miércoles, 29 de agosto de 2012

Anda



De lo que se entera uno buceando en Internet. Así que el autor de Juego de tronos hizo mención el otro día a este poema de Yeats, y el intérprete citó por mi traducción.

Se puede leer aquí.

sábado, 25 de agosto de 2012

El visitante de abril



Vino tras una prolongada murria londinense, y en comparación con lo que dejó allí Sevilla le pareció “una tierra de libertad”. Recién licenciado en Medicina, aquí se sintió consciente de su juventud, y su estancia le sirvió como un mirador desde el que contemplar una nueva vida y las delicias del mundo. Se dejó bigote, lució sombrero de ala ancha y se aficionó al buen tabaco filipino, un bien con el que comerció, como es sabido, Jaime Gil de Biedma. La indolencia y la inacción se las sacudía montando un caballo, Aguador, con el que recorría las afueras.
            Traía Maugham en el zurrón de su fantasía una imagen idílica de Sevilla con palmeras que cosquilleaban el cielo, un río de aguas verdes con naranjales y abundantes donceles y mozas plenos de donaires. La realidad, sin embargo, no lo asustó, y un Guadalquivir de color amarillento cenagoso y con buques que cargaban grano en sus bodegas, ajenos al perfume entresoñado, le mostró Sevilla como en verdad era. Con todo, gozó de sus atractivos, que cifró en su vivacidad y en su alegría casi pueril.
            Muchas cosas le llamaron la atención en esta primera estancia. Ahora que es verano, señalaría la frescura aliviadora de los patios y la matizada luz que filtraban las velas de la calle Sierpes, un escudo contra el sol del todo impensable en Inglaterra.
            Recorrió el Alcázar, que le defraudó porque vio en él una desafortunada sobreposición de la arquitectura cristiana a la árabe, y sin embargo en su deambular tuvo presentes a Pedro el Cruel y a María de Padilla. Del primero glosa acerca de la leyenda de su poligamia: “tenía gustos orientales”. En los jardines lo invadió la nostalgia de su patria y las rosas le trajeron aromas familiares, que lo transportaron a Kent.
Por esas páginas de La tierra de María Santísima, el libro que dedicó a España en 1905, desfilan, como lo hacían por la calle Sierpes, cigarreras, vendedores de lotería, toreros… En algún recorrido nocturno se ocupa también Maugham de trazar la estampa de un sereno beodo. Siempre la liturgia católica resulta llamativa para los espíritus del norte, y el autor de El filo de la navaja no fue en esto una excepción. Al día siguiente de llegar fue la festividad de la Inmaculada, y en la catedral asistió al culto, que por la tarde ofreció el hipnótico baile de los seises. Fue esta una de las cosas que más destacó de Sevilla Arthur Symons ; y cuando en noviembre de 1927 vino Yeats, este expresó en una carta el deseo de permanecer en la ciudad hasta esa fecha, solo por quedarse a ver los seises y su baile con castañuelas “entre seguidilla y minué”, como lo definió Cernuda en Ocnos.
Abarcó la primera estancia española dos años, de diciembre de 1897 a abril de 1899, periodo en el que aparte de los nueve meses que pasó en Sevilla también visitó otras localidades. Sucesivas visitas tuvieron lugar en 1903, 1914, 1933 y 1934. Nuestras fiestas mayores lo atraían sobre todo, y casi siempre que regresó lo hizo en abril, como sucedió en 1948 y 1949. La última vez que visitó Sevilla fue, hasta donde yo sé, en 1954 (pero en esta ocasión en septiembre).
En muchas partes dejó Maugham sus impresiones sobre Sevilla. En Servidumbre humana, un personaje se queja de la imagen manida de la ciudad, que desde Gautier apila un tópico sobre otro. En El mago retoma las pinturas de Valdés Leal, de las que ya había escrito, lo mismo que sobre la figura de Miguel de Mañara, en un capítulo de su obra de 1905. Don Fernando, que para Graham Greene, otro hispanófilo, era el mejor libro de Maugham, recibe su título de un tabernero de la calle Guzmán el Bueno, en el barrio de Santa Cruz. Edward F. Johnston, vicecónsul británico y presidente del Sevilla Football Club cuando él era visitante mozo, abría su casa en el número 2 a los viajeros británicos que pasaban por Sevilla; allí llevó Maugham su tartamudez a las tertulias y en él se basó para uno de los protagonistas de otra narración. También aparece la ciudad en cuentos como “La madre”, “El poeta”, “Una cuestión de honor” (la acción de los tres transcurre íntegramente en la capital hispalense), “Un consejo”, “La señorita romántica”, “El cura español” o “El hombre feliz”, que se desarrolla entre Londres y Sevilla.
Maugham confesó que, de joven, Sevilla le resultó “demasiado placentera como para prestar exclusiva atención a la literatura”. Pero lo cierto es que su brillante carrera teatral y narrativa lo hizo rico y permitió que cuando se hospedara en Sevilla, ya adulto, lo hiciera siempre en el hotel Alfonso XIII.

(Publicado en la edición sevillana de El Mundo el 24-8-12)

viernes, 24 de agosto de 2012

Mangueras y mangantes





Según vi la otra tarde y muestra la fotografía, todo está preparado en el Ministerio de Finanzas alemán, en Berlín, para empezar a bombear los euros de nuestro rescate. La pregunta es si se irán los incendiarios de rositas.

sábado, 18 de agosto de 2012

El poeta de la calle Guadalquivir





Su madre, Josefina Lozano, era del Puerto de Santa María, y el niño se educó en un ambiente en que lo andaluz despertaba evocaciones que solo muchas décadas después adquirieron la consistencia de la realidad.
            Paz vino tres veces a Sevilla. En septiembre de 1986 estuvo entre nosotros para asistir a los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en la época dorada de esta en la ciudad, cuando concurrían a su llamado escritores de la talla de Borges o Italo Calvino. En aquella ocasión declaró: “Sevilla es para mí el comienzo de América”. En su primera visita dedicó la lectura de sus poemas en el salón del Almirante del Alcázar a dos poetas sevillanos muertos en México: Gutierre de Cetina y Luis Cernuda. Del segundo ya resulta innecesario aclarar quién es, a punto de conmemorarse el cincuenta aniversario de su muerte; del primero, podríamos mencionar que es autor de ese madrigal que contiene versos que muchos recordarán: “Ojos claros, serenos, / si de un dulce mirar sois alabados, / ¿por qué si me miráis, miráis airados?”.
Posteriormente, exactamente diez años antes de morir, Octavio Paz vino de nuevo a Sevilla. Fue con motivo del Primer Congreso Internacional sobre Luis Cernuda, que se celebró también en el Alcázar. El autor de Piedra de sol ya era premio Cervantes pero aún no Nobel de Literatura (recibió el galardón dos años después de su visita), aunque ya era, y desde cuánto tiempo, el primer intelectual mexicano, uno de los más grandes poetas de aquella nación. A Cernuda, uno de los más grandes de la nuestra, lo trató a lo largo de los años y cruzó con él una correspondencia que hasta la fecha permanece inédita.
            También nos visitó poco antes de la Exposición Universal de 1992, a las puertas de la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, cuando leyó una conferencia en la que fabuló sobre lo que hubiera sucedido si en vez de llegar los españoles a México los aztecas nos hubieran invadido. Estaba en su ánimo deshacer el malentendido de que Cortés y los suyos masacraron a unos pueblos salvajes. “Imaginemos por un instante que no son los españoles los que desembarcan en la playa de Veracruz una mañana de 1519 sino que son los aztecas los que llegan a la bahía de Cádiz”, dijo Paz. “Axayácatl, el capitán tenochca, rápidamente se da cuenta de las disensiones que dividen a los andaluces; se entrevista en secreto con el Conde don Julián y se alía con él; seduce a su hija, Florinda la Cava, la convierte en su barragana y en su agente diplomático; tras una serie de maniobras audaces y de combates, conquista Jerez, Sevilla y otras ciudades; los jefes aztecas ordenan la demolición de las catedrales y levantan sobre ellas majestuosas pirámides; se sacrifica a los guerreros españoles vencidos (así se les diviniza) y se distribuyen sus mujeres entre los conquistadores; sobre las ruinas de Sevilla se funda Aztlán, la nueva capital de la Bética; los sacerdotes aztecas convierten a la población indígena al culto de Huitzilopochtli y de su madre, la Virgen Coaticlue; se pacifica al país y se establece una dominación que dura varios siglos; finalmente, a través de la acción combinada del tiempo, el mestizaje y la indoctrinación, nace una nueva sociedad “azteca y bética, rayada de morisca”, como diría siglos después, en el más puro náhuatl, uno de sus poetas.” Se refiere a Ramón López Velarde, que nació en Jerez (estado de Zacatecas).
A Paz, los intelectuales de la náusea sartreana no lo podían ver ni en pintura, y le declararon una guerra con esas herramientas propias del comunismo: el borrado, el ninguneo. Aquí, antípoda de aquellos, ha tenido un fino intérprete en Aquilino Duque.
En las Navidades de 1996, la casa del poeta en la ciudad de México salió ardiendo como consecuencia de un cortocircuito. Las llamas devoraron obras artísticas, recuerdos de la India y parte de la biblioteca, con todos los ejemplares de los autores modernistas del idioma. “Las llamas me han dejado ligero de equipaje”, dijo evocando a nuestro Antonio Machado, cuyos libros también perdió con el incendio.
Los dos últimos años de vida, ya enfermo, los pasó en un predio que le fue cedido en Coyoacán, la llamada Casa Alvarado, a unas cuantas manzanas de donde vivió y murió su amigo Cernuda. Hoy, en ese lugar radica la Fonoteca Nacional de México, donde se pueden oír grabaciones de nuestro paisano y del Nobel.
¿No dije que la vivienda de este que salió ardiendo se halla, con entrada por el Paseo de la Reforma, sobre la calle Guadalquivir?

(Publicado en la edición sevillana de El Mundo el 17-8-12)

jueves, 16 de agosto de 2012

Sala de Alepo



El museo de Pérgamo la guarda
tras una cristalera. Solo ella
intacta sobrevive a la ciudad
de ventanas fantasmas y de escombros.
Sus puertas son muy bajas, y está bien
que lo sean, espejo de este instante:
tener la frente alta es muy difícil
ante tanta matanza cotidiana.
La lacada madera no la tiznan
ni el humo ni la sangre, y la metralla
no la roza: en otro huso horario
hace añicos los muros que albergaran
estas tablas polícromas, su sueño
de una remota prosperidad.
El museo de Pérgamo la salva:
una célula sana que extirparon
de todo ese tumor que allí se extiende.


                                                                                    Berlín, agosto de 2012

miércoles, 15 de agosto de 2012

Sobre "El Coloso"



Francisco Vélez Nieto firma esta reseña sobre la estupenda novela de Ann Harries. Le quedo muy agradecido por sus generosas palabras sobre mi traducción.

martes, 14 de agosto de 2012

Jamón y endecasílabos




Gabriele Morelli con Jorge Luis Borges en 1981



Ha pasado una vez más por Sevilla el profesor italiano Gabriele Morelli, el máximo estudioso italiano de la poesía española contemporánea, y con él hemos compartido ratos de conversación Aquilino Duque, Marie Christine del Castillo, Fernando Ortiz, Jacobo Cortines o yo mismo, en una carrera de relevos de los proyectos, o de la simple y fiel amistad, que cultiva este divulgador de nuestras letras. Yo me cité con él en casa del sobrino de Luis Cernuda, y Morelli vino de su pensión cercana a la calle del Aire puntual, entusiasta. Si uno fuera creyente en ectoplasmas como Fernando Villalón diría que las muchas ideas que bullían en nuestro visitante le podrían haber hecho atascarse, como un alejandrino en un verso de haiku, en esas estrechas callejuelas.
            Si de Italia nos vino ese invento superior al de la rueda, el endecasílabo, de este erudito y traductor nos llega un interés por lo nuestro que tiene mucho de bumerán, de retorno. Retornos de lo vivo lejano es título de Alberti, quien sale en la conversación y de quien Morelli ha publicado parte de su correspondencia. Y también los nombres de Neruda, con quien cenó, o de Lorca o Colinas (Morelli es catedrático de la Universidad de Bérgamo, y el leonés, que fue lector allí, autor de “Piedras de Bérgamo”, primera parte del bellísimo Sepulcro en Tarquinia).
            En la sevillana editorial Renacimiento Morelli ha publicado ya varios frutos de su esfuerzo, que va sumando a su inagotable bibliografía de hispanista por la que ha recibido la Cruz de Isabel la Católica. Sobre la mesa tengo ahora su facsímil de la madrileña Nueva Revista, que recoge la breve aventura de esta publicación entre 1929 y 1930. Hay un artículo sobre Bécquer, y sevillanos que colaboraron allí fueron Aleixandre, Villalón o Cernuda.
            Sobre este último es la pesquisa que ha traído a Morelli a nuestra ciudad. No sé si cometo indiscreción al revelar que para la citada editorial de Abelardo Linares (otro viajero del que habría que escribir un día), el italiano se encuentra preparando una edición de las versiones que Miguel Romero Martínez publicó –era 1928– de los Canti de Leopardi, el colosal poeta romántico italiano en cuya obra no hay fecha de caducidad ni se pone el sol, como no declina en la de sus antecesores Virgilio o Petrarca. Romero, a quien José María Izquierdo llamó “bibliófilo humanista”, fue uno de esos ateneístas que pulularon en derredor del ultraísmo. Y astrónomo aficionado, llegó incluso a descubrir una estrella en 1918. ¿Habrá algo más lírico? Muchas traducciones de Leopardi se han publicado después (una, del citado Antonio Colinas), pero la primorosa de nuestro paisano Romero fue la que leyó Cernuda durante su fugaz carrera como miliciano durante la Guerra Civil.
            Juan Luis Panero, cuya poesía empezó a ser justamente conocida gracias a otra edición de Renacimiento, recuerda haber visto en Londres, siendo él un niño, el ejemplar profusamente anotado en que Cernuda mostraba una lectura atenta de Leopardi. Dónde esté ese ejemplar, no lo sabemos. Él mismo es una de las consecuencias del exilio, del arrastrar una biblioteca de un país a otro, de un continente a otro. Cernuda se lo regaló a Panero, y luego desapareció en la almoneda.
            A Morelli le gustaría dar con ese libro para documentar y analizar la influencia de Leopardi en Cernuda. Nadie, seguramente, más indicado que él para esta tarea: su familia es de Recanati, la villa del poeta tristísimo y deforme, y él un gran conocedor de la generación del 27 y del autor de Ocnos, libro que ha traducido en versión que permanece inédita.
            Por lo demás, lo que nos cuenta Morelli, que ha venido de Bérgamo en un vuelo de bajo coste menos gravoso que una cena para dos en una pizzería, es tan universal como deprimente: el declive de las universidades, que allí como aquí se mustian y degradan (maldita Bolonia, y maldita la realidad de la cual los planes de estudio son espejo), el desinterés por las humanidades, el derrumbe del mercado editorial literario, la primacía de lo alicorto.
            Va y viene siempre que puede este viajero con su tráfico de versos y revistas y también de alimentos terrestres (como el título de Gide, también enamorado de Sevilla), pues Gabriele Morelli trae un trozo de buen parmesano para compartir con los amigos y se lleva, halcón o águila, en el buche hasta su nido prealpino o en la maleta, purpúreo papel biblia que sabe a gloria y paraíso, jamón, jamón bien cortado, pasión que comparte con nuestra poesía. En eso también se nota que es sabio.



                                             (Publicado en la edición sevillana de El Mundo el 10-08-12)

martes, 7 de agosto de 2012

"En recuerdo de mi querida nieta Elizabeth Bradstreet"


Un día de agosto como hoy, pero de la segunda mitad del siglo XVII, moría la niña que da pie a este poema. Trescientos años después, en 1965, John Berryman dedicaba a su autora Homage to Mistress Bradstreet. Difuntos los tres, traigo la traducción de aquella breve elegía con mi homenaje:


EN RECUERDO DE MI QUERIDA NIETA
ELIZABETH BRADSTREET, QUE FALLECIÓ
EN AGOSTO DE 1665, CON UN AÑO Y MEDIO

Adiós niña querida, mi alegría,
adiós mi dulce niña, mi placer,
adiós hermosa flor de breve goce
tan pronto arrebatada por lo eterno.
¿Por qué he de lamentar, niña, tu sino
o llorar por lo escaso de tus días
si ya gozas de vida perdurable?

Natura hace que el viejo árbol se pudra;
maduras, caen pomas y ciruelas;
se siegan en sazón hierba y maíz,
y el tiempo abate a altos y robustos.
Mas las plantas en ciernes que se arrancan
y las flores abiertas que se mustian
es por Su mano solo, que dirige
igualmente a Natura y nuestro sino.


                                     ANNE BRADSTREET

(Publicado en Poe y otros cuervos. Primeros poetas norteamericanos. Prólogo y traducción de Antonio Rivero Taravillo, Mono Azul, 2006)




sábado, 4 de agosto de 2012

La pesquisa de un cuadro




Entre competición y cerveza, cerveza y competición, los visitantes sevillanos a la Olimpiada de Londres tendrán de buen seguro tiempo de hacer alguna visita cultural, aunque sea para reposar un rato al aire acondicionado o resguardarse de la lluvia. En la plaza que los ingleses dedicaron a la batalla en que murió Nelson (“En Lepanto, la victoria / y la muerte en Trafalgar” canta el himno de nuestra Armada), la Galería Nacional es una cita ineludible. Además, sale gratis, lo cual es particularmente conveniente en fechas como las actuales, de naufragios económicos no ante el Turco o la pérfida Albión, sino ante el becerro de oro que no deja de embestirnos en esta forma de tauromaquia que nos desangra.

Hay varios cuadros de Velázquez en la National Gallery, entre los que destaca La Venus del espejo o dos retratos de Felipe IV, pero uno de los más hermosos, ay, no está actualmente expuesto. Ya el año pasado en estas mismas páginas hablaba de otra pintura de nuestro paisano que se conserva en la Galería Nacional, pero de Dublín (La cena de Emaús). En este caso, y también de 1618, el lienzo al que me refiero es Cristo en casa de Marta y María.
            ¿Cómo llegó el cuadro de Velázquez al gran edificio londinense, en el que hoy, descolgado, solo está como fantasma? Su historia atrae, como todas las detectivescas (también muchos visitantes podrán ver la casa de Sherlock Holmes en Baker Street). Sabemos que fue donado, junto con otros tres, por Sir William Gregory en 1892. Gregory era una figura prominente de la aristocracia angloirlandesa, y como sus antecesores fue coleccionista de arte, lo que lo llevó a ser miembro del consejo de administración de la Galería. Él lo había comprado en 1881 tras la muerte de su anterior propietario. Pero, ¿y antes? Sería una más de las rapiñas de obras de Murillo y de Velázquez con las que arramplaron las tropas napoleónicas durante nuestra Guerra de Independencia, como no han dejado nunca de reconocer (empezando por Chateaubriand en sus Memorias de Ultratumba) los propios franceses , esos desagradecidos aliados contra Nelson.
Pero tirando del hilo, o más bien enredándonos en la madeja que figura en el escudo de nuestra ciudad, vemos algunos datos dignos de reseñarse aquí.
            Fue este Gregory el marido de Lady Augusta Gregory, la gran benefactora de William Butler Yeats. Lady Gregory ensambló diferentes narraciones sobre el ciclo heroico irlandés en su libro Cuchulain de Muirthemne, cuya epopeya tuvo una gran circulación oral en la Irlanda medieval y uno de cuyos episodios se perdió nada más y nada menos porque el manuscrito en que estaba copiado se dio a cambio de un ejemplar de las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, muy preciadas en los monasterios hibérnicos medievales.
            El hijo de ambos, Robert Gregory, fue derribado sobre Italia durante la Primera Guerra Mundial e inmortalizado, si no por un retratista plástico como Velázquez (que lo hizo con Góngora, el infante Don Carlos, el bufón Calabacillas), sí por el Premio Nobel de Literatura de 1923, que le dedicó una sentida elegía que lleva su nombre y, sin declararlo explícitamente en el título, uno de sus poemas más justamente antologados: “Un aviador irlandés prevé su muerte”.
En cuanto al propio Yeats, nadie en Sevilla sabe que hace ahora ochenta y cinco años estuvo aquí unos días, donde, lejos de restablecerse de la neumonía por la que había venido al Sur, empeoró y sufrió un estado exacerbado que prácticamente lo retuvo todo el tiempo que duró su estancia en su habitación de hotel, entre delirios y revisiones de poemas.
Yeats perdió la noción de la realidad, y lo mismo decía que estaba en Siena que escribía que se hallaba en Saville (sic) mezclando el nombre de la capital andaluza con el del club londinense al que pertenecía y del que también fueron miembros Thomas Hardy, Henry James o Rudyard Kipling. No es que se hubiera tomado nada, simplemente es que a su natural propensión a la dislexia se unió durante su estancia aquí una elevada fiebre.
Hoy, los franceses, malquistados con nuestros deportistas y más desde que fueron apeados de la reciente Eurocopa por nuestra selección nacional de fútbol, en vez de robar cuadros dirían que Velázquez se dopaba, que no se puede ser tan buen artista sin extraños estímulos.
Pintado dos años después de morir Shakespeare, Cristo en casa de Marta y María está en Londres, pero como si no estuviera. En la Olimpiada del arte, Velázquez ya no tiene que competir y se queda en un sótano del museo. Ya tiene todas las medallas de oro.

(Este artículo, perteneciente a la serie "Galería de viajeros sevillanos", se publicó ayer en la edición sevillana de El Mundo)


viernes, 3 de agosto de 2012

No estáis soñando

No, esto es real. Verdad de dos grandes intérpretes de una de las tradiciones musicales más ricas y vivas: la irlandesa. Comentar es casi es obsceno. Solo queda el silencio, el arrobo.