátrida (1994), El rumor de los chopos (1996), El cazador de luciérnagas (1996), El humo de las viñas (1998), Los pájaros del frío (2000), Los árboles dormidos (2002), El vuelo de la bruma (2005), La tierra en sombra (2008), Las voces derrotadas (2011), La esquina del mundo (2012), La tumba del arco iris (2013) o Los ángulos del cielo (2014). Como se ve, una obra constante y ya dilatada. Además se ofrecen diecisiete poemas inéditos. Salvo estos, todos los textos se presentan sin solución de continuidad (solo con la apostilla menuda de su prodecencia), como afirmando la evolución concordada, sin saltos, de una poesía que crece sobre sí misma, en circunferencia cada vez más honda, sin alejarse de su centro.
     Poeta rural de la provincia de Córdoba, López Andrada me recuerda a otros poetas campesinos en los que la tierra y la naturaleza del campo son las protagonistas. Me hace pensar en cierto Miguel Hernández, entre huertas levantinas, y en el inglés John Clare y su entorno, que es a la vez su núcleo, agrícola. También en el Robert Frost granjero al norte de Boston. Es una delicia leer este léxico de López Andrada, con sus emociones y su ritmo:

Vienen los labradores del olvido:
la voz de surco,
el alma que envejece
(en las cañadas grises, 
bajo el vuelo 
del avefría, muere la simiente).

Sabe a la perfección el poeta construir el correlato entre el paisaje y su alma, como en "Indolencia", de tan hermoso arranque que tiene también prendido en el pico, como si de un ruiseñor se tratara, un dejo de Keats, de dos de sus mejores odas (si es que tal cosa hay en la uniforme belleza, si caídas, de las mismas): 

Hora pálida: en mi derredor
hay pájaros de mimbre, lluvia, lirios
ya deshojados, libélulas,
y el fin
del otoño fermenta ya en mi pecho.

Ya me referí arriba a la destreza de López Andrada con la música de los versos, polimétrica y elástica. Se ve en las líneas anteriores. Valga para demostrarlo igualmente el final de "DNI", donde los versos se contraen para tomar impulso:

Abro la mano
y brota de ella el tiempo,
el vértigo inocente de la luz,
la voz de un hombre muerto que se aleja
y se hace luna roja
en la colina,
adobe en las paredes del ayer.

Pero también es un maestro de la imagen, como cuando en "Nadie" brinda esta:

o el río
que, amaneciendo, pasa frente a mí
como un sereno y líquido pastor guiando la inocencia de dos nubes.

Hay muchos poemas que son absolutos logros, como "La tumba del arco iris" o "De otras primaveras", que acaba también con una imagen acuática que remonta el curso del tiempo:

Digo a mis hijas, también,
que fui en las ovas
del breve arroyo una trucha mansa,
y ellas quieren cogerme,
y mi niñez
se escurre azul, entre sus dedos de agua.

Ya anuncia el poeta la aparición próxima de un nuevo libro, Los cielos del Báltico. Será cosa de no perdérselo.




sábado, 14 de octubre de 2017

"Poema" de Rafael Argullol



Este martes tendré el gusto de acompañar a Rafael Argullol en la presentación de su libro Poema. Adelanto ya que es un libro pleno de interés que dará, espero, para una jugosa conversación.




viernes, 13 de octubre de 2017

Ellas, aforistas






Sucede con el título de este libro lo que ya experimentamos con una reciente "antología de poetas", en la que no se aclaraba que se trataba en realidad de una selección compuesta solo de mujeres. Lo permiten las ambiguas voces "aforistas" y "poetas", y uno -este lector- lo disculpa como una tomadura de pelo venial, pues entiende que debería venir especificado el criterio de forma más clara. Pero pelillos a la mar, que no tiene importancia comparado con lo que de verdad es sustantivo: la calidad de lo que se ofrece. Y en esto, Bajo el signo de Atenea. Diez aforistas de hoy, publicado en la colección A la Mínima de Renacimiento (2017), es un libro que no defrauda. Es responsable de la edición Manuel Neila.
     Las incluidas son, en un arco de tiempo que abraza treinta y conco años, Carmen Canet (Almería, 1955), Isabel Bono (Málaga, 1960), Ana Pérez Camañares (Santa Cruz de Tenerife, 1968), Gemma Pellicer (1972), Carmen Camacho (Alcaudete, Jaén, 1976), Erika Martínez (Jaén, 1979), Victoria León (Sevilla, 1981), Eliana Dukelsky (Buenos Aires, 1982), Azahara Alonso (1988) y Raquel Vázquez (Lugo, 1990). Como escribe Neila en el prólogo: "Todas las autoras seleccionadas, excepto dos, tienen en común haber publicado un libro de aforismos al menos entre los años 2000 y 2016. " Y aunque añade, con razón, que Victoria León y Raquel Vázquez conservan los suyos inéditos, hoy se puede precisar que la primera acaba de publicar su primera colección en una editorial que presta gran atención, también, al género: Insomnios en La Isla de Siltolá.
     Hay de todo en Bajo el signo de Atenea: sentencias, chispazos, juegos de palabras, astillas, rasguños líricos, reflexiones. No es posible establecer una tendencia o entrever características que las diferencien en esto de sus colegas varones; si acaso, que proporcionalmente son ellas mucho menos que ellos, y es bueno que con esta obra se intente subsanar en algo el desequilibrio. Cada una de ellas escribe sus ideas sobre lo que sea el aforismo, incluso a través de uno. Transcribo aquí algunos de los que más me han llamado la atención, invitando a la lectura completa del libro:

El amor comienza y termina un poco antes de que nos demos cuenta.

CARMEN CANET


Me aterran las fiestas de disfraces. En especial las bodas.

ISABEL BONO


El pájaro sobrevive a lo más frío del invierno porque le calienta la intuición de la primavera.

ANA PÁREZ CAÑAMARES


Los pensamientos breves son proyectiles de largo alcance.

GEMMA PELLICER


Soy la piedra en la que tropiezo.

CARMEN CAMACHO


El victimismo es una forma de sumisión.

ERIKA MARTÍNEZ


Hasta el mayor desalmado puede sentir rabia, miedo, angustia o frustración. Tristeza, en cambio, no. La tristeza no está al alcance de cualquiera.

VICTORIA LEÓN


Me dejaste sola, contigo dentro.

ELIANA DUKELSKY


Un aforismo sujeta los pensamientos con chinchetas de tinta.

AZAHARA ALONSO


Intentar no morir demasiadas veces antes de la última. Intentar que sólo haya una noche cada día.

RAQUEL VÁZQUEZ

jueves, 12 de octubre de 2017

Dos mexicanos y la Hispanidad





Y otra vez doce de octubre, Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad. Este año viene marcado por los hechos que están en mente de todos. También, por la tendencia a reprobar siglos después a figuras del pasado, como ha venido sucediendo estas semanas pasadas con Cristóbal Colón, atacado en esta ocasión no por descendientes de los indios sino por quienes han llegado allí porque él descubrió América, o se la encontró en el camino errado a las Indias. Me apetece traer hoy aquí dos citas de grandes escritores mexicanos, que por ser precisamente del Nuevo Mundo y no españoles tienen alguna autoridad en lo que dicen. Ambos por otra parte tienen sangre española y constituyen dos perfectos ejemplos de lo que fue la mezcla y la simbiosis. El primero es un párrafo leído en Vislumbres de la India (1995), de Octavio Paz, que leí hace un par de meses antes de viajar a aquel subcontinente y a Nepal. Escribe el Nobel: "La literatura sobre la dominación de españoles y portugueses abunda en rasgos sombríos y en juicios severos; sin negar la verdad de muchas de esas descripciones y condenas, hay que decir que se trata de una versión unilateral. Muchas de esas denuncias fueron inspiradas por la envidia y las rivalidades imperialistas de franceses, ingleses y holandeses. No todo fue horror: sobre las ruinas del mundo precolombino los españoles y portugueses levantaron una construcción histórica grandiosa que, en sus grandos trazos, todavía sigue en pie. Unieron a muchos pueblos que hablaban lenguas diferentes, adoraban a dioses distintos, guerreaban entre ellos o se desconocían. Los unieron a través de leyes e instituciones jurídicas y políticas pero, sobre todo, por la lengua, la cultura y la religión. Si las pérdidas fueron enormes, las ganancias han sido inmensas."
     La otra cita es de Jorge Ibargüengotia y pertenece a un artículo titulado "Si no fuéramos quienes somos" publicado en el periódico Excélsior en 1969. Está recogido en Instrucciones para vivir en México, compilación de artículos de 1990. Escribe el autor de Las muertas, con más ironía que su compatriota: "Aquí en México hay quien dice que los españoles vinieron con los brazos abiertos, se mezclaron con el pueblo, rieron y cantaron con él, produjeron gran mestizaje, le dieron al pueblo conquistado un idioma, una religión y leyes justas y, por último, España se desangró con tanto talento que se vino a las colonias. Por otra parte hay quienes dicen que los españoles destruyeron nuestra cultura, nos explotaron durante trescientos años y se fueron cuando no les quedó más remedio. Ahora bien, los proponentes de estas dos teorías contradictorias están, por lo general, de acuerdo en que si ser colonia española fue malo, haberlo sido inglesa hubiera sido peor, porque los ingleses tenían por sistemas acabar con los indios y después importar negros para hacer los trabajos pesados."
     Se mire donde se mire hacia atrás, hay sangre e injusticia. Como hoy, por otra parte. Los españoles de la Conquista de América no fueron ángeles ni demonios, sino hombres, que hablaban nuestro idioma, y de efectos menos perversos para los nativos que los ingleses. Uno está con Paz, a pesar de tantas cosas: "Si las pérdidas fueron enormes, las ganancias han sido inmensas." Cuando se pisan las excavaciones de la antigua Tenochtitlan y su Templo Mayor, con las hileras de calaveras que puntean tantos sacrificios humanos, uno se da cuenta de que Mesoamérica no fue ningún jardín; en todo caso, aquellos restos fascinan no menos que horrorizan. Y uno se alegra de poder hablar, al salir del recinto, su propio idioma con los descendientes de los indios y de los españoles, ya fundidos como en una palabra se unen vocales y consonantes.


martes, 10 de octubre de 2017

Ant


"Ant" es hormiga en inglés, y también el comienzo de mi nombre. Qué ganas de pisarla cada vez que voy a firmar un correo electrónico en el móvil y el texto predictivo me saca el dibujito de una. No se ha enterado de que yo, en todo caso, soy cigarra.

lunes, 9 de octubre de 2017

Todo abocaba a este libro



Conversé con Pilar Vera sobre mi diccionario sentimental de la cultura irlandesa: En busca de la Isla Esmeralda. El resultado se pudo leer en varios periódicos el pasado domingo. Dejo aquí el enlace.

domingo, 8 de octubre de 2017

En Castropol





Luis Cernuda, con Castropol al fondo, en 1935.

Ya de regreso de Castropol (Asturias) , dejo aquí el prólogo que he escrito para la edición especial que el Ayuntamiento de Castropol y el Foro Comunicación y Escuela han publicado del relato de Luis Cernuda "En las costa de Santiniebla". Han sido días intensos, fruto del esfuerzo de Luis Felipe Fernández y de todos los que han hecho posible que se recuerde al poeta sevillano en aquella tierra. ¿Le hubiera gustado al autor del poema "Birds in the Night" este homenaje, el descubrimiento de una placa en su memoria, la edición del libro? Creo que sinceramente que sí. Lo importante es que se lo lea, y entre los habitantes de la comarca y de quienes la visiten, el nombre de Cernuda va a ser gracias a esto recordado, recordado más aún; es decir, se va a seguir invitando a su lectura, que es, que debe ser sobre todo, la de su poesía.


Spleen de Castropol

Luis Cernuda (1902-1963) fue uno de los principales poetas de la Generación del 27 y acaso el más influyente de todos ellos, visto el interés con el que las sucesivas hornadas de poetas han acogido su magisterio desde hace ya varias décadas. Además de su obra en verso recogida en el volumen de La realidad y el deseo, Cernuda escribió dos libros de prosa poética, ensayos y una obra de teatro. También algunas narraciones, seis en total, entre las que destaca por su carácter sombrío, alegórico, “En la costa de Santiniebla”, escrita entre el 26 de agosto y el 4 de septiembre de 1937 y publicada en el número X (octubre de ese mismo año) de la revista valenciana Hora de España. La datación no es baladí, porque refleja una vez más una tendencia marcada en Cernuda que hemos observado cuando cotejado las anotaciones de sus originales: la de revisar sus textos (generalmente sus poemas) por las mismas fechas en que se escribieron, pero al año siguiente o en los posteriores, como si un calendario interior avisara de que, cumplidas una o más vueltas del tiovivo de la vida, era el momento de sentir como en el instante de la concepción del poema, pero ahora ya con el reposo y la frialdad de quien corrige. Emotion recalled in tranquility, “Emoción recordada en el sosiego” es una fórmula que Wordsworth empleó para referirse a la poesía lírica, y Cernuda fue un buen lector de Wordsworth. La aplicó a la escritura así como a la revisión de esta para su publicación.
            Hora de España fue la mejor de las revistas republicanas durante la Guerra Civil, y aunque tenía indudablemente colaboraciones de contenido político y referentes a la contienda, también hay que decir que mantuvo un alto nivel intelectual y, si se puede decir así, independiente (al menos de la presión más inmediata de los partidos que conformaban el Frente Popular). Así hay que entender la inclusión en sus páginas de “En la costa de Santiniebla”, que solo tiene relación indirecta con lo bélico. Los muertos de esa “última guerra civil” a la que se refiere el segundo narrador cuyas palabras recoge el primero son, sí, los de aquella que se está librando entonces, pero vista desde el trampantojo de una fecha futura. Es más, pueden ser en algún modo los de la aún reciente Revolución de octubre y su represión, que tanto impacto tuvo en Asturias. Incluso, si de desaparecidos velados por el misterio se trata, aunque en el cuento se habla de “sublevados”, ahí están los militantes del POUM que semanas antes habían sido laminados en Barcelona y otros lugares por la ortodoxia estalinista y que se cebaría en Andreu Nin y, entre otros, en un amigo de juventud de Octavio Paz según testimonios de este y de quien era su esposa a la sazón, Elena Garro (de familia asturiana trasplantada a México, como la de Paz era andaluza).
La ambientación del relato de Cernuda corresponde a su estancia de dos años antes, en agosto de 1935, en la localidad asturiana de Castropol, adonde había llegado desde tierras leonesas a principios de ese mes al frente  de una de las beneméritas Misiones Pedagógicas que recorrían el país acercando la cultura (era la segunda misión que recibía la localidad, tras una primera de 1933 en que el Museo del Pueblo recaló allí de la mano de Ramón Gaya y Antonio Sánchez Barbudo). Lo acompañaban Miguel Prieto y Rafael Dieste, responsable del Guiñol del Patronato, un espectáculo de títeres. Además de explicar al público en qué consistían las Misiones, Cernuda, que había trabajado unos años antes en la librería madrileña de León Sánchez Cuesta y había desarrollado labores bibliotecarias para el Patronato de Misiones Pedagógicas, realizó tareas de apoyo y supervisión en la modélica Biblioteca Popular Circulante de Castropol, que en los meses anteriores había sido castigada con singular inquina por el Gobierno de derechas.
            Son varios los autores asturianos que han aportado información pormenorizada de la estancia de dos semanas del poeta en Castropol: su aspecto atildado y distante, su alojamiento en el hotel Guerra, sus contactos con algunas personas del pueblo… Ellos sabrán mejor que yo identificar los lugares que constituyen la escenografía del relato. Por lo evocado en su propia narración, y no adelantaré párrafos, porque para eso está aquí disponible el texto completo, Cernuda se vería sumido en uno de esos períodos suyos de acedía, de spleen como él mismo dice, sin duda acordándose de Baudelaire. Así, en el texto hallamos dos partes muy diferenciadas: la narración sobre los cadáveres arrojados a la ría y los prolegómenos en los que el narrador da cuenta de sus días en Santiniebla y Peñapol. Son creación suya estos nombres, como solía hacer en otras narraciones y poemas, a veces utilizando precedentes clásicos como el personaje Albanio (trasunto suyo en Ocnos, y en esta narración hay un Albano) o Sansueña (España). En este relato, además, aparece un digamos que compañero antagonista, Demetrio V…, que ha sido identificado por algunos con Dámaso Alonso. Puede ser. Probablemente Cernuda se basó en él para construir su personaje, aunque como suele suceder en literatura este no es la trasposición exacta del modelo. La antipatía mutua entre los dos poetas es conocida. Resumamos: Alonso fue miembro del jurado que otorgó el Premio Nacional de Poesía de 1933 a Vicente Aleixandre en detrimento de Cernuda, y fue lector en Oxford en puesto que el sevillano ambicionara; y con posteridad a la escritura de “En la costa de Santiniebla” tuvo un desencuentro con Cernuda en Londres en 1946, cuando visitó el Instituto de España que dirigía Leopoldo Panero, y algo después emitiría un juicio que sentó muy mal a nuestro autor, quien le escupiría su “Carta abierta a Dámaso Alonso” (1948).
            El padre de Alonso era de Ribadeo, y este pasó allí temporadas en su infancia. Estudioso de las variantes dialectales, se interesó por la “jerigonza vernácula” de los nativos (son palabras de Cernuda), y los testimonios que nos han llegado lo sitúan en Castropol en aquel verano de 1935, lo que da verosimilitud a la identificación con este Demetrio. En cierto pasaje, el narrador habla de otros amigos literatos: entre ellos cabe imaginar al matrimonio formado por Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, aquí Arcadio y Olvido, a punto de marchar becados por la Junta de Ampliación de Estudios a Londres (donde nacería su hija Paloma Altolaguirre, quien aquella mañana de noviembre de 1963 encontraría muerto a Cernuda en la casa que compartiría con ella y con su madre en Coyoacán). De ellos dice: “sospecho que no han dejado Madrid; se van a Londres en el otoño y deben estar terminando trabajos pendientes.” También es posible identificar, dentro de que no esta un acta notarial sino una pieza narrativa, a la pareja compuesta por Cecilia y Héctor con Rafael por María Teresa León Rafael y Alberti, quienes habían viajado a la URSS (Cernuda estuvo en el almuerzo-homenaje que el 9 de febrero de 1936 se les dio con motivo de su regreso). No sabemos quiénes pueden ser los otros mencionados de entre “aquella gente tan loca”, pero es probable que Hermógenes, “que ha leído en algún teatro un drama muy interesante, que le representarán este invierno”, sea Lorca, quien había visitado Castropol pocos años antes cuando recorría el norte de España con La Barraca.
            A Cernuda le gustaban el mar, las playas, pero el mal tiempo de aquel verano, acaso tan malo como este último, dejó huella en su narración, y el protagonista, ese desdoble de sí mismo, se deprime. La ría le despierta emociones hondas, una ría que (aunque no se la nombre) delata ahora sin duda alguna la ubicación: “frente a Santiniebla, a través de la ría, aparece Galicia, como tierra vecina y extraña.”
Se cumplen estos días los ochenta de la aparición del relato en otro lugar, Valencia, en donde Cernuda frecuentaba también la playa, pero allí tomando el sol, como lo recuerda Garro en sus memorias de España. No cabe duda de que el contraste le haría cargar a Cernuda las tintas. Tampoco, que allá donde fuera, y así toda la vida, siempre llevó consigo, íntimamente y sin remedio, su propio spleen, su conflicto, que no es otro que el de la divisa bajo la que fue integrando todos sus libros de poesía: La realidad y el deseo.



jueves, 5 de octubre de 2017

Vuelo



He aprovechado un vuelo para revisar un libro de poemas y aligerarlo, soltando lastre. Cuando era hora de aterrizar, el libro volaba más alto.

martes, 3 de octubre de 2017

Consuelo en tiempos oscuros



Caramba, está gustando mucho el diccionario. En días tristes como los actuales, entretener y compartir una sonrisa ya es bastante. Aquí el enlace a la reseña publicada en The Cult.

lunes, 2 de octubre de 2017

Un epitafio



If any question why we died,
Tell them, because our fathers lied.


Si preguntan por qué hemos muertos,
decidles: nuestros padres mintieron.

(Rudyard Kipling en sus "Epitafios de guerra", hace cien años.)

domingo, 1 de octubre de 2017

Medio



Mi principal medio de ganarme la vida es como traductor literario. Cuando hoy tantos ven en las piedras material para levantar muros, o proyectiles en potencia, yo, lo siento, sigo viendo posibilidades de construir puentes.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Cataluña: la lección irlandesa




Escena de la Guerra Civil irlandesa en Cork


Si a un químico le trastocan la fórmula del agua y le dicen que ya no intervienen en ella hidrógeno y oxígeno, o que estos se combinan en otra proporción, lo más probable es que pida un vaso del “líquido elemento” para reponerse del susto. Así, aunque pocos se darían cuenta, cuando Junqueras dijo hace meses en televisión que Cataluña haría un referéndum sobre su independencia como los que habían hecho otros países. Y citó a Irlanda. Es decir, reformuló el H2O para llevarlo a las tesis del 1-O.
            En Irlanda no hubo tal referéndum, y el camino a su independencia fue bien distinto del que se ha emprendido aquí (con muchas razones por el lado irlandés, con pocas en el catalán). Someramente, la cuestión es como sigue: Irlanda, isla con una cultura y una lengua únicas, siguió a su aire cuando en Europa se extendió el Imperio Romano (Hibernia, a diferencia de Britania jamás fue provincia); luego, fue ajena a la invasión anglosajona que a partir del siglo VI cambió la fisonomía de la isla vecina, donde arraigó la nueva lengua germánica que se convertiría en el inglés; aunque sufrió ataques vikingos y se benefició de asentamientos escandinavos (lo es Dublín), fue predominantemente céltica hasta la llegada de los anglonormandos en el siglo XII, que tampoco barrieron lengua y costumbres, sino que se integraron. En definitiva, Irlanda (no pura sino como identidad en evolución) se mantuvo independiente en multitud de reinos y señoríos hasta el siglo XVI, cuando Inglaterra comenzó campañas para dominarla y aplastar, junto al catolicismo, lo que le era característico y propio. Fue cuando el envío de colonos protestantes a espuertas y, en el XVII, la sanguinaria represión de Cromwell. Contemporáneo de aquellas luchas fue, ya entonces, el deseo irlandés de sacudirse al invasor. Resumiendo mucho, la historia de Irlanda desde aquel momento ha sido la de la lucha por su independencia, con un momento álgido en 1798 y sucesivas revueltas que desembocaron en la más célebre de todas: el Levantamiento de Pascua de 1916.
            Hace poco más de cien años, un grupo de revolucionarios con poco apoyo popular se alzó por las armas contra Inglaterra; fue la ejecución de los cabecillas lo que hizo que la sensibilidad de los irlandeses cambiara y que, indignados, abrazaran la causa del independentismo. Conviene recordar que en aquel momento la isla no tenía autogobierno (el tan peleado y muchas veces prometido Home Rule), y que desde el Act of Union de 1800 Dublín carecía de Parlamento regional y los diputados tenían que trasladarse a Westminster. Además, en 1846 se produjo una Hambruna agudizada por una gestión pésima: ese año y los siguientes, cientos y cientos de miles de irlandeses de todas las edades murieron en su tierra o tuvieron que emigrar, dejando pueblos fantasmas. Hablada por los campesinos y el grueso de la población desfavorecida, la lengua irlandesa (el gaélico, para entendernos) sufrió un golpe mortal que vino a sumarse al no desdeñable de las leyes penales del siglo anterior, un rosario de trabas que procuró una limpieza, si no étnica, sí religiosa y lingüística.
Por su parte, Cataluña jamás ha sido colonia, su pueblo ha sido y es rico, no hay conflicto religioso, no se conoce más emigración que la de los años recientes a causa de la crisis general, ha padecido las mismas guerras que el resto de España y, si en tiempos de Franco sufrió claramente el hostigamiento y ostracismo de su lengua, hace décadas que el catalán es idioma oficial. Además, goza de una profunda autonomía, Parlament y Govern propios y una fuerza policial, los Mossos, desplegada en sus cuatro provincias con enormes competencias.
Hasta aquí, las muchas diferencias con Irlanda. Pero en manos de los independentistas, y en sus neuronas, está evitar complejas y espinosas similitudes. Tras el fracaso del Levantamiento de Pascua se produjo una guerra de independencia; y, tras esta, una guerra civil sobre la que conviene detenerse un instante: los enfrentados lo fueron por la postura de unos y otros ante la partición de la isla. Sucede que la mayoría de los habitantes de la provincia del Ulster eran protestantes y partidarios de permanecer en el Reino Unido. Estos llamados unionistas se salieron con la suya y crearon una entidad artificial, Irlanda del Norte, que no se correspondía con el mapa real de la provincia: seis condados se quedaron con Inglaterra y tres pasaron al nuevo Estado. Quiere esto decir, más allá de las heridas abiertas, que Irlanda ya no forma parte del Reino Unido, pero en realidad ni Éire representa hoy el sueño de una isla unida ni el Ulster, con independentistas a un lado y unionistas a otro, ha permanecido tampoco entero. ¿Es Cataluña, digamos, “una unidad de destino en lo universal” que una vez abierta la compuerta del referéndum y la autodeterminación vaya a permanecer inalterable? No se trata, claro, de que engulla el Rosellón, la Comunidad Valenciana y la Balear, sino, ojo, de que territorios no partidarios de la independencia (municipios importantes y alguna provincia) dejen de formar parte de la Cataluña segregada con la que no se ven identificados. Puestos a votar, y vinculante el resultado, que se respete la voluntad de todos. ¿O va a ser más irrompible Cataluña que España, el nuevo Estado que aquel del que este se quiere marchar?
Junqueras no dijo la verdad sobre el referéndum irlandés. En Irlanda no había desde 1800 autonomía, la independencia mutilada se obtuvo mediante las armas contra propios y extraños y solo a partir del Estado Libre de Irlanda, proclamado en el Sur por la práctica totalidad de representantes electos (no como ahora en Cataluña), existió algo parecido a lo que una parte del secesionismo hoy quiere ser. Referéndum de independencia como tal no hubo, solo el plebiscito de 1937 que tres lustros después de la sangría aprobó una Constitución que sucedió a la del Estado Libre y situó al país (pero solo a 26 de sus 32 condados) en un sistema autárquico, plegado sobre sí mismo y de nuevo con la gran hemorragia de la emigración.
En el debate del derecho a decidir hay que poner todas las cartas sobre la mesa. Por lo que hace a las ideas, el pueblo catalán no es más homogéneo que el irlandés hace cien años. ¿Se respetará entonces el derecho a que cada área elija de verdad dónde quiere estar, aun al precio de la partición? (Una partición que cerrada en falso, como suele ocurrir, generó allí la enorme turbulencia, el terrorismo y la guerra sucia de finales de los años sesenta y los dos decenios siguientes.)
¿Quieren los catalanes sacrificar su formidable autonomía y la integridad de su territorio para embarcarse en un proyecto plagado de zozobras cuya única consecuencia posible, si nos atenemos a lo democrático y participan de verdad todos, supone la fragmentación de la misma Cataluña? No se olvide el referéndum de Quebec, donde se preveía que las circunscripciones en que saliera no a la independencia quedarían al margen del nuevo ente. Ente es, por cierto, una buena palabra para un texto de ciencia ficción o de horror. Por el enfado de una coyuntura, por el berrinche contra un gobierno, ¿desean los independentistas perder zonas de su territorio, secciones de su pueblo, el comercio con su mercado natural, la pertenencia real, sin futuribles, a la Unión Europea? ¿Quieren que transcurra un siglo, como en Irlanda, sin que haya arreglo? ¿Es eso lo que quieren, lo que queremos? A veces, al agua, cuando hierve, hay que ponerle tila.

jueves, 28 de septiembre de 2017

En Nueva Revista



En busca de la Isla Esmeralda está teniendo muy buena acogida. Me entrevistó acerca del libro Anna Maria Iglesia para Nueva Revista. Se puede leer aquí.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Sobre un episodio de los Mabinogion








Se presentó ayer en Sevilla Pequeñas sediciones (Menos Cuarto), fino volumen de microrrelatos o textos breves, sin más encsaillamiento, de Javier Vela. La inteligencia y el rigor habituales del gaditano se aprecian en la colección, en la que se repite en varias ocasiones el tema de lo fatal, de las ironías del destino, de la exposición a riesgos imprevistos (como en "Amor" o "Las causas, los afectos"). La fotografía que ilustra la cubierta se ha elegido, se entiende, como ilustración de uno de estos breves relatos, precisamente el que da título al conjunto. Se trata, a su vez, de una glosa muy libre de "El sueño de Rhonabwy", uno de los cuentos de tradición galesa que integran los Mabinogion (aproximadamente, siglo XII)donde se recoge una partida de ajedrez entre Arthur, el famoso rey arturo en sus brumas britónicas, y Owein. Allí las piezas son de oro en un tablero de plata, y lo que se traduce como ajedrez es, en realidad, el viejo juego conocido como gwyddbwyll (equivalente del fidchell irlandés).
     Aquí, el estupendo relato breve de Vela:

     En los Mabinogion, un rey en jaque huye oblicuamente de sus perseguidores cuando se ve trabado ante un peón.
     -Aparta -dice el rey-. Déjame ir.
     -Yo no obedezco órdenes de un rey acobardado.
     -No somos tan distintos -dice el rey.
     -Soy blanco y tú eres negro. Tú eres un rey y yo, solo un peón.
     -Te nombraré caballo, torre, alfil.
     -Nanay, quiero ser rey.
     El peón duda un instante: es tarde ya para retroceder.



Javier Vela presentando su libro en la Biblioteca Pública de Sevilla en compañía de Fran G. Matute



martes, 26 de septiembre de 2017

A cara de perro





El pacense asentado en Sevilla José Antonio Ramírez Lozano es uno de los escritores que más premios ha cosechado en España, lo mismo en narrativa que en poesía, y también en literatura infantil, un género de engañosa facilidad. Ahora ha obtenido el XX Premio de Poesía Eladio Cabañero con su libro A cara de perro que publica la editorial Reino de Cordelia. Contiene singulares bienaventuranzas, algunas de ellas cercanas al chiste lingüístico, aunque otras vienen cargadas de inapelable y seria, aun irónica, verdad: "Bienaventurados los fotógrafos / porque sin ellos la familia / nunca hubiera permanecido unida."
     En algún poema ("Noticia de un naufragio") recicla y da nueva vida a materiales de textos suyos anteriores, pero sorprende casi siempre. Como en los movimientos bancarios de "Saldomasoquismos", en el derroche imaginativo de "La voz a ti debida" o en el brillante colofón "Piso tomado". Hay mucha presencia de la muerte en el poemario, piadosa atención a los objetos y juegos, numerosos juegos con las palabras. Destacaría el sencillo y bellísimo "Canelo" y, por su notable plasticidad tanto de imágenes como rítmica (qué bien suenan los poemas de Ramírez Lozano), el breve "Cebolla caramelizada", que si careciera de título podría ser un acertijo y que no me resisto a copiar entero:

Después de tantos siglos asistiendo
al pobre en su miseria,
me dejé seducir
por la dulce lascivia de los chef
y ahora sonrío rubia, como una de esas falsas
sortijas que abandonan los hombres en el plato,
después de haberle dado gusto al vino
y cumplir con la carne.

Desgraciada de mí, 
que he perdido la escarcha de mis lágrimas.



lunes, 25 de septiembre de 2017

Más sobre "En busca de la Isla Esmeralda"



Conversé con Alfredo Valenzuela, de la agencia EFE, sobre el diccionario sentimental de la cultura irlandesa. El resultado se puede leer en varios periódicos. Por ejemplo, aquí.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Dos poemas mexicanos



Estos dos poemas, escritos hace tiempo, los he publicado en mi cuenta de Facebook tras cada uno de los recientes terremotos que han asolado México. El segundo se refiere a la pirámide cubierta de Cholula en cuya cima hay un convento que ha sufrido importantes daños en cúpula y torres. Cuando estuve allí hace tres años vencí la claustrofobia de adentrarme por sus estrechas y oscuras galerías. No quiero ni pensar lo que habrán sentido los sepultados en los edificios derrumbados. Cuando esto escribo, aún hay alguna esperanza de rescatar a alquien más con vida.



TERREMOTO EN EL AIRE

Has embarcado en el avión,
dispones tus cuadernos y la manta,
la almohada que emerge de su bolsa
como el sueño del día y del cansancio.
Si ahora un terremoto desgajase
esta tierra feroz que te despide,
si justo cuando el ala, y su gemela,
al alzar el vuelo acuchillaran
la engañosa paz, y la pista
trozos se hiciera como seres que aman,
¿qué quedaría de esta semana,
de las horas de plática y tequila
y acentos cantarines, como un coro
de veintidós millones de habitantes?
Trizas sin trazas, un sueño
borrado al despertar, como la tierra
que abajo queda entre sus nubes
blancas sobre otras de escombros.



TLACHIHUALTÉPTL

Bajo el cerro y su verde,
somos los gusanos que perforan
la carne de la sólida placenta,
túneles, galerías
que llevan desde el dentro hasta el afuera,
a la luz desde lo oscuro,
minúsculas polillas que se afanan
por devorarla,
estelas que se borran en la noche de piedra.
La roca claustrofóbica se aparta
medrosa y nos contagia el miedo.
Marcas de agua ilegibles
de una página negra,
¿quién leerá el relato de nuestro terror?
Un lento calendario cosmológico
en donde el cielo fue decapitado,
tardamos en salir más que los siglos
en que se fue preñando la pirámide.
En un mundo sin sol, unos minutos
doblan en duración a las estrellas.




sábado, 23 de septiembre de 2017

Sobre Cataluña



Me voy a poner serio porque la ocasión lo exige. Se leen y oyen muchos pronunciamientos en el mejor de los casos irreflexivos e indocumentados. ¿Era fascista la Constitución de la Segunda República? En su artículo 8 proclamaba: "El estado español, dentro de los límites inquebrantables de su territorio actual, está integrado por Municipios mancomunados en provincias y por las regiones que se constituyan en régimen de autonomía". En esto, la actual no es novedosa. El derecho a decir está garantizado y sobreabunda, pero no es el derecho a decidir. Decidir tendrían que hacerlo todos los españoles derogando la Constitución y aprobando otra, totalmente o en parte de su articulado. Hasta entonces, si eso sucediera, hay que aplicar la ley, esté el Gobierno que esté en cada momento. Espero y pido que se aplique y que, llegado el caso, se actúe tanto con prudecia como con energía contra la sedición.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Ave Fénix



SOBRE EL ÚLTIMO DYLAN






Bob Dylan, como el muérdago con el roble, es un parásito. Un parásito de nuestra vida, a la que se adhirió hace ya muchos años y que ha decidido no soltarla, agarrado siempre a ella de una forma u otra, transformándose como los peores bichos que se adaptan para sobrevivir. Como el muérdago es una figura entrañable, cálida, un parásito bienvenido. De Dylan fue el primer disco que compré (un long play de vinilo que escuchaba en el tocadiscos en sonido mono, nada de stereo) cuando tenía quince años; sus canciones folk me prepararon para el descubrimiento de la música tradicional irlandesa y escocesa; sobre Dylan fue la primera columna que publiqué en un periódico cuando comencé una colaboración semanal que se llevó por delante la crisis hace ya bastantes meses. Una crisis que ni en lo económico ni en lo personal a parece haberle afectado a él, pues está mejor que hace quince o más años, en una excelente forma. Con la voz cascada, es cierto, pero con más vigor y un superior control de sus posibilidades; por decirlo así, con un dominio milimétrico de sus carencias.
Yo creía que me gustaba Dylan, que algo sabía de él. Naranjas de la China. Lo que he descubierto en los últimos tiempos me hace ser un analfabeto total en la dylanmanía; comparada con la pasión que he descubierto en otros, mi gusto y mi interés son nada o cotizan en negativo en la Bolsa de las devociones musicales. Estas páginas son mi confesión. Cantaré, cantaré La Traviata. Reconozco que soy un mindungui en el fervor que rodea al cantante, un miserable grano de arena ante las dunas de otros. En asuntos dylanianos soy, como decimos en Sevilla, un papafrita. Sí, lo reconozco. Dónde hay que firmar.
            Yo, que tanto amé su música, en esto del amor absoluto soy ahora consorte. A mi mujer le dio hace tres o cuatro años la ventolera –Blowing in the Wind– y ahora es más del bardo de Duluth que yo mismo, me ha superado como un disco doble aventaja a un single. Por ella, mi cicerone en estas locuras, he ido conociendo algo de los fans de Dylan y mucho más acerca de este. Así, hemos viajado a algunas ciudades en pos del cantante. Y, justo anoche, aunque esto se publique más adelante, hemos regresado de escucharlo en uno de sus mejores conciertos de los últimos tiempos (no es un capricho mío, lo afirman muchos), celebrado en el Palladium de Londres, que es una especie de Royal Albert Hall en pequeño a literalmente dos pasos de Oxford Circus.
            Dylan ha estado tocando una parte de su Never-Ending Tour, que anda ya por su cuarta década, en Gran Bretaña e Irlanda. Tenía programado un concierto en Wembley, pero entonces se sacó de la manga un trío de ases: tres fechas adicionales pero no en un estadio, sino en un teatro, un lugar amplio pero recoleto (si se me permite) y con excelente acústica, particularmente apto para el estilo de música que últimamente graba, en la línea de Sinatra y los crooners famosos. Ha servido sin duda como promoción de su nuevo disco triple, Triplicate, en el que vuelca su sabiduría y lo más que da de sí su voz en los standards de la tradición americana de mediados del siglo XX. Una tradición que no recupera por un afán arqueológico, sino porque dice que son canciones que le tocan de cerca, con las que le es posible emocionarse y no solo desenrollar maquinalmente su alfombra mágica como un lorito de repetición. Que el último Premio Nobel de Literatura cante ahora treinta letras de otros parece –treinta monedas de plata– el precio de la traición a la Academia Sueca, que lo ha galardonado precisamente por su escritura, por condición de cantautor. Desde luego, no puede parecer más humorada.
            A veces se mueve –no puedo, no puedor– como Chiquito de la Calzada por el escenario, con algún pasito atrás, con leves torsiones pintorescas. Se echa la mano a la cadera, agarra el micrófono y casi baila con él, se inclina sobre el piano como si fuera más alto de lo que representa. Y eso sí, nada más terminar cada canción se sume en la oscuridad, presumiblemente para no tener que saludar o que se le robe un gesto de agradecimiento, una rendija en su hieratismo. Su traje –la arruga es bella– semeja un cruce de Armani y de pordiosero al que han entregado unos trapos en la parroquia. Lleva el traje un bordado de flores y espadas carmesíes, apenas perceptible en la distancia como el desvaído bigote que tendré la delicadeza de no comparar con el de Aznar. Con el sombrero blanco parece un gaucho más de Bolaño que de Borges aunque, desde luego, sea ajeno al terciopelo de la voz de Gardel. Pero es de la América del Norte de lo que canta (aunque también ejecute, y no hay aquí doble sentido, la francesa The Fallen Leaves). La banda, comedida, profesional, es una de las más perfectas que hoy ruedan por las carreteras: Tony Garnier al bajo, Charlie Sexton a la guitarra, Donnie Herron a la steel guitar y el esporádico violín, Stu Kimball a la guitarra también y George Receli a la percusión.
            Frente a los almacenes textiles Liberty con su fachada de vigas de estilo Tudor que parece que parece que vaya pasar bajo ellas el mismo Shakespeare camino de otro teatro, el Globe, y al principio de la calle que prestó su nombre al poemario de Leopoldo María Panero Así se fundó Carnaby Street, hay aparcados un camión de gran tonelaje y dos autobuses de Beat the Street, la empresa austriaca que lleva de un lugar a otro a Dylan y a sus músicos. Cuando es la hora de la prueba de sonido, varios gorilas se apostan junto a la reja de la puerta de camerinos del teatro y dificultan cuanto pueden el acoso al astro. En otro momento del día vemos a un operario acarreando algo fuera del tráiler. Extrañamente, vemos en el interior de este muchas bombonas de gas ¿de oxígeno, para la estrella? ¿Será ese el secreto de su magnífica situación actual? Tendrán otra explicación, claro, pero uno se queda con la mosca detrás de la oreja y fantasea con una suerte de elixir mágico, bálsamo de Fierabrás para este resurgir, como de ave Fénix, de Dylan, que ha superado baches y ahora está estupendo, renacido.
            Uno de los amigos de mi mujer que no nada en la abundancia y quizá se ahogue a ratos cumple esta noche los ochenta conciertos, ochenta muescas en la carcasa de su avión dylaniano. Que serán algunas más cuando finalice la gira, tras las de Cardiff, Bournemouth, Nottingham, Glasgow, Liverpool, y Dublín, el broche de la misma. Hace dos noches eran 78, pues ha asistido a los tres conciertos seguidos que ha dado el de Minnesotta en Londres, la víspera y la noche anterior a esta. Pero S. (daré solo su inicial) no puede medirse con otro de los componentes o fratres de esta logia, que ha visto en directo a Dylan no 90 ni 100 veces, sino 350. Al final del concierto coincidiremos con otro de los fans, que tampoco se ha perdido ninguna de las actuaciones de este tour británico y que queda con S. para verse mañana en la capital de Gales (el Gales del que procedía el nombre Dylan, de Dylan Thomas, que el cantante y compositor ha transformado en apellido).
            Es un fenómeno del que todos hemos oído hablar, el de los fans pero que muy fans, quienes siguen a los solistas y grupos en sus periplos y que viven prácticamente como ellos on the road, liando el petate y yendo de una ciudad a otra pero sin la comodidad de esos autocares que llevan a las estrellas como naves oscuras de La Guerra de las Galaxias o corceles azabaches en algún romance artúrico (el mago Merlín se diría que ha tenido mano en este mantener con tanto brío a Dylan, que es, sacando a diario la espada de la piedra, el rex quondam rexque futurus, el rey que fue y que será, pues nadie se remonta a un pasado musical más mítico con tanta autoridad para perpetuarse). Hay alguna gorrona (y por su aspecto también un poco gorrina) que no compra maldita la entrada y se limita a apostarse como un avezado cazador a la puerta de los auditorios a ver a quién le saca un ticket gratis, huérfano a última hora y que la caridad pone en su mano para que lo cuide en el calor de la sala de conciertos. Me dicen que la tal fan desestima las localidades peores y aguanta estoica, avezada jugadora de póker cuyo comodín es siempre “Mr. Tambourine Man”, hasta que obtiene gratis et amore un buen asiento. El riesgo es que a veces la jugada le sale mal y se queda  sin entrada esa noche. ¿Pero qué es una noche comparada con la suma de muchas seguidas, en cifra que ronda las cien anuales en varios continentes?
El mismo día que llegamos a Londres se ponía a la venta 50 Years of Blonde on Blonde (no, naturalmente, el álbum de 1966, sino las versiones que de aquel ha grabado en directo un excelente grupo de música americana, Old Crow Medicine Show. El trato con Dylan de este grupo de bluegrass desenfadado y un poco punk como unos Pogues de Tennessee es ya prolongado: una composición olvidada del hoy Nobel les proporcionó su mayor éxito, “Wagon Wheel”. También les “dio” otra canción, gran éxito para el grupo: “Sweet Amarillo”. Pero son incontables quienes han hecho covers de Dylan, de su casi interminable discografía si se tienen en cuenta las grabaciones descartadas, clandestinas, secretas como pecios que afloran con las tormentas o a los que los buzos descienden para llevar arriba su oro.
Los fans han quedado tres horas antes del concierto en un pub cercano, el Phoenix, que se halla en la esquina más próxima de Cavendish Square. En su sótano está tocando los tres días londinenses un grupo de nombre tan sencillo como inequívoco, Simply Dylan, una tribute band que hace versiones muy ortodoxas del repertorio más conocido, las cuales chocan con la heterodoxia de las que ahora interpreta el propio músico, quien en un concurso de versiones dylanianas con jurado popular quedaría inmediatamente descalificado. Pese a lo que dije antes de su silencio lírico reciente, hay en la manera que tiene de modificar sus canciones como un prurito de dar la razón a los académicos escandinavos: sí, las letras son las mismas (aunque también se permite alguna modificación), constituyen lo sustantivo, porque les cambia la melodía, los arreglos, hasta hacerlas a duras penas reconocibles.
            Cuando comience el concierto le oiremos hacer un repaso por algunas de las canciones claves de su carrera, aunque son tantas las obras maestras que el grueso de las más conocidas queda necesariamente fuera, lujo que pueden permitirse muy pocos. Suele tener una lista bastante fija, pero acaso para satisfacer a los fans recalcitrantes ofrece algunas variaciones y sorpresas. Esta noche en concreto desgrana “Things Have Changed”, “To Ramona”, “Highway 61 Revisited”, “Beyond Here Lies Nothin’”, “I Could Have Told You”, “Pay In Blood”, “Melancholy Mood” “Duquesne Whistle”,
 “Stormy Weather”, “Tangled Up In Blue” “Early Roman Kings”, “Spirit On The Water”, “Love Sick” “All Or Nothing At All”, “Desolation Row” (que causa la locura del respetable), “Soon After Midnight”, “That Old Black Magic”, “Long And Wasted Years” y “Autumn Leaves”. Las propinas serán gloriosas: “Blowin’ In The Wind” y “Ballad Of A Thin Man”. Comenzará con casi obsesiva puntualidad a las ocho y antes de las diez habrá acabado, sin un descanso, sin dar tregua entre las canciones.
            El público tiene ya una edad, con pocas personas en la audiencia por debajo del medio siglo. Hay blancas melenas de caballeros sueltas y recogidas, damas que debieron de ser muy hermosas hace cuarenta años. Una de ellas sangra por la nariz. Ha tenido varias operaciones y de vez en cuando se resiente, tapizando con una bandera abstracta del Japón el pañuelo de papel que sostiene en la mano durante toda la actuación. Antes y al final de esta, casi todos los hombres van a aliviar la vejiga, con la próstata ya haciendo de las suyas. Hay bastantes jubilados en la sala, lo que les permitirá seguir el tour sin obligaciones laborales. Otros hay que no tienen oficio ni beneficio y que milagrosamente sacan el dinero para las entradas, las sucesivas entradas, a menudo en la reventa institucionalizada o por medios inusuales como clubs de fans o directamente invitados por alguno de los integrantes de la banda, con quienes ya tienen confianza después de tantas noches, ciudades y escenarios. Los hay muy pudientes para llevar este tren de vida, como X, que posee ya varios cuadros de Dylan y a quien esta tarde le han ofrecido, privadamente y con invitación a vino o café con pastas, algunos lienzos que no estaban expuestos en la galería que, simultáneamente a la gira, cuelga grabados y serigrafías del músico, del escritor, del artista.
No es Hockeny por más que este pintara Malibú en un lienzo que se halla expuesto en la retrospectiva de su obra en la Tate (no digo Britain porque para mí la Modern es como si no existiera). Pero Bob Dylan le da desde hace mucho a los pinceles y la Halcyon Gallery en el elegante barrio de Mayfair, en plena New Bond Street, exhibe seis muestras de The Beaten Path, una serie de serigrafías firmadas por el propio Nobel entre obras de Lorenzo Quinn o Andy Warhol: una gasolinera, una silueta de Nueva York (¿o es san Francisco?) bajo un cielo enrojecido, el puente de Brooklyn, un motel, un clásico diner con anuncios de batidos, burritos y hamburguesas de queso. Hay también a la venta maletas con viejas etiquetas que contienen el catálogo. El precio es estratosférico, pero muy inferior a las 9.550 libras que cuestan las serigrafías sin enmarcar y 12.000 enmarcadas. También, esculturas en metal que incorporan a los herrajes herramientas. El ambiente de la galería es chic y nada tiene que ver con el del Village neoyorquino que vio los primeros pasos de Dylan, que se reinventa y cuando parecía que se había quemado ha removido sus propias brasas y ha salido de sus cenizas aunque con la garganta algo chamuscada. Por ello y por sus inquietudes no solo musicales sino en otras disciplinas, cabría llamarlo “Fénix de los ingenios”, como a Lope. En su caso, además, más que ave es pez, pez que se escurre cuando se pretende pescarlo, ajeno a las redes y anzuelos, a las falsillas, a lo que se espera de él. Curiosamente, yendo a lo suyo va a lo nuestro, como demuestra que sus seguidores no lo hayan abandonado tras tantos vericuetos y –sorprendentes– cambios de dirección.
A la salida del concierto chispea, pero no se aguan los adjetivos que profieren los fans, ni desdibuja la lluvia lo exultante de sus sonrisas. Hacía años que Dylan no estaba tan bien. Podemos dar fe modestamente de ello, aunque las veces que lo hemos visto se pueden contar con los dedos de una mano. En alguna sala superior se está celebrando en este momento una fiesta con que se agasaja a los VIP. Vuelvo a ver a alguien que ya avisté a la entrada y para mí es muy importante aunque esté de nuevo a ras de calle: Sean Cannon de los Dubliners, superviviente del grupo y que también está en excelente forma y con envidiables reflejos: cuando antes de entrar me dirigí a él reconociéndolo pero con mala memoria le pregunté que si era Eamonn (por Eamonn Campbell, otro dublinés de pro) me dijo sonriendo maliciosamente que no. Tonto de mí por equivocarme no de rostro sino de nombre. Con Irlanda vuelvo al principio de este artículo y del comienzo del concierto: siempre bebiendo en lo tradicional y haciendo de su capa un sayo, como es ya norma desde hace tiempo Dylan hizo que la banda arrancara rasgueando las notas de ese clásico de la Isla Esmeralda y de mi corazón: “The Foggy Dew”. Me acordé como siempre del llorado Liam Clancy, otra leyenda con quien Dylan coincidía en los garitos de Manhattan hace casi sesenta años. Quiero decir, ayer.


(Publiqué este artículo en el penúltimo número de la revista Clarín)