martes, 30 de agosto de 2011

Oifig an Phoist





OIFIG AN PHOIST


En la estafeta

pintada de césped como un buzón

un ondulado

campo de golf con su hoyo,

te pongo esta postal

que llegará a tus manos

hace tres décadas:

Ojalá estuvieras aquí,

te gustaría este país, esta lluvia.


Y para comprobarlo con tus ojos

emprendiste el camino

hace ya treinta años.


Frágiles, en el seto prosiguen

los dientes de leche de la araña

su diana geométrica de aljófares,

su efímera arquitectura

más robusta que las generaciones de los hombres,

pero no tanto

como la premonición hoy cumplida.


Llevas en el bolsillo

una tarjeta cuyo matasellos

es de otro siglo, otro milenio,

bajo la misma lluvia;

su cartulina

que el turbión ha borrado

devuelta al remitente.


La bicicleta





Logotipo del Congreso Internacional sobre Flann O'Brien celebrado el pasado mes de julio en Viena.


Una de los acontecimientos editoriales del año en lo que se refiere a la poesía irlandesa ha sido la publicación de los New Collected Poems de Derek Mahon (Belfast, 1941). En uno de sus primeros poemas leemos "La bibicleta", cuyo comienzo es un homenaje a El tercer policía, la gran novela de Flann O'Brien. Bien está recordarlo ahora que se acerca el centenario del nacimiento de O'Brien o Myles na gCopaleen (otros de sus seudónimos, como tendremos ocasión de ver aquí mismo próximamente).


THE BICYCLE

There was a bicycle, a fine
Raleigh with five gears
And racing handlebars.
It stood at the front door
Begging to be mounted;
The frame shone in the sun.

I became like a character
In The Third Policeman, half
Human, half bike, my life
A series of dips and ridges,
Happiness a free-wheeling
Past fragrant hawthorn hedges.

(...)


El tercer policía está publicado en español por la editorial Nórdica.


lunes, 29 de agosto de 2011

Un poema reciente



Llevo semanas de una gran fertilidad poética, al menos en cuanto al número de versos, pero creo que también por lo que respecta a su intensidad. Precisamente sobre esto, la escritura, trata esta página:


EL POEMA


Con Derek Mahon


Eso es el poema:

la fijación de un instante,

la huella de la garra en el cemento

cuando el ave ha volado.


sábado, 27 de agosto de 2011

Belleza abigarrada




Hemos pasado unos días en Dublín, donde vivió un tiempo, y donde murió y está enterrado, Gerard Manley Hopkins. Numerosas veces hemos pasado por la casa del cardenal Newman, donde una placa recuerda también a Hopkins el jesuita y, en extraña aleación, a ese ex alumno de la Sociedad de Jesús, James Joyce.
Justo el penúltimo día de la estancia en Dublín Eduardo Jordá publicaba este artículo en Diario de Mallorca sobre el poeta que compuso "El naufragio del Deutschland" y la edición que he tenido la suerte de preparar para Vaso Roto.

Hacia la Antártida


Lago Argentino, en el Parque Nacional de los Glaciares (Patagonia). Foto de A.R.T.



El artículo de este pasado miércoles en El Mundo:


HACIA LA ANTÁRTIDA


León Lasa ha sido durante los últimos años colaborador del suplemento El Caminante de este periódico. Quiero decir que el viajero Lasa se ha quitado las botas de ascender farallones en el condado de Kerry o recorrer fiordos australes junto al Canal Beagle para, en zapatillas o descalzo casi, hablar, tan cercanas, de Cádiz o Córdoba, esa geografía de andar por casa que ha de dar sosiego y respiro a alguien que ha endurecido las plantas con sendas de otras latitudes.

El actual consejero del Betis, río que evoca a Adriano y su muralla de Inglaterra y, con su destello barroco arcaizante, los versos del limeño Carlos German Belli (“con el felice bético pastor”), se estrenó en la literatura de viajes con una rareza ajena a los rebaños: Al sur del Sur, un periplo por la Argentina patagónica y preantártica que comenzaba junto al Obelisco de la Avenida 9 de Julio bonaerense y terminaba junto a la orilla de tan sugerente paraje como es el Lago Escondido, en Tierra del Fuego. Allí, Lasa aunaba la descripción de paisajes con la de tipos humanos y brindaba a quien lo leyere (que fueron muchos, pues el libro alcanzó una segunda edición) ideas sobre la marcha del mundo y la evolución de la sociedad (no en vano es economista). El lector de Al sur del Sur visita sin moverse de su sillón el cada vez más frecuentado glacial Perito Moreno, pero también el recóndito Paso Garibaldi en las inmediaciones de Ushuaia.

La Guerra de las Malvinas comparece también con un rumor de cohetes y a alguna página la ahúma el hundimiento del General Belgrano. El libro de Lasa se lee con más gusto que el de quien teóricamente es su precedente (que aquí le va a la zaga): Bruce Chatwin, autor de En la Patagonia, donde, de Darwin a los colonos galeses, con proverbial etnocentrismo el británico no presta atención a nada que no tenga relación con su patria.

El segundo libro de Lasa es Por el oeste de Irlanda, título más comercial que se impuso al que originalmente había considerado el autor, Adiós, Irlanda, que respiraba poesía en su saudade y era casi título de unos versos de San Columba compuestos al partir para fundar el monasterio de Iona. En ese viaje, Lasa recorría terrenos nada vírgenes para él y santificó en el altar de la admiración, viejo verde sui generis, su largo noviazgo con la Isla Esmeralda. Literalmente se pateó desde Donegal a Cork todos los condados occidentales de este país extremo europeo, donde hasta hace poco han pervivido tradiciones antiquísimas a las que, ay, contribuyó a preservar la pobreza. Lasa (y recuérdese el tono de despedida que había pensado para titular su códice) deploraba cómo el país se había ido adocenando y falsificando su identidad, como si al gato del clérigo del siglo IX, el famoso Pangur Bán de las cuartetas gaélicas, le hubieran pintado con brocha gorda las rayas del llamado Tigre Celta, unas rayas que con los primeros goterones de la crisis financiera se han borrado y han ido a parar a un tiznado charco. Para muchos, el paraíso se ubica en el resort de una playa tropical. Para Lasa, en la céltica de celuloide de La hija de Ryan, junto a su añorado Ballyferriter.

El tercero de los periplos de nuestro autor es, más que por tierra, marítimo, siguiendo el cabotaje de un barco de línea que va pasando la mano por el lomo de esa larga columna vertebral en cuyo coxis están Oslo y su fiordo. A bordo de uno de los barcos de la ruta Hurtigruten, con su libro En Noruega Lasa describe una demorada singladura donde una vez más canta al frío y los espacios abiertos.

Lleva nuestro autor un par de años enfrascado en la redacción de su último libro, quizá no sólo the latest sino the last. Amante de la letra impresa, del papel, del ritmo lento, y poco amigo de la maraña que otros llaman red, Lasa es cada día más escéptico ante el rumbo (el derrumbe) que va tomando la industria editorial. Su volumen sobre la Antártida será más breve, confiesa a los amigos. De algún modo, será digno colofón para su trayectoria: su postrer libro, para esa última tierra, el auténtico Finis Terrae. ¿Dónde ir cuando ya se ha pisado el hielo y esa meta donde la luz no cesa en el verano, donde el suelo no es sino una resbaladiza albura, una temperatura abisal, un escalofrío?

No es raro que le pidan artículos para Lonely Planet o las páginas de economía de otro periódico. En esto, buen viajero, es universal. Si León Lasa quisiera, sería el primer bético en dirigir The Economist o National Geographic. Pero sería para, a renglón seguido, pedir una excedencia y hacer la mochila.

viernes, 26 de agosto de 2011

Esta mañana en la biblioteca




LOS CISNES SALVAJES


Esa chica de espaldas,

su melena que confundiría al ebanista

con sus vetas contra los paneles del fondo

peinados como ella, sus fustes

de columnas corintias.


No veo su rostro, pero podría

imaginarlo a partir de las páginas

que bajan la pantalla de su portátil.


Debe de haber abierto la boca:

se despereza.

Las nueve y cuarto en un reloj

que aletea,

no como la otra circunferencia

que preside la sala, lentísima.


Sus manos y muñecas son cisnes

como los que, abajo, en la cripta

vuelan en un libro de Yeats.


La piel tan blanca, las plumas,

surcan el aire un instante

y de nuevo desaparecen,

como en un lago que no veo,

en el teclado.


jueves, 25 de agosto de 2011

Felicidad y Luis pasean de la mano


No recordaba este poema de Álvaro Salvador, que leí en su día en La otra sentimentalidad. Estudio y Antología, de Francisco Díaz de Castro publicado en la colección Vandalia. Podría haberlo mencionado en el capítulo correspondiente de la biografía de Cernuda pero, ya digo, se me pasó. Se puede leer aquí (hacia la mitad de la página). Trata, naturalmente, de un paseo que dieron Luis Cernuda y Felicidad Blanch en Londres tal como ésta lo evoca en Espejo de sombras, sus memorias. En la foto, Felicidad Blanch, muchos años después, ya como viuda de Leopoldo Panero.



miércoles, 24 de agosto de 2011

25 años sin Borges


Jorge Luis Borges nació el 24 de agosto de 1899 y murió el 14 de junio de 1986. Dejo aquí estas líneas inéditas del Diario austral que escribí el año pasado cuando viajamos a la Argentina:

Abrigado y caminando, alcanza el viajero la calle Anchorena. No está lejos de su hotel junto la Recoleta. Poco más allá de la esquina con Puyrredón se halla el número 1660, que alberga la Fundación Internacional Jorge Luis Borges y un pequeño museo dedicado a su memoria. Un amigo común había escrito a María Kodama (a quien él ya conocía, por otra parte) anunciándole su visita, pero la viuda no está ahora en Buenos Aires. Abona, pues, el simbólico precio de la entrada y se deja seducir por la voz y el encanto de las dos muy jóvenes estudiantes o quizá ya licenciadas, egresadas, que se ocupan de la atención al visitante. No son muchas las vitrinas, y en ellas hay condecoraciones, libros, cartas, bastones, imágenes del aleph, la reproducción de algún dibujo infantil del niño Georgie.

La Fundación ocupa el inmueble colindante a aquél en el que vivió el autor de Inquisiciones entre 1938 y 1943. El viajero compra algunos libros y un buen número de postales en las que aparece el escritor con un gato. Y se emociona. Procura que a las chicas (no sería injusto llamarlas sirenas) que se han turnado en la guía por el breve museo les pasen inadvertidas esas lágrimas que vidrian ya su mirada, como el cristal de una vitrina más, ésta empañada. Le explican que se celebran conciertos y conferencias en el pequeño salón de actos. Le cuentan cuanto saben, pero no tienen inconveniente reconocer lo que se les escapa y sobre lo que él tiene también la delicadeza de no ilustrarlas). En el tiempo que está allí no se ve a nadie más, con excepción de unos operarios que realizaban tareas de mantenimiento y que salían al ingresar él. De la casa de Anchorena se sale, y aún es media mañana tan sólo, con la sensación de que ya todo huelga, de que la suma de horas hasta que acabe el día es un cúmulo ocioso, innecesario.

Dejaré ahora que almuerce en un asador de Recoleta –bifé, vino y, ya que está traduciendo a Gerard Manley Hopkins, bicarbonato, por la aliteración- y le concederé un par de horas sin que tenga que comparecer en estas páginas. Por la tarde, puntualmente a la hora que le he dicho que regrese, tras hacer un recorrido por el centro de la ciudad (enorme, pero que aquí se llama microcentro) y ver frente a la Casa Rosada a unos veteranos de la guerra de las Malvinas (de esto hablaré más tarde), enfila la Avenida de Mayo por la acera derecha, y visita una de sus librerías, quizá El Túnel. En ella encontrará una primera edición de El oro de los tigres, de Borges, algo dañada por la humedad; un ejemplar con la firma, azul, menuda, ascendente, del autor, y guardas y una lámina que reproducen ilustraciones de Raúl Russo. Son ciento cincuenta pesos, y si no se trata de una falsificación, es barato.


martes, 23 de agosto de 2011

El ocaso




The Gloaming ("El ocaso") es el nombre del nuevo súper grupo de música irlandesa. El proyecto comenzado a principios de este año ha cuajado, y hoy se ha estrenado en un escenario. Hemos sido privilegiados testigos de ello hace un par de noches en el National Concert Hall de Dublín.
Escuchándolos en directo se comprende por qué The Irish Times los ha llamado "The traddest band in the whole damn town." De izquierda a derecha, Iarla Ó Lionáird, Thomas Bartlett, Caoimhín Ó Raghalligh, Martin Hayes y Dennis Cahill. Qué decir de ellos, cómo ponderar la voz maravillosa de Ó Lionáird cante sean-nós o se adentre por temas más elaborados (siempre en gaélico); cómo no rendirse ante el violín frenético de Martin Hayes o las sutiles tonalidades, casi hechas de silencio de Ó Raghallaigh. Bartlett, muy a lo Rimbaud, bebiendo vino tinto, estuvo discreto en el acompañamiento en el piano (lejos o no tanto, que es muy joven, quedan los tiempos en que a los tres años tocaba el ukelele en Vermont); igualmente discreto, que es lo que se pide a un guitarrista que acompaña al violín, estuvo el veterano Cahill.
La noche fue memorable: hubo valentía en el tratamiento de algunas piezas, y una velocidad del demonio como corresponde a los reels. Y en los momentos más íntimos, Iarla cantó un poema de Michael Hartnett de un libro que tengo en Sevilla, A Necklace of Wrens. Todo queda en casa.
Aquí, la entrevista publicada en The Irish Times la pasada semana.



lunes, 22 de agosto de 2011

Con Yeats en Glendalough


Cementerio de Glendalough (Wicklow) la otra tarde


Por fin pudimos ver el otro día sobre el terreno la exposición sobre W. B. Yeats que se muestra en la Biblioteca Nacional de Irlanda. Escribo "sobre el terreno" porque ya tuvimos ocasión de visitarla virtualmente en varias ocasiones estos últimos años, cuando preparaba la edición de su Poesía reunida para Pre-Textos. La ventaja de verla en la pantalla del ordenador es, ciertamente, olvidarse de que uno se hermana con el topo en la penumbra de la sala y ante las muy poco iluminadas vitrinas, pero estar allí (aquí, en la manzana de enfrente) y oír la voz de Maud Gonne en Dublín produce una rara emoción.
Como la que me produce hallar en "La columna toscana" la reseña de mi traducción de Yeats que José María Jurado publicó hace unos meses en la revista La Isla de Siltolá.
Y una tercera emoción fue recordar el sábado estos versos del Nobel cuando pisaba la tierra mojada, la hierba engalanada de florecillas silvestres, que aparece en el poema "La torre circular":

(...)

En una lápida gris vieja y ruinosa
en Glendalough junto al torrente,
donde reposan los O'Byrne y los Byrne
estiró sus huesos y cayó en un sueño
en el que sol y luna una hora larga
bramaron y brincaron en la torre circular;

(...)



domingo, 21 de agosto de 2011

La Sevilla de Ronnie Drew


Lo había buscado en Hodges Figgis y en Eason's, pero no lo tenían. Tampoco, naturalmente, en Waterstones, que ahora cerrada ofrece en Dawson Street un penoso espectáculo que, lamentablemente, no habla del pasado sino que anticipa el futuro de muchas librerías. Pero hoy lo he encontrado en Reads, en Nassau Street, frente al Trinity College. Y he pasado un buen rato leyendo el volumen que contiene las memorias de Ronnie Drew, quien fuera alma de The Dubliners.
Así he podido enterarme en detalle de lo que ya sabía parcialmente: la estancia de Ronnie en Sevilla, con otros tres irlandeses, a finales de los años cincuenta. Frecuentaba el bar el Tres de Oros, en Santa María la Blanca, y llegó a posar con el delantal de camarero desde detrás de la barra. A veces recalaban por allí las putas que hasta hace dos décadas tenían asiento en la Puerta de la Carne (buen nombre, ahora que lo pienso, para una casa de tolerancia), y una tal Juanita una vez quiso llevárselo al catre. Cuenta también el dublinés cómo una vez por semana iba a recibir clases de guitarra a una barriada humilde, y como en Sevilla, y en aquel bar, fue donde cantó por primera vez en público.
Ronnie y sus amigos sobrevivieron dando clases particulares de inglés tras poner en el periódico un anuncio que era descaradamente un timo, porque aparte de ser hablantes nativos poco conocimiento tenían de dar clases (aunque él refiere que este oficio sobrevenido le obligó a estudiar la gramática inglesa, cosa que había descuidado hasta entonces). Ronnie y sus amigos, que tenían en el bar su nombre colectivo apuntado con tiza en una pizarra ("Los irlandeses") para apuntar las rondas, se alojaban en una pensión regentada por alguien que se llamaba Manolo y que les recordaba a Charlie Chaplin, con quien nunca estaban al corriente en el pago, aunque al final siempre saldaban la cuenta con esas cinco libras mensuales que sacaban por cada estudiante de clases particulares.
Una excursión a Écija, un viaje en autobús a San Sebastián, las inevitables alusiones a las procesiones de Semana Santa y a los toros (espectáculo que le gustaba salvo por un nimio detalle, que al final el toro moría) completan la narración
Hace unos días se cumplía el tercer aniversario de la muerte de Ronnie Drew, un cantante de verdad, de quien todos los días me acuerdo dos o tres veces al pasar por la puerta de O'Donoghues, la pila bautismal (de cerveza negra) de The Dubliners.

sábado, 20 de agosto de 2011

En el Grand Canal (de Dublín, por supuesto)




Compartiendo un rato de charla con Patrick Kavanagh frente al Grand Canal la otra tarde. Cruzando la esclusa y siguiendo por Pembroke Road se llega al Raglan Road de la ya inmortal canción creada a partir del poema de Kavanagh.


viernes, 19 de agosto de 2011

En el blog de Juan Antonio Millón


Edificio de apartamentos de Santa Mónica (California) donde residió Cernuda el curso 1962-1963


Juan Antonio Millón lleva el blog "Sendas y divagaciones", y en esta entrada, que le agradezco por su amabilidad, ofrece su impresión sobre el segundo tomo de mi biografía de Cernuda.

jueves, 18 de agosto de 2011

En el valle de Lerma


El convento de San Bernardo en Salta


La tercera entrega de la miniserie "Galería de viajeros sevillanos" que estoy publicando en la edición sevillana de El Mundo. Salió este pasado miércoles.



EN EL VALLE DE LERMA

El viajero aterriza a media tarde en la ciudad conocida como Salta la linda (en aimara, una de las lenguas indígenas habladas en la región, Sagta significa hermosa).

Luego, en el pequeño aeropuerto toma una camioneta que deja a varios otros viajeros en sus hoteles. Él es el último, y tiene ocasión de familiarizarse con la ciudad, que salvo las zonas más recientes (pero no nuevas, pues allí en el extrarradio las casas están hechas muchas veces con materiales de desecho) es una gran cuadrícula, que la camioneta recorre a toda velocidad entre un tráfico caótico. El conductor, de quien desconfió al principio cuando lo abordó en la terminal para ofrecerle sus servicios, resulta ser un tipo bonachón, ya abuelo, que parece estar contento con la vida que lleva (o quizá sea de un fatalismo optimista con la que a él le ha tocado en suerte). Alaba a Salta, y conmueve oír cómo, según él, no les falta de nada a sus habitantes: tienen todo tipo de recursos, gas, los viñedos de Cafayate…

Como para no contradecir al locuaz chófer, se aloja en casa de una familia bodeguera. La mansión es un buen ejemplo de arquitectura neocolonial y sólo por su tamaño (pues en calidad supera holgadamente a la mayoría) el hospedaje no llega a la condición de hotel y recibe la calificación de parador. Por todas partes objetos artísticos y hermosos cuadros o esculturas del siglo XVII, junto a objetos de alpaca y alfarería indígena. Las paredes blancas, el color albero que enmarca el portal, le hacen sentir como en Sevilla.

Aún tiene tiempo de visitar el centro. En la plaza 9 de Julio, con su quiosco de música y sus palmeras, y en las calles de los alrededores, concurridísimas, está casi todo lo que de interés posee esta ciudad del noroeste argentino, comenzando por su hermosa catedral, cuya patrona es la Virgen del Milagro.

La villa fue fundada en 1582 por el sevillano Hernando de Lerma, licenciado en leyes que fue gobernador de Tucumán y llevó una vida azarosa y llena de enfrentamientos que le hizo terminar sus días en la cárcel, de vuelta en España, anticipándose al borgiano “Tema del traidor y del héroe”. De poco después data el cabildo, que luce ahora iluminado en su blancura, al otro lado de la plaza. Frente a ese centro civil, el rosa y crema como de tarta de la catedral atrae esta noche a un elevadísimo número de fieles, entre los que destacan grupos ataviados con trajes regionales y estandartes. El templo ha recibido un gran ornato de flores, y montañas de claveles ensangrientan el altar mayor. Aunque sobre la plaza, la catedral está en la calle España, como queriendo testificar la procedencia de la fe que da sentido al edificio. Una fe que ha tenido que imponerse, cuando no convivir con las religiones indígenas. Sobre una pila de agua bendita, esta cartela: “El agua bendita es un sacramental, una “cosa” sagrada. No la tire al piso. No la use como remedio. No la use mal (para curanderías, brujerías, etc.). Esto no agrada a Dios.”

Al día siguiente, el desayuno es magro pero, servido con cubiertos de plata, esa cierta frugalidad se adorna de nobleza. Lo pone una lindísima indita, o más probablemente mestiza, que atiende con su planchado vestido de mucama, blanquiazul éste, ella toda morena delicadeza y discreción esbelta.

Sale a la calle y recorre las ocho cuadras que lo separan del centro. En el escaparate de una tienda, esta otra cartela: “No robe. El Estado no admite competencia”. Sigue camino. Bajo los arcos neogóticos de uno de los edificios de la plaza se accede al Museo de Arqueología de Alta Montaña, donde se preservan los niños de Llullaillaco, unas momias incaicas enterradas en un volcán de la cordillera de los Andes, el más alto de la región que rodea a Salta, poco antes de la llegada de nuestro paisano.

Y el viajero se queda un rato contemplando esos cadáveres llenos de vida, a los que ve más reales que algunos cuerpos que luego encuentra en la plaza.

Al convento de San Bernardo, con su portal de madera de algarrobo tallada, no entra, que es de clausura, y aunque podría madrugar para asistir disciplinadamente a maitines, único momento en que se relaja la norma, sólo se asoma al zaguán.

En Salta pasará cuatro noches, y siempre es grato, tras de las fatigosas jornadas de viaje por la región, sentir el latido vivo de su plaza o recorrer sus peñas, dando cuenta de especialidades gastronómicas como las empanadas, o cerveceras, como la Salta rubia o la Salta negra (morocha, dice el mesero).

En una de ellas brinda por el sevillano, héroe y traidor, don Hernando.


miércoles, 17 de agosto de 2011

En italiano



La sorpresa de la mañana me la llevo al encontrar esta traducción al italiano de un poema mío (incluido en Lejos, Isla de Siltolá). La ha hecho alguien a quien no creo conocer, y se puede leer aquí. Parafraseando lo que dijo Valéry al leer la traducción de "El cementerio marino" por Jorge Guillén, "me adoro en italiano" (aunque al último verso se le escurra la connotación implícita que en el original había a la Biographia Literaria de Coleridge).

martes, 16 de agosto de 2011

La hambruna de Kavanagh




Se dice hambruna, tratándose de Irlanda, y es natural que se piense en la hambruna. En la Great Famine, como se la conoce, aquella calamidad que despobló la isla a mitad de la década de los cuarenta del siglo XIX y cuya ominosa memoria sigue sobrevolando sobre la conciencia irlandesa. Pero el poema narrativo "The Great Hunger" de Patrick Kavanagh trata de otra hambre, de otro deseo no saciado. En traducción de Fruela Fernández La hambruna y otros poemas (Pre-Textos) recoge ese largo texto y otra veintena de piezas del poeta de Inniskeen.
Hay aquí grandes poemas como "Épica" o "Versos escritos en un banco del Gran Canal. Dublín" y, limitada como lo es toda antología, faltan otros que uno ama especialmente porque se han convertido en grandes canciones. Me refiero a la muy versionada "Raglan Road" (que aquí ofrezco en la voz de Luke Kelly, con una ayudita de Paddy) a una gema menos conocida, "Si alguna vez vas a Dublín", que ha sido muy bien cantada por The Dubliners. Seguro que disfrutáis con los enlaces.

domingo, 14 de agosto de 2011

Ulises de ida y vuelta


Ulises, el homérico, se pasa la mayor parte de la Odisea en su camino de regreso a Ítaca, protagonizando el más conocido de los nostoi, esos relatos de regresos al hogar tan caros a los antiguos griegos. El Ulises de Joyce regresa ahora a la lengua inglesa, traducido en una navegación que lo lleva desde la prosa española de Julián Ríos, que tanto debe al autor irlandés.
Como en un cante de vuelta, el libro (originalmente Casa Ulises) es un juego de espejos. Siempre he sostenido que la escritura de Ríos es la mejor adaptación del lenguaje joyceano a nuestra lengua. Ahora ese español lleno de calambures y juegos de palabras es vertido, adaptado a la lengua que lo modeló, en una narración que sigue los capítulos de Ulises. Lo edita una de las mejores editoriales literarias del ámbito anglosajón, The Dalkey Archive Press, que toma su nombre de una de las novelas de Flann O'Brien, otro autor con no pocas concomitancias con Joyce.

sábado, 13 de agosto de 2011

El rostro de Auden




"Para tener un rostro (...) uno no sólo debe gozar y sufrir sino también desear preservar la memoria de hasta las experiencias más humillantes y desagradables del pasado." Lo dijo W. H. Auden, el hombre cuyo rostro estaba surcado por mil arrugas, como acuchillados pases de baile en una pista de patinaje artístico.

García Ortega, poeta


Traductor, editor y novelista, Adolfo García Ortega es también poeta, como sabe cualquier lector atento. Ahora acaba de publicar en la editorial Abada Nuestra alegría, su octavo libro de poemas. Los hay duros, sobre los errores propios o ajenos, sobre el dolor y la quimioterapia o la morfina de Walter Benjamin. Los hay culturalistas sin alharacas (sobre Caravaggio o Kafka). Está también su fascinación por el mundo judío. Y la recurrencia del amor, que aquí adopta la forma de esa estupenda albada "Los pactos secretos", que comienza con estos versos:

Me gustan las guerras
que permanecen abiertas
entre tú y yo,
ser los dos el límite lejano
de países irreconciliables
(...)

viernes, 12 de agosto de 2011

De Eaton Hastings a Veracruz


Aquí, la segunda entrega de la "Galería de viajeros sevillanos" que vengo publicando en la edición sevillana de El Mundo:

DE EATON HASTINGS A VERACRUZ

Si la semana pasada se refería aquí la exhibición de tres murillos en un museo de México, hoy también colgamos del artículo un lienzo del sevillano. Es El triunfo de la Eucaristía, un encargo que el pintor recibió para la Iglesia de Santa María la Blanca y que, también presa inicialmentedel pillaje francés , hoy se encuentra en la casa de campo de Lord Faringdon en Buscot Park, una de esas fincas aptas para rodar películas de época, en el término de Eaton Hastings, donde Oxford se abre a su campiña.

La mansión y los terrenos que la rodean están hoy al cuidado del National Trust y se pueden recorrer. De hecho, es visita obligada si se está por la zona. La pinacoteca es rica, y para reposar la vista ante tanto colorido cuenta en el exterior con obstinados y sosegadores verdes.

A finales del invierno y comienzos de la primavera de 1938, Luis Cernuda, recién llegado a Inglaterra, recaló allí como preceptor de una de las colonias de niños vascos que en plena Guerra Civil se acogieron a la hospitalidad del pueblo británico (no así de su reticente Gobierno). Para Cernuda la experiencia fue traumática, pues uno de los chicos enfermó gravemente y murió en su presencia. Del dolor de Cernuda, quintaesenciado, surgió esa endecha admirable, “Niño muerto”, que está entre lo más conmovedor (que es mucho) de su poemario Las nubes, el primero de su exilio.

Tras este lastimoso episodio, Cernuda no volvió a Eaton Hastings y su penar lo llevó por París (en condiciones angustiosas), por un internado de Surrey y, al poco, por la cenicienta Glasgow, más gris muy pronto por las pavesas de la guerra, esa plaga que persiguió al poeta durante una década. Sólo volvió a Oxford en sucesivas vacaciones, huyendo de Escocia y en busca del calor y el estímulo que siempre halló en Salvador de Madariaga. El novelista mexicano Eloy Urroz acaba de publicar una novela, La familia interrumpida, título por otra parte de la obra de teatro de Cernuda recuperada por Octavio Paz, el poeta que vivía en la calle Guadalquivir de la ciudad de México. En ella, Urroz recrea el episodio de Cernuda y los niños vascos. Su compatriota Jorge Volpi, que ha estado varias veces en Sevilla, ha dicho que la novela “se construye con la precisión de un reloj y la puntería de una saeta.” Doy fe de que no exagera Volpi, pero me temo que habrá que confiar en él y en mí mismo al refrendarlo, pues el libro ha sido publicado en México e inexplicablemente no se comercializa en España.

Pedro Garfias, aunque salmantino de nación, repartió su infancia y juventud entre Osuna (adonde lo llevaron con cuatro meses) y Cabra, y se sintió, sobre todo, andaluz. También vivió en Écija y en Sevilla publicó Alas del Sur en 1926. Al acabar la Guerra Civil se asentó brevemente en Inglaterra, también en la finca del lord, antes de partir en el Sinaia como tantos otros (Juan Rejano o el recién fallecido Alfonso Sánchez Vázquez viajaron con él en la bodega del buque) hacia el mexicano puerto de Veracruz. En estos parajes ingleses tan de Teócrito escribió un libro bellísimo y nostálgico (se canta lo que se pierde, sentenció Antonio Machado): Primavera en Eaton Hastings. Fue ésta la de 1939, la siguiente a la que Cernuda, con quien no coincidió, pasó sobre el mismo césped.


El Sinaia

Mucho tiempo postergada, la figura de Garfias ha vuelto a suscitar interés durante los últimos lustros y se han reeditado sus obras, contraviniendo lo que Max Aub dijo de él en su necrológica: que “cayó muchas veces en el olvido de los demás hasta olvidarse de sí mismo, como le sucedió hasta su muerte.” De esa indolencia (tan cernudiana, por cierto) da fe el hecho de que cuando el libro iba a ser publicado en 1941 Garfias tuvo que dictárselo a una secretaria que le puso el editor, pues él tenía el libro “en la cabeza” y ni siquiera se había preocupado de ponerlo por escrito.

Garfias, que astrábico y astroso sobrevivió a Cernuda cuatro años arrastrando su desolación y alcoholismo por las pulquerías y las cantinas de todo el país, llegó a México por Veracruz, como dijimos. Cuando la mañana del 5 de noviembre de 1963 murió Cernuda en Coyoacán, a los nietos de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, que tanto lo querían, les dijeron, para explicar su ausencia, que el poeta se había marchado a dar unas conferencias precisamente a Veracruz. En ese mismo instante un cartero de la ciudad de México tenía ya en su cartera, para el reparto, un ejemplar justificativo de la tercera edición de Ocnos publicada por la Universidad Veracruzana.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Una muerte por día


De vez en cuando alguien se siente póstumo en vida (sí, pienso ahora en el título de un libro de poemas de Jaime Gil de Biedma). Le sucedió a Mark Twain, quien al leer su obituario desmintió la noticia con un irónico "se trata de un rumor exagerado". Y le pasó también a Ernest Hemingway pero por partida doble y condensada en cuarenta y ocho horas. En enero de 1954, cuando estaba en Uganda, sufrió dos accidentes de avión en días sucesivos, y tuvo que leer, suponemos que con espíritu crítico y no del todo conforme, sendas notas cronológicas. En el segundo accidente, que sí pudo costarle la vida, sufrió quemaduras que le impidieron escribir a máquina, y un largo artículo que preparaba para la revista Look tuvo que mecanografiárselo Katherine Figgis, madre del director de cine Mike Figgis, realizador de, entre otras películas, Leaving Las Vegas.
En la fotografía, Hemingway tras haber matado un leopardo pocos días antes de que el avión se estrellara.


martes, 9 de agosto de 2011

Valéry en Howland Street


En el 8 de la londinense College Street, en Camden, está la casa en que cohabitaron Verlaine y Rimbaud a la que, con su placa conmemorativa, se debe de referir Luis Cernuda en su poema "Birds in the Night". Antes vivieron en Howland Street, en Fitzrovia, pero esta casa fue derribada en 1938, el mismo año en que llegó a Inglaterra Cernuda, por lo que es probable que éste no llegara a conocerla. Lo que me ha resultado curioso es saber que Paul Valéry asistió en 1894 al descubrimiento de otra placa dedicada a Verlaine en ese inmueble desaparecido. Lo cuenta en sus Souvenirs et Réflexions, editados por Michel Jarrey en Éditions Bartillat.

lunes, 8 de agosto de 2011

Los rayos X





LOS RAYOS X


I


Antes de que revistas de la tele

los trajeran en gafas anunciadas

para el rijoso o la cotilla

junto a la fotonovela,

aquellos aparatos fríos, con sus planchas,

en su consulta.


Era nuestro pediatra, al que llegábamos

después de pasar por las piezas

de una arquitectura de madera

o de un hidroavión de verde plástico.


En otra habitación,

su bata blanca

del color –otro anuncio– de sus dientes.


Y ahora un día,

décadas después, lejos de España,

el hidroavión me trae la noticia,

se cae el edificio de madera.


Anciano, nuestro pediatra se quemó

en el incendio de su residencia geriátrica:

insospechada mancia, su cuerpo hecho cenizas

que no vi al otro lado de los rayos X

–poderes de superhéroe de la Marvel–

cuando creía, aún, que el mundo era otra cosa

en mi bola de cristal, en mis canicas.


II


Mi pelo va adquiriendo aquel color

de su sonrisa

hoy que lo entreveo carbonizado,

todo negro de humo, como opaco

cuanto ven los rayos X

–ese sinónimo de magia–,

donde ésta era una incógnita

que el tiempo ha ido despejando.


Retrospectivamente me rebelo

y añado este reproche a su elegía.

Tantas radiografías, ¿para qué?

En alguien que mostró clarividencia

queda su negligencia médica

empañándolo todo:


con tantas cucharadas e inyecciones,

nunca nos vacunó contra la vida.


domingo, 7 de agosto de 2011

Otro ritmo


Detalle del "Libro de horas de Catalina de Cleves"


Ya definitivamente aposentados en el verano, y con múltiples tareas que atender, una de las cuales (no la menos importante, por cierto) es descansar y tomar fuerzas para el otoño, el blog adopta otro ritmo, se remansa. No cerrará por vacaciones, pero serán más pausadas las entradas, más espaciadas y quizá breves, al menos mientras esté sometido a las fauces del calor, tan monstruoso a veces en Sevilla. Uno no puede rebelarse contra las estaciones. Las acepta y les brinda su anuencia.

sábado, 6 de agosto de 2011

Murillo en México




El hombre más rico del mundo, Carlos Slim, que es tan opulento que se dice que no es de México, sino que México es de él, acaba de abrir un museo, el segundo de los suyos, para albergar lo más granado de las obras de arte que atesora. A 66.000 piezas asciende el censo de éstas, toda una pequeña ciudad, y el barrio más selecto de ella se levanta ahora en las seis salas, una por planta, del edificio que ha diseñado su yerno Fernando Romero, una construcción que caracolea, helicoidal, como el Guggenheim de Nueva York o las escaleras de los Museos Vaticanos.

Romero ha levantado el museo del grueso Slim en la Plaza Carso de la ciudad de México. Inmediatamente cree uno que se ha deslizado una errata y piensa en el magnate Craso, el Marco Licinio Craso que prestó ayuda financiera a Julio César. Slim, fundador del Grupo Carso, ha levantado su fortuna con negocios tan variopintos como la telefonía móvil o los hoteles; Craso forjó la suya con los no menos heterogéneos de los lupanares y del primer servicio contraincendios que conoció Roma (quizá la misma cosa, pues habrá quien diga ¿no es la prostitución en casa ajena un modo de extinguir más de un fuego ardentísimo en el hogar?).

Defrauda al principio este Museo Soumaya de Slim, con un vestíbulo semivacío y un blanco cegador que desata el horror vacui sin necesidad de que uno se sienta barroco. Pero, luego, cuando se dejan atrás en la rampa las monedas y el arte mexicano del siglo XIX y se llega a la pintura europea, el espejismo se deshace: hay en muestra abigarrada obras de Zurbarán y de Rubens, de Pieer Brueghel el Joven y el Greco, de Corot y de Vincent van Gogh. La nómina es larga, pero al sevillano de paso por la antigua Tenochtitlán habrá de conmoverle hallar allí, allende el océano, tres espléndidas muestras de Bartolomé Esteban Murillo.

Está Retrato de un caballero, óleo sobre lienzo datado entre 1660 y 1665, que representa a un adusto hidalgo de luto, tocado y con melena sobre el bigote y la mosca. Está también un Ecce homo -sayón rojo y corona de espinas- fechado hacia 1670. Pero, sobre todo, está una delicadísima Inmaculada Concepción, de la misma época que el Cristo, que sale al paso al visitante a la entrada de la sala como un milagro pictórico. Es un lienzo bellísimo, con los cuatro querubes a sus pies y, sobre todo, con el sfumato del coro angélico sobre ella. Hay en la sala, a la derecha, otra Inmaculada Concepción, bien distinta, del también sevillano Juan de Roelas, que si enseña alguna virtud cristiana es la de la humildad, pues qué poca cosa es, con ser mucho, si la comparamos con la de Murillo, que suele estar ausente de los catálogos porque ha permanecido mucho tiempo oculta. Seguramente formaría parte del botín de Botella (Pepe) que los franceses encabezados por el mariscal Soult se llevaron cuando la Guerra de Independencia, expolio muy bien estudiado por Enrique Valdivieso en un artículo que, siguiendo a Ímaz y su clásico Inventario de cuadros sustraídos por el gobierno intruso en Sevilla. Año 1810, publicó en Minervae Baeticae, boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Dejo aquí la incógnita, que siempre es posible y grato despejarla encaminado los pasos a la Casa de los Pinelo y la biblioteca de la institución.

Pero estábamos en el Distrito Federal. Al viajero sevillano en esta capital de lo que fue la Nueva España le emociona hallar tan lejos de su tierra –la de María Santísima, aunque en México el culto mariano y en especial a la Virgen de Guadalupe sea bien fuerte- a tan hermosa paisana, a la que dan ganas de piropearla con acento de las márgenes del Guadalquivir -Arenal, Triana- tal que si uno acabara de llegar desde su mismo siglo en un galeón de Indias. Y aunque no tenga fe, alguna oración casi asalta sus labios. Y se acuerda de aquel genial Silvio (no el cubano Rodríguez, sino el hispalense Fernández Melgarejo) con su “Rezaré”, esa joya que supera mil veces en intensidad al original “Pregheró” del Adriano Celentano que a su vez versionó “Stand by Me”. Y en la memoria y la sensibilidad la une con “La Pura Concepción”, también de Silvio. Y quiere irse directo, levitante pero pecador, desde la Plaza Carso a la Plaza Garibaldi a cantarlas ante la estupefacción y la envidia de los mariachis.

Me he acordado de él ahora que en octubre se cumplirá el décimo aniversario de su muerte. Y, junto a Murillo, de Hernán Cortés, que conquistó estas tierras y que murió al lado de Ikea (casi nombre de ruinas mesoamericanas) en Castilleja de la Cuesta.


(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 3-8-11)


viernes, 5 de agosto de 2011

En "Historias de papel"




A partir del minuto siete, se puede escuchar aquí la entrevista que me hizo Manuel Pedraz sobre la biografía de Cernuda en su programa Historias de papel, que se emite los domingos en RNE Andalucía.

jueves, 4 de agosto de 2011

Los poemas de Joseph Uber



Rafael Adolfo Téllez


Una excelente noticia: Rafael Adolfo Téllez vuelve con un nuevo libro, publicado en La Veleta, la hermosa colección de poesía que cuida Andrés Trapiello. Aquí se puede leer su conversación con Alejandro Luque.