viernes, 31 de julio de 2015

martes, 28 de julio de 2015

La vida


La vida, esa palabra de dudosa raíz y significado ambiguo en la que, tras alguna sílaba aceptable, antes de que te des cuenta ya ha empezado el sufijo.

domingo, 26 de julio de 2015

Última poesía brasileña




Solo una vez estuve en Brasil, hace cinco años, y fue en el curso de una breve excursión desde Argentina para ver las cataratas de Iguazú desde el lado brasileño. Como una catarata de muy buena poesía llega ahora a mis manos este volumen de cuatrocientas páginas, ¿Qué será de ti? Poesía joven de Brasil, que con selección y traducción de Luis Aguilar, y en edición bilingüe, ha publicado Vaso Roto.
        Son veintiséis los poetas antologados: Ana Elisa Ribeiro, Ana Rüsche, Andréa Catrópa, Anita Costa Malufe, Bruna Beber, Dirceu Vila, Elisa Andrade Buzzo, Eduardo Sterzi, Fabiano Calixto, Fábio Aristimunho Vargas, Fabricio Carpinejar, Fabricio Corsaletti, Leonardo Gandolfi, Marcello Sorrentino, Márcio-André, Mariana Ianelli, Marília Garcia, Matias Mariani, Pádua Fernandes, Paulo Ferraz, Prisca Agustoni, Renan Nuernberger, Ricardo Rizzo, Sergio Cohn, Tarso de Melo y Thiago Ponce de Moraes.
     El mayor nació en 1971, el benjamín en 1986. Es decir, tenemos un trecho de quince años (una generación) aquí representado. Muy bien representado, hay que decir. Son numerosos los poemas que llaman la atención y que este lector ha señalado. De mi casi prima Ribeiro destacaría "Renacimiento", que saca punta al tema de una mudanza de casa y alcanza la sugerente condensación de versos como estos:


Meus sonhos,
que eram imensos,
haverão de caber dentro
das caixas de sapatos.



Mis sueños, 
que eran inmensos,
cabrán dentro
de las cajas de zapatos.

De Matias Mariani hay dos poemas que, por breves, desearía reproducir completos, tan conceptual y cerebral el primero, tan visual e imaginista el segundo. Aquí va uno:

A palabra impossível é uma possibilidade.
A palabra impénsavel é pensada.
A palavra amorfo possui forma.
A palavra inexistente existe.
A palavra infinito finda.

Concevemos o inconcebível?



La palabra imposible es una imposibilidad.
la palabra impensable es pensada.
La palabra amorfo tiene forma.
La palabra inexistente existe.
La palabra infinito termina.

¿Concebimos lo inconcebible?



Y aquí el otro:

No supermercado

engano,
meu olho 
um templo grego
no código de barras.



En el supermercado

iluso,
mi ojo ve
un templo griego
en el código de barras.


sábado, 25 de julio de 2015

La noche tatuada




Leí hace varias semanas el primer libro de poemas de Alfonso Brezmes, La noche tatuada (Renacimiento, 2013), tras la agradable experiencia que me deparó el segundo suyo, llegado antes a mis manos. Del volumen con el que debutó es el excelente "La cita":

Es posible que no sepas
que ayer tomamos café juntos,
que estaba un poco amargo 
(como a ti te gusta),
que hablamos de muchas cosas
(aunque no vinieses),
y que cuando el camarero
vino a traer la cuenta,
sólo nos cobró una consumición.
El muy idiota.

viernes, 24 de julio de 2015

miércoles, 22 de julio de 2015

Eagle Pond







De Eagle Pond, esa casa rural del principios del siglo XIX, en New Hampshire, ya teníamos noticia por los libros de Donald Hall traducidos por Juan José Vélez Otero (primero en Vitrubio y luego, como este, en Valparaíso). Ahora Hall ha armado un libro, igualmente traducido por Otero, que es una suerte de antología de los poemas que a lo largo de los años fueron escribiendo en Eagle Pond sus moradores: su esposa Jane Kenyon y él mismo. Leyéndolos asistimos a su vida cotidiana, a los arañazos de la enfermedad y a la devastación de la temprana muerte de ella. Hay incluso algunos versos que remiten involuntariamente a otros, pues se trata de dos poetas a los que a menudo llaman la atención los mismos sucesos, convertidos en estímulos para su creación. Así ocurre cuando ella escribe algo que también fue consignado por él (no recuerdo ahora si más tarde): “Oí a dos enfermeras murmurando: / el señor Malcolmson ha muerto. / Una hora después, una de ellas llegó y dijo / que había quedado una habitación libre.”
      Kenyon muestra aguzadas dotes de observación, y a veces presenta con desenfado y hasta humor circunstancias no agradables. Así, “Cuánto ha durado el invierno, como una sinfonía / de Mahler, o como una hora en el sillón del dentista.” De Hall son estos versos del poema "Espanto" en el que se evoca cómo a su padre se le detectó una mancha en el pulmón. La segunda mitad de la composición es terriblemente hermosa:

Dos semanas después, las exploraciones
          revelaron una lesión
que no se podía operar.
          Los médicos nunca
se lo dijeron; él nunca preguntó,
          pero leyó la Guía Médica del Hogar.
Siete meses más tarde,
          justo después de cumplir cincuenta y dos,
empezó a írsele la vista,
          su voz se redujo a un susurro; tres días
antes de morir, decía,
          "Si me ocurriese algo..."

No son pocos los poetas que han ido a visitar el que fuera hogar de la pareja, ya solo de él. Seamus Heaney cuenta la suya en el último número de la revista Granta. "Ocurrió en mayo de 1979, junto al Estanque del Águila en Nueva Hampshire, adonde me había dirigido con la familia a visitar al poeta Donald Hall, amigo de Louis Simpson, discípulo de Frost, y heredero de la granja de su abuelo, a la cual sólo había vuelto hacía poco tiempo."  

martes, 21 de julio de 2015

Colores



Hay poemas dedicados a los meses, a los días de la semana, a las vocales, a los colores (o a vocales  que son colores, como el célebre de Rimbaud). En Llueve horizontal, libro con el que ganó el XXII Premio de Poesía Ciudad de Córdoba "Ricardo Molina",  Miguel Ángel Arcas escribe este poema cromático:

COLORES

Del blanco todos nacen, nadie enferma. Es la luz madre.

El verde suele hacer promesas que apenas cumple.

El azul habla de cielo y la nube, del poder manierista de los reyes,
del viejo rencor del dinero. El mar le debe parte de su cuerpo.

El rojo posee las dos imaginaciones: la tuya y la de las cosas en su autonomía.

El amarillo, valiente y tropical, siempre se expone a la crítica
de necios, agoreros y toda clase de gentes conservadoras,
y no por ello deja de ser el color que más cerca está del horizonte.

Y por fin, el negro, que no es un color, sino un fracaso.
El negro que es lo que le ocurre a la luz cuando se olvida
de todo y no mira, cara a cara, a los ojos del mundo.


lunes, 20 de julio de 2015

La excepción



La poesía es siempre lo imprevisto, lo rebelde, lo indómito. A veces, en la lista de libros más vendidos de poesía se cuela, sí, como un polizón que viaja a vela en un buque de vapor, un libro de poesía.

domingo, 19 de julio de 2015

Les nuits parisiennes



Mi propuesta del pasado viernes en el periódico. Esta vez, sobre una música deliciosa en un lugar no menos delicioso. Aunque el concierto ya ha tenido lugar, la magia de los jardines perdura. En cuanto a mis párrafos, traten de lo que traten tienen siempre intención -la ilusión- de ser literatura.Es decir, conservar también alguna permanencia.

sábado, 18 de julio de 2015

Mirando atrás, sin el IRA



Publicaba ayer Estado Crítico mi reseña de un libro semiautobiográfico de Aidan Higgins: Recuerdos de un pasado que se desvanece.

viernes, 17 de julio de 2015

Biblioteca a dos aguas



Ese es el título de uno de los poemas de Las nubes transitorias, libro de Daniel García Florindo recientemente publicado en la editorial Guadalturia. Se trata no solo de una declaración de amor a los libros, sino también a la persona con la que se comparte la vida; en el caso de García Florindo, la también poeta Rocío Hernández Triano. Hay entre esos versos una estrofa especialmente afortunada:

Unamos nuestros libros, sí, pero nunca olvides
cuáles te pertenecen a ti, amor, 
porque no quiero ser yo quien te reste
ni quiero disolverme tampoco en tu memoria,
aunque volver atrás sea leer
al revés el palíndromo que somos
como el ave y la nada en el Edén,
en este paraíso de palabras. Por eso,
confundamos, mi amor, tu reflejo y mi imagen,
tu imagen, mi reflejo... más incluso
que en todos nuestros libros. No es ficción
este amor que sostiene nuestra casa.


jueves, 16 de julio de 2015

Lección de María Victoria Atencia





Estupenda como siempre, la revista Campo de Agramante ofrece poemas, crítica, entrevistas, estudios, en su número 22, de este verano de 2015. En el artículo de Francisco Ruiz Noguera sobre María Victoria Atencia hay una cita particularmente valiosa para los lectores no solo de la autora malagueña, sino de la poesía en general, y también recomendable para quienes la escriben. Sostiene Atencia en "Modos de encuentro", ensayo recogido en El oro de los tigres:

"Creo que el mayor atentado a un poema es limitarlo en una sola dirección: la que busca su apoyo en la intimidad biográfica del poeta o la que reduce el poema a la ocasional anécdota que lo suscitó.
     Porque esos son apoyos de los que el poema carece: el poema es, por definición, una intimidad confesada. Pero una intimidad suya -del propio poema- y que excluye e incluso suplanta a la de quien lo ha escrito."

miércoles, 15 de julio de 2015

TRÍPTICO DE LA TARDE





I

SOLO EL ECO

Cuando llega un momento en que la música
se detiene y permanece solo el eco,
reverbera la voz: un embeleco
que aún engaña con su magia rúnica.

Aunque luego la ultrajes con tu rúbrica,
abriéndose camino por el hueco
van torpes gotas por el cauce seco.
Nada que iguale a la primera y única.

¿Desde qué diapasón vienen las notas
con fatiga arrastrándose, cansinas?
En el antiguo eje ya no rotas

y a trompicones caes y caminas.
Con esos sones del ayer azotas
estrofas que se vengan asesinas.



II

FIN DE TRAYECTO

No permitas que nadie te lo cuente.
Descúbrelo tú mismo, pon la antena:
acepta que, vacía, la alacena,
al río vierte polvo el afluente.

No tortures papel inútilmente
como un ave que pica entre la arena
llevándose hasta el buche solo pena
de no catar insecto ni simiente.

Si el silencio te vence, la testuz
baja, y jamás pregones los despojos
de unas palabras mondas, ya sin luz.

Que no emborronen, turbias, otros ojos.
En el cuaderno cerrado haz una cruz.
Si no son flores, quema los rastrojos.



III

PARA UNAS POESÍAS REUNIDAS

Cuando todo parece estar de sobra,
llega un momento en que el motor se para.
Atrás vuelves, cansado ya, la cara;
delante, esa vereda: tu zozobra.

Por inercia, la inventiva maniobra
aún, pero la Musa es tan avara
que calla, silenciosa, la algazara.
Uno es el albacea de su obra.

Solo queda decir un padrenuestro
por ese fallecido que escribía
y nos toca de cerca, es algo nuestro;

para siempre dejar la cacería
con la mojada pólvora del estro.
Llevar el testamento a notaría.





martes, 14 de julio de 2015

Con Leopardi






Pocos meses después de que Andrés Trapiello haya inmortalizado en la revista Clarín su viaje a la ciudad del poeta, Eloy Sánchez Rosillo escoge una muestra de los Canti y nos la entrega en una versión que tal vez sea la mejor que nos haya sido dado leer hasta la fecha. Después se ha echado encima la primavera y ya definitivamente, con algún desengaño, podemos decir que pasamos por una estación leopardiana, estación a la que también ha contribuido con su granito de arena —tiempo y desolación— la más envarada y arcaizante traducción del mejicano Bernal en la colección trapiellana de “La Veleta”. Jugando con doble baraja, las dos magníficamente impresas y llenas de triunfos, el autor de Salón de pasos perdidos ha hecho de tipógrafo y diseñador de ambas ediciones recientes de Leopardi.
     Un ramo de rosas suele ser la coincidencia, en visión y aroma, de unas flores y el verde aderezo que las escolta, pero Sánchez Rosillo ha querido quedarse sólo con los carnosos pétalos, los diamantes, prescindiendo de las hojas y la ganga. Su Leopardi es esencial e irrebatible, podado a la mitad del número de poemas que escribiera, es decir: la veintena de composiciones elegidas gozan todas de la no prodigada condición de obras maestras. “El pájaro solitario”, “El infinito”, “El sábado en la aldea”, “Los recuerdos”, “La retama o la flor del desierto” y “A la luna” son ya cuentas de un rosario al que todo amante de la mejor poesía vuelve una y otra vez. Desde ahora lo hará de la mano de Sánchez Rosillo y su inventario de sílabas, que copian a las originales de Giacomo Leopardi y que en el discurrir armónico de endecasílabos y heptasílabos (música que Cernuda confiesa haber aprendido del autor de los Canti) constituyen auténtica poesía en español, hasta el punto de que es fácil olvidar que se trata de traducciones.
     El poeta murciano ha antepuesto un prólogo confesional a este libro: palabras de poeta sobre otro poeta. Lo que prefiere del italiano es la emoción, nos dice, y no el frío tono moralizante de algunos otros textos. Ramillete de reflexiones y juicios personales, las notas a los poemas sitúan a éstos en la vida del autor, establecen las coordenadas de su dolorida existencia. Por ellas sabemos, o recordamos, que el autor de esos versos amó perdidamente y, valga la redundancia, fue sumamente infeliz, cosas ambas que a él, un clásico, lo acercan al canon del romanticismo.
     Uno también tiene a Leopardi como poeta de cabecera o doctor que le prescribe su ajenjo, y en su cerrado panteón de la tristeza lo coloca junto al autor de Endymion. Al más imperecedero y clásico de los románticos ingleses, John Keats, lo une, efectivamente, la tragedia de la enfermedad e incluso el nombre —Fanny— de la amada imposible (“jamás gozada”, como se dice en un poema de Desolación de la Quimera), mas sobre todo una forma de mirar las cosas y una decepción que se va haciendo amargura. Pero Leopardi es aún más desconsolado que Keats. La “Oda sobre una urna griega” del inglés precede en tres lustros a su “Sobre un bajorrelieve sepulcral antiguo”, y en aquélla aún laten esperanzas que no tienen de ninguna forma cabida en esta última, cuyos versos terribles rezan: “Madre adversa y temida / por todo ser mortal desde que nace, / Natura, detestable maravilla, / que por matar nos pares y nos nutres, / si es un mal para el hombre / el precoz perecer, ¿cómo lo admites / en almas inocentes?”.
     Trapiello nos pintó un Recanati inolvidable en su melancolía, el natal escenario de tanta soledad y tan honda. Al corazón lo punzan frases como ésta: “Quizás venga uno a Recanati como cuando se visitan unas ruinas, tal vez como hizo el propio Leopardi con las ruinas de Pompeya: para constatar una vida sepultada y recordar un fin previsible y triste para todos”. En la biblioteca del palacio familiar donde la árida erudición le echó años encima, entre las lomas que encierran el pueblo y lo estrangulan, por jardines que conservan los ecos de sus poemas y lejanas reverberaciones como de rústicas esquilas de una paz que él no alcanzó nunca, es más fácil entender a Leopardi, escuchar con oídos más receptivos sus fundados reproches a la vida.
    Si en un bar se nos acerca un tipo tan quejumbroso y entristado como Leopardi, lo más seguro es que pongamos barra de por medio y lo mandemos a paseo. A idéntica filosofía ya habíamos llegado antes nosotros (si no, no estaríamos apurando, solos, la enésima copa, lejos de esa chica cuyos preciosos ojos no han sido hechos para mirarnos). Ahora, cuando nos adentramos por los poemas del contrahecho y enfermo Giacomo Leopardi, y es él quien nos invita a una interminable ronda de derrota con su vieja verdad más abrasadora que cualquier otro alcohol, no sólo lo miramos con simpatía. Llegamos a pensar, incluso, que si la musa nos hubiera deparado su elocuencia, esos versos los podríamos haber firmado nosotros.



 (Publicado en Las líneas de otras manos, 2009)

lunes, 13 de julio de 2015

Bajo fuego amigo





Julio Martínez Mesanza (1955) es probablemente uno de los poetas más incómodos para el crítico de hoy. La impecable factura de sus poemas, con su sempiterno endecasílabo blanco, como la constante lluvia en una batalla antigua, las imágenes rotundas y también las atrevidas, su sabia sintaxis llena de ecos clásicos —y no sólo de la mejor tradición castellana, aún también de la grecolatina—, todo ello parece puesto al servicio insobornable de un extraño afán en el que lo religioso y lo metapolítico —una fe polvorienta pero viva, fronteras que no volverán, un proteico imperium— no son la contingencia de la actual iglesia de Roma ni el programa de partido o bandería de ninguna laya.
     Que un poeta, a las puertas del siglo XXI, hable del Salvador y de la añoranza de la guerra, resultará extraño. Que lo haga además con convicción y estilo, esto debe de ser imperdonable. Al Diablo, que sin duda existe, le gustará la poesía de Martínez Mesanza, porque al fin y al cabo habla de cosas que bien conoce: Dios, los vericuetos del alma atormentada, las guerras, las traiciones que hieden en puñales internos. Fangales y falanges son lo mismo. En los poemas de Martínez Mesanza, la victoria y la gloria son la meta ante la que se interponen y sobre la que vierten su lodo los pantanos del yo; y el caballero, el guerrero, el soldado, el peregrino, tienen como principal adversario —y aquí su épica se desgaja en lírica— a la voz de su propia Kundry: su ánima.
     Las trincheras, su última entrega hasta la fecha, ensancha su obra anterior, y goza de tres o cuatro poemas memorabilísimos que con la escolta de otras tiradas admirables y algún dístico y verso perfectos hacen que un lector escogido quiera engancharse a tan alto ejército y, voluntario suyo, batir las mismas páginas una y otra vez en el conocimiento de que aún ahí, tras sus filas, sus líneas, sus versos, se agazapa una resistencia terrible: “y, con todo, empezar otra campaña: / ver que la soledad que nos recibe / es nuestra estéril alma, que la yerma / lejanía nosotros mismos somos; / y que somos también el enemigo”. Hay composiciones que aportan la novedad de su extensión (alguna alcanza los 88 versos), muy superior a la que era habitual en las primeras entregas de Europa; igualmente, se percibe una mayor inclinación a la alegoría, que a veces coincide con el onirismo y con él se confunde en poemas como “Las tropas en el puente”, “El río” o “El peregrino” (“La torre y los cerdos” entra en la profecía con sus dos decenas de versos a los que gobierna el futuro). Sucede con la obra de este autor —y puesto que en su último libro aparecen por primera vez piezas de artillería— que muy fácilmente el lector suyo habitual cae bajo los obuses que el poeta dispara contra una hueste de fantasmas, quedando herido en su conciencia por las esquirlas del fuego amigo. Hablamos de proyectiles imantados para corazones de hierro. Al autor de Europa se le puede leer la primera vez por azar; a quien persevere, ha de perseguirle su misma gangrena para siempre.
     Ni teólogo ni estratega: hondo poeta de los conflictos del espíritu, Julio Martínez Mesanza es una voz hoy irremplazable de nuestra literatura. En la gaélica medieval se habla con frecuencia del “salto de los héroes”: el que éstos, como los venerados salmones de su mitología, dan contra la corriente. Calado hasta los huesos, Martínez Mesanza está cada vez más cerca del nacimiento del río.


(Publicado en Las líneas de otras manos, 2009)

domingo, 12 de julio de 2015

Imágenes de Joyce







Se publicó este volumen de imágenes de Joyce el pasado 16 de junio, haciéndolo coincidir con la celebración, una vez más, del Bloomsday. No es el primer libro de su género, pero sí uno de los más bellos.
      Es un hecho que ningún prosista contemporáneo ha concitado una mayor atención de críticos y estudiosos, habiéndose creado un culto joyceano del que biografías como la de Ellmann, Beja o Costello serían los evangelios; una pléyade de estudios e interpretaciones, la teología; y los libros ilustrados, su iconografía sagrada. Esta encrucijada de artes plásticas y literatura ha dado en los últimos años tres espléndidos frutos que, como trinidad, encarnan en su diferencia tres aspectos de un mismo Joyce.
     Joyce’s Ireland (Yale, 1992) desplegaba un abigarrado retrato del país del autor de Ulises durante los años de su vida y en el marco de sus obras: Parnell y John McCormack, un homenaje a la reina Victoria en Leinster House (hoy sede del gobierno de la República) y un tranvía al que sortean encopetados peatones en Nassau Street...  James Joyce: Reflections of Ireland (Little, Brown and Company, 1993) era por su parte un original paseo por los libros de Joyce a través de fotografías contemporáneas, en una sabia combinación de color y blanco y negro (éstos últimos, mixtura mágica, en estado de gracia en unas pintas de stout).
    Este Joyce Images, que en el lenguaje de Finnegans Wake podría traducirse como “Imágenes del júbilo”, es realmente un placer para la vista y la sensibilidad, un libro que concilia el pasado y el presente de los citados libros anteriores. Aquí el protagonista es el propio Joyce: en Dublín, en Trieste, en París, en Zurich; solo, con otros, irrenunciablemente él mismo bajo las muchas caras y máscaras. Junto a fotos más conocidas hay sorprendentes hallazgos, como el de su negra silueta recortada contra unos árboles y casas de Zurich: de espaldas, con los brazos en jarra, con una pose a mitad de camino entre la arrogancia y la perplejidad. Dibujos de Brancusi y Wyndham Lewis, una ilustración de Matisse, una caricatura de F. Scott Fitzgerald y otra de David Levine se suman a las fotografías, casi todas magníficas.
No sabemos qué opinaría Ezra Pound, que tanto teorizó sobre el dinero, al ver a su amigo y protegido convertido en papel moneda (el nuevo billete de diez libras irlandesas), pero desde luego daríamos cualquier cosa por conocer sus pensamientos en esa impresionante fotografía que lo retrata —viejo, sabio, mudo— frente a la estatua sedente de Joyce, en el cementerio de Fluntern.
     El libro, diseñado y editado por Bob Cato y Greg Vitiello para la editorial W. W. Norton, está primorosamente cuidado en todos sus detalles. Anthony Burgess terminó de escribir la introducción tres meses antes de su muerte, en noviembre de 1993. Allí, en un breve y ajustado recorrido por la vida y obra de Joyce, señala: “James Joyce fue el más paradójico de los escritores (...) Estuvo casi tan ciego como sus predecesores en el linaje épico, Homero y Milton, y aun así ningún escritor ha ejercido tanto atractivo sobre los profesionales de la imagen, ya fueran pintores, fotógrafos o cineastas.” Esta antología gráfica es una prueba de ello.

 (Publicado en Las líneas de otras manos)

sábado, 11 de julio de 2015

El mundo portátil de Benítez Reyes



Uno de los propósitos de abrir este blog fue convertirlo en una especie de archivo de publicaciones propias dispersas por suplementos y revistas. Iré dejando aquí algunas de esas páginas luego recogidas en mi libro Las líneas de otras manos. Esbozos de crítica literaria (publicado en la colección Textos Mediterráneos de la Consejería de Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla, junto con el centro asociado de la UNED en esa localidad). Va aquí, sin cambiar una coma y ni siquiera el interlineado del original, esta viejísima reseña sobre una obra de un autor, Felipe Benítez Reyes, que no he dejado de seguir con creciente admiración:



EL MUNDO PORTÁTIL DE BENÍTEZ REYES



Felipe Benítez Reyes no está por lo místico ni tiene más religión que esa cábala mínima del alfabeto de nuestras letras latinas, esas que son también francesas, italianas, inglesas, castellanas, nuestras. Él cree, con la dosis necesaria de descreimiento, en el poder combinatorio de esos caracteres que, caprichos del destino y de la voluntad del hombre, pueden producir el tedio de un programa político, el pie de foto de una página de Marca o la novela única de Lampedusa.
   Y para este hombre poco dado a teologías, para este libro admirable, Gente del siglo, uno piensa si toda esa turbamulta que nos promete la portada no será del siglo en cuanto mundo, esa secularidad que pudo haber sido grave impedimento para la vida eternal en otras épocas. Estamos, efectivamente, ante gente de mundo, cosmopolita o no, gente que habita en esta ladera.
    A Benítez Reyes no le pediremos una paráfrasis de la Chandogya Upanishad o de Angelo Silesio, pero sí que le agradecemos esa manera sabia y ligeramente decadente, con su poquito de dandismo y otra pizca de ese cosmopolitismo peculiar suyo, irradiado desde su pueblo grande o ciudad pequeña de un Atlántico que no deja de ser totalmente Mediterráneo.
      Escritos durante casi tres lustros, los artículos, ensayos y alguna conferencia que componen este admirable libro anteceden y prosiguen esa entrega plural suya, Vidas improbables. En aquélla, la rebujina de unos poetas apócrifos, con su variedad de registros  —desde el estilo sereno y majestuoso de una oda espuria de Keats al estilete de un bardo canalla y navajero—, daba cuenta del abigarrado caleidoscopio del planeta literario que Benítez Reyes contempla desde ese privilegiado observatorio suyo, su tan bien amueblada inteligencia. Aquí, no menos inverosímiles escritores y artistas, esta vez de carne y hueso, aunque muchos ya hace tiempo más huesos que carne, componen estampas inolvidables como “Bernabé Fernández-Canivell y el espíritu de las letras”, que debería ser pieza antologada en todos los libros de lectura de primaria (en la ESO, ya no saben los chicos leer). Aquí, en fin, un abanico de lucimientos de un dotadísimo autor que brilla con gran finura en el humor y que posee un certero estoque para el duelo: uno no querría estar en el pellejo de los santones a los que deja en cueros con sólo un giro de su muñeca y su esgrima, de los gigantes a los que la vara mágica de su prosa corta las alas y les da pies de barro.
     Dejando ahora al margen su obra narrativa, su prosa articulística y su verso guardan un peculiar equilibrio a ambos lados del fiel de su escritura. Si su poesía hasta hoy ha sido voluntariamente fría  —con ese relente de la madrugada escéptica que al protagonista poemático sorprende tras la farra, léase la juventud—  su prosa se enciende con más alta temperatura y con no menos escepticismo a veces, pero casi siempre con una mayor dosis de apasionamiento, ya sea en el laude o la sátira, ambos raros en sus casos extremos, pues por lo general es muy elegante su decir sin disonancias.
        En uno de estos textos se cita a Rayuela, ese libro que se lee según los saltos y ganas que se quieran dar, que se tengan. Esto también tienen los libros de buenos artículos, que no necesitamos un Virgilio que nos guíe por infiernos o purgatorios que no nos plazcan; que podemos picotear directamente a nuestro gusto y capricho —con el vago orden de la curiosidad, de la morbosa bilis o el afecto— todos los frutos de un paraíso impreso como éste, que no otra cosa es Gente del siglo.

jueves, 9 de julio de 2015

Zorrilla en San Ángel





Estas casas de México, tan andaluzas. Como esta de San Ángel, frente a la iglesia de San Jacinto. No sabía cuando estuve allí que José Zorrilla vivió a solo unas cuadras. Ahora lo sabe también el poema en que lo digo. Es fácil imaginar a Don Juan escalando esta vivienda, por ejemplo, para burlar a una dama.

miércoles, 8 de julio de 2015

Esquinas humanas





De todos los escritores residentes en Sevilla (a día de hoy, seguramente ya más que lectores), José María Conget es uno de los más prestigiosos. Como demuestra en su última novela publicada, La bella cubana, ese prestigio sólido está más que justificado. Tiene mucho que ver con ello la autoexigencia.
Como las novelas de Modiano (aún más breves) las de Conget tienen la extensión que han de tener, sin garrulería. En sus 202 páginas, en esta no sobra ni falta nada, aunque en ella haya sexo, frustraciones, incomunicación a pesar de las muchas cartas y las confidencias hechas a quien es incapaz de entender, ambiciones literarias, crítica de las instituciones culturales y humor, mucho humor. Uniendo lo último y penúltimo de esta lista de temáticas y registros resultan páginas como aquellas en las que se ridiculiza a tanto pelagatos con ganas de darse pisto en el Instituto Cervantes de Nueva York, que tan bien conoció el autor (que aquí es personaje secundario, junto con Maribel, su mujer). Un clásico: cuando todos los picatostes han viajado con sus señoras a cargo del presupuesto a un simposio absurdo, en medio de su ponencia el erudito de turno “se salta una línea cuando el ruido de los asientos le obliga a alzar la vista y descubrir que la muchedumbre del público se ha quedado reducida a cuatro estoicos colegas que hablarán después que él y al conserje que se ocupa del agua y los micrófonos.” Como un solo visón, escribe, se las piran.
En estas esquinas neoyorquinas, sórdidas a veces, en que se cruzan tiempos, personas y obesiones, Conget emplea como nadie el párrafo torrencial, flujo de conciencia en que palabras y pensamientos se atropellan y dejan desnuda la personalidad de quien habla. Es un recurso particularmente útil cuando se trata de sumirse en los recuerdos, en la coincidencia del pasado con el presente, para las obsesiones y los traumas, de los que hay no pocos en esta novela en la que están muy bien atados los cabos, tanto en su estilo como en su trama, su desenlace.


La bella cubana, José María Conget, Pre-Textos, 20 euros.




                                               (Publicado originalmente en la edición sevillana de El Mundo)

lunes, 6 de julio de 2015

Sobre Jean Toomer



Jean Toomer

Llega el número 115 de Turia, tan diverso y rico como siempre. Entre sus artículos hallo uno muy bien documentado de Maribel Cruzado sobre Jean Toomer, uno de los protagonistas del llamado Renacimiento de Harlem y autor de Caña, libro que ha vertido la propia Maribel. 
     De Toomer, una de las voces sobre los que se ocupa Harold Bloom en su libro Poemas y poetas, que he traducido para Páginas de Espuma, es este "Flor de algodón en noviembre", que el crítico norteamericano califica de "extraordinario poema lírico":


La llegada de la cápsula del gorgojo, y el frío del invierno,

enmohecieron los tallos del algodón, con muchas estaciones encima,
y el algodón, escaso como la nieve en el sur,
desaparecía; la rama, tan aterida y pesada,
fracasó en su función como rastrillo del otoño;
en su lucha contra la sequía, el terreno había tomado
toda el agua de los arroyos; se encontraron pájaros muertos
en pozos a cien pies bajo tierra.
Así estaba la estación al abrir la flor.
Los viejos se sobresaltaron, y pronto pareció que aquello
tenía un significado. La superstición
vio algo que jamás vio antes:
ojos marrones que amaban sin un rastro de miedo,
tan súbita belleza para aquella época del año.








domingo, 5 de julio de 2015

Con Manuel Sollo en "De Libros"-



Manuel Sollo y su programa De Libros, de Radio Nacional de España, están entre lo mejor de nuestro periodismo cultural; y eso, aunque de vez en cuando se le cuele un tipo como yo. El caso es que los dos lo pasamos muy bien conversando hace unos días en un estudio de la emisora. Se puede escuchar nuestro diálogo, con la lectura de varios poemas, aquí.

sábado, 4 de julio de 2015

viernes, 3 de julio de 2015

Algo sobre la poesía española joven





Me pidieron una nota sobre el tema arriba expuesto y aliñé estos párrafos. Quizá el tercero de ellos genere cierta polémica. Si lo hace, será que hay quien cree que aún estamos en el siglo XX, o en el XIX. 



Con la poesía escrita en España y en español por quienes tienen menos edad (no hablo aquí de la poesía escrita en las otras lenguas oficiales del país) sucede lo que con la escrita por los más veteranos, y eso es saludable: coinciden diferentes estéticas y corrientes, hay una forma de escribir heterogénea que permite que incluso un mismo autor emplee distintos registros.
            Podría pensarse que por ese atributo que se concede a la juventud, la rebeldía, los más jóvenes cultivan un tipo de verso libre que da la espalda a la tradición, pero eso sería engañoso, pues no falta la escritura de sonetos y formas cerradas, medidas, en poetas como Miguel Floriano, Rodrigo Olay o Xaime Martínez, por limitarnos a tres voces nuevas de Asturias, en el norte; o Gonzalo Gragera en Andalucía, al sur. En cuanto a la temática o el estilo, es tanta la variedad de enfoques y preocupaciones que sería imposible hablar de una corriente dominante, aunque es visible la presencia del viaje, de la apertura cada vez mayor a otras literaturas y del desembarazo en el tratamiento de la sexualidad, de la que van cayendo, como hojas muertas, los tabúes.
            Un fenómeno reciente ha sido la irrupción de numerosas poetas que confirman la existencia, cada vez mayor, de una poderosa poesía femenina, aunque a veces por voluntad de las poetas con cierta impermeabilidad, al agruparse estas en recitales y publicaciones cuyo nexo es el sexo, como si ellas mismas rehuyeran la convivencia de su obra con la de los poetas hombres, en igualdad de condiciones, en un mismo ecosistema. Replican así para el feminismo algunos de los vicios del machismo y su antiguo apartheid literario.
            En el panorama editorial, creo justo reconocer la labor desarrollada por la editorial sevillana Isla de Siltolá, que se ha convertido en la principal plataforma de atención a la poesía más joven. También citaría Valparaíso en Granada o Ediciones Liliputienses en Cáceres. En cuanto a las revistas, nombraría dos: la asturiana Anáfora y la sevillana Estación Poesía: en una y otra, aún jóvenes, como los poetas de los que estamos hablando, han ido publicando muchas de las voces más interesantes de la actualidad. Igualmente son destacables La Galla Ciencia y Años Diez. También tiene gran importancia la difusión en Internet en publicaciones digitales, blogs, etc.
            Entre estas, y ciñéndonos a los nacidos después de 1980, me parece particularmente valiosa la obra, ya publicada o que conozco escrita a falta de verla impresa en los libros que sin duda la acogerán, de María Alcantarilla, Víctor Peña Dacosta, Sara Torres, Ben Clark, Pablo Fidalgo Lareo, Martha Asunción Alonso o Javier Vela. 

jueves, 2 de julio de 2015

Poemas celebrados




No hay día que no tenga que dar gracias. Bendita obligación. Antonio Serrano Cueto publica en su blog El baile de los silenos la crítica de Lo que importa.

miércoles, 1 de julio de 2015

En "Letras anfibias"



Sonia Domínguez, responsable de Letras anfibias, una nueva publicación digital sobre el libro, el periodismo y Sevilla, tuvo la amabilidad de preguntarme, y yo la inconsciencia de responder. ¿Es Sevilla una metrópolis poética? De eso hablamos. El tema no se agota en mi entrevista, y quien lo desee podrá profundizar en las opiniones de otros.