sábado, 21 de mayo de 2016

Paredes ajenas




Treinta años hace justamente ahora que preparaba mi primer viaje a Escocia para asistir a unos cursos de verano de literatura que organiza -aún hoy- la Universidad de Edimburgo en un programa coordinado con otras de aquel país. De esta ciudad, Edimburgo, trata la primera parte del segundo libro de poemas de Emily Roberts, abulense de 1991, que cambió no hace tanto las murallas de su ciudad por las tierras al norte del -lo pondré en inglés- Hadrian's Wall, supongo que gracias al programa Erasmus que en mis tiempos de alumno brujuleante no existía.
     Escribo a dos centurias de metros de la calle que en Sevilla recuerda a Adriano. Y Regalar el exilio me ha devuelto al emperador que ordenó acotar la amenaza brumosa de las Highlands, y sobre todo a estas, a sus carreteras estrechas, a la verdura rugosa de sus colinas, incluido el monte artúrico que aparece en los versos de este libro y que se veía, ay, desde mi hall of residence, al cual regresé años más tarde por partida doble: físicamente y en una evocación que vio la luz en la revista Letras Libres.  
     En el poema con el que se abre Regalar el exililio, Roberts da una lección de empatía y de su envés, la extrañeza, ante el hogar transitorio. Es una experiencia que habrán experimentado millones de personas en algún momento, pero que ella ha sabido dejar hermosamente por escrito. Así:

MUDANZA

Aprendo con los dedos las paredes de mi casa.
No las conozco. Son nuevas.

Tanteo a oscuras
cómo pertenecer.


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