lunes, 21 de diciembre de 2015

Celebrar a Cavafis




Descubrir a estas alturas las excelencias de Constantino Cavafis sería pretencioso y poco menos que descubrir su Mediterráneo, que por el extremo oriental baña su natal Alejandría. Pero nunca está de más recordar, así sea para uno mismo, con el deleite de enfrentarse a los textos, su gran poesía. Si además, esta viene presentada en una edición tan estupenda como la que Juan Manuel Macías ha preparado para Pre-Textos, miel sobre hojuelas. La introducción de Macías es ceñida pero informativa y sugerente; pertinentes, las notas; la traducción, tan exacta como poética; el epílogo de Vicente Fernández González, informativo y contextualizador de Cavafis en España. Junto a los 154 (como los sonetos de Shakespeare) poemas canónicos, se brindan aquí los "Poemas ocultos", que incluyen piezas rechazadas y experimentos, como "Leaving Therapia", cuyas dos estrofas están compuestas en inglés.
     Cavafis escribe como nadie del deseo, de la decrepitud, de las brasas que se reavivan, de la historia humana, susceptible de convertirse en inagotable símbolo y lección. Su obra es palimpsesto, y al trasluz se ve mucho, pero cuánto aporta ya netamente en la superficie. Los poemas memorables de Cavafis son numerosos. Con permiso expreso del traductor (no me gusta la rapiña tan frecuente en lo digital, donde hay tanto robo y los dedos se hacen huéspedes), reproduzco aquí uno bien hermoso, que no envidia nada a otros sobre tema parecido de Borges:







UN PEÓN


A menudo, viendo jugar al ajedrez,
sigo con mis ojos a ese peón
que va abriéndose camino poco a poco,
y logra alcanzar la última línea.
Con tal afán camina hasta la meta
que se diría que allí mismo ha de obtener, sin duda,
su regocijo y su premio.
Muchos percances halla en su camino.


Le disparan los alfiles, marchando en diagonal;
se le topan las torres, con sus anchos corredores;
entre sus dos escaques
corren tras él los rápidos caballos
y con engaño intentan capturarlo.
Aquí y allá, ante la esquinada amenaza,
hay un peón que avanza en su camino
por el campo enemigo donde lo enviaron.


Pero se salva de todos los peligros
y logra alcanzar la última línea.


¡Qué triunfante llega allí,
a la terrible línea del final!
¡De qué buen grado su propia muerte alcanza!


Porque allí el peón ha de morir,
era éste su único objetivo.
Por la reina, la que nos salvará,
por sacarla de su tumba,
vino a caer al hades del ajedrez.


                             (1894)

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