domingo, 30 de septiembre de 2012

Jardín de enigmas que se entrecruzan



Poeta, diarista, crítico, traductor, José Luis García Martín no solo acoge en las páginas de la estupenda revista que dirige una estable sección sobre "Los caminos del mundo", sino que en sus libros abundan las estampas de lugares más o menos ensoñados, con devociones en las que destacan Nueva York o Venecia. De esta, cómo no, hay hermosas páginas en su más reciente obra, Enigmas con jardín. Pero también no pocas sobre Suiza (con Borges, Rousseau y Byron al fondo) o Portugal (otro paisaje recurrente y jamás agotado). 
Tras una singular singladura (no en un buque de crucero masificado que puede asomar de repente como un rascacielos ante la Giudecca), García Martín lleva al lector por sus pasiones y rutinas, en viajes que no solo rinde en el espacio sino también a través del tiempo, con delicadas ucronías como la de "Incidente en Zamora", uno de los más bellos capítulos del libro, donde alguien a quien encuentra observa, como saliendo al paso con ironía de lo que ya pensaba uno: "Si hay que hacer caso de lo que cuentas, siempre te ocurren cosas así. Vayas donde vayas aparece un personaje misterioso, un caserón abandonado, un jardín."
Enigmas con jardín lo abre un repertorio de citas de Chesterton, Baroja o Colette. Entre sus páginas hay no pocas frases que también podríamos entresacar y que figurarían muy justificadamente en los frontispicios de futuros libros. Por ejemplo, estas que abren "De un cuaderno chino" con las que nos parece tener una familiaridad antigua, por certeras y sancionadas por la experiencia:

Este es el poder de la literatura: nos habla de alegrías y nos hace bailar; nos habla de retiros y nos hace sentirnos ermitaños; nos habla de peligros y temblamos; nos habla de indignación y ponemos la mano sobre la espada; nos habla de lo alto y nos hace remontarnos a las nubes; nos habla de lo bajo y nos hace rodar por los despeñaderos. Sacude nuestro corazón, deslumbra nuestros ojos, añade muchas vidas a nuestra sola vida.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Carmen, feminista




Se ha estrenado en un teatro de la ciudad de México la adaptación “iconoclasta y no machista” de la ópera Carmen. El responsable de la metamorfosis, que no parece que sea Ovidio, ha querido presentar, afirma, “una mujer en busca de libertad, una víctima más de las tantas que sufren violencia de género”.
Nadie duda que en los países hispanoamericanos la mujer sigue padeciendo unas condiciones de vida en muchos casos lamentables, de las que los multitudinarios asesinatos de Ciudad Juárez son un caso extremo. Pero trocar el sentido de una obra ajena para que diga otra cosa, sobre fácil, es una falta de respeto a quien ya no puede defenderse porque tiene en su contra la cronología, que avanza testaruda, y ya sus derechos de propiedad intelectual han prescrito.
Prescrito habrán los derechos a percibir regalías, pero no deberían haber ido tras ellos los que atañen a lo que se conoce como “el derecho moral de autoría”. Dice el director de escena que en el montaje (nunca mejor dicho) se respeta la música original. ¡Menos mal! Como se respetaba en esas versiones de la Tetralogía de Wagner en las que el dios Wotan salía tocado con chistera.
De la Ilíada se han realizado incontables adaptaciones, recreaciones, obras subsidiarias, algunas de gran belleza o muy sugerentes. Pero los escritores que las han firmado han hecho precisamente eso, firmarlas. No se las han endilgado a Homero.
“Esta Carmen pasa en una Sevilla imaginaria que puede ser desde México hasta la Patagonia. Por esa razón, podrán verse grafitis, tribus urbanas y bailes más contemporáneos y propios a nosotros, como hip hop, reggaeton y bachata.” Ya con esto uno se queda tranquilo del todo y sabe a qué atenerse. La Fábrica de Tabacos pasa a ser un solar cuyas paredes están cubiertas de monigotes pintarrajeados. Entre las gentes del teatro algunos obran al modo de las urracas. O, más cucos, ocupan el nido del autor y luego expulsan la creación de este arrojándola por la borda para dejar sus huevos.
Se le llena la boca al escenógrafo con expresiones como feminicidios, lo que está muy bien y mejor estaría si nos ofreciera su obra pero, claro, el director escénico sin duda tiene poderosas razones para, en vez de ir a calzón quitado con su propio nombre y otro título, acogerse a los de Bizet y su Carmen. Los ingresos de taquilla serían bien distintos. Muy inferiores, quiero decir.
            No parece tener gran mérito honrar a las mujeres para robar a los muertos. Pero, claro, los vivos tienen que comer. Y más, los vivales.

(El Mundo, edición Sevilla, 28-9-12)

viernes, 28 de septiembre de 2012

Viajes sin prisa


Ante el tronco derribado de una secuoya, California, 2008

Los buenos viajes son los que se realizan sin prisa. Por eso me agrada (y agradezco) tanto la reseña que José Luis Morante ha publicado ahora de mi libro Macedonia de rutas. Se puede leer pulsando aquí.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Cuando la lluvia



En una ciudad meridional y por lo tanto generalmente seca, como Sevilla, el comienzo de la temporada de lluvias es una delicia. Ya vendrá el hartazgo, la queja por las incomodidades. Ahora solo toca asentir conforme. 
Mejor aún que Mozart, la primera sinfonía de la lluvia, su obertura otoñal, eterna.
Ayer ya cayeron los primeros chubascos. Y como un impromptu aterrizó en el cuaderno un poemita que tuvo base real, un poco zen como ella misma, cuando mi compañera felina volvió, empapado el lomo, a esta terraza de un patio que como el de la copla infantil,"cuando llueve se moja / como los demás." Copio los versos:

La lluvia ha sorprendido
en el tejado al gato.
Lo dicen no los truenos:
sus estornudos.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Preguntas




Qué gusto dan los diarios franceses cuando llega el otoño, cuya caída de hojas en aquel país se llama, con olor a tinta, rentrée. Los anuncios de libros superan entonces a los de cualquier otra mercancía. Es cierto, sí, que los de objetos de lujo -los complementos de un modista, unos relojes de oro- ocupan parcelas de mayor extensión; pero aparte estos dos o tres terratenientes, el minifundio del libro -eso que se se conoce por bibliodiversidad- ocupa aquí y allá no pocos espacios en las páginas, casi siempre con el rostro del autor en compensación de la sobria cubierta apenas tipográfica.
En la porta de Le Monde he visto a Bernard Pivot, el archiconocido crítico y televisivo apostrofista, junto a su más reciente título, Oui, mais quelle est la question? Se queja Pivot de que haber alcanzado fama en la prensa escrita, en la pantalla, en la radio le ha llevado a un estado en que también en su vida privada todo son preguntas, como si estuviera obligado a dar su parecer sobre toda cosa. A esa enfermedad crónica la llama Pivot la "questionnite". Le sucede al autor y crítico traspirenaico lo contrario que a quien quiera que se refiera el aforismo de José Luis García Martín que aparece en Enigmas con jardín, su más reciente libro: "Tenía respuestas para todo y por eso nadie quería hacerle preguntas."

domingo, 23 de septiembre de 2012

Novelerías





Una mala novela, no importa el número de sus páginas, es siempre más corta que un buen poema.


***

Escribir varias novelas a un tiempo, vagamente relacionadas en época o ambiente. Cuando se pesquisa la documentación para una, hallar datos para las otras. Al final, no componer novelas sueltas ni una trilogía o tetralogía, una serie: crear un género.


***

Una forma de generosidad como la del padre hacia el hijo: componer poemas o traducirlos para luego regalárselos a un personaje de nuestra novela.

sábado, 22 de septiembre de 2012

La calle es mía





Treinta y siete años después de muerto Franco, casi todos en Sevilla hacen bueno el lema de un ministro suyo quien, con frase célebre, declaró como un niño egoísta que no presta sus rotuladores: “La calle es mía.”
El suelo común se ha ido privatizando. Un ciego, un minusválido lo tiene cada vez más difícil. Y lo mismo, alguien a quien le suba la tensión ante los atropellos. El problema no es solo el desproporcionado número de veladores que en todos los formatos han ido a aposentarse en las aceras, en pasos tan estrechos que semejan ser la emboscada de Roncesvalles o de comanches entre cerros fordianos; es, también, la multitud de anuncios que en forma de banderolas con peanas (santos laicos de los nuevos tiempos), pizarras de tijera y demás carteles angostan la vía. Se fomenta al personaje hosco y solitario de la fila india; se desanima el paso, cogidas de la mano, de las parejas.
            Los bares sacan sus barricadas. Los árboles se emparedan con reclamos de tapas y raciones cogidos con cadenas. Frente al mismo Ayuntamiento unos ponen sus conitos para hacer prácticas de patinaje mientras otros machacan el mármol como hijos de Atila o se contorsionan (allá ellos) al ritmo de aparatos estéreo que asaltan a quien no quiera oírlas.
            En todo tramo, en fin, hay un cuello de botella, un embudo.
            Dan ganas de salir corriendo; eso sí, con buen cuidado de no tropezar con los muchos obstáculos que impiden el paso en las calles enajenadas. Y, sorteando taburetes y mesas y letreros, viajar, emigrar, marchar lejos de una ciudad que se va convirtiendo no en decorado de cartón piedra, vistoso al menos, sino en una horrenda sucesión de zancadillas, tropiezos, estorbos, traspiés, que hay que esquivar, evitar, rodear driblar, rehuir.
Los encerados de las aulas están, ya se sabe, en retroceso. Hoy los que pitan (un chirrido para los ojos, como uñas en su superficie) son los de las especialidades y los menús del día, las ofertas de botellines y los desayunos en bocacalles apenas visibles entre tanta cartelería. Romero Murube escribió un libro que tituló, tirando por lo alto, con elevada ignorancia de lo que hoy ha venido a imponerse. Hoy, la elegía que Sevilla pide a gritos es otra: Los suelos que perdimos.
Gorriones y palomas volarán. Y murciélagos junto a la catedral, de noche, esas aéreas gárgolas de sombra entre los focos. Pero entre fotos de platos combinados o de paellas –hay sangría, montaditos, ensaladas, baile flamenco–, hoy no podría correr, sin hacerse un chichón, el mirlo.

(Publicado en la edición sevillana de El Mundo, 21-9-12)


jueves, 20 de septiembre de 2012

Subrayado a lápiz en un libro


Esta frase nihilista como un rehilete:

"Cuando la dignidad y la propia estimación le impiden a uno trepar, no queda más recurso que dejarse caer, tirarse al hondón de una actitud anarquizante."

         MANUEL CHAVES NOGALES, Juan Belmonte, matador de toros: su vida y sus hazañas




Próximas lecturas en Cosmopoética



Algunos amigos me han preguntados por los detalles de mi participación en Cosmopoética, que este año ha pasado a celebrarse en el otoño. No sé si soy ya un racimo de vid maduro para esa vendimia, pero sí que me deja ebrio, aún antes de haber ido, la idea de comparecer con mis versos y leerlos en voz alta. Como no dejo de descartar poemas, me pregunto si al final me presentaré con una sola uva (quizá pasa).
Aquí dejo los datos facilitados por la organización del certamen cordobés:



Miércoles 3 octubre

POETAS DEL MUNDO EN CÓRDOBA

Lecturas: Jesús Hilario Tundidor, Kepa Murua, Antonio Rivero Taravillo.
Presenta: Rodrigo Olay.
LUGAR: Sala Orive
HORA: 18.00

Jueves 4 octubre

POETAS DEL MUNDO EN CÓRDOBA

Lecturas: Antonio Rivero Taravillo, Kepa Murua, Miguel Ángel Ortega Lucas, Antonio Agudelo, Juan Pastor.
Presenta: Jon Andión.
LUGAR: Sala Orive
HORA: 18.00



martes, 18 de septiembre de 2012

Memorias de Rushdie




Según declaraciones de la editora alemana de Salman Rushdie, estoy tentado de pensar que las algaradas que en muchos países tienen lugar estos días por el mahometano asunto son interpretadas por "ganchos" de Bertelsmann: el motivo, o el móvil (porque hay crímenes), la publicidad del autor amenazado por la fatwa, que acaba de sacar sus memorias.
De Rushdie recuerdo haber leído Hijos de la medianoche cuando estudiaba Filología Inglesa en Sevilla, y Vergüenza para unos cursos de verano en la Universidad de Edimburgo. Ambos ejemplares me los prestó Teresa, mi mujer, que me llevaba un año de ventaja en los estudios y ya había asistido unos meses antes al mismo programa de la capital escocesa. Supe entonces que ella lo había conocido en un congreso en Málaga. La firma que Rushdie estampó en el ejemplar en aquella ocasión es la que aparece en la fotografía superior.
Luego, en 1989, empecé a dirigir una librería inglesa en mi ciudad, y al poco se produjo el escándalos de Los versículos satánicos. Pasaron por mis manos un par de ejemplares de la primera edición (creo que el sello editorial era Viking), encargos de sendos clientes, quizá más llevados por la curiosidad que por genuino interés literario. Enseguida los ayatolás pusieron precio a la cabeza de Rushdie, los libros fueron retirados de la circulación, como su autor, y ya no pude hacerme con uno. Hoy valdría un buen dinero, menos en cualquier caso que el importe de la recompensa homicida. 
Sería concederle un triunfo a los alborotadores agotar este asiento del blog en la hipotética blasfemia y la persecución de Rushdie. Aquellas dos novelas me parecieron magníficas, en particular Hijos de la Medianoche, que es uno de esos libros de ficción que cuentan mejor que cualquier otro de historia las vicisitudes de los pueblos, de las personas.


sábado, 15 de septiembre de 2012

Dylan






Posee una voz arisca y de arrastrada lija, áspera como las papilas de una lengua de gato. Y, como uno solo y unánime, sus millones de seguidores han emitido esta semana un general ronroneo cuando se ha puesto a la venta el trigésimo quinto de sus discos, Tempest, a medio siglo de aquel inaugural de 1962 que se titulaba, a palo seco, con su mero nombre artístico.
            Quieren los defensores de un sentido laxo de la creación poética promover a Bob Dylan como candidato para el Nobel de Literatura. Lo mismo podría aspirar, por esa regla de tres, al de Economía, porque sabe hacer de la necesidad virtud y con unos pocos recursos alcanzar grandes metas, como los genios. No es un nuevo Shakespeare, como alguno se ha aventurado a sugerir agarrándose al título del drama que hoy presenta, casi homónimo del último de los álbumes del Bardo, pero su voz es innegablemente tempestuosa y él sigue demostrando ser autor de excelentes letras.
            Uno de estos jueves se reunirá la Academia Sueca y resolverá sobre el premio que ya han logrado Neruda o Eliot. Seguramente Dylan no sea acreedor a ese reconocimiento si nos limitamos a considerar los tipos de imprenta, lo escrito. Ahora bien, si atendemos a lo oral Dylan sería un magnífico candidato, y si hubiera un Nobel de Música, él debería tenerlo hace ya mucho. Pero no lo habrá, porque los rendimientos que da el legado del inventor de la dinamita también decrecen -¡la crisis!- y desde este año el dinero para premios sufrirá los recortes.
Evidentemente, ya no está en su mejor momento, pero qué hermosas y vivas ruinas. Que nos tocan muy dentro, porque si hablamos de él no lo hacemos del Village neoyorquino, de Duluth o de Woodstock, sino del Damas de Asunción donde le compramos el primer disco de vinilo, de aquel bar del Postigo y aquella persona a nuestro lado o del Cineclub de Medicina donde lo vimos con la guitarra acústica y la armónica y el pelo alborotado en el Concierto para Bangladesh. Cambian los tiempos (sí, The Times They Are A-Changin’) y hoy, décadas después, lo rejuvenecemos en el DVD del documental de Martin Scorsese o portándolo en el móvil lo ponemos a cantar retrasando su edad de jubilación (espejo de nosotros mismos).
            En pie, por no contradecir a la lima de ebanista con la que interpreta sus canciones, esa lengua de gato cada vez más rasposa, el cantante no muere, ¿cómo va a morir Bob Dylan? Saca las uñas, bufa y nos mira sin apenas moverse, hieráticamente. Nos recuerda que tiene siete vidas. Ronroneamos.

(Mi artículo en El Mundo, edición de Sevilla, 14-9-12)

jueves, 13 de septiembre de 2012

El distraído


Estatua de Antonio Machado en Baeza

En las personas que admiramos, los defectos, muchos de ellos, truecan en virtud, porque las humanizan y les dan un perfil más vulnerable, en su grandeza.  Es lo que sucede con el "torpe aliño indumentario" de Antonio Machado, de quien se cuentan varias anécdotas que abundan en este rasgo de su personalidad. Cómo olvidar, por ejemplo, la del huevo frito durante días abandonado a figurar, seco, yerto, en el museo de cera del descuido machadiano.
Esta otra también la conocíamos, pero hoy la he encontrado en el libro que la consigna, el delicioso Vida en claro, de José Moreno Villa. Quien vivió durante veinte años en la Residencia de Estudiantes evoca así a mi tocayo:

     Recuerdo bien dónde lo vi por vez primera. Estaba parado en la puerta del Ateneo. Yo venía con Juan Ramón, que me dijo: "Mire, aquél es Antonio Machado. ¿Aquél tan sucio?", le pregunté. "Sí".
     Además de sucio era distraído. Una tarde, me senté a su mesa en el Café Kutz. Estaban con él su hermano Manuel y un tal Fernández que sabía de teatro. Éste y Manuel estaban fumando, yo saqué mi petaquilla, tomé un cigarro, y como los que yo fumaba no solían gustar a los españoles, no le ofrecía a Antonio. Éste, sin embargo, distraído, y creyendo que yo le había dado uno, encendió una cerilla y se la aplicó a los dedos llevados a la boca. 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Sueño y desengaño




John Mullaster Carrick, "Le Morte d'Arthur"


     SUEÑO Y DESENGAÑO

     Sin darme cuenta he pasado
     de ser amante de la Edad Media
     a ser un hombre de mediana edad.
     De la espada al dolor de espalda.
     Del yelmo al yermo.

     Quien fuera caballero ya es bufón,
     amargos cascabeles y no vítores
     hoy lo acompañan;

     no cantares de gesta,
     este epigrama.




martes, 11 de septiembre de 2012

El Chacal




Lo entrevistaba este sábado el ABC Cultural, y allí aparecía con su buena blazer y algunas boutades de garrafón, se nota que ostenta desde no hace mucho los derechos de Borges. Decía Wylie, el temido agente literario, que no tiene tiempo para leer en uno de esos cacharros digitales como el Kindle. Precisamente por esa misma razón tendría puesta la tele como se veía en la foto, una pantalla de pocas pulgadas incrustada en un mueble de su despacho de la Quinta Avenida. 
Dos magnitudes me llaman la atención de su fenomenal agencia: una, que el porcentaje que dice llevarse (no en la entrevista, en una carta que recibí un día por otro asunto relacionado con una patrocinada suya) sea entre un 15% y un 20% de las regalías; otra, el gran hueco que hace unos meses dejó en mi estante el catálogo de sus autores representados que me traje de la Feria del Libro de Fráncfort. Creo que se me ha contagiado lo de Borges (las boutades, quiero decir): donde estaba el catálogo de Wylie ahora tengo, casi entera, la Enciclopedia Britannica

lunes, 10 de septiembre de 2012

Cosmopoética 2012



Tanto va el cántaro a la fuente que... Después de asistir como un miembro más del público a las últimas convocatorias de Cosmopoética, al final resulta que este año participaré como poeta. A todo se llega como decía el otro: degenerando.
Le agradezco su generosidad a Joaquín Pérez Azaústre, el coordinador de este año y espero que de muchos más.
Mis lecturas serán los días 3 y 4 de octubre, pero hoy la invitación es a leer, de cabo a rabo, el estupendo programa, que incluye homenajes a Antonio Machado, a Vicente Núñez y a los Novísimos, entre muchas otras cosas. 


jueves, 6 de septiembre de 2012

La mujer y la sangre





Cuando al hallarme en Dublín la suerte me favorece y mi asendereada sombra (no tengo nada de vampiro) se aloja en el Hotel Shelbourne (más que el aloha que da la bienvenida a islas exóticas, prefiero el vernáculo y gaélico fáilte), al salir a la calle tengo siempre dos opciones que se disputan el resultado de mi indecisión y que me tiran de las solapas de la gabardina en direcciones opuestas bajo una unánime lluvia. Esto parece común, una de las formas en que manifestar el albedrío, pero es todo un grueso dilema sin embargo para un ser dubitativo como es uno, capaz hasta de desdoblarse -como en los espejos que no reflejan a los vampiros y en esta misma frase- en una tercera persona. La primera posibilidad en esta encrucijada es tomar a la derecha en busca de la vida. La otra, enfilando a la izquierda, encaminarse hacia la muerte. En el primer caso me dirijo a la Biblioteca Nacional, a la librería anticuaria Cathach Books, a la de libros nuevos Hodges Figgis (y si es de noche, por qué no, a la visión de las pantorrillas danzarinas de la mitad del cuerpo de baile de Riverdance, en el Gaiety, durante su temporada anual de lleno absoluto). En el segundo, los pasos llevan a los enlutados y recios vasos de pinta de los pubs de Baggot Street, con su alzacuellos de espuma no sé si católica o protestante, a los que trato de hacer transparentes, fantasmales, de dos sorbos, abreviando el plazo; pero antes, nada más salir de este limbo o purgatorio entre ambos mundos que es el hotel alzado frente al Stephen’s Green, se pasa junto al minúsculo cementerio hugonote –cinco lápidas y una herrumbrosa cancela–, testimonio del linaje del que procedía Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), el autor de Carmilla (1872).


(La editorial Ultramarina está a punto de publicar una nueva traducción de Carmilla, el clásico de Le Fanu, al cuidado del poeta y profesor Juan Frau. Con estas líneas comienza a dar tumbos, hasta desmayarse por mi fobia a la visión de la sangre, mi horripilante prólogo al volumen)


Ilustración de Michael Fitzgerald

martes, 4 de septiembre de 2012

Clarín cumple cien números





Clarín, Revista de Nueva Literatura acaba de sacar a la calle su centésimo número. La publicación ovetense dirigida por José Luis García Martín se convierte en rara avis donde los haya, pues tal número de entregas es cosa infrecuente en nuestro medio y porque, además, no ha dejado en todos estos años de aparecer puntualmente cada dos meses, como ahora. Pintan bastos en muchos aspectos de la cultura. Gracias, pues, a Clarín por seguir ahí, por ofrecer sus artículos, poemas, cunetos y reseñas.
En el número 100 se dan páginas de Xuan Bello y Felipe Benítez, Javier Almuzara y José Manuel Benítez Ariza entre otros. El sumario completo, tan sabroso, se puede leer aquí.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Conjetura de la rentrée

Tal vez ser escritor signifique que todos los días son uno de septiembre y que también todos los días comienzan las vacaciones.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Dos meses y un siglo




Desde la encalada habitación en la que escribo veo unas de tejas (hileras de hormigas rojas de la tarde) y una achaparrada chimenea también blanca, pinares que cosquillean el aire con sus agujas y un azul de dos intensidades que allá donde se difumina por la acción de esa goma de borrar, el horizonte, se bifurca en mar y cielo. Es el Mediterráneo; si escribo de Lawrence Durrell, y modificando el epíteto latino, el Mare Suum.
            Este año se ha cumplido el centenario del nacimiento de este escritor inglés que representa mejor que ningún otro esa casta tan británica, la de los expatriados, los emigrantes por gusto que como Stevenson abandonan el gris y el frío de sus inviernos insulares atlánticos por otros climas más benévolos cuyo calor hace correr la circulación sanguínea, incluida la que riega el cerebro y otras zonas inferiores que en complicidad con este rigen la sensualidad. Como Kipling décadas antes, Lawrence Durrell nació en la India del Imperio Británico, y a la muerte de su padre la viuda y los hijos se trasladaron a vivir donde más pudieran dar de sí sus libras y no lloviera tanto y se pudiera dejar atrás la formalidad estricta que como la estricnina deja un rictus, una insoportable pose.
            Sabemos, porque no hay apunte biográfico sobre él que no lo diga, que Durrell residió varios años en Corfú, hasta que en 1941 la Segunda Guerra Mundial dio al traste con esa vida plácida de mítica simplicidad en la que el ser humano está más cerca de los dioses. Y que luego, como Cavafis, residió en Alejandría (el escenario de su célebre Cuarteto) y en Rodas, Chipre, Argentina, Yugoslavia y la Provenza. Prácticamente, sin embargo, todas las informaciones que sobre él nos llegan eluden el dato por el que hoy viene a visitar esta “Galería de viajeros sevillanos” (los de nación que salieron más allá de las murallas y los que vinieron de otros países a vivir intramuros, siquiera una temporada).
            Lo cuenta su hermano Gerald, el naturalista, en su estupendo y desenfadado Mi familia y otros animales. Como quien no quiere la cosa, narra el hartazgo de la familia en Inglaterra, esa “isla del pudding” como la llamada Lawrence, Larry, el primogénito, y cuando refiere que la madre encomienda al futuro escritor la tarea de ser una suerte de explorador doméstico de Corfú, de cara a un eventual asentamiento de la familia en aquella isla, transmite la respuesta con la información que aquí nos interesa: “Lo mismo dijiste cuando propuse ir a España -le recordó-, y dos meses interminables me pasé sentado en Sevilla esperando que aparecieseis, mientras vosotros no hacíais más que escribirme kilométricas cartas sobre el alcantarillado y el agua de beber, como si yo fuera el secretario del Ayuntamiento o algo así.”
            Si la familia se asentó en la isla griega en 1935, esto debió de ser poco antes. ¿Qué Sevilla conoció Durrell? ¿Dónde se hospedó? ¿Qué iría anotando, mentalmente o en un cuaderno, acerca de nuestros usos y husillos y la habitabilidad de nuestra urbe? ¿Qué balance haría de la misma, cómo nos calificaría? ¿Qué sentiría ante la Giralda y esas torres de la Plaza de España recientemente construida para la Exposición Iberoamericana, que luego serían escenario de la película dedicada a un casi tocayo, Lawrence de Arabia?
Este año del centenario, los escritores Joan de Sagarra y Jacinto Antón han recordado a Durrell en España. Pero ninguno de ellos (el primero más centrado en la relación epistolar de su propia madre con el expatriado, y el segundo en el ámbito helénico que comprende la Trilogía  Mediterránea ahora publicada por Edhasa) ha mencionado la presencia de esos dos meses de quien aún no era escritor en nuestra ciudad. Si cuando llegó como empleado del Foreign Office a Argentina nuestro hombre ya hablaba algo de español, era porque lo había aprendido precisamente aquí.
Sé que debería haber investigado más esto y no llegar a los lectores solo con un poco de agua salobre y mucho sol en las manos. Pero ya dije que escribo desde una playa mediterránea, y no he tenido ocasión de llenar de granos de arena, como innúmeros marcapáginas, la prolija biografía que a Durrell dedicó Ian MacNiven, un estudioso de nombre y apellidos más propios de las Tierras Altas de Escocia que de meridional y luminoso oleaje. Para la laboriosidad de otros o para mis propias tardes de otoño dejo la investigación que brinde los pormenores de la estancia fantasmal de Lawrence Durrell en Sevilla. Reconozco que como sabueso literario he suspendido en este caso. Pero aún queda septiembre.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 31-08-12)