sábado, 29 de junio de 2013

En clausura


Convento de san Leandro de Sevilla, en foto de Antonio del Junco que aparece en la portada del libro



Habíamos despertado sin apetito, saciados por las raciones de la noche anterior tras la presentación de la revista Piedra del Molino, cuando el festín de vinos y viandas propició el que de verdad importa: el de la poesía oral de la conversación. Pediremos unos cafés y una tostada, si todavía nos dejan, fue a lo máximo a lo que aspiramos al levantarnos. Me encaminé yo a la recepción mientras ella se arreglaba. Y pocos minutos después un mantel con servicio para dos y un desayuno opíparo se posaba sobre la mesa, en la terraza, distrayendo nuestra mirada del valle del Guadalete que abajo y en lontananza dibujaba el decorado que rayaba un cernícalo. Junto al dorado pan, sendas pastas de piñones que procedían del paredaño convento. Ante esa vista, ni teníamos resaca ni estábamos ahítos ya, y dimos cuenta de todo.
            Fue luego cuando dando un gran rodeo entramos en el zaguán de las Mercedarias Descalzas y pedimos por el torno otras pastas, de pasas con moscatel, y unas magdalenas que a Proust le recordarían a las se elaborarán en los obradores del cielo. Milagros, atiende aquí, nos allanó el trámite un viejecito que, tras repasar una lista, no sé si llevaba a las monjas las vituallas o tomaba recado de la compra que había de hacer para ellas. Ha de ser duro, como ciego en Granada, profesar votos de clausura en un convento de Arcos, limitada una al compás, al claustro, pero sin contemplar los callejones, los otros pórticos y no sé si las vistas sobre esa vega que a nosotros nos oreó el despertar un rato antes, y ajena a ese ver mundo del que gozan los dulces que salen de sus manos –aunque por poco tiempo, que el goloso no espera–.
            Pero un torno gira, rueda al cabo, y me pregunto si no hay un curvo paralelismo entre las monjas aquellas con su estar y no estar y el hecho de que al comprar yo por primera vez en un convento de clausura lo hiciera a más cien kilómetros de distancia de Sevilla, cuando aquí –es la medida que hay que emplear para esto, anterior al sistema decimal– sobreviven más de una docena.
            Todo esto me ha hecho recordar el estupendo libro que hicieron salir también de su torno el año pasado Ismael Yebra (cuando aún no era académico de Buenas Letras) y Antonio del Junco: Sevilla en clausura, ya por la segunda edición. Con textos del primero y fotografías del segundo es posible adentrarse en los cenobios, y no solo obtener bellísimas imágenes de ellos sino también conocer el sentido de ese retiro, que como bien señala Yebra no es huida nunca sino encuentro.



(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 28-6-13)

viernes, 28 de junio de 2013

La caída de Arturo



Merced a la traducción de los filólogos granadinos Eduardo Segura Fernández y Rafael Juan Pascual Hernández, que lo han traducido, el más reciente libro póstumo de J.R.R. Tolkien ha visto la luz en español unos días antes de hacer lo propio en inglés. Hoy habla de él en El Cultural de El Mundo Andrew O'Hehir, y también aparece reseñado en el número de esta semana de The Times Literary Supplement
Recuerdo cómo en librerías de Portsmouth, en 1982, me embebí de Malory y su Le Morte d'Arthur (¡ah, la edición heterodoxa de Vinaver! y también la publicada en Penguin en dos tomos, que tenemos en casa por triplicado). Y cómo en Edimburgo, cuatro años después, compré en otra de lance (ah, Lancelot) la poesía completa de Tennyson, con sus Idilios del rey y otras composiciones artúricas, algunas de las cuales fueron a parar a la antología que del poeta victoriano preparé y vertí para Pre-Textos. Más recientemente, en 2011 compuse este poema que recrea la materia de Bretaña. Creo que permanecía inédito:



MORDRED

               con esso un colpo per la man d’Artù
                   
           Dante, Inferno, Canto XXXII, v. 62


Contra ti me rebelo, padre,
con mi postrer aliento.
Aquellas tus leyendas conformaron
mi fantasía deforme
y me hicieron soñar con caballeros
y su Tabla Redonda:

fantoches y madera con termitas.
Todo era un engaño de Merlín,
un embeleco,
tus reglas no servían para el mundo;
lo noble, lo ideal era una trampa
que me hizo ser escarnio de bellacos.

Te clavo esta espada en el presente
ya que no puedo hacerlo en el pasado
antes de que me engendraras.
En cuanto a ti,
no me matas ahora:
vienes haciéndolo de siempre.

jueves, 27 de junio de 2013

Fin de curso


El aula de Antonio Machado en Baeza en una imagen del año pasado

Enhorabuena, y gracias, a los profesores que víctimas de un sistema educativo nefasto y cada vez con peores condiciones de trabajo, agravadas estos últimos dos años pero que vienen de hace mucho más, han conseguido llegar a fin de curso, aunque sea más muertos que vivos. Héroes. Heroínas. Chapeau!

miércoles, 26 de junio de 2013

En Arcos de la Frontera



Fuimos el viernes pasado a Arcos de la Frontera, y la excusa -la excelente excusa- fue asisitir a la presentación del número 18 de la revista Piedra del Molino, donde aparece un poema mío. Allí, además de conocer a Jorge de Arco, el artífice de la publicación, y a Carlos y Antonio Murciano, los veteranos poetas de Alcaraván, pudimos charlar por primera vez, y espero que no sea la última, con los también poetas Juan José Vélez e Ignacio Arrabal. Y fue grato volver a ver, y abrazar, a Pedro Sevilla y a Víctor Jiménez, con quien coincido más a menudo y que no sabía yo que suele ir desde Sevilla a las presentaciones de Piedra del Molino. La conversación se prolongó hasta tarde. De la mañana siguiente son estas fotografías de Arcos y del pantano de Bornos. De ciertos interiores me ocuparé en la columna de El Mundo el viernes.














domingo, 23 de junio de 2013

Las selvas vagabundas




Vuelto de Cádiz, disfruto de dos joyas cunqueirianas. La primera es un ejemplar de El pasajero en Galicia, una de las pocas recopilaciones de sus artículos que me quedaba por leer, recién comprada en el maravilloso café-librería La Clandestina, del que no sabe uno qué ponderar más, si el encanto del lugar o la amabilidad de sus encargadas, Lola y María. La segunda, el estupendo artículo que en Campo de Agramante firma Fernando Valls sobre los libros que concibió y no llegó a escribir o concluir Álvaro Cunqueiro, uno de los cuales se iba a titular, así lo dijo el mindoniense, Las selvas vagabundas. ¡Qué título! Inmediatamente, aunque Cunqueiro era más de Hamlet, he pensado en Macbeth y el bosque que camina. ¿Estaría esa imagen en su génesis? Y tanto me cautiva el nombre previsto para el bautismo del nonato que no me importaría que un día apareciese el manuscrito, apeado de no sé qué sueño, como un tesoro de cuento, de conseja, aunque fuera para contradecir mi intuición.

sábado, 22 de junio de 2013

Los automáticos

César González-Ruano. Foto: ABC



César González-Ruano dejó constancia en sus Memorias del asombro que le produjo en 1933, al comienzo de su corresponsalía en Berlín, la presencia por doquier de los llamados “automáticos”: las máquinas expendedoras de tentempiés y bebidas que él llama “una estación gastronómica de la vida de paso”, esa prisa de las urbes contemporáneas, ya bastante acelerada en la suya y que no avanza sino a cámara lenta si la comparamos con el correr de hoy (o de ayer más bien, pues la crisis y la desocupación han remansado un poco las aguas). Era aquello antes de la generalización del turismo, y él veía en la clientela de esas tragaperras no al visitante perezoso y a deshoras, sino la laboriosidad autóctona: “Gentes un poco imprecisas, cansadas, con los nervios destrozados por los ómnibus, el Metro y los ascensores”.
En los últimos tiempos han proliferado también estos lugares en Sevilla: encastrados en un edificio, con rótulos que desentonan con los edificios que los albergan (no así su plástico con lo que se expende en el interior), son cubículos que se extienden como suelen hacerlo las franquicias. La idea es tan perfecta como fría e inhumana. Me gustaría ver a Don Quijote recalar en una de estas ventas atendidas por robots, a los que se les da un maravedí y devuelven un pellejo de vino, quiero decir que se introduce un euro y dan a cambio una lata de cerveza o no sé qué astado tinto, toro rojo o algo parecido en la lengua de la pérfida Albión. Ustedes ya me entienden.
Incluyen sex-shop, agua, viandas. Junto a los artículos para el calentón, los refrescos; al lado de los preservativos, los conservantes de esas hamburguesas o kebab que, no sé por qué, barrunta uno que no son del día.
Se ve la palabra “Gourmet” en una de las vitrinas. No esperábamos menos. Es como esos productos “del abuelo” producidos en serie o esos precocinados “caseros” cuyo hogar es una nave industrial e imagino que se elaboran más con aceite de motor que con el de oliva virgen extra.
Entre las muchas ventajas que tienen, hay que reconocer que humanizan las relaciones laborales: si las cosas van mal dadas, el empresario ya no tiene que atravesar el trance de despedir a sus trabajadores, y a estos se les ahorra el disgusto de recibir el finiquito o de entrar en un ERE. Y siempre están abiertos, como los cajeros automáticos, lo cual viene muy bien, dadas las actuales circunstancias, para acomodar a más indigentes, personas que han perdido su puesto de trabajo, bajo la mirada compasiva de las máquinas.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 21-6-13)

viernes, 21 de junio de 2013

Caliente, caliente



En los últimos meses ha quedado uno finalista de varios premios de poesía y de novela. Ni lo pregona como un triunfo ni lo lamenta como una humillación. Son cosas que suceden cuando se está en esto y, por allegar unos euros y conseguir una buena publicación, se envían libros a ver qué pasa. Y lo que pasa es que quedan en un tris de llevarse la bolsa y el contrato de edición, pero ya llegará el momento, al menos de lo segundo. Uno se va acercando: caliente, caliente...
Gabriel Zaid escribía recientemente, a cuenta del últimamente desprestigiado Premio Xavier Villaurrutia: "No haber ganado un premio no es un deshonor. Hasta puede ser un honor, cuando se sabe quién fue el ganador." Donde uno ha participado, salvo en un caso, no podría suscribir la segunda cláusula de Zaid. Su primera frase es, por el contrario, aplicable siempre.

jueves, 20 de junio de 2013

Paredón turquesa



Me recogió en la estación el amigo, y caminando manzana tras manzana (pocas, en esta ciudad todo está cerca) fuimos cosiendo los cuadernillos de un libro oral, una conversación que se demoró en las tareas presentes y en los proyectos, todos editoriales. Cuando me di cuenta, ya estaba en el hotel pero, antes, una visión epifánica que a los de secano nos perturba cada nueva ocasión como si fuera la primera vez. Cádiz, callejón sin salida. Al fondo de un cañón de fachadas en sombras, un paredón turquesa.




Luego, tras asomarse al mar con avidez de suicida, como si allí abajo y en lontanzanza hubiera una vida más verdadera, esquivando la belleza viciosa de la Alameda Apodaca, el que un minuto antes quiso ser pez ahora sintió vocación de ficus. El catálogo de metamorfosis -ah, también las gaviotas- se interrumpió porque ya habíamos llegado al centro cultural que alberga a la Fundación Carlos Edmundo de Ory. Sobreponiéndome al estupor -aquí la transformación fue en roca, pues me quedé de piedra- de haberme enterado tres minutos antes de a quién pertenece hoy la muy codiciable casa natal del poeta, donde hay placas dedicadas a él y su padre, poeta igualmente, entré en el patio de aquel edificio, nuestra meta, desde cuya azotea tomé esta instantánea con el teléfono (Telefonía celeste es título aquí muy apropiado de Adriano del Valle). A nuestros pies teníamos el baluarte de la Candelaria, y la bahía. También la ciudad, con sus torres. El patio parece aún de aquello que fue: de un gobierno militar, cuando la plaza era importante. Otro patio, un claustro en que profesa la memoria, hizo acto de presencia al final de la velada cuando recité "Primavera vieja", el poema de Cernuda, a quien la hermosísima tarde le daba la razón pero la naturaleza de la convocatoria, el homenaje en el cincuentenario de su muerte, se la quitaba: "En el rincón de algún compás a solas, / con la frente en la mano, un fantasma / que vuelve, llorarías pensando / cuán bella fue la vida y cuán inútil."

domingo, 16 de junio de 2013

Bloomsday





Hoy es el día en que se desarrolla la acción de Ulises (fue el 16 de junio de 1904). Para celebrar el centenario coordiné este volumen, creo que ya agotado.

sábado, 15 de junio de 2013

Señales de humo




Días después de haberse dictado sentencia contra el sujeto (ojalá lo hubiera estado antes de hacerlo) que pretendía hacer saltar con los vecinos dentro el edificio en que vivía en el barrio de Las Naciones, confundido con un castillo de fuegos artificiales, se producía en el Arenal el lanzamiento de un cóctel molotov contra una tienda de banderas y artículos de militaria, al que vino a acompañar alguna pintada con la hoz y el martillo. Está muy bien que se firme con esas herramientas rojas de incendio y sangre, y ya de moho y óxido pese al repunte de IU (es verdad que, ya que estamos hablando de ferretería y fogosidades, la gente se agarra a un clavo ardiendo). En un ejercicio aplicado de memoria histórica, la rúbrica viene a recordar otras quemas,
¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS?, cantaba el pop de los ochenta. El antifascismo local se adelantó así, venganza agorera, unos días a la pelea entre cabezas rapadas de diferente signo político que en París tuvieron un encontronazo cuando iban a comprar polos de una marca conocida. Al final, el pobre chico al que mató un mastuerzo filonazi murió por una cuestión de algo tan capitalista y del sistema, contra lo que trinan ambas banderías, como el shopping.
En la tienda de la calle Adriano venden polos también, y camisetas, con un lema rancio que tiene hasta gracia con su patriotismo que se hace chovinista: “Al servicio de usted y de España”. En el Servicio Andaluz de Salud está igualmente la cosa que arde. Lo último (de momento) ha sido el enfermo que en el Hospital Macarena ha querido quemar a un médico rociándolo con líquido inflamable. Al parecer, luego quería inmolarse a lo bonzo.
No solo es cuestión de pirados (tengo que consultar en el Corominas la etimología de esta voz que suena ígnea). Estamos siempre en ascuas y la sociedad anda con los pelos de punta, como una cresta de llamarada, un ardiente copete, y lo insólito es que no haya más incendios intencionados. Estos reseñados arriba deberían hacernos reflexionar; a fin de cuentas, las llamas envían, con su sintaxis danzarina y su morfología no siempre fácil de interpretar, señales de humo. Con más educación y respeto habría menos necesidad de agua y extintores. 
Por contra, y como consuelo, fue bonito ver cómo los bomberos rescataban también esta semana a un pollo de cigüeña herido que habitaba la alta chimenea de las Atarazanas, ese cerillo sin fósforo que rasca al aire. Luego hubo que sacrificarlo porque no tenía arreglo. Como algunos humanos. 

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 14-6-13)

viernes, 14 de junio de 2013

De sangre jacobina




The Horror! The Horror!, se exclama en la breve novela del más grande escritor polaco en lengua inglesa. El Terror! El Terror!, inunda la larguísima novela del más grande escritor "francés" contemporáneo en lengua española: Javier García Sánchez. Sobre este su Robespierre escribo hoy en Estado Crítico.

jueves, 13 de junio de 2013

Dos pájaros de un tiro


Fotografía de Jonathan Chanca

Dos pájaros de un tiro: las bibliotecas están cada vez peor surtidas por falta de fondos y a ti ya no te caben en casa los libros, y quieres seguir comprando. Pues eso: conjuga el verbo donar.


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miércoles, 12 de junio de 2013

Temporal



Aunque en las últimas semanas no vengan, siempre vienen. Quiero decir que aunque no los haya escrito últimamente, los poemas comparecen, fieles, porque fueron compuestos en su día y van apareciendo aquí o allá o salen del cajón sombrío en que mejor se conservan. En el número 24 de la revista Númenor, entre colaboraciones de José Julio Cabanillas y Miguel d'Ors, José María Jurado y Enrique García-Máiquez, entre otros, se dan cuatro poemas míos de la última cosecha (ahora estoy más o menos en barbecho). Este es el cuarto:



TEMPORAL

Lluvia:
árbol genealógico de la vida,
empapadas dinastías
del recuerdo que vuelve;

ciclo y surco, perímetro mojado
del horizonte curvo de una gota,
atmósfera atravesada
de un rocío que regresa
jornada tras jornada
siguiendo ese rotar
como una noria.

Cangilones, paraguas
hoy vueltos del revés,
arrojando disparos
a cubos llenos
en el revolver o tiovivo
de cachas grises y caballos
de crines húmedas
y relinchos de truenos,
detonaciones:

un ajuste de cuentas entre nubes
que se desangran grises.

martes, 11 de junio de 2013

Lecturas de poesía




Mantener ordenada la mesa de trabajo es fundamental para sacar adelante proyectos y cumplir con los plazos de entrega. Si no, uno, por huir de ella, la caótica tabla, se pone a trabajar mal en cualquier sitio, rezongando, sin comodidad, con desgana. Se me habían ido acumulando durante los últimos meses muchos libros por leer. Hoy rescato cuatro. Del Libro de precisiones de Miguel Ángel Contreras (Bartleby) me han llamado la atención estos versos:

La apuesta siempre es a cruz
y juegas, sin darte cuenta,
con monedas de dos caras.

Breves y concisos como los anteriores son los de José Ignacio Montoto en Tras la luz (La Garúa):

niños que dibujan un sol
sobre un papel

evidentemente no brilla

pero simula
la transparencia 
de un día azul


Desde Pamplona, Alfredo Rodríguez me envió Urre Aroa. Seis poetas de Tierra Naba (Los Papeles del Sitio). Juega aquí con la posibilidad de unos apócrifos de los siglos XV y XVI utilizando el recurso de un título desconocido hallado en una librería de viejo. Me han interesado especialmente estos versos:

Gaiez sugearen forman xin bita ekustra
jaingeiko bat,
anfitrioi ikusezina,
borondateak irabaziz esan dit:
inon ez nago zuregandik urruti.

Y ya que estamos metidos en otras lenguas, paso del vascuence al portugués del brasileño Luís Aranha, cuyos Cocktails ha traducido para Isla de Siltolá Marie-Christine del Castillo. Con su toque futurista, Aranha recuerda a menudo a Álvaro de Campos, pero también compone algunos haikus, o hai-kai, con forma que se estiló en el pasado (que fue por ejemplo la que usó Alejandro MacKinlay). Las versiones españolas me parecen más hermosas que los originales. Mérito de Marie-Christine es que el prolijo Jogaste tua ventarola para o céu / Ela ficou presa no azul / Comvertia em lua pase a ser:

Al cielo azul
Lanzaste tu abanico.
¡Oh, luna nueva!


sábado, 8 de junio de 2013

En blanco y negro




Cada vez nos manchan más la retina, con su chapapote impreso sobre la espuma, esos cuadraditos minúsculos en blanco y negro enmarcados en otro mayor que resulta, en su puntillismo, de un gris ceniciento. Un gris en la distancia o la miopía que va tiñendo esta vida triste del siglo XXI, centuria a la que por todos los indicios pronto podremos llamar errata del XIX.
Del tamaño de un niño (o sea, un nativo digital), desde hace poco cuelgan en el mercado de artesanía del Postigo (voz que en el diccionario ideológico de Casares debería estar agrupada junto a Gates y Windows, por lo que el apellido del magnate y el nombre del sistema operativo significan) unas banderolas con estos códigos QR para que desde el teléfono móvil accedamos a la página de Internet correspondiente.
Se les pasa esa franja roja que sube y baja como una alerta económica
–¿hemos tocado en verdad fondo, o subimos, rebotamos y vuelta a empezar?–, una línea como la estúpida que no sé quién ha pintado en algunas calles del centro, y se accede desde la aplicación informática a la bisutería y los botijos. Los mismos cuadraditos se pueden ver desde esta semana en un panel en la glorieta de Bécquer y dan acceso a recitaciones y hasta a las versiones en inglés de las rimas. También allí, pero de mármol y amor puro, blanquísimos el poeta y las damas en contraste con los negros ángeles caídos.
Hoy no hay color: en los centros cívicos va a ondear el estandarte de gays y lesbianas. Cuanta más tela mejor para tapar la realidad. Las banderas del arco iris son códigos no ya cuadrados (aunque mucho “del orgullo” va al gimnasio), sino de barras (si no verticales, horizontales). Tiene gracia que la derecha quiera hacerle la cama en esto de las banderas gayas a los de IU, los rojos, que siempre han perseguido a los homosexuales como demostró Wenceslao Roces (apellido de fricciones eróticas), traductor de El capital y censor de la elegía a Lorca en que Cernuda declaraba el amor de este a los mancebos.
Sí, vuelve el blanco y negro en esta ciudad del NoDo. Como una doña Rogelia regresada del atraso y la miseria, una mendiga que estos días pordiosea en la Avenida se alivia en un rincón a escasos metros de donde se venden recuerdos chillones. Dando unos pocos pasos se va del technicolor al b/n. Siempre con pañuelo en los piojos, deja que les dé el aire a las ladillas. Quiero decir que se sube el refajo y lo mismo deja un afluente amarillo de su natal Danubio que un zurullo grande como uno de los Cárpatos de su tierra. 

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 7-6-13)

viernes, 7 de junio de 2013

Formas del desasosiego




El mismo día que se iba Esther Williams, la sirena famosa de las películas, presentaba Marina Perezagua su libro de relatos Leche en Sevilla. En La Mercería, el café cultural que ha abierto este año en la ciudad justo al lado de donde hace dos presentó la autora su primer libro, compareció un inusualmente numeroso grupo de personas para escuchar a Marina y a sus presentadores. De propina, Iván Vergara mostró en primicia un vídeo en que la escritora ofrece alguna de las claves de su creación en Nueva York, donde reside.
Como Williams, Perezagua nada. En realidad, más que el título de Carmen Laforet, bucea. Practica la apnea (ese sumergirse sin más oxígeno que el de los pulmones), y para aguantar más necesita no moverse, no pensar. Dice que es como su yoga. En un relato de este libro inquietante se dice que el verdadero canto de las sirenas es el silencio. Del del pensamiento, de su tabula rasa, surgen luego a la luz estos cuentos que, como muy bien señaló Fernando Iwasaki en su intervención, son una monografía del dolor, el tema que recorre de principio a fin el volumen. 
Es una obra mayor esta de Marina Perezagua. Exige mucho del lector y da mucho a cambio. Me ha recordado en sus amores bizarros, en sus ambientes de pesadilla, en su inimaginable imaginación, a Angela Carter y al primer Ian McEwan, el de The Cement Garden. Aquí, el que cuida es también verdugo ("El piloto), la víctima el hiriente ("Aniversario"). Incluso, en un inteligente bucle, el último relato ("Leche") trae al pueblo que sufrió lo indecible en el primero ("Little Boy") como torturador.
Es un libro durísimo y, también, absolutamente recomendable. Literatura como la que más, y más que literatura.



jueves, 6 de junio de 2013

Poesía y bicicleta



Por fin he podido empezar a leer Miseria y compañía, el reciente tomo de los diarios de Trapiello. Ya he dejado atrás muchas páginas estupendas, entre las que destacaría las divertidas del viaje a Múnich. Pero hoy lo traigo aquí por unas líneas sobre la poesía que compartí la otra tarde con los alumnos del taller, por lo que tienen de lección sobre la escritura. 
Una mañana de invierno en Las Viñas, su casa extremeña, Trapiello se levanta y va a la chimenea. Entonces: "Cuando luchaba por arrancarle una llama a dos o tres brasas del tamaño de gemas, se presentó medio poema. Mandan por delante un heraldo, casi simepre vestido de mendigo. Los poemas se presentan a medias, la inspiración no da más que la mitad, como una subvención. La inspiración es también un pequeño empujón. Alguien nos ha subido a una bicicleta, pero no sabemos andar en ella. Los primeros metros los recorremos con ese impulso, pero si no empieza uno a pedalear por su cuenta, acabará cayéndose."

miércoles, 5 de junio de 2013

Presencia de Eugenio Montejo

Montejo y Cruz en 2007

Francisco José Cruz nos recuerda hoy a los amigos que hace exactamente cinco años moría el poeta venezolano Eugenio Montejo. Y nos envía este hermosísimo poema que copio aquí. No me entretengo en glosas ni disquisiciones. Mejor corro a releerlo:


Güigüe  1918

                                                           A Juan Liscano

Esta es la tierra de los míos, que duermen, que no duermen,
largo valle de cañas frente a un lago,
con campanas cubiertas de siglos y polvo
que repiten de noche los gallos fantasmas.
Estoy a veinte años de mi vida,
no voy a nacer ahora que hay peste en el pueblo,
las carretas se cargan de cuerpos y parten;
son pocas las zanjas abiertas;
las campanas cansadas de doblar
bajan y cavan.
Puedo aguardar, voy a nacer muy lejos de este lago,
de sus miasmas;
mi padre partirá con los que queden,
lo esperaré más adelante.
Ahora soy esta luz que duerme, que no duerme;
atisbo por el hueco de los muros;
los caballos se atascan en fango y prosiguen;
miro la tinta que anota los nombres,
la caligrafía salvaje que imita los pastos.
La peste pasará. Los libros en el tiempo amarillo
seguirán tras las hojas de los árboles.
Palpo el temblor de llamas en las velas
cuando las procesiones recorren las calles.
No he de nacer aquí,
hay cruces de zábila en las puertas
que no quieren que nazca;
queda mucho dolor en las casas de barro.
Puedo aguardar, estoy a veinte años de mi vida,
soy el futuro que duerme, que no duerme;
la peste me privará de voces que son mías,
tendré que reinventar cada ademán, cada palabra.
Ahora soy esta luz al fondo de sus ojos;
ya naceré después, llevo escrita mi fecha;
estoy aquí con ellos hasta que se despidan;
sin que puedan mirarme me detengo:
quiero cerrarles suavemente los párpados.

                                                           Eugenio Montejo
                                          Caracas, 1938-Valencia, 2008


martes, 4 de junio de 2013

Se pierde la señal




Joan Margarit presenta hoy a las ocho de esta tarde, en la biblioteca "Infanta Elena" de Sevilla, su más reciente libro. Lo acompañaré diciendo algunas palabras como las que aparecen en mi reseña de Estado Crítico.

lunes, 3 de junio de 2013

Homenaje y anécdotas


Andreu Nin

Supongo que todo aquel que es asesinado de forma tan vil como lo fue Andreu Nin, secretario político del POUM, merece un homenaje. Me pregunto sin embargo si el revolucionario hubiera deseado el que le van a dar ahora, dentro de dos semanas en el Parlamento de Cataluña, toda vez que el parlamentarismo "pequeño-burgués", cuanto no fuera una alianza de trabajadores, era cosa que repugnaba al marxista-leninista como se puede leer en sus escritos que cesan días antes de que lo apiolaran los comunistas con obediencia a Stalin. Puestos a rendirle tributo, mejor lo de la bibiloteca barcelonesa que lleva su nombre en el Barrio Gótico: a fin de cuentas, Nin hizo una muy importante labor de obras de escritores rusos.
Nin, "buen conversador (...) pero sin charme, ni carisma", según Víctor Alba, contaba anécdotas como las que recogió este en Sísifo y su tiempo. Memorias de un cabreado (1916-1996). Las más divertidas me parecen estas:

Otro día, Nin, joven y con el cabello ensortijado, baja a los lavabos de la Plaza de la Universidad; le sigue un hombre, y Nin, creyendo que es un pistolero, saca el revólver, y el hombre le grita asustado: "No hombre, no, que sólo soy un maricón."


Años más tarde, cuando ya trabaja en la Profintern, lo mandan a Italia para poner orden en las rivalidades del partido comunista italiano; viaja en primera, en un compartimento donde va también un jerarca fascista, con su camisa negra; cuando la policía pide los papeles, el jerarca se enfurece. "Venís a molestarnos aquí, mientras que en el tren debe haber media docena de agentes comunistas", y continúa su conversación con Nin.

sábado, 1 de junio de 2013

Un lápiz de memoria




Trabajar entre libros acarrea un sedentarismo que conviene combatir de algún modo.  En mi caso, usando a menudo las bibliotecas públicas, ya sea recurriendo a la Infanta Elena (si los veladores abusivos del bar Chile lo permiten), ya a la atomizada de Humanidades de la Universidad, lo mismo en su sala principal, la mal llamada Dante (que no sé si tendrá la última parida de Dan Brown, inspirada en Alighieri), que en los diversos departamentos. A veces, para estirar más las piernas la caminata me lleva hasta el hotel Library de Nueva York, forrado de volúmenes, el cual tiene por lema esa frase de Borges que cifra el paraíso como una especie de biblioteca.
El edificio de la Fábrica de Tabacos posee la ventaja de que en su copistería puedo imprimir los libros en los que estoy trabajando: novelas que van mejorando tras cada rechazo editorial, poemarios que se van depurando tras no haber ganado los premios a los que concurrían. Llega uno allí con un lápiz de memoria y sale con un tacho de folios encuadernados, a veces hasta por quintuplicado. No lejos queda el edificio de Correos de la Avenida en que los despediré con un pañuelo blanco –adiós, adiós– viéndolos partir en el muelle hacia su incierto destino.
Las palabras mudan de significado al ritmo de las tecnologías, y hoy ya para la mayoría un pen no es una estilográfica sino un dispositivo de almacenaje informático. En la copistería se ven muy a menudo, pero jamás habría dicho lo frecuente que es su empleo hasta que esta semana me olvidé allí (culpa mía y del copista) el citado artilugio y fui a recogerlo a la mañana siguiente.
        No bien había explicado lo sucedido, el dependiente me extendió un amplio cubilete, un pozo sin fondo en el que había dos docenas de cacharros parecidos al mío, que navegaba abisal en el fondo de ese bando de peces. Mientras trataba de pescarlo reparé en el vértigo de todos esos gigas, la gigantesca capacidad de atesorar información de unos artilugios de metal y plástico, pequeños batiscafos en el océano de la memoria. Esos Funes memoriosos que guardan una tesis doctoral o un trabajo que no recogió una erasmus  danesa o un becario de Gines. Habrá ahí cartas de amor, diarios, cuentos, temarios de oposiciones, libros pirateados, fragmentos de vídeo, fotos, canciones y estridencias. Dan ganas de jugar a la ruleta rusa y llevarse, en vez del lápiz propio, una bala ajena: pasar por el traductor de Google ese texto en finés, estudiar esos apuntes de Historia como si fuéramos nuevamente jóvenes.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 31-5-13)