miércoles, 30 de noviembre de 2011

Ronda de Madrid





Será esta tarde en la capital gaditana, donde se desarrollaban las dos partes anteriores de esta trilogía, que ahora se va a los madriles, a los londres. En el estrado, Rafael Marín, su presentador, y yo mismo, en representación de la editorial. En medio de los dos, robándole las canas a mi barbilla y bigote para teñir los suyos, mientras le copio yo a él otros rasgos de su fisonomía, José Manuel Benítez Ariza presentará Ronda de Madrid en un acto organizado por el Centro Andaluz de las Letras.
Todos los libros que he editado (y superan holgadamente el centenar) tienen su historia, su intrahistoria. Pero a éste en particular le ha cogido uno cariño, pues no es uno solo, salido de la imprenta hace un mes, sino el mayor (o más joven, según se mire) de sus hermanos, que en la pila bautismal de la literatura recibieron los nombres de Vacaciones de invierno y Vida nueva.
Entre los tres, tres años de labor editorial, que en el caso de Benítez Ariza me ha deparado trato, encuentros, complicidad, con uno de los mejores escritores españoles de su generación.

martes, 29 de noviembre de 2011

Cena con libros


Cenamos la otra noche una galería de tipos sediciosa, subversiva para la equidad un tanto equina, como de tratante de ganado democrático, que establece que si hay caballos debe darse un número aproximado de yeguas. Dijo un poeta y crítico: "Aquí no hay paridad". Repuso su editor, que nos invitaba: "Hay igualdad."
Éramos, sí, diez hombres, y salvo el mío, que aquí sobrevuela tácito, no pienso aserrarle el asta a la h para dejarlos en nombres, convirtiéndome en delator.
Había cuatro editores en la mesa, aunque por reducción, como la de la salsa que enjugaba la carne, alguien dijo que eran dos, lo que me dejó muy tranquilo eso de estar allí de incógnito.
Hablando de libros que jamás deberían publicarse, de los efectos de los que se imprimen por piedad, de antologías y obras completas, le regalé un buen título de colección a uno de ellos: "Obras de misericordia".

lunes, 28 de noviembre de 2011

Casi un aforismo


Lo mejor que tiene un ordenador portátil es su tapa: recordad que puede cerrarse. ¿Sois poetas? Pues dadle la vuelta a la realidad. No aquello en lo que fijáis quizá demasiado tiempo y desordenadamente la vista, sino su envés.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Un poema que vuelve



Recorres el sendero que atraviesa los arces,
la línea tortuosa que semeja tu vida,
te cruzas con las huellas de bestias que no existen
si no es en el cubil de tu pánico insomne.
Y los árboles buscan trabarte entre sus ramas,
cerrarte la salida de su bosque de muerte,
lucir tus huesos blancos como exóticos brotes,
como tallos fingidos de un otoño sin carne.



Aunque publicado en El árbol de la vida, col Puerta del Mar, Diputación Provincial de Málaga (2004), este poema, como los que allí le acompañan, será de hacia 1986.


sábado, 26 de noviembre de 2011

viernes, 25 de noviembre de 2011

Con trampa y con cartón





Anónimo, la reciente película que defiende la tesis de que William Shakespeare, el hijo del mercader de guantes, no fue el autor de las obras que bajo su nombre conocemos, es una brillante puesta en escena, muy bien dirigida e interpretada, de una impostura. No quiero decir con ello que sea del todo despreciable la teoría de que Edward de Vere estuviera detrás de lo que hoy es objeto de admiración universal (yo, como la mayoría de los que hemos estudiado a Shakespeare, no la comparto), pero sí que hay en el largometraje trampas que obedecen a lo libérrimo que a lo atestiguado por los libros. Por ejemplo, no casa la acción con la publicación de Venus y Adonis en 1593. Pero como la belleza de la poesía es independiente de las elucubraciones, espoleado por la visión de la película, dejo aquí algunas estrofas de este largo poema de ambiente mitológico, según mi propia versión recogida en la Poesía completa de Shakespeare (Biblioteca de Literatura Universal):

Hacia un soto de mirto se encamina,

pasmada de que avance la mañana

y no tenga noticias de su amor.

Oír quiere sus canes y su cuerno:

de pronto oye su fuerte algarabía

y a toda prisa acude hasta los gritos.


Al correr, los arbustos del camino

la agarran por el cuello, le dan besos,

o le ciñen los muslos por pararla;

loca se suelta de su firme abrazo,

tal la gama que con hinchadas ubres

corre a dar de mamar a su cervato.


En eso oye que gañen los sabuesos,

y se asusta como quien ve a una víbora

fatalmente enroscada en su camino

y el miedo hace que tiemble y que tirite:

el pavoroso aullido de lebreles

le turba los sentidos y el espíritu.


Pues bien sabe que no es caza menor,

sino oso, jabalí o león altivo,

ya que el clamor se queda en un paraje

donde los perros gritan asustados;

hallando que es tan fiero su enemigo,

cortésmente se ceden cuál lo ataque.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

De reciente cosecha



POR EL OJO DE LA CERRADURA


Ese agujero de la cerradura,

ese teatro en el que todo puede

suceder, ese espacio

diminuto o inabarcable

que hace ser testigo de existencias ajenas.

Ese entrometerse en otras vidas.


Esa tronera

desde la que asomarse,

con la curiosidad de un niño,

afuera y desde dentro.


Algo que sería imperdonable en prosa



Poesía es lo que hace que podamos escribir "tres hemisferios".


martes, 22 de noviembre de 2011

Adiós a Flaherty




Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, escribía Pablo Neruda en el vigésimo de sus amorosos poemas. Sin llegar a su desesperación, mucho hemos cambiado, sí, desde que en el otoño de 1994 vimos descargar el mobiliario y la decoración, genuinamente de anticuario y no al por mayor como luego se impuso en otros sitios, del que sería el primer pub irlandés de Sevilla.
Lo que no ha cambiado en estos diecisiete años transcurridos es nuestro amor a Irlanda, y nada más enterarnos del destino que esperaba al local empezamos a peregrinar por allí a diario para ver si habían puesto ya la barra, para ver descargar unos espejos biselados con publicidad antigua, para asistir, casi arrodillados, a la colocación, al fondo del lugar, de una vidriera en la que administraba su bendición San Patricio. Gerry Enright, el dueño hoy sustituido en la gestión diaria por su hijo Darrell, siempre me recuerda cómo, antes aún de abrir el establecimiento, les dejé una tarjeta en que me congratulaba de la llegada del bar irlandés... ¡en gaélico!
Mis recuerdos de los últimos cuatro lustros son ya indisociables de Flaherty. De las muchas pintas bebidas y de algún whiskey (o de ambas cosas al alimón en días de invierno), de la charla con personas venidas de cualquier condado de la isla y procedentes de toda la diáspora irlandesa. De los contundentes desayunos, de los almuerzos en el interior o en la terraza, cuando no en el hermoso patio decorado con motivos añejos de la mercadotecnia de Guinness. De la tertulia y de la introspección. Del ejemplar del The Irish Times desplegado sobre la barra. De las celebraciones del Bloomsday, en sucesivos meses de junio.
Allí he escrito poemas y leído revistas, admirado camareras y conocido a directores de cine; allí he retomado el trato (quiero decir el trago) con un antiguo profesor mío, escocés, que me entrevistó para una beca de Edimburgo en la que ya mostré deseos de trabajar sobre W. B. Yeats, cuya Poesía reunida luego he traducido; allí hemos tarareado "Garryowen" con el más fordiano de los arquitectos. Allí he hilvanado versiones, disparate tras disparate, del reciente La gente corriente de Irlanda, de Flann O'Brien.
No todo son buenos recuerdos, como es lógico. Y aquí he de recordar el día en que alguien me asestó la especie de que la cerveza que se tiraba en el bar no provenía de la fábrica de Saint James Gate, en Dublín, sino de la factoría de Nigeria. Eso fue un golpe bajo y también, afortunadamente, ya digo, un engaño. Por otra parte, el hecho de que la música que allí sonaba fuera en los últimos años más propia de Harlem que del barrio de The Liberties, al sur del Liffey, aunque un disgusto ha sido sin duda providencial para que alguna vez volviera a casa y no me tuvieran que echar con la escoba, embobado, con cerveza negra y sin blanca, ante la voz feérica de Karan Casey o la inveterada animación de reels encadenados The Chieftains.
No te echaremos de menos, Flaherty, porque ya te llevamos con nosotros como las sílabas se enhebran en una canción, de la que son inseparables. Y hoy, en tu velatorio, la elegía brota a borbotones y en cada renglón se lleva algo de nuestra vida.


(La foto de esta pinta, verdaderamente canónica, está tomada en la barra que esta misma semana será desmantelada)


lunes, 21 de noviembre de 2011

CUENTACUENTOS



Bajaba de la última planta

tras hojear libros de versos

y dejar su tristeza entre las páginas

como un separador imperceptible

entre dos elegías.


Saliendo de la escalera mecánica,

oyó a un actor exagerado

invocar el nombre santo de Andersen;

y se dejó arrobar en el regazo

de su olvidada infancia.


Cámaras de seguridad siguieron

su evolución inversa

hasta el fondo de la planta.

Y se perdió en un ángulo

de la memoria.


Los ojos ciegos sólo ven

un adulto encorvado entre los niños;

pero él es uno más,

y ahora habita un tiempo

del que éste está ausente.


Se ha perdido, y no entiende por qué

nadie lo anuncia por megafonía.


domingo, 20 de noviembre de 2011

La jarrita llena




Con este título, que es en español el de la columna de la que procede, reseñaba ayer Pablo d'Ors en el ABC Cultural mi reciente traducción del divertidísimo libro de Flann O'Brien publicado por Nórdica. Y, desde luego, reunía en su texto todo un catálogo de entusiasmos, empezando, ya en las primeras líneas, así: "esta colección de artículos, La gente corriente de Irlanda, sube a este Pessoa irlandés (y lo digo por su afición a los heterónimos), en mi escala de talentos literarios, a un plano todavía superior, prácticamente máximo." Luego, sigue d'Ors: "Me encanta la liguereza de estos artículos, creo que es una condición sine qua non de la prosa literaria; y me arrebata cuando utiliza las palabras como balas de una ametralladora."
Yo, qué puedo decir, salvo que disfruté enormemente traduciendo el libro, tan lleno de retos como de recompensas.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Botellona en el museo








Hace un par de semanas, después de callejear por Bloomsbury y sus librerías encaminé mis pasos al submundo del metropolitano, para tras el oportuno trasbordo aflorar en Pimlico. Lo del inframundo y los infiernos no sabía yo que era premonitorio de lo que iba a hallar en la Tate, tres o cuatro manzanas adelante. Que también fueron proféticas, por lo de la manzana de la discordia. Antes, a esta pinacoteca se la llamaba sin más la Tate Gallery. Pero desde hace ya bastantes años se le ha impuesto el apellido de Britain, por estar dedicada a los autores autóctonos y para distinguirla de la otra, la Tate Modern, que queda a dos o tres millas río abajo, donde se expone toda la abigarrada quincalla de los tiempos cada vez más lamentables que vivimos.
Hacía tiempo que no visitaba la Tate, y al poco pude comprobar que esa ausencia me había ahorrado una úlcera que ahora sería ya sangrante. Cierto es que había una buena exposición sobre los románticos, que hacía uso de los tesoros únicos de Turner allí disponibles, pero no menos cierto es que la geografía íntima que me era familiar había pasado a mejor vida. Yo no sé adónde han ido ahora los magníficos fondos de William Blake, ni adónde el melancólico tropel de los lienzos prerrafaelistas.
Era viernes, día que el museo abre hasta las diez de la noche, y también motivo por ello de nocturnidad y alevosía. Aprovechando que el Pisuerga pasaba por el Támesis se había organizado esa horrible pesadilla, un evento, y en la primera planta, donde había encaminado mis pasos para entablar tertulia con Millais y Burne-Jones, había una hueste de aparecidos, una santa compaña de tipos quizá británicos pero sin duda modernos que invadían salas y galerías, ataviados con fundas de plástico y, también de plástico, vasos de pinta de combinados de colorines y alguna desespumada cerveza.
Hay estos días una exposición sobre el no muy conocido John Martin, titulada muy oportunamente Apocalypse. Martin, un obseso de las catástrofes y nativo de la borgeana Northumbria, pintó en su siglo, el XIX, muchas escenas de hecatombes, como La destrucción de Sodoma y Gomorra o La caída de Babilonia. A la caída de la Tate asistí yo, como testigo involuntario y atormentado, la noche del pasado 4 de noviembre.
Los cuadros de mis amados prerrafaelistas (sólo algunos de ellos, ¿de los demás qué se hizo?) no sólo comparecen ahora en una atestada sala con lienzos de todos los periodos, sino que esa noche aciaga estaban en penumbra a causa de la performance, y tapados por pantallas, escenarios, altavoces y figurantes. Allí, empequeñecida, la dama de Shalott junto a Ofelia muerta, seguramente suicidada no por el desengaño amoroso con Hamlet, sino por la apocalíptica horda que se había apoderado de la sala, entre latas abandonadas por los suelos y gentes que, debo reconocer, no acabaron tan borrachos como para desgarrar las pinturas. Fueron poco a poco encendiéndose las luces, pero entonces el panorama fue más insufrible.
Como insignificante desagravio traigo aquí un poema que dediqué hace años a la Tate, antes de su caída:

TATE GALLERY: UN SIGLO


Ut pictora poesis


Hace cien años comenzó la Tate

a devorarnos los ojos con su fuego,

la hoguera en la que arde la belleza

como Brunilda al fin entre las llamas.


En un círculo ígneo, la pupila,

se enciende la poesía, y rara magia

cae desde la luz a las tinieblas

en que el alma era ciega desde siempre.


El pincel se hizo verso y fue a habitar

entre nosotros junto al bardo del Avon

y el Poeta Laureado y el más triste

de todos los cantores de Inglaterra.


La víspera de Santa Inés, Mariana,

Isabella y nuestra Reina Ginebra,

con el amor de Dante y con Isolda,

sus luces y colores, nos deslumbran.


Ya para siempre Ofelia muerta

quiebra las aguas del riachuelo,

y otro río recorre con su esquife

e irreparable tristeza la de Shalott.


La imaginación de Blake y las brumas

de Turner nos poseen la mirada,

y somos felices de arrebatarle

a la eterna ceguera unos minutos.


Un fotógrafo



Comenzó siendo una inicial persistente en esos volúmenes de diarios en los que eran aun más conspicuos los aspados, las incógnitas que casi siempre se podían despejar con algún conocimiento de la literatura viva que no se ofrecía en los manuales. Luego, tras esa locomotora, la R., el convoy de otras letras, aunque nunca así declaradamente por extenso, en las vías, tantas ya, del Salón de pasos perdidos. Ha crecido, con el número de tomos, y como su hermano G. se dedica en la actualidad a las artes. Él, a la fotografía. Ahora hace público su proyecto New York/Texas. Si se pasan las páginas no se asiste sólo a las diapositivas, sino a instantes líricos, particularmente punzantes en aquellos que suscita, por emplear una fórmula anacrónicamente homérica tantas veces engastada en la épica moderna, "la ciudad de los rascacielos".
Por ejemplo, la fotografía número 11, pero vean.

jueves, 17 de noviembre de 2011

El susurro de los arbustos




Es Charo Ramos quien con esta página sobre el reciente y estupendo libro de cuentos de César Romero me deja escrita la entrada de hoy.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Cunqueiro, poeta





Los amigos de la editorial DVD, a través de Juan Manuel Macías, perito en diosas y nubes que dirige el gobernalle de la sección donde ponen sitio a lo digital, me pidieron algún texto de homenaje a Álvaro Cunqueiro, para el recinto que le han dedicado por su gozoso centenario y que inauguró Eduardo Moga hace unos días. Y de ese agradabilísimo encargo surgieron estos párrafos sobre la vertiente menos conocida del autor de Las mocedades de Ulises, la de poeta.

lunes, 14 de noviembre de 2011

domingo, 13 de noviembre de 2011

Richard Ford en Andalucía



La Biblioteca Virtual de Andalucía pone a disposición de cualquier internauta esta exposición, una imagen del XIX con tecnología del XXI.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Tomás Segovia, traductor de Shakespeare




He leído este análisis de la traducción que Tomás Segovia hizo de Hamlet. Apenas si lo afean dos erratas (que el lector discreto sabrá hallar) y lo embellecen en primer lugar la inteligencia de su autor, el poeta y traductor mexicano Pedro Serrano, y, claro está, el buen hacer (y saber, que lo modela) de Segovia, de cuya versión se dan unas granadas muestras y los principios básicos.


jueves, 10 de noviembre de 2011

Poesía, resistencia



La poesía ha de ofrecer resistencia, como el cuerpo amado. Y no ser fácil, nube que se aleja a nuestro soplo o vaho sin consistencia o solidez. Tenemos que sentir que se opone al tacto, y que no es un blando espectro en que se hunde la mano, como por una nada, sin el roce, la fricción y el oponerse. Un amor que se desplaza ante nuestro avance no lo gozamos; ha de plantarse, negarse a ser empujado, enfrentar su carne. Sólo así lo penetraremos o nos penetrará. Igual con la poesía, exactamente.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Invitación a O'Brien



Ilustración de The Irish Times con el mundillo literario dublinés en los años cuarenta del pasado siglo reunido en The Palace. ¿Dónde está Wally, digo Flann O'Brien?



La editorial Nórdica pone a disposición de los lectores virtuales las primeras páginas de La gente corriente de Irlanda, de Flann O'Brien. La muestra incluye, íntegro, mi prólogo, en el que por cierto, por error sólo atribuible a mi incapacidad matemática, se desliza el dislate de que este año además del centenario del nacimiento de O'Brien (cosa cierta) se conmemora el cincuentenario de su muerte (circunstancia que hasta un niño sabe que, si el deceso se produjo en 1966, no ocurrirá hasta 2016). Con excepción de ese gazapo mío, culpa de mi torpeza aritmética y al lugar en que se fecha el prólogo (léase), estoy muy orgulloso de haber hilvanado la introducción a tan peculiar libro, que tanto me ha costado y gustado traducir, y de haber remedado en él un juego de trasliteración del gaélico irlandés al español para mantener el sabor del original.

martes, 8 de noviembre de 2011

Breves recuerdos de Tomás Segovia




Lo conocí personalmente -sería en 2003 o 2004- en un almuerzo al que nos invitó Juan Carlos Marset en el restaurante Robles de Sevilla. Lo tenía sentado enfrente, y me dejé llevar por la conversación, recuperando de algún modo la infancia cuando escuchábamos con atención a un mayor que tenía algo que contar y no, como hoy, a los estampidos y bocinazos de la play-station. Yo le llevaba su antología poética En los ojos del día (Galaxia Gutenberg), y me dedicó el ejemplar (no consta fecha) "en este comienzo de amistad sevillana". Luego creí reconocerlo, torpe de mí, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y me fui a saludarlo, pero resultó ser, un enojo barbado, Carlos Castilla del Pino. Una metedura de pata memorable que quizás éste atribuyera a una excesiva ingestión de tequila o, cosa peor, tratándose de un psiquiatra, a idiotez congénita o desarrollada.
Lo vi fugazmente de nuevo en Madrid, en la Residencia de Estudiantes, cuando para mi asombro entretejido de alborozo asistió a la presentación del primer tomo de mi biografía de Cernuda. Crucé después algún correo electrónico con él cuando investigaba yo para el segundo volumen de la citada biografía, dedicado a los años de exilio, pero no salió de ahí ningún dato relevante que añadir a lo ya dicho con anterioridad. Sin embargo, mejor le fue (o fue mejor preguntando) a José Ramón Ripoll, quien publicó una muy buena entrevista con él en la revista Campo de Agramante, donde narraba algunos episodios relacionados con su trato con el poeta sevillano.
En fecha más reciente, el pasado mes de mayo, su mujer, María Luisa Capella, estuvo en la presentación de ese segundo tomo cernudiano en el Ateneo Español de México, y me dijo que Tomás, a quien le hubiera gustado acudir, se había tenido que quedar en casa a causa del calor. No sabía entonces que era la última vez que tendría noticias suyas. O la penúltima, porque una alumna del taller de poesía escribió por esas fechas un emocionante poema que le dedicó, en el que hablaba de la dedicación del poeta a la carpintería.
Ahora ha muerto en México en esa tierra que compartía con la española y a la que marchó en el exilio que provocó la Guerra Civil. Sobre Segovia es esta información de urgencia, pero extensa, que acaba de publicar el periódico mexicano El Universal.



domingo, 6 de noviembre de 2011

Epifanía de William Morris


Construido por un Astor (pariente del que aparece en Bartleby el escribiente, de Melville), Londres contaba con un palacete que ha sido recientemente restaurado y acaba de abrir, esplendor de escaleras de caoba y paneles de roble, en el Temple. Allí, uno se olvida enseguida de que acaba de salir del Metro y las reminiscencias medievales templarias se cuelan, como en el sueño de un relato de terror, por los ventanales y la puerta de este edificio neogótico. Y el contenido de la mansión baila esa contradanza en una exposición que sería imperdonable no ver, de aquí a finales de enero, si se pasa por la capital británica.
Aunque se esgrime el nombre de William Morris, más justo sería hablar de éste y su círculo, pues son muchas las obras en que colaboró con otros, en especial su amigo Edward Burne-Jones.
Hay aquí un largo friso bordado con motivos del Roman de la Rose, el tapiz con un pájaro carpintero que conmemora un pasaje de las Metamorfosis de Ovidio, episodios hechos vidriera a partir de Le Morte d'Arthur de mi señor Thomas Malory, libro que deslumbró a Morris al descubrir un ejemplar de la edición de 1485 de William Caxton como a mí en una librería de Portsmouth en 1982 (en mi caso, ay, me tuve que conformar con la edición de Penguin Classics).
También se exhiben unos ingenuos azulejos que recogen el cuento de la Bella y la Bestia, un libro ilustrado con The Works of Geoffery Chaucer y diseños de papeles pintados de Morris (que aún se pueden comprar, pues una empresa los manufactura, con sus pomas y acantos). No faltan mitos germánicos, como el boceto de Burne-Jones en que Gudrun prende fuego a la casa de Atli.
Un breve pero hermosísimo catálogo, que nos llevamos en el bolsillo de la chaqueta de Harris tweed, viene a demostrarnos, ya fuera, que no ha sido un sueño la visita al castillo y que éste no fue un espejismo artúrico. Cedemos el paso a una damisela en una encrucijada, miramos con aspereza y rigor a un villano malencarado al doblar una esquina.

(La ilustración de esta entrada es un detalle del friso bordado "Amor guía al peregrino entre las zarzas", procedente del Roman de la Rose; obra de Burne-Jones y Morris bordada por Margaret Bell y su hija Florence)

sábado, 5 de noviembre de 2011

De vuelta de Londres


Tristán y la bella Isolda en la corte del rey Arturo, vidriera de William Morris, 1862



Acabo de volver de Londres, de hablar de Cernuda en una actividad organizada por el Instituto Cervantes. De modo que el destino ha querido que el día cinco de noviembre, aniversario de la muerte del poeta, me haya sorprendido ante el 59 de Hyde Park Gate, donde vivió con Gregorio Prieto. Han sido unos días intensos, de exposiciones y librerías, de caminatas. Lástima que la exposición sobre Leonardo da Vinci no haya aún comenzado. Tanto había leído sobre ella que me presenté en la National Gallery y resulta que no empieza hasta el miércoles que viene. Ahora, que para exposiciones que pueden conectar con nuestro espíritu, William Morris. Story, Memory, Myth, que se celebra en Two Temple Place, un caserón neogótico de salones y escaleras recubiertos de madera frente al Támesis. Iré dejando aquí noticia de esta incursión londinense.

Más versos



AL MARGEN DE UN LIBRO DE POEMAS


Más que la prosa,

la poesía

es promiscua, y nos pide

un latido nuestro ante el latido

que en la página tiembla.

Por eso, aunque no lo use como hoy,

para dormir necesito

más que valeriana o láudano,

violines o laúdes,

un lápiz, perro dócil que reposa

en la mesilla;

un lápiz, ese libro sin hojas

sin el cual no me duermo;

un lápiz, ese leño en las olas,


y la goma en su dorso el salvavidas.


(Publicado en Campo de Agramante, número 15, primavera-verano de 2011)

viernes, 4 de noviembre de 2011

La ciudad gris

Dublín, la capital de Irlanda, ha recibido de la UNESCO el título de ciudad literaria. Nada más justo. Pero además de escritores de aquella isla, no son pocas las huellas que ha dejado en la poesía española. Me viene a la mente ahora la "Alucinación en Dublín", de José Hierro; y los poemarios La llegada a Dublín, de Antonio Méndez Rubio o La llama del brezo, de Juan Manuel González, dedicado a toda la isla pero con escala dublinesa incluida frente a la Oficina Central de Correos, por no hablar de mis propios poemas, publicados o inéditos, algunos de los cuales han ido apareciendo aquí.
Ahora Toni Montesinos ofrece una segunda edición de La ciudad gris, el libro en que entretejió versos de amor en el escenario de una historia que es geografía urbana.
La grisura de Dublín, su lluvia, su celaje, están presentes en todo el poemario, pero de manera abrumadora, con su epífora que machaca como una lluvia tenaz, en el fragmento V (digo fragmento porque más bien hay que considerar el libro como un único poema).
Es una tristeza reconocible, por propia: "pero entonces el agua recuerda su fuente: / la misma nube -la misma soledad- / que vino del lugar dejado atrás." (XII) Idéntica idea reaparece más adelante: "Igual que esta ciudad / es la misma ciudad en cualquier lugar del mundo / si la penumbra, también, huye a mi lado." (XVI)
No son versos preciosistas, y a veces (y esto es crítica que se le hizo a Cernuda) parecen traducidos, quiero decir que no siempre son obedientes con la prosodia; pero tienen muy bien aprendida la lección de los modelos, en particular los que más vienen al caso: los irlandeses. En el XXIV hallamos un poema en que se enfrenta el ayer y el hoy en la mejor estela dialéctica de Yeats. O como en el XXX, en que percibimos un eco del "Diálogo entre el ego y el alma", de La escalera de caracol y otros poemas. Y, cómo no, hay alusiones a Joyce o a Synge o todo el catálogo de escritores del XLV.
Consigue Montesinos algunas imágenes poderosas, como "El dios del cielo toca el arpa de Irlanda", naturalmente refiriéndose a la lluvia. La gravidez del cielo, que se resuelve en orvallo, es, como debe ser en la poesía, el correlato de unas cenizas interiores.


jueves, 3 de noviembre de 2011

Pacheco y los "Cuatro cuartetos"


T. S. Eliot


Doce años hace que José Emilio Pacheco comenzó su colaboración con la revista Letras Libres. En 1999 se estrenaba, efectivamente, con este estupendo escrito sobre los Four Quartets de T. S. Eliot. Ahora el poeta mexicano ha finalizado su traducción del libro y en la misma revista nos entrega su no menos estupenda versión, con notas, de "The Dry Salvages". No extraña que Octavio Paz alabara un primer estadio de este muy demorado y pulido trabajo.
Como propina ideal, este otro texto sobre Eliot escrito por Seamus Heaney en traducción de Jordi Doce y también publicado en un número anterior de la misma revista.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Cantigas y cárceles


"Estas lentas palabras tienen algo / del lento sol que por las tardes últimas / de septiembre se desvanece en plata", escribe Juan Manuel Macías en el último poema de este libro, "En Romance". Y tiene toda la razón. Cantigas y cárceles posee un ritmo nimbado de crepúsculo, y una reivindicación de la rima, artificio antiguo que aquí, más que modernista, es muy moderno, como no es usual encontrar últimamente. Es un libro muy hermoso, que recoge la lección de Gerardo Diego que se ofrece en la cita inicial: "Yo no sé hacer sonetos sino amando". Y con amor y dominio técnico Macías nos da un ramillete que debería ser leído por todos aquellos que sean incrédulos ante el poder de las afinidades sonoras, de las pautas acentuales, de la música del verso. En "Una rima", el primer poema, escribe: "Una rima es un péndulo muy serio, / arco iris con billete de ida y vuelta / de tus párpados al centro del misterio."

martes, 1 de noviembre de 2011

Cerrar los ojos para verte


Entre las muchas ventajas que tiene no ser crítico literario, ninguna como la de la absoluta libertad, que permite hacerse eco sólo de los libros que nos han gustado, sin necesidad de dar calificaciones numéricas ni varapalos para mantener el prestigio de enjuiciador riguroso y olímpico. Y como me ha gustado, aquí aparece este Cerrar los ojos para verte del muy joven Rodrigo Olay, que es de una tierra de excelentes poetas, Asturias.
Hay erudición y un gran conocimiento de las fuentes, un dominio formal apabullante, pero también humor y gracia y puesta en solfa, muy a lo Borges, de toda la seriedad filológica, ese traje gastado y raído si se afina la vista.
Japonerías, soleares, postales de ciudades, testimonios de la adolescencia aún cercana, homenajes -muchos- componen este libro. Con sus comprensibles excesos y sus pequeños defectos, el gran brillo de Cerrar los ojos para verte podría resumirse, porque en él está encerrado, en "Operación triunfo", en el que como en esas obras de suspense hay que llegar hasta el último capítulo, la postrer escena, el verso final, para su disfrute y la recepción de su clave, quizás intuida. Naturalmente, no revelaré que el asesino (o su cómplice) es el mayordomo (o alguien parecido) e insto a quien esto leyere que allí acuda.