lunes, 28 de enero de 2013

Sigue la saga del sagú


Programa oficial de la visita de JFK a Irlanda para celebrar que se había cumplido 
un mes de mi nacimiento (Archivos Nacionales, Dublín)

Cristina Monteoliva se divierte con la última novelita de Flann O'Brien, La saga del sagú de Slattery, y lo cuenta en el blog que coordina, La Biblioteca Imaginaria. Se puede leer aquí.

domingo, 27 de enero de 2013

En Cranleigh, Surrey




Ayer dejaba en Facebook el retrato de esta ilustre dama con el anuncio de que ella será la verdadera protagonista de una novela que escribí el año pasado y estoy ahora revisando. El retratista es Edmund Dulac. Documentándome sobre mi personaje, leo que el pintor, huyendo de los ataques aéreos que cayeron sobre Londres durante la Primera Guerra Mundial, se refugió con su mujer Elsa y junto a otros amigos artistas en la localidad de Cranleigh, en Surrey (Inglaterra). Fue veintiún años antes de que allí, en Cranleigh School, viviera como lector de español Luis Cernuda. Cernuda fue un gran admirador del marido de esta señora y aparece también en algunos pasajes de mi novela. De hecho, se cruzan en uno de los capítulos.

sábado, 26 de enero de 2013

A la puerta de un bar



No se los ve venir, porque son prácticamente indiscernibles y por eso mismo uno no está preparado para reaccionar. Van como a sus recados, a realizar una gestión, cree uno; y, bien vestidos, aseados, se acercan al velador como para pedir fuego pero sin un cigarrillo en la mano. El fuego, que ya han recibido, es otro: el que ha hecho arder la sociedad del bienestar como una pira funeraria.
            Estaba uno el otro día a la puerta de un bar, tomando unas cervezas con unos amigos, y en el rato que se tarda en beber dos cañas (rato de invierno, más demorado que el de verano) cuatro personas se acercaron a pedir a nuestra mesa. Una, por mantener la cuota, era la ya tradicional inmigrante gitana, con su chapurreado español y su vistoso pañuelo en la cabeza. Pero los otros tres eran hombres jóvenes de aquí, y uno rapado, como tantos varones modernos, a la moda. Confieso que de otro solo pude presumir la edad por el timbre de la avergonzada voz, pues me faltó valor para mirarle a la cara, como un hombre. Nos vamos haciendo ratas de un barco que se hunde, y deseamos darnos, mientras podamos, al escapismo.
            El primero ofrecía cupones solidarios o algo parecido, y explicó que había estado trabajando en una cadena de cafeterías, ahora en suspensión de pagos. Venía a referirse, entiendo, a que por esa circunstancia no cobraba aún el paro. Los otros dos dijeron ser trabajadores de la construcción; el último incluso declaró ser oficial de primera, como un hidalgo del andamio venido a menos que acuciado por la carestía se queja: “Con lo que yo he sido”. Nos fuimos al rato, y no dio tiempo, pues, de que también nos abordara un arquitecto. Entretanto, el vendedor de tabaco de contrabando hacía su ruta de establecimientos. Últimamente ofrece también calcetines y no sé si otras mercaderías ante el descenso del consumo de cigarrillos. No debe de dar para mucho el negocio, pues se puso a hurgar en una papelera.
            Cuánto ha cambiado. Ahora los que piden apelan a la solidaridad y sería insultante llamarlos mendigos, pues en eso han dado, aunque sean oficiales de primera que hace meses que no ven un ladrillo. Hoy los pobres te presentan el curriculum y, si hace falta, añaden las referencias, cartas de recomendación, tablas de cotización y lo que sea menester.
            Entre los amigos había un jubilado reciente. Era el más jovial de todos, el más relajado. Todo puede suceder, y más hoy día, pero parecía aliviarle la idea, el mejor somnífero para las noches, de que él al menos ya no perdería el empleo. 

(El Mundo, edición de Sevilla, 25-1-13)

viernes, 25 de enero de 2013

Dos sonetos a Delia



Si ayer ofrecía aquí el enlace a la reseña de un tratado sobre la rima de Samuel Daniel, hoy dejo las traducciones de dos sonetos suyos pertenecientes a su colección A Delia. Las hice hace muchos años, pero nada comparado con la antigüedad de los originales: cuatro siglos.




Mira cuánto estimamos a la rosa,
la imagen de tu ardor, bien del verano,
                        en tanto que en su verde tierno encierra
                        la hermosura que, dulce, otorga el Tiempo.

                        Apenas en el aire abre su gloria,
                        su orgullo florecido va y declina,
                        su belleza es burlada que fue adorno:
                        así con tu beldad tras claro brillo.

                        No hay abril que reviva lo marchito,
                        las flores de la gracia que te adornan.
                        Veloz el tiempo vuela, y con sus alas
                        sombra arroja a la más hermosa frente.

                        Que no se agote en vano la riqueza:
                        ama tú mientras puedas ser amada.

                                                                                    


Ama tú mientras puedas ser amada,
ahora que tu mayo ofrece flores,
aún que tu beldad no sufre mácula
                        y en tanto que el invierno se demora.

                        Ahora que le das al sol naciente
                        la más hermosa flor que la luz viera,
                        disfruta de lo dulce antes que expire
                        y piensa que tu aurora tendrá noche.

                        Tu esplendor se encamina al occidente,
                        luego esconderás lo que ahora muestras,
                        y piensa que ha de ajarse lo mejor,
                        oculto y olvidado, entre las sombras.

                        Que un amor equilibre la balanza
                        cuando encuentren la flor, muerta su gloria.

                                                                                    

jueves, 24 de enero de 2013

La criada obediente



De Samuel Daniel, uno de los poetas isabelinos ingleses contemporáneos de Shakespeare, se acaba de publicar la traducción de su tratado Defensa de la rima. Ayer Estado Crítico daba unas líneas mías al respecto. 

miércoles, 23 de enero de 2013

Diario austral (VIII)

Cataratas del Iguazú desde el lado argentino, con su nube de agua en suspensión

Si algún lector tan contumaz como improbable quisiera seguir leyendo del diario este de un viaje a la Argentina, puede continuar leyendo aquí la siguiente entrega, que no es siguiente sino pasada, pues ya se publicó en el blog. Aquí la restituyo a su orden.

martes, 22 de enero de 2013

Diario austral (VII)



(...)

Al mediodía pasa por el hotel y se entera de que cuando caminaba a La Chacarita se ha producido un asalto con toma de rehenes a muy pocas cuadras de por donde ha pasado. Los delincuentes entraron en el 1945 de Aráoz, en Palermo, cuando a primera hora de la mañana Dora, la portera, limpiaba la vereda, y retuvieron a varios miembros de una familia hasta entregarse bastante horas después.
También se entera de que, mientras, a pocas cuadras de allí y con todo el despliegue policial que contempla en la televisión, dos delincuentes en motocicleta, motochorros los llaman, aprovecharon para asaltar a un matrimonio en una salidera bancaria. El suceso tuvo lugar sobre el mediodía, cuando la pareja con una niña de tres años retiró dinero de una sucursal del banco Santander Río situada en las inmediaciones de Corrientes y Aráoz. Desde allí la familia se dirigió a una inmobiliaria ubicada en Acevedo y Velazco, pero fue interceptada por los ladrones. Éstos ladrones les arrebataron el dinero y huyeron a toda velocidad.
Visita las librerías de la calle Florida y las de Corrientes, que cumpliendo con la convención, “ya no son lo que era”, y a continuación rinde viaje El Ateneo Grand Splendid, en la Avenida Santa Fe a Callao: el antiguo teatro y cine convertido en establecimiento del ramo, que pasa por ser uno de los más hermosos del mundo. Algo tiene de eso, con su patio de butacas transformado en gran sala de venta y lo que fue la zona de palcos forrada de volúmenes. Comprueba la arbitrariedad de sus fondos: hasta seis ejemplares de algún título de quimérica venta (aunque deseable, porque es de un amigo) y, por el contrario, ausencias pasmosas. En poesía, por ejemplo, colecciones completas de las dos editoriales más conocidas del ramo pero nada de otra no menos importante y una de cuyas colecciones se llama nada menos que “La Cruz del Sur”, con pie que ostenta la terna “Madrid, Buenos Aires, Valencia”. En el antiguo escenario funciona una cafetería, donde se detienen lo mismo turistas que hombres de negocios. Alguna vez suena el piano. Compra un número de Proa, el 12, que incluye las primeras entregas de la publicación. Y recuerda “El espectro”, uno de los mejores cuentos de Horacio Quiroga, en el que los protagonistas, después de muertos (nada desvelo, porque ya se dice en su tercer párrafo), acuden todas las noches a ver películas que guardan un secreto de íntimo significado para ellos: “Todas las noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. Allí, desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un mutismo y un interés tales, que podrían llamar sobre nosotros la atención, de ser otras las circunstancias en que actuamos.”
A última hora de la tarde cumple con uno de los objetivos del viaje: rendir homenaje a los caídos de la Guerra de las Malvinas, en la Plaza San Martín, paradójicamente frente a la torre apodada de los Ingleses. Ya contó en un libro anterior, Las ciudades del hombre, cómo el conflicto del Atlántico Sur cambió su biografía: fue, en aguas gélidas, la tabla a la que se aferró para cambiar la que pudo haber sido su vida, gris como aquel mar encrespado. Aquellos sucesos, su implicación en ellos, la atención que les prestó, fueron bienvenidas tempestades que lo sacaron de sus anodinos estudios de abogado.
El 2 de abril de 1982, comenzando el decisivo tercer trimestre del curso, matriculado él en 1º de Derecho, sorpresivamente los argentinos desembarcaron en lo que los británicos llaman Falkland Islands. Éstos últimos tomaron por la fuerza el archipiélago en 1833, y habían mantenido la soberanía hasta esa fecha, bien que los argentinos nunca reconocieron esa titularidad impuesta. Fue la invasión una válvula de escape de la Junta Militar para distraer la  atención de la situación interna por que atravesaba la Argentina: no sólo el sojuzgamiento por la feroz dictadura, sino también una recesión económica y una inflación rampante. Envalentonados por informaciones que apuntaban a que los británicos no responderían con vigor a una invasión a tan gran distancia de su territorio nacional, en lo que parecería la última de sus guerras coloniales, la Junta comandada por Galtieri decidió dar el paso (el traspiés, como se vio más tarde). En tres días culminaron las operaciones y los británicos, en considerable inferioridad numérica, que se habían rendido fueron repatriados a través de Montevideo.
España, la España que llevaba décadas reclamando la devolución de Gibraltar, tuvo la nada gallarda postura de abstenerse (en vez de votar abiertamente no) en la votación de una resolución de las Naciones Unidas que exigía a la Argentina la retirada del archipiélago ocupado. El 5 de junio, pese al lema de campaña “OTAN, de entrada no” esgrimido por el PSOE, el partido gobernante, España entra en la Alianza Atlántica como aliada del Reino Unido. Estados Unidos cerró filas con su antigua metrópoli y a partid de la independencia  aliada de siempre, y Chile favoreció también a los británicos, pues sabía de las intenciones argentinas sobre las islas disputadas del Canal Beagle, que a punto estuvieron de provocar una guerra entre los dos países poco antes, en 1978.
Thatcher envió la Task Force. Y fue entonces el imperio de los misiles Exocet (una palabra que en aquellos días sonaba constantemente en los telediarios) y las cargas de profundidad y los aviones Harrier. Para él fue una prolongación tardía de su infancia de sus juguetes bélicos y dioramas. El 2 de mayo día, que en España se conmemora el alzamiento contra los franceses en la Guerra de la Independencia, fuera de la zona de exclusión establecida por los ingleses el viejo crucero General Belgrano fue hundido por el submarino de propulsión nuclear HMS Conqueror. Murieron 368 argentinos y más de 700 fueron rescatados de las gélidas aguas. Luego, la otra parte echó a pique el destructor Sheffield. El 14 de junio los británicos retomaban Stanley (hasta ese momento y durante semanas rebautizado como Puerto Argentino). En su querencia por Argentina, no hizo mella en X el nombre artúrico de dos de los buques británicos, el Sir Galahad y el Sir Tristram, que resultaron hundidos durante la guerra. Eran éstos buques logísticos de desembarco de una clase conocida como Tabla Redonda (sus buques hermanos eran el Sir Bedevere, el Sir Lancelot, el Sir Geraint y el Sir Percivale). Él empezaba a escribir poesía por entonces, y en un cuaderno cuadriculado pergeñó este soneto, que si no poético tiene cierto valor documental:


A LOS MUERTOS DEL “GENERAL BELGRANO”

                           Más que afligirse ya, mi pecho rabia,
                           y más que ser hoy muertos sois simiente.
                           El mar helado acoge en vuestra muerte
                           sangre fértil y renovada savia.

                           El mismo pirata, aunque su arma cambia,
                           ahora os ha devuelto al mar rugiente,
                           el mar de nuestras patrias frente a frente:
                           Palos es Comodoro Rivadavia.

                           Es tanta y tan urgente la impaciencia
                           por ver vuestra victoria que presiento
                           triunfar justa y fatal vuestra inocencia,

                           ver la bandera de Belgrano al viento
                           —dichosa imagen su única presencia—
                           de Drake o de la Thatcher escarmiento.

Incluso oponentes a la dictadura militar, como Ernesto Sábato, apoyaron entonces la toma de las Malvinas, que actuó como aglutinante de la sociedad argentina hasta que la rendición trajo una virulenta respuesta, que contribuyó a la rápida caída de la Junta.
Como en el juego de los barcos, X tenía trazado -si no en papel, en la imaginación- un mapa de la región, por el que iban evolucionando barcos y aviones y tropas terrestres transportadas, por ejemplo los orientales gurkas o los Royal Welch Fusiliers (en cuyas filas sirvió en la Primera Guerra Mundial Robert Graves, un poeta al que traduciría años después) .
Fogwill escribió aceleradamente, como una descarga de ametralladora, su novela Los pichiciegos en 1982, en plena guerra. Sin duda es la más poderosa de las  que se han escrito sobre el conflicto: un grupo de desertores argentinos sobrevive como un ejército de pícaros trapicheando con los británicos. No es una epopeya, y sus protagonistas se enganchan en el poco planchado, y sucio, banderín de los antihéroes. “Esa tarde, creo que fue el primer martes de mayo del 82, al llegar a la casa encontré a mamá y a la empleada que la cuidaba pegadas al televisor y mamá me recibió gritando entusiasmada:

—¡Hundimos un barco...!

Ni la imagen de decenas de ingleses violetas flotando congelados, que de alguna manera me alegraba, pudo atenuar el horror que me producía el veneno mediático inoculado a mi familia.

Entonces volví a mi pocilga, escribí la frase "mamá hoy hundió un barco" con la que di por terminada para siempre mi fallida novela romana, cargué otra hoja de papel en la IBM y doce horas después había completado la mitad del relato de Los Pichiciegos.
A los veteranos de la guerra nunca se les reconoció como debía. Murieron 649 militares en combate, pero más de 350 supervivientes se suicidaron después, incapaces de afrontar la nueva realidad, que incluía cicaterías y miserias para con ellos. El otro día supe de un tripulante del General Belgrano que perdió las dos piernas y ni siquiera tuvo el “privilegio” de disponer de una mala silla de ruedas.


Pero devuelvo a X al Buenos Aires del invierno de 2010. Ahora estaba en el cenotafio, una larga pared con los nombres grabados de las bajas argentinas, dispuestos al modo cómo se conmemora en el cementerio de Arlington a los caídos estadounidenses en la Guerra de Vietnam. Placas de mármol negro con los nombres (apellido y nombre) en blanco, fijadas en un muro de cemento rojo, ante el que siempre hay un soldado de guardia hasta que a la tarde se arría la bandera. Genealogía andina, vasca, italiana, española: Indino y Quilahueque; Arrascaeta, Olariaga; Romano, Scaglione; Díaz, González… También él disparó, si no descargas de honor, casi dos decenas de fotografías en el lugar. Con su anorak rojo parecía mimetizarse con el monumento. Y las siluetas de las dos islas en piedra, la recortada imagen de su propia mente escindida, bipolar y seguramente esquizofrénica (sobre lo que tendría certeza si no temiera ahondar en ese conocimiento).
Más desasosegante resultó, tras ver el monumento, el campamento de los veteranos en la Plaza de Mayo. Las pancartas iban firmadas por los veteranos de Despliegue Continental al sur del paralelo 42º. “Memoria. Justica sin olvido”, decía una. Otra pedía “Basta de falsos ex combatientes. Limpien el padrón”. Una tercera, “Reconocimiento e inclusión, ¡ya!”. Las había de la Aviación Naval y de la Infantería de Marina. También, del Regimiento de Infantería Mecanizada 24, de Río Gallegos.

 (...)

lunes, 21 de enero de 2013

Vivir y morir


Vincent Van Gogh en detalle de uno de sus autorretratos

Reseñaba el sábado en Babelia Andrés Trapiello una reciente biografía de Van Gogh, y se hacía eco de unas palabras del pintor: ese "Morir es duro, pero vivir lo es más", que escribió Vincent a su hermano Theo "a propósito de la muerte de su padre con palabras casi idénticas a otras de Emily Dickinson", anota Trapiello, buen conocedor de la poeta. Debe de referirse al poema 335 de la de Amherst, donde esta observa: "'Tis not that Dying hurts us so / -'Tis Living - hurts us more". Pero no he podido evitar recordar, también, las palabras de Luis Cernuda, que dice justamente lo contrario pero en el fondo lo mismo, al expresar la dificultad, la dureza de ambas caras de la moneda: "Y si es duro vivir, morir tampoco es menos", segundo verso de "Apologia pro vita sua", la que según Harold Bloom es su obra maestra, en juicio que me parece exagerado. Este año se cumplirán, en noviembre, los cincuenta desde que Cernuda tuviera que afrontar, tras la dureza de la vida, la de ese trance final. Al menos, parece, él no sufrió mucho, muerto de un ataque al corazón. Van Gogh, sin embargo, se pasó dos días agonizando tras el disparo -no por mano propia como hasta ahora se creía- que se lo llevó setenta y tres años antes.

domingo, 20 de enero de 2013

sábado, 19 de enero de 2013

Cárceles, cementerios




Hay una geografía de sucesos que se confunde, como en un plano con diferentes capas de papel cebolla en la mesa de dibujo de un arquitecto, con la ciudad actual, con el trazado de sus calles y plazas, a las que mancha indeleblemente la sangre de la memoria. Como la radioactividad, los crímenes de ayer siguen con sus reverberaciones de horror presentes en la urbe de hoy.
            No son muchos los muertos que la ETA ha dejado entre nosotros, pero aunque fuera uno solo este uno ya sería demasiado. Y es difícil olvidarlo si uno ha cumplido unos años. Va al bar La Estrella o a la Academia de Buenas Letras a un conferencia y pisa el lugar donde fueron acribillados Jiménez Becerril y su esposa. Viene de trasegar en La Azotea, por la calle Jesús del Gran Poder, y pasa por delante de donde mataron a Muñoz Cariñanos. Se detiene ante ese otro tapeo, las muchas cubiertas que exhibe el generoso escaparate de la librería Céfiro, en Virgen de los Buenos Libros, y respira con alivio entreverado de escalofrío al pensar que hace unos lustros, en idéntica actividad inocua y placentera, podría haber saltado por los aires a causa de los explosivos que el tal Parot iba a hacer estallar en la comisaría de la Gavidia. Va a Correos, o a Los Arcos, y también tal vez recuerde la carta bomba que mató en la cárcel Sevilla-I a cuatro personas.
            Los terroristas han tenido siempre a su favor, además de una amnistía en 1977, penas llevaderas para sus crímenes, pues la legislación penal española es, por decir algo suave, eso mismo: suave.
            Nada me dolería el reagrupamiento de presos de ETA en cementerios vascos si una epidemia tan inconcebicle como la ideología por la que han matado los recolectara con su virus. Pero más allá de eso, un imponderable sobre el que no tenemos dominio (como la caída de un asteroide o un camión sin frenos), no creo que la sociedad tenga que buscar venganza, basta con que se cumplan las condenas. Ahora bien, cuando el sábado pasado miles de personas pedían en Bilbao que los presos vascos volvieran a su casa, ¿qué pedían? ¿No salieron de Baracaldo o Mondragón los asesinos a poner bombas y pegar tiros en Madrid o Sevilla? ¿No se les quedó pequeño el terruño y sembraron muerte en nuestras aceras? ¿Por qué entonces no van a penar en nuestras cárceles? Si querían billete de ida y vuelta podían haberse ido a una agencia de viajes y decirlo a la cara a la señorita; disparar por la nuca tiene eso, que a lo mejor no se vuelve a la cuna, al caserío, al sirimiri. Haberlo pensado antes.

(El Mundo, edición de Sevilla, 18-1-13) 

viernes, 18 de enero de 2013

Tocar los libros




Jesús Marchamalo es, aparte otras virtudes, uno de quienes mejor pregonan entre nosotros el mundo de los libros y las bibliotecas de los autores, tema al que ha dedicado varios y jugosos volúmenes. Ya por la tercera edición, este que acabo de leer fue originalmente una conferencia, y eso se nota en el estilo fresco y ameno y en las copiosas anécdotas que agavilla. No dudo que el público se lo pasaría estupendamente en el salón de actos, como hoy el lector en el silencio de su domicilio. Yo lo he leído de un tirón (cosa que no se puede decir de la novela que tengo entre manos, el Robespierre de García Sánchez, magnífico, pero cuya extensión puede ser treinta o cuarenta veces la de este "librín", como me ha escrito Jesús en la dedicatoria).
Nos habla Marchamalo de los donosos escrutinios, de libros que se deshojan en la lectura, del incendio del piso de Octavio Paz, con sus papeles y volúmenes (para mí los párrafos más conmovedores), de los fondos que reunió ese viejo amigo, Lawrence Sterne, en una hermosa aldea de Yorkshire. De las anotaciones o del horror a estas, de las esquinas dobladas y los billetes de metro dejados como marcapáginas. 
Por cierto, que entre las páginas del libro había un billete de cinco dólares, nuevo, que habrá dejado olvidado su autor. Lo guardo para invitarle un día en agradecimiento por la buena tarde que me ha proporcionado.

jueves, 17 de enero de 2013

Diario austral (VI)



(...)

Martes 10 de agosto

Emprende X (así podemos llamarlo de ahora en adelante, para ahorrarnos otros epítetos) camino a La Chacarita, el cementerio en que están enterrados Carlos Gardel y, desde ayer, extraído el plomo para los análisis de balística, los dos jóvenes policías recién asesinados. Sobre el plano de la ciudad parece posible ir a pie, cuadra tras cuadra, hasta allí. Pero el papel engaña, o la escala: cuando ya lleva una hora de caminata, comprueba que aún dista bastante de llegar, y decide entonces tomar un taxi en la avenida Scalabrani Ortiz, ya en Palermo. En este momento lo ignora, pero Palermo Viejo, con su mítico nombre acariciado, con sus esquinas, está justo ahí atrás.
         Entre cuadras de casas generalmente bajas, interrumpidas de vez en cuando por la irrupción de un géiser de cemento, el taxi llega a la entrada principal de La Chacarita. Hay muchos comercios y sitios populares de comidas en torno al cementerio, y puestos de flores, como es propio de un lugar de estas características, proclive al crisantemo. La tumba de Gardel queda a la izquierda, en una confluencia de dos calles a a la que tarda en llegar porque, como es natural, pierde el rumbo. Hace frío, pero no es extremo: la mínima prevista para hoy son ocho grados. Entra en calor de nuevo, paseando hacia la sepultura.
         La Chacarita, como tantas partes de Buenos Aires, se creó como consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla de 1871, la misma que desplazó a la población pudiente al noroeste de la ciudad. Por aquellas fechas hubo muchos sepelios de personas afectadas por la enfermedad, y en La Chacarita no se daba abasto. Camino de la de Carlos Gardel, los pasos lo llevan junto a la tumba de Jorge Newberry, el aviador que da su nombre al aeroparque dedicado a los vuelos nacionales. Newberry murió en un accidente aéreo en 1914, como Gardel en 1935 (por más que el mito y algunos irreductibles quieran aún que éste no muriese en el percance que le tocó afrentar y, desfigurado, permaneciera oculto hasta el final de sus días). Con Gardel se fue también en aquel accidente de Medellín Alfredo Le Pera, autor de “Mi Buenos Aires querido” o “El día que me quieras”.
         Cuántas veces habrá escuchado los viejos tangos, cuántas veces no los habrá hecho coincidir en una esquina de su sensibilidad con un sucedido propio, con una pena de amor que sólo halla su más exacta expresión en el canto, no tanto sentimental como de varonil refreno. Poseía en tiempos alguna grabación en vinilo, negro y brillante como el cabello engominado de Gardel, y luego reunió cintas de cassette, esa arqueología musical tan remota como la palabra magnetófono. Hoy lleva en el teléfono móvil (en el celular, sigamos empleando las voces de aquí) una cuarentena de tangos cantados por el único. Son grabaciones poderosas. Emocionantes.
Como Borges se hizo eco, la gente no ha dejado de tenerlo en alta estima, acrecentada incluso con los años. Lo que él refiere es de uso común, pero muy hermoso y cierto, nada cliché: “¡Ese Gardel! Cada día canta mejor.” Recibe los apodos de “El bronce que sonríe” y “El Mudo”. También el de “El Zorzal criollo” o también, por su pelo moreno, “El Morocho del Abasto”, su barrio. Estremece pensar que en 1915 recibió un disparo en una reyerta a la salida del Palais de Glace (muy cerca del hotel de la calle Guido) y que siguió cantando veinte años, hasta su llorada muerte, si tal hubo, con una bala alojada en el pulmón izquierdo.


Sobre la tumba, y enmarcada por dos paredes blancas en ángulo recto, una escultura en cuya mano siempre reposa un cigarrillo o una flor. Esta mañana, un clavel rojo que luego un golpe de viento hará caer y cuatro colillas de boquilla rubia, que hacen recordar inevitablemente “Rubias de New York”:

Mary, Peggy, Betty, Julie,
rubias de New York,
cabecitas adoradas
que vierten amor.

 En torno, decenas de placas de bronce con todo tipo de homenajes, lo mismo de entidades de México, Uruguay o Ecuador (radios, peñas, asociaciones) que de individuos. Las de éstos son a menudo exvotos. Una reza: “Gracias Carlitos por los favores recibidos”. Otra detalla el motivo del agradecimiento: “Gracias Carlitos por la pensión”. Las hay dedicadas a Doña Berta, su madre, venerada como una Virgen María del nuevo rito. Las hay barrocas, sencillas, en forma de corazón, con bajorrelieves. Con frac y pajarita, Gardel sonríe, más morocho que nunca.
Menos conocido es que también en La Chacarita están enterrados los poetas Alfonsina Storni o Evaristo Carriego, autor de La canción del barrio. Alguien que dedicó una monografía a Carriego, Borges, compuso sendos poemas sobre los dos más importantes cementerios bonaerenses. Sobre la Recoleta escribió: “Crece en disolución bajo los sufragios de mármol / la nación irrepresentable de los muertos.” Y a propósito de La Chacarita:

Trapacerías de la muerte -sucia como el nacimiento del hombre-
siguen multiplicando tu subsuelo y así reclutas
tu conventillo de ánimas, tu montonera clandestina de huesos
que caen al fondo de tu noche enterrada
lo mismo que a la hondura del mar.

(...)

miércoles, 16 de enero de 2013

Ventanas a Polonia




Hoy reseño en Estado Crítico la antología Poesía a contragolpe, donde se recoge un buen número de poetas polacos contemporáneos. Se puede leer pulsando aquí.

martes, 15 de enero de 2013

El frigorífico


Nuestro diccionario no cuenta
con voz exacta para su sonido,
una onomatopeya que describa
este ruido que ahora
emite lamentándose.

Como tripas sonando
tras mala digestión o hambre de antiguo,
él, que guarda nuestra comida,
suelta la queja de un mamut
que duerme y sueña
en esa glaciación discreta
tras de la puerta blanca.

Solloza lastimero,
y te dan ganas
de darle unas pastillas
del cajón silencioso que hay al lado.

¿Qué nos quiere decir, tan gemebundo?
¿Por qué musita con sus labios yertos
en su intestino oscuro?

¿Nos reprenden la carne, las verduras,
por no estar allí presos, y seguir
a su costa nuestro destino
de estar afuera y vivos, escuchándolo?

(Inédito, 2012)

lunes, 14 de enero de 2013

La lección de traducir



He leído con interés la entrevista  con el poeta estadounidense Mark Strand que publica el número de enero de la revista Letras Libres. De la amplia y reveladora entrevista, me quedo con una idea, no mera teoría sino experiencia tantas veces compartida por otros poetas: que empezó a traducir para mejorar su propia poesía. En su caso, vertiendo a Rafael Alberti. El próximo 14 de febrero participaremos algunos traductores literarios en una mesa redonda organizada por la Casa de los Poetas, aquí en Sevilla. Llevaré apuntada la frase de Strand, por si fuera necesario un aval para mi insolvencia (verdadera o fingida en una útil maniobra de captatio benevolentiae).

domingo, 13 de enero de 2013

Sigue el "Diario austral"



(...) 

En el sótano del Tortoni hay espectáculo de tango esa, como todas las noches, pero aún falta tiempo para que empiece; decide, pues, visitar la aledaña Academia Nacional del Tango, con su museo. Es el llamado Palacio Carlos Gardel, como señala una losa de mármol blanco entre azulejadas losetas, en el 833 de la Avenida de Mayo. La Academia cuenta con una sala en la que se celebran actuaciones y se dan clases de tango. Se demora ante los carteles y los objetos expuestos para asistir casi clandestinamente a los pasos de baile de la instructora y sus dos alumnos.


De nuevo en la calle, no estará en ella más de unos segundos, pues enseguida se interna en el Gran Café Tortoni, que con su nombre de circo italiano ha cumplido no hace mucho los ciento cincuenta años, uno por cada peso del ejemplar borgeano que le hace compañía mientras comienza el espectáculo. Para un escritor perezoso puede ser ventajoso citar la lista de colegas de mayor laboriosidad y valía que han pasado por el local, eximiéndole de este modo de tener que componer unos párrafos. Prácticamente, todo autor de fuste que ha visitado Buenos Aires ha entrado en el Tortoni, de García Lorca a Pirandello, por no mencionar, claro está, a los argentinos, que incluyen a Roberto Arlt o Alfonsina Storni. Lorca, su duende, se sentaba a menudo aquí: en el Teatro Avenida representó varias de sus obras, y él mismo vivió a muy pocos portales entre los años 1933 y 1934. Un dibujo suyo adorna la pared de la derecha, más o menos entre la sexta y la séptima mesa, ahora ocupadas respectivamente por un agente de seguros de Tokio y su esposa y por un auditor de cuentas de Chicago, con su mujer y sus dos hijas.
El espectáculo de tango incluye, cómo, no, un repertorio pensado para los turistas, como la pareja francesa que han acomodado a su lado en una mesita al fondo de la sala. Durante la actuación da cuenta de una generosa copa de malbec, un vino tinto del país. Luego, enamoriscado de la violinista, una joven morena en la que se ha fijado más que en las voluptuosas y obvias bailarinas, cena arriba una picada –fiambres, quesos, aceitunas-.
Alrededor, mesas redondas con tapa de mármol blanco, butacas de roble y cuero rojo, columnas lisas, rojas, con capitel corintio, grandes vidrieras en el techo. Es el descanso, y la violinista pasa a su lado, saludando a los meseros. Él hace por prolongar la consumición para verla evolucionar de nuevo cuando, Perséfone, baje por la angosta escalera a la bodega. Lo hace al rato, pálida, oscurísima. Rauda. Arrancándole una música melancólica.
Para hacer la digestión, y siempre acompañado del libro de Borges y sus tigres, inmejorable escolta, toma la Avenida 9 de Julio y pasa por cines, hoteles, teatros, hasta el comienzo de Juncal, y de ahí nuevamente a Guido, al hotel.
En el noticiero de la noche, otro hecho sangriento: un comisario retirado de la Federal ha sido asesinado en Villa Lugano en un tiroteo con ladrones que pretendían robarle el auto. Detenidos poco después, los agresores resultaron ser menores de edad. Así confortado, se mete en la cama cuando ya es por la mañana temprano en España. A pesar de los sucesos del día, no tiene pesadillas con revólveres y repetidoras; plácidamente sueña con milongas en las que ejecutan su heroísmo puñales y cuchillos. Y con una violinista morocha que templa el arco del deseo.

(...)


sábado, 12 de enero de 2013

Mudéjares y mozárabes

Patio del palacio de los Marqueses de la Algaba, Sevilla, que alberga el Centro 
del Mudéjar recién inaugurado (fotografía del ICAS)


Hay todo un léxico de la arqueología y del arte del Medievo español que ornamenta el oído, y dan ganas de alicatar el artículo con sus azulejos: alfarjes, paños de arrocabe, almizates, piñas de mocárabes, pechinas, taujeles, capiteles de cardina… Son palabras que vienen a recibirnos cuando leemos sobre la noticia cultural del día en Sevilla.
Pero cuando hoy se abra el Centro del Mudéjar en el palacio de los Marqueses de la Algaba no solo se pondrá al servicio de los ciudadanos un gran patrimonio; también se brindarán lecciones de interpretación histórica y prospectiva política. Más allá de la acepción arquitectónica, el DRAE define así mudéjar: “Se dice del musulmán a quien se permitía seguir viviendo entre los vencedores cristianos sin mudar de religión, a cambio de un tributo.” Por su parte, mozárabe según la misma fuente “se dice del individuo de la población hispánica que, consentida por el derecho islámico como tributaria, vivió en la España musulmana hasta fines del siglo XI conservando su religión cristiana e incluso su organización eclesiástica y judicial.”
La situación de ambas comunidades pretéritas es apasionante y actualísima, si pensamos en la cada vez peor gobernada Cataluña, que vuelve a paso galopante a la Edad Media. Para mudéjar, el hijo de Pujol, que por muy catalán y novoestadista que se crea de Europa tiene el rostro –y muy duro, a tenor de lo revelado por este periódico– de visir de Bagdad, de un tal Iznogud que en el tebeo quería ser califa en lugar del califa, gerifalte catalán en lugar de español.
¿Qué va a hacer el quimérico Estado catalán, adalid de las purezas? ¿Va a expulsar a los moriscos, a los judíos, a todos los que no tengan limpieza de sangre o de ese músculo retráctil y también rojo, la lengua? Esas cosas estaban bien para el siglo XV, cuando España se completaba y avizoraba ya el ensanchamiento de América. Ahora, el estrechamiento catalanista, que solo se mira el ombligo…
Ya puestos a reconocer el derecho de autodeterminación, ¿qué va a hacer con esas bolsas de población no ya española sino musulmana? ¿Se reconocerá el derecho a aplicar la sharia en los barrios y localidades con gran presencia mahometana? ¿Se permitirá que abandonen el Estado catalán los municipios no nacionalistas? Si no, ¿se cobrarán esos tributos de los que habla la Historia a los nuevos mozárabes o mudéjares? Porque de tributos y diezmos, aunque sea la mordida del tres por ciento sobre la que tanto se ha publicado, parece ser experto el partido del señor Mas.

(El Mundo, edición de Sevilla, 12-1-13)