jueves, 10 de abril de 2014

Autorretrato de la bondad




Tiene la realidad tantas aristas que muchas veces quedan reflejadas en las páginas las siluetas de personajes estridentes, de sucesos horrorosos, de voces horrísonas. Solemos gritar hasta gastar las cuerdas vocales, o las yemas de los dedos en el teclado, tanto da, para atacar, para impugnar, para derribar. No faltan ocasiones en que es justo que así sea, pero es lástima que no prestemos tanta atención a la bondad, a la belleza. Jesús Cotta es uno de los hombres más amables y cordiales que conozco, pero también un poeta excelente. Lo vuelve a demostrar en Menos la luna y yo, su reciente libro (Isla de Siltolá, 2013).
     Qué bien sabe Cotta recuperar la infancia, como en "Primera voluntad", que prolonga su evocación en otras páginas, ya sea en la recordanza de los que se fueron, ya en la presencia viva y vívida de sus propias hijas.
     Y cómo sabe recuperar el campo, la naturaleza, como en los versos de "Autorretrato". Su bellísimo primer terceto de endecasílabos blancos reza, y qué hermosa metamorfosis la del tercer verso: "Toda mi adolescencia se resume / en una cierva que me creyó un árbol / y la pude tocar con una rama." El último terceto no es menos conmovedor, porque sobre él se proyecta la ausencia que se trasforma en compañía íntima, entrañada: "Cuando murió, mi padre se creía / que yo ya no fumaba, pero ahora / que sabe la verdad, fuma conmigo."

1 comentario:

Jesus Cotta Lobato dijo...

Gracias, Antonio. Los poemas que has citado son mis favoritos. Ex corde, Jesús Cotta