miércoles, 30 de noviembre de 2016

martes, 29 de noviembre de 2016

Algunos apuntejos



Quienes solo hacen literatura autobiográfica no suelen tener vida propia.

*

La mayoría de las editoriales tiene la misma liquidez que el bloque de hielo que hizo naufragar el Titanic.

*

Tiempo de frío: época en que nos cerramos cremalleras de prendas distintas que se sobreponen a nuestro despiste.

*

Enanos que acometemos tareas de gigantes.

*

Las enciclopedias han de ser divertidas. La mera erudición dejémosla para los chistes.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Castro



Hay amigos muy inteligentes que pierden la chaveta defendiendo a Castro. Cómo enfadarme con ellos, si lo considero una enfermedad. Que se mejoren de los suyo, es lo que deseo.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Un poema de Brendan Behan



UAIGNEAS

Blas sméara dubh'
tréis báisteach
ar bharr an tsléibhe.

I dtost an phriosúin
feadail fhuar na traenach.
Cogar gáire beirt leannán
don aonarán.



SOLEDAD


El sabor de las zarzamoras
tras la lluvia
en lo alto de la colina.

En el silencio de la cárcel
el frío silbato del tren.
Las risas susurradas de dos amantes
para quien no tiene a nadie.


                                   (Traducción de A.R.T.)









viernes, 25 de noviembre de 2016

De todo un poco




Curro Romero da la espantá: no recogerá el Nobel de Literatura. Qué arte.

*

Tomarse la vida como el condenado a muerte que al escribir su testamento ológrafo aún pone las tildes.

*

En irlandés, la luna es an ghealach. Literalmente, "la blanca". Qué sencillo y qué hermoso.

*

Lección de geografía práctica: preparando una visita relámpago a una capital europea, preferiría que esta estuviese al triple de distancia con tal de disponer allí, en el único día de un sistema solar paralelo, no de 24 sino de 72 horas terrestres.


*

Reseñistas que escriben sus críticas como si fueran los textos de contracubierta, todo bonito y estupendo, sin una pega. La pega está en la reseña.




martes, 22 de noviembre de 2016

En Cuaderno Ático, 7






Juan Manuel Macías, con una generosidad pasmosa, dedica tiempo y esfuerzo a la edición de una revista de poesía cuidada como pocas, Cuaderno Ático. En el recién aparecido número de otoño de 2016 se incluyen junto con los de otros muchos varios poemas míos, legibles -espero- en las páginas 25-29. Su pdf, aquí.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Llovizna



Llovizna: he aquí el verdadero pregón de la Feria del Libro Antiguo, aunque esta se inaugurara hace ya algunos días.

viernes, 18 de noviembre de 2016

jueves, 17 de noviembre de 2016

Dos nuevas colecciones, dos




Llegan simultáneamente a librerías los títulos que abren sendas colecciones de la editorial Saltadaera. Con edición de Martín López-Vega, la colección "Arenas movedizas" se estrena publicando Isla de mí. Prosa escogida de Lêdo Ivo, el poeta brasileño que murió en Sevilla hará pronto cuatro años. "Oscuro dominio", la otra colección, irrumpe por su parte con un libro sugerente que reúne poemas de Ana Gorría con dibujos de Marta Azparren. En realidad, son tres las coautoras, porque Gorría declara haberse inspirado en los trabajos fílmicos de la ucraniana Maya Deren (1917-1971). La directora de la colección tan bella y generosamente presentada, la cuarta artífice de Nostalgia de la acción, es Alba González Sanz. Gorría baraja conceptos como danza, identidad, amor, naturaleza, en poemas elásticos como un baile o el follaje de un árbol, y en haikus como semillas y palabras que copulan y dan frutos híbridos como "dunaguarena".
Enhorabuena, parece decir el eco saludando esta nueva aventura poética.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Formas del agua







FORMAS DEL AGUA. LA POESÍA DE JOSEP M. RODRÍGUEZ

Despacharé enseguida el asunto inevitable de la intromisión personal, que tan parecido es al agua –un pintor de brocha gorda me decía la otra tarde que el agua no tiene huesos, para indicar que siempre se cuela por cualquier rendija–, y diré que cuando empezaba a preparar el lanzamiento de la revista Estación Poesía tuve muy claro desde el inicio que Josep (a quien desconocía en lo personal, aunque estaba familiarizado con su obra) tenía que aparecer en el primer número. Ello, por razones que trataré de exponer a continuación.
            Las características de su poesía podríamos fijarlas provisionalmente en hondura metafísica, cuidada factura y presencia de imágenes y metáforas muy certeras. De la tradición japonesa toma, además, la concisión (se trata en general de composiciones breves) y una estructura que a menudo, independientemente del número de sílabas, replica la del haiku. En muchos poemas suyos hay estrofas o partes de ellas que podrían funcionar aisladamente como haikus. Espigarlas no es difícil. Una muestra: “La nieve del tejado se deshace / poco a poco, / igual que la belleza de la mujer que amo.” (“Inicio”). Si el poema anterior abre su antología Ecosistema (Pre-Textos, 2015), el siguiente en esta ofrece también en “Extremos” lo que podría ser, rotas las amarras con el resto de la composición a la que pertenece, otro haiku espléndido: “Igual que los extremos de una cuerda, / la oscuridad / y el miedo a que despiertes.” Es una tendencia que persiste, porque en “Distancia” (Frío, 2002), poema que en Ecosistema sigue a los ya citados, “Miro mis pies / desnudos / y pienso en todo aquello / que lo pasos no abarcan.” Otro ejemplo serían estos tres versos de “Nocturno y mar”: “A lo lejos, / los peces trazan surcos en el agua. / Ágil caligrafía.” La plasticidad es buena y abundante, como sucede asimismo en “Las nubes”, cuyo principio es un poema imaginista que se podría codear con otros de H.D., Richard Aldington o Ezra Pound. Quizá le convenga esta calificación: mostración con elipsis, poesía imaginista con misterio. Así, el humo de una fábrica es un intestino que crece y “oscura imagen de la serenidad”. Otra joya:

                                    El sol es un faquir
que se ha tumbado
lento
                                    sobre pinos de aguja.

            Hay, como se ve arriba, un rasgo de esta poesía que se aviene mal a ser representado en un texto en prosa con el corte versal señalado por barras. Mejor reproducirlo como en las páginas de sus libros, a pie de verso:

                                    ¿Qué se extingue primero,
el fuego
             o la madera?

            Esos sangrados refrenan la dicción sin romper el ritmo, y resaltan, enfatizan. No rompen, dan alas. Y físicamente retardan la acción, hacen que cuaje lo físico, como en “Continuidad”, donde al hablar de los errores, “que están bajo la piel”:

                                    Fluyen
                                                lentos
                                    como un arroyo helado.

            No tiene miedo a reiterarse, porque en “El corazón del bosque” vuelve a emplear el mismo recurso, con la repetición de las palabras “fluyen” y “arroyo”. Pero ahora este fluir es en singular, “pesadamente, / como una babosa.” Lo más prosaico, una lata vacía de refresco, roja, se convierte por la transfiguración de la mirada poética en ese “corazón del bosque”. En otra página, “Todo es parte de todo, / un mismo árbol.” Rodríguez se ha impregnado de sustancia oriental y se diría que hay mucho de zen en su obra: se ve en ese buscar el reverso de las cosas, en potenciar la visión mágica, alternativa o paralela; en apreciar lo relativo de distancias, magnitudes, imposiciones naturales. En primavera, fueren a florecer los azulejos. El adentro y el afuera son el uno el correlato del otro, como en lo declarado por Hermes sobre el arriba y el abajo. En “No impreciso, incompleto”, el sujeto del poema parte el pan, y el mantel se llena de migajas; unos versos más allá, el mismo fenómeno ya no es doméstico sino de la fenomenología atmosférica: “Afuera / también se desmenuza el día: // cada copo de nieve es una tregua.” Esa permeabilidad de lo externo e interno reaparece en varios poemas suyos. En “Necesidad”, “las sensaciones nacen en la piel, // son una lluvia lenta, / hacia adentro.” Esta idea introspectiva está igualmente en el crecer hacia adentro del hormiguero en “También”.
            Uno de sus mejores poemas tal vez sea “Yo, o mi idea de yo”, donde el individuo se pone en contraste con la especie, y la creación con la destrucción, la muerte con el nacimiento. Hay mucho de poesía y vida cíclicas en Rodríguez, y de correspondencias. Sobre las personas del verbo y sobre ese ouroboros, el poema “Principio y fin”. Vuelve a hacerse precisa la presentación tipográfica que respete el sangrado:

                                    Y hablar de ti,
            en el fondo,
                                    también es una forma de egoísmo.


Esa circularidad reaparece de diversas maneras. En el mencionado “Continuidad”, la interlocutora dice: “Si tengo mariposas en mi estómago / es porque en otro tiempo / me tragué las orugas.” “Astilla” abunda en esto, en una suerte de canto a las reencarnaciones (no metempsicosis, sino transformación de la materia). Parece imposible arrancar de este poema unos versos a modo de ejemplo. Aquí va entero, un organismo vivo del que no se puede extirpar ninguno de sus órganos:

            ASTILLA

            Ha esperado
paciente
a clavarse en tu dedo.

La simiente creció
                              hasta ser árbol,
que más tarde fue mueble

y ahora germina en ti su podredumbre.

Dime entonces
   qué aguardas
para cerrar el ciclo,

para hundirte en la carne
de lo que llamas mundo.

Sería un error creer que como explícitamente en “Estancia japonesa” las influencias del poeta soplan todas del este, porque también en el oeste hay referencias, no solo mediante las presencias como epígrafes de Trakl, Rilke, Yeats o Breton, por ejemplo, sino en versos que son casi el cierre de un soneto de Shakespeare (de los primeros dedicados al Fair Lord): “No dejes que la rosa se marchite, // comienza a construir tu invernadero.”
El poeta baila al viento y no es que sortee los obstáculos, es que a veces se apoya en ellos, como para tomar impulso. Una comparación, un “esto parece aquello”, son por lo general maneras de abordar la analogía inferiores a la metáfora. Lo que comienza siendo un inicio débil, aunque bien presentado visualmente por la caída de “y profunda” por la demostrada capacidad del poeta, se convierte en palanca que levanta esa gran pregunta, deudora de lo anterior, a lo que completa y da sentido, rescatándolo de lo simple y casi inane:

De tan negra
y profunda
la tristeza parece un pozo de petróleo.

¿Se formará también de aquello que está muerto?


Cierro con el líquido que empecé; transparente en Josep y nunca insípido. Como el agua, también sin huesos, su poesía entra con facilidad en el lector, sin abandonar la niebla, el enigma. Cuidada, con mucha elaboración que no es contradictoria con el fogonazo, tienen una apariencia natural, accesible, que apela lo mismo a quien no acostumbra a leer poesía como al más exigente asiduo del género.

(Publicado en un monográfico de la revista Fragmenta dedicado a Josep M. Rodríguez)

lunes, 14 de noviembre de 2016

Cierta edad



Cierta edad: gafas de cerca para arreglar la lámpara: gafas de lejos para buscar los tornillos que ruedan por el suelo.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Firma


Cuando un autor firma un ejemplar no hace más que confesar, sobre su rúbrica, que el libro estaba incompleto.

sábado, 12 de noviembre de 2016

San Isidoro en la Academia







SAN ISIDORO EN LA ACADEMIA

Ve: vierte el visigodo sobre el lienzo
el oro destilado de una turba
mordida a tremedales caledonios
o pantanos de Hibernia nebulosa.
Su hábito y casulla, el crucifijo,
el libro abierto, el báculo inclinado
y esa tonsura que la tiara cubre
componen el perímetro de un hombre
que como el público apenas si reprime
un bostezo que da nonas y asiente
a las otras externas que redoblan,
a las otras eternas que se doblan
desde espadañas graves, cielo arriba,
como siglos de bronce admonitorio
que marca los instantes fugitivos.

Escucha la visión que se oscurece
con eco que se apaga y late ciega
camino de la noche y del silencio
igual que la dalmática que vuelve

al ropero en que gira ya la llave.


(Un poema que escribí esta semana ante la vista de una copia de Murillo que preside el salón de actos de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras)

viernes, 11 de noviembre de 2016

Dos siglos de Charlotte Brontë





Me gusta, me gusta verlos así, juntos en una misma página. Arrebujados en una entrada de la Enciclopædia Britanica que se ocupa de todos ellos, veo a los hermanos Brontë, de tan corta y trágica vida, como en un panteón familiar, compartiendo unas imaginarias flores marchitas o aventadas por el viento de su nativo Yorkshire hasta nuestros mismos pies estos días de difuntos.
            Maria (1813), Elizabeth (1814), Charlotte (1816, celebramos pues el segundo centenario de su nacimiento), Branwell (1817), Emily (1818), Anna (1820)… Todos murieron jóvenes. Charlotte, la que más vivió, solo alcanzó los 38 años. Muertas en su adolescencia las dos mayores por las malas condiciones de vida del internado en que estudiaron según Charlotte, esta se convirtió en la hermana mayor, y en la precursora de una tendencia a escribir y a cultivar las artes que fue general entre los cuatro vástagos supervivientes del matrimonio contraído por Patrick Brontë, un clérigo anglicano irlandés del condado de Down, inclinado a la literatura, y Maria Branwell, que falleció de cáncer en 1821. Charlotte, Emily y Anne, junto con el hermano varón Branwell, idearon reinos (Angria y, luego, Gondal) de los que imaginaron romances, guerras, intrigas. Acaso lo hicieran para aminorar el dolor de la madre muerta y la desazón de la convivencia con una tía, hermana de la madre, que fue a cuidar a los huérfanos más desabridamente que con cariño. Se conservan algunas de aquellas páginas infantiles, que ya apuntan a lo que se convertiría en un año admirable de la literatura inglesa: 1847. Ese año, con diferencia de muy pocos meses, Charlotte, Emily y Anna publicaron cada una de ellas una novela: respectivamente, Jane Eyre, Cumbres borrascosas y Agnes Grey.
            Branwell fue educado por el padre, que pronto tuvo que hacer frente al carácter díscolo del chico, quien luego se dio a la bebida y al opio (como un trasunto de Thomas de Quincey) y murió en 1848. Las chicas aprendieron las labores femeninas propias de su sexo en aquella época (que se limitaban a coser y poco más), de modo que dispusieron de mucho tiempo para leer y urdir, también ellas mismas, historias.
            Charlotte y luego Emily siguieron a sus hermanas mayores a aquel internado de Cowan Bridge, en Lancashire, pero volvieron a casa al terminar el curso de 1825, tras la muerte de Maria y Elizabeth. La experiencia resultó opresiva y deprimente. Cuando en Jane Eyre escriba sobre el colegio al que va la protagonista, Lowood, Charlotte se inspirará en aquel centro de tan desagradable memoria. En la rectoría de Haworth siguieron a su aire los cinco años siguientes, hasta que en 1831 aproximadamente Charlotte fue enviada a otro colegio del que fue primero alumna y luego, a partir de 1835, dos años maestra. En el ínterin volvió a Haworth y se ocupó durante tres años de la enseñanza de sus hermanas pequeñas, y sobre todo, a leer y escribir junto con ellas. Charlotte fue contratada como institutriz por algunas familias, y en 1842 fue con Emily a mejorar su francés, con la intención de montar luego una escuela. Allí Charlotte se enamoró de Héger, el dueño de la academia. A su regreso a Inglaterra le escribió unas cartas de amor que fueron halladas en 1913.
            Si decimos que se cumple el segundo centenario del nacimiento de Currer Bell, nadie sentirá ninguna emoción al respecto. Pero si añadimos que era el seudónimo adoptado por Charlotte Brontë, la percepción cambia radicalmente. Temerosas de la acogida desfavorable que pudiera tener su obra entre los críticos en una sociedad literaria que era casi íntegramente masculina (como el conjunto de la sociedad, por otra parte), y recelosas tanto de la severidad como de los halagos vacuamente caballerosos, Charlotte, Emily y Anne firmaron una colección de poemas en 1846 con el sencillo pero engañoso título de Poems by Currer, Ellis and Acton Bell. Los tres eran nombres masculinos, cuyas iniciales correspondían a los nombres de pila de las tres chicas Brontë. El apellido Bell, que también compartía inicial con el de ellas, pertenecía al ayudante de su padre en la rectoría, alguien que no solo cedió su apellido para este pequeño embuste literario, sino que volvería a hacerlo a la propia Charlotte cuando casó casi un decenio después con esta. Ellas mismas sufragaron el libro, del que se vendieron únicamente dos ejemplares. Son estimables las composiciones de Charlotte y de Anne, pero la que verdaderamente destaca como poeta es Emily, una de las grandes poetisas del XIX inglés.



            En 1847 salieron las novelas, ya se dijo, y poco después, en ocho meses murieron Branwell, Emily y Anne. La hermana precursora quedó sola. En 1849 apareció Shirley, una novela social en la que se refleja la irrupción del mundo industrial, con las nuevas maquinarias y las pérdidas de puestos de trabajo, y también con un tratamiento feminista. Luego, Villette, que recoge la experiencia de la autora en Bélgica, con temas que fueron elaborados a partir de la primera novela que escribiera y que fue rechazada, El profesor (editada póstumamente en 1857).
            Tras rechazar también ella a varios pretendientes, cuando ya parecía que era un solterona irredenta, Charlotte se casó en 1854 con el coadjutor de su padre, aquel Bell que fuera su seudónimo. Murió al año siguiente por complicaciones en el embarazo. Si hoy, a partir de los cuarenta de la gestante se puede hablar de un embarazo de riesgo, a mitad del XIX una mujer de treinta y ocho años era definitivamente mayor para ello. Dejó el comienzo de otra novela más, Emma, que luego ha tenido continuación en manos de otras autoras. La crítica de su tiempo vio “groseras” Shirley y Villette, pero el público se rindió a Jane Eyre, que fue pronto reeditada. En 1857 también una escritora de fama y a la que llegó a conocer, si no a entablar con ella una gran amistad, publicó su biografía: era Elizabeth Gaskell; el libro, Vida de Charlotte Brontë.
            Jane Eyre. Una autobiografía es una excelente muestra del llamado romance gótico, un género en el que intervienen lances amorosos rodeados de ambientes y situaciones en apariencia sobrenaturales que luego resultan tener una explicación racional. Rechazado el manuscrito de El Profesor, los editores la invitaron a enviar en el futuro alguna otra novela, y Charlotte, que ya tenía muy avanzado Jane Eyre la terminó y envió en muy poco tiempo.
            La novela está escrita en primera persona (a la que volvería en Villette), y narra la vida de una joven que pasa por algunas vicisitudes parecidas a las de ella, como la temprana enfermedad y una educación traumática, hasta el hallazgo del amor y, tras pasar varias pruebas, dar a luz un hijo del hombre que ama (lo que Charlotte, ay, no pudo llegar a hacer).
            Sería una burda tarea por mi parte tratar de resumir en una página la trama de la novela. Someramente, se puede decir que sigue cinco etapas: la infancia de Jane, que sufre los malos tratos de su tía y de sus primos; educación de la huérfana en Lowood School, donde hace amistades pero sufre el peso de una educación muy rígida; su empleo como institutriz en Thornfield Hall, una mansión aislada en los páramos, y el enamoramiento de Edward Rochester, el dueño de la casa; su huida y estancia con la familia Rivers, y la propuesta de matrimonio de St. John Rivers, tras saberse que Rochester estaba casado, y tras producirse la aparición de la esposa de este, que, loca, estaba encerrada en una habitación, lo que justifica algunos misterios que se han tenido lugar hasta entonces; la llamada telepática o corazonada que hace que regrese  a Thornfield, que arde en un incendio provocado por la esposa loca y acarrea importantes lesiones para Rochester, a quien cuida y, con el cual, purgada su culpa simbólicamente por el fuego, se casa y engendra un hijo.
Al leer Jane Eyre se tiene la impresión de que hay algo de ella en Rebecca, la novela de Daphne du Maurier convertida en exitosísima película por Alfred Hitchcok. Esto es algo que ya ha señalado la crítica: ese pasado que arroja su sombra gótica sobre el presente y hace claustrofóbica la mansión que finalmente arde, purificando y haciendo borrón y cuenta nueva. Por cierto, que Jane Eyre también ha sido adaptada varias veces al cine y al formato de las series de televisión.
            Hay algunos estereotipos en la novela, como las penalidades del huérfano –aquí la huérfana–, tan presentes en la literatura de Dickens y otros pero una realidad insufrible para quienes la padecieron. Al igual que en las farsas judiciales de la actualidad siempre se echa la culpa a los muertos, en las novelas del XIX los difuntos eran los seres virtuosos, como sucede, por ejemplo, con el bueno del tío de Jane Eyre, que en paz descanse, y la malvada tía, que hace la vida imposible a la niña. Pero una gran aportación suya es la de mostrar desde una perspectiva femenina las relaciones amorosas. Además, presenta un tema que el feminismo ha estudiado a fondo, como es el de la loca encerrada en el ático, que ha tenido una destacada presencia en el imaginario literario de las escritoras de aquel siglo y que ha sido interpretado por algunas ensayistas. En el capítulo XII escribe estas líneas que son, también en esto, precursoras:

“Se supone que las mujeres han de ser por lo general muy sosegadas: pero las mujeres sienten lo mismo que sienten los hombres; necesitan ejercitar sus facultades, y un ámbito para sus esfuerzos lo mismo que sus hermanos varones; padecen una contención demasiado rígida, un estancamiento demasiado absoluto, el mismo que sufrirán los hombres; y es mezquino por parte de sus congéneres más privilegiados decir que deberían limitarse a hacer dulces y hacer calceta, a tocar el piano y bordar bolsos. Es una desconsideración condenarlas, o reírse de ellas, si quieren hacer más o aprender más de lo que la costumbre ha dictaminado como necesario para su sexo.”
         


jueves, 10 de noviembre de 2016

Las palabras más bellas del español



Un estudioso mexicano me pregunta de cara a un reportaje cuáles son para mí las palabras más bellas del español. Mi respuesta: "Todas las comprendidas entre "abadía" y "Zacatecas" y aún más, pasando por "infinito" como símbolo de la inacabable combinación, menos matemática que borgeana, de ellas. Lo que va de la vieja España, que en Silos y San Millán de la Cogolla da las primeras muestas de nuestra lengua romance, a la Nueva España y al continente todo en que el esqueje se trasplanta y, creciendo, da flores y frutos en la gran literatura compartida."

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Muescas en la nada


Estoy muy convencido de mis dudas.

*

Aquí, escuchando tangos a la hora en la que en Montevideo o Buenos Aires duermen y laguien, acaso, sueña con que escucho tangos.

*

Soy tan modesto y tímido que para no ir la noche de Halloween dando la nota por ahí me limitaré a tener una pesadilla.

*

A diferencia de lo que sucede en la actualidad, que se conceden a lo  mejor de lo publicado el año anterior, el Premio Nacional de Narrativa, el de Poesía y el de Traducción se deberían dar a quienes reescriben para sí mismos el cuento de la lechera por las obras que fantasean publicar el año próximo.

*

Turismo: xenofobia amable contra los residentes de un lugar.

*

Cuando leo que en una ciudad hay numerosos poetas, ya sé que habrá muchos asientos vacíos, tantos como aquellos, en cualquier acto poético que allí se celebre.

*

Para ser completo, no seas exhaustivo. La exhaustividad tiene sus rendijas.

*

Quienes solo leen a autores de su cuerda, no leen: dictan.

*

Trabajo demasiado. Como quien no siente la sed o el dolor y está deshidratado, muriéndose. Debería escribir sobre cosas que no me interesen, para así acusar cansancio. Escribir sobre Julia Kristeva o Parriquín, por ejemplo.

*

No soy académico, no concibo escribir un artículo o ensayo sin deslizar uno o dos cordiales embustes.

*

Sí, yo también soy un fan de las series. Siempre a la última, ahora estoy viendo una muy buena sobre la caballería americana: anoche Fort Apache, hoy La Legión Invencible y mañana Río Grande. No me la bajo, me eleva ella a mí.

*

NIKKEI HARAKIRI

Sube la Bolsa
tomando fuerte impulso
para caer.

*

Los gastrobares rara vez engañan. Cas siempre ofrecen lo peor que su espantoso nombre promete.

lunes, 7 de noviembre de 2016

sábado, 5 de noviembre de 2016

Una retractación





Este martes comienza en Sevilla el VI Encuentro en Vandalia, en el que participarán importantes poetas. La inauguración será de lujo, con Pablo García Baena y Guillermo Carnero.
      Con Carnero me equivoqué hace años en una reseña de Verano inglés, que en realidad quería ser elogiosa pero que, como acostumbro hacer en los libros valiosos –con los demás no merece la pena extenderse–, incluía alguna reserva o crítica sobre algunos versos que a diferencia del conjunto no me parecían, entonces, logrados. Hoy, releído y disfrutado de nuevo el volumen, veo que fui de un quisquilloso improcedente, sobre todo porque yo mismo he favorecido luego algunas irregularidades métricas que sirven para romper la monotonía del isosilabismo, y que no deben considerarse impericia sino una forma distinta de arbitrar el ritmo a costa de las rigideces. Y veo asimismo que me pasé de sabihondo en un comentario sobre unos pareados que comparé, injustamente, con ciertos rhyming couplets ingleses. Sigo pensando que no es el mejor poema del libro, pero esto, claro está, es subjetivo. Objetivo es, sin embargo, que emití juicios desafortuados.

     No tendré inconveniente en pedir disculpas a Carnero cuando, como espero, lo vea este martes. El error fue mío.  

Otra lectura de Drabble



Darío Jaramillo Agudelo escribía también hace poco sobre La niña de oro puro, la novela de Margaret Drabble que traduje para Sexto Piso. Se puede leer aquí.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Cirlotiana



Javier Lorenzo Candel publica esta reseña de mi biografía de Cirlot en la edición digital de la revista La Galla Ciencia.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Cernuda en "Avispero"






La revista de Oaxaca Avispero ha editado un número dedicado a las relaciones literarias entre España y México. Sergi Bellver, coordinador del número, me invitó a escribir algo sobre Cernuda. Se puede leer aquí.

martes, 1 de noviembre de 2016

Maternidad y melancolía



Mi traducción de La niña de oro puro, de Margaret Drabble, en el periódico La Nación de Buenos Aires. En este enlace.