domingo, 27 de mayo de 2012

Memoria de Iguazú







Miércoles 11 de agosto de 2010

Por la mañana muy, muy temprano, toca viajar al aeroparque, donde tomará un avión a Iguazú, en la provincia de Misiones. Allí, una de las grandes sorpresas del viaje: lo que él creía un destino para recién casados y bobalicones atraídos por el brillo de pega de una trampa para turistas con posibles, preferiblemente en divisas, resulta, y de qué modo, ser un lugar de enorme e incomparable belleza.
Es la zona subtropical del país. La temperatura roza los 24 grados, y ya la humedad se nota nada más pisar el aeródromo. Un microbus lo lleva junto a un puñado de turistas, cada uno a su hotel respectivo. El suyo es el Sheraton, caro pero muy conveniente para mejor aprovechar el tiempo aquí, ya que se trata del único alojamiento en el interior del Parque Nacional. Todo está algo corroído por la humedad, y bermudas y salacot forman parte del uniforme de los conserjes y los botones. Se cuela una mariposa en la recepción y revolotea entre las mesas del bar. Otras estáticas, las orquídeas, hacen guardia en un aparador bajo un espejo que, demasiado alto, se queda con las ganas y no llega a duplicar su belleza.


Iguazú significa en guaraní agua grande. Y no mentían los indígenas: con un frente de tres kilómetros, las cascadas (más de doscientas) constituyen un paisaje sobrecogedor. Lo descubrió para el hombre blanco Álvar Núñez Cabeza de Vaca en 1542, quien inicialmente lo llamó Saltos de Santa María.
Desde la terraza del hotel (ya puestos a arruinarse, ha preferido pagar el suplemento y tener así vistas a las cataratas) observa la elevada parte brasileña de Foz de Iguazú, y a la derecha, velada por una espuma en suspensión, la maravilla. Hacia ella va, primero en un tren de vía estrecha, y luego a través de pasarelas y caminos. En la parva estación ferroviaria salen a saludarlo o más bien a restregarle su indiferencia (deben de tener el estómago lleno en ese momento), los coatíes. Una hilera, toda una familia, desciende a la vía y la cruza con la cola enhiesta, convoy de varias locomotoras, adultas y cachorras, perdiéndose en la vegetación. Coatí significa en guaraní nariz larga. Viéndolos más tarde con su hocico que busca entre la comida de los visitantes, el nombre no requiere más explicación.


El breve recorrido termina en la estación Garganta del Diablo, desde la que ya a pie se dirige por el circuito superior al mirador, que es un curioso eufemismo, porque el agua en suspensión es tanta que apenas puede ver, con las gafas totalmente empapadas; como por otra parte apenas puede oír nada, ensordecido por el tronar del agua, que a veces parece una bandera papal, con su desplome blanco y en ciertas zonas amarillo. Quizá ese color de azufre tenga algo que ver en la explosión constante, que nunca cesa en su bramido. A la izquierda, abajo, la isla San Martín. Quedan restos de una antigua pasarela destruida por las inundaciones del año 1992.
Hecho este recorrido, le llegará el turno al sendero inferior. En algunos puntos los coatíes reclaman su ración de golosinas. Y una y otra vez se acuerda del dios escandinavo Heimdall, el guardián del arco iris, a quien agua y sol elevan en diferentes puntos sus altares.
Luego, por la tarde, al bosque tropical, no sin antes haberse provisto de repelente de insectos. No sólo avanza entre monos capuchinos, también hay tucanes en las ramas más altas. El sendero se estrecha en no pocos puntos, junto a los palos rosa y los palmitos. Podría escribir aquí que entrevió un jaguar o supuso un tapir o un oso hormiguero gigante entre las sombras, pero lo dejo estar, porque no me consta que así fuera y no querría que me llamase embustero.
El fin de fiesta es un recorrido en lancha motora hasta el mismo lugar en que desaguan las cataratas. Ha metido las pertenencias de valor (menos la cámara, que se apresta a morir o inmortalizar) en un saco impermeable que le han entregado al efecto, pero eso no evita que él acabe absolutamente empapado. Cuántas veces le parece que la barca se escora. Cuántos brincos pega, entrando el agua por la borda. El estruendo ensordecedor del salto de agua se confunde con el agudo chillar del pasaje, que en esta ocasión no canta bajo la ducha, sino que da directamente alaridos bajo ella. Cuando trepa por los rudos escalones que llevan al traspiés y de nuevo al agua o al hotel y la otra ducha, siente que pesa mucho más que hace una hora: a la usual materia suya se le une ahora el millar de hectolitros que han ido a mezclar sus moléculas con las de sus calzoncillos, con las del pantalón vaquero, que ahora pesa toneladas, con las de la camisa, que ahora es coraza de conquistador. El reloj de pulsera es ya clepsidra. En el Sheraton, a la mañana siguiente, con la ropa aún chorreando extendida sobre una butaca, una mesa, una percha, compone estos versos:

      LOS RÁPIDOS

              Corriente arriba,
              entre la jungla,
              el verde te rodea
              y te sostiene.

              Tanto te acercas
              que al fin dejas de verlas,
              las cataratas.

              En su blancura,
              nada la vista;
              esta ceguera húmeda 
              en que zozobras casi.


Jamás ha utilizado un secador de pelo de los que proporcionan los hoteles; aplicado sobre los pantalones, éste tampoco le sirve de mucho.

(Las cataratas de Iguazú acaban de ser declaradas una de las siete "Maravillas Naturales" del mundo)

1 comentario:

Mita dijo...

Es precioso el texto, Antonio