viernes, 31 de octubre de 2008

La técnica para escribir poesía no sólo es necesaria, también se puede aprender. Un poeta irlandés, Michael Longley, ha observado, con gracia, que “La técnica es importante. Creo que si la mayoría de quienes se llaman a sí mismo poetas fueran funambulistas estarían muertos”. Y X. J. Kennedy ha escrito a su vez que “El mundo está lleno de poetas con lánguidas llaves inglesas que no se molestan en dar las seis últimas vueltas a los tornillos”.

jueves, 30 de octubre de 2008

La jerga editorial


El suplemento Cultura/s de La Vanguardia incluía este miércoles una lista de términos empleados frecuentemente en la jerga editorial y de extendido uso en la Feria de Frankfurt, ese bazar de derechos. Sergio Vila- Sanjuán recogía un puñado de perlas del recién aparecido I mestieri del libro. Dall'auttore al lettore, del editor Olivero Ponte di Pino. En tres columnas se incluían voces o frases empleadas y sobreentendidas por agentes y editores según la siguiente ordenación: inglés de la feria, traducción literal y lo que de verdad quiere decir. Copio aquí algunas de las entradas más divertidas:


Beautiful descriptions

Bellas descripciones

Aburrido e inútil



Very well written

Muy bien escrito

A veces te encuentras frases con más de siete palabras


There is a lot of interest

Interesa mucho

Se lo estoy proponiendo a todo el mundo


Couldn't stop reading it

No podía parar de leerlo

Me lo he tenido que leer esta noche


There is no other book on this subject

No hay nada más sobre este tema

De hecho interesa sólo a unos cuantos maníacos


Very promotable

Fácil de promover

El autor/autora estaría encantado de hacer un viaje a su país a expensas de la editorial

miércoles, 29 de octubre de 2008

"Yo escribo para mí"

Muchas veces nos encontramos con personas que dicen “No me importa la métrica, yo escribo para mí”. Pero estas personas suelen contradecir su palabra con sus actos cuando vienen a mostrarnos sus poemas. Si eran para ellos, ¿por qué nos los enseñan? Y si los enseñan, y pretenden que los apreciemos, ¿por qué no han hecho el esfuerzo de presentarlos de forma que reconozcamos en sus poemas expresiones estéticas y no meros testigos de zozobras o elucubraciones personales que, confesémoslo, nada nos importan?
Yo reconozco que los sentimientos de mis congéneres me interesan más bien poco, pues en el fondo no se diferencian mucho de los míos. Lo que sí puedo advertir, y valorar, es una expresión nueva, de especial capacidad comunicativa, de un sentimiento seguramente viejo y universal. Un semiólogo que no necesita presentación, Umberto Eco, ha señalado que “la poesía no es cuestión de sentimientos. Es el lenguaje el que crea éstos”.

lunes, 27 de octubre de 2008

Talleres de poesía

Cuando publiqué mi primer libro de poemas (llamarlo libro puede ser pretencioso, pero más altisonante será llamarlo plaquette), lo envié a varios poetas cuyas direcciones me había facilitado un amigo. Encontré casi siempre frases vagamente elogiosas y una crítica concreta, de José Luis García Martín, que me hizo mucho bien, porque atacaba lo que de ingenio fácil pudiera haber en mis poemas. Juan Luis Panero me envió acuse de recibo pero, como Pilatos, se lavó las manos asegurando que no me podía dar consejo, porque -aún recuerdo sus palabras-, “en este oficio uno ha de aprender a acertar o equivocarse solo”. Y aunque tenía buena parte de razón Panero (casi todo lo importante que aprende un poeta lo descubre solo, con el tanteo y la insistencia en sus propios poemas y la frecuentación de los grandes autores), también es mucho lo que se puede aprender de y con otros. En el peor de los casos, y esto ya es mucho, lo que se obtiene con un taller de poesía es mantener expedito el camino que lleva a la poesía, impedir que la maleza que a todos nos acecha termine cubriéndolo, hallar en la senda a otros caminantes, compañeros de viaje, que nos cuenten sus experiencias y en los que apoyarnos, y a los que apoyar, cuando estamos fatigados.

domingo, 26 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (y XV)



El de Álvaro Cunqueiro es un caso único, único y hermoso. ¿Pues no va el hombre y se inventa una Bretaña detallada, pormenorizada, exacta, sin haber estado en ella? ¿No lleva al paisaje de allí los vados, los bosques de su Galicia? Y acierta y de qué modo. Eso hace en Las crónicas del sochantre, y de algún modo también en Merlín y familia. Bosques, piedras, ríos, vientos, todos están donde él los pone con mano diestra, agrimensor de la imaginación, arquitecto de sueños. Luego, muchos años después se va al país ideado con el recado de contratar gaiteros bretones para las fiestas de Galicia, y con un pie en el estribo escribe: “Voy a realizar, pues, una extraña experiencia: ver si el sueño bretón, es decir, la Bretaña de Francia, se corresponde con la realidad de mi imaginación. Porque no les puedo negar que para mí es mucho más real la Bretaña que he imaginado que la que existía en el finisterre francés. Y ahora voy a ver cómo casan ambas y sus colores.”

He estado en Bretaña tantas veces: llevado por Don Álvaro Cunqueiro, leyendo las noticias del Rey Arturo, historias de Merlín y de Viviana, perdido en el verdor de Brocélianda soñado en unas hojas amarillas. La última ocasión estuvo bien, mas no fue la mejor; hubo un problema: cargaba con el lastre de mi cuerpo. No hay viaje superior al de los libros.

viernes, 24 de octubre de 2008

En Écija



De vuelta de Écija y la lectura en la Biblioteca Tomás Beviá, me traigo una muy grata experiencia. Ha contribuido a ello un puñado de circunstancias, todas ellas agradabilísimas: un CD en el viaje de ida, en coche, con un recital de Cernuda editado por Visor que presumo fue el que dio en el Poetry Center de San Francisco en otoño de 1961 (el disco me lo proporcionó Rafael García Organvídez, antiguo compañero mío en Casa del Libro y autor del blog Jardines y carreteras); el tonificante fresco (quién lo diría) de Écija, tras estos últimos días de bochorno; la magnífica biblioteca en un gran caserón restaurado y al pie de una de esas torres por las que es famosa la localidad; la bienvenida de un responsable del centro, que me saludó nada menos que en ¡irlandés! (Conas tá tú?), y que me reveló su pasión por la música de los Chieftains; las atenciones de la directora de la biblioteca y del resto del personal; la cumplimentación del alcalde (¿pero quién se ha creído que soy?); el celo profesional y la vocación doble, por la enseñanza y la poesía, de la profesora Lola Roldán, que junto con su compañera Lucía me había traído dos grupos de bachillerato -chicos y chicas atentos, educados, curiosos, y alguna guapísima, todo hay que decirlo-; el camino de vuelta, ahora con un disco de Sharon Shannon que incluye canciones tan bellas como "The Lakes of Portchantrain", que también me gusta en las versiones de Luka Bloom y Christy Moore...


De entre los poemas leídos, copio aquí la sextina "Tedio", un verso por cada uno de los 39 asistentes que presumo había en la sala. Está recogida en Farewell to Poesy (Pre-Textos):


TEDIO

Despacio se consume tu vivir,
a ritmo perezoso marcha el tiempo
y aún tu vaso está todo vacío.
Persiste su cristal en el que nunca,
por mucho que lo observes, hallas nada
que abrace su pared y llene el hueco.

No mengua con los años ese hueco
que va dando su forma a tu vivir.
Tú ya sabes que no sirve de nada,
que sólo es una pérdida de tiempo,
quimera que no puede darse nunca,
cegar de alguna forma ese vacío.

Discurre por tus venas el vacío
y en medio de tu pecho late un hueco.
Así constantemente. Siempre. Nunca
conoces otro modo de vivir.
Al compás que tú mismo, al mismo tiempo,
se va espesando en ti, densa, la nada.

En tu mar solipsista boga y nada
un torpe cascarón, un pez vacío
que hace singladura y cruza el tiempo
como un grano rojizo por el hueco
de un reloj de arena: tu vivir
lento se encamina hacia tu nunca.

Pues esta es tu condena: que si nunca
quisiste el nacimiento, hoy ya nada
te es posible; solamente vivir,
plantando cara, heroico, a tu vacío,
que proeza es combatir con ese hueco
resistiendo sus embates algún tiempo.

Siempre el hastío es íntimo del tiempo,
la ansiada plenitud no llega nunca;
la felicidad es un vocablo hueco
cuya razón jamás responde a nada.
Debajo de la piel se abre el vacío,
la más propia sustancia del vivir.


No otra cosa es vivir: matar el tiempo.
Ama, pues tu vacío, porque nunca
nada será más tuyo ni más hueco.

jueves, 23 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (XIV)




El sábado 16 de agosto, Alan Stivell dio un concierto en Saint-Quay-Portrieux, al que, por alejarnos de la ruta, no pude asistir. Ya tenía reservada habitación en Guingamp, y no me seducía la idea de regresar del concierto por carreteras desconocidas, de noche, con ganas de pisar el acelerador contagiado por los ritmos de un plinn bretón o un reel de Irlanda pasado por la sensibilidad bretonante de Stivell. Además, ¿cómo asistir al concierto sin mojarme los labios de sidra o de cerveza, y cómo conducir después con un mínimo de seguridad? Y, por último, la razón más poderosa: ¿cómo recuperar, remedo de lo auténtico, la juventud perdida? Este año se celebra el quincuagésimo aniversario de la recuperación del arpa céltica en Bretaña, labor a la que se dedicó su padre y que desde muy niño Alan tomó como el motor de su propia vida, hasta hoy mismo. Alan Stivell tocó hace un cuarto de siglo en Sevilla, en el solar de la Maestranza de Artillería en el que luego vendría a edificarse el Teatro Maestranza. Fui con unos amigos tan locos como yo, con una pancarta en bretón. Aunque no todos los asistentes iban a lo mismo. No es broma: el grupo que teníamos al lado pensaba que aquello era un concierto de Al Stewart...
Cuando lo escuchábamos en un tocadiscos polvoriento en casa de mi amigo Sergio nos parecía que, no recuerdo ya en qué canción, invocaba a América, América. A Armórica, a Armórica era a lo que invocaba.

miércoles, 22 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (XIII)




En 1909 Apollinaire edita con un tirada de 106 ejemplares el primero de sus libros, la novela El encantador putrefacto, con grabados en madera de Andrés Derain. La compuso a los dieciocho años. El encantador es naturalmente Merlín, sepultado en la selva de Brocelianda.

martes, 21 de octubre de 2008

HOMBRE DEL TIEMPO




Llueve.
Se han tomado su tiempo
estas nubes que vienen de mis tardes de párvulo.

De aquel anticiclón, a esta borrasca.

lunes, 20 de octubre de 2008

En el jardín de Borges





En casa de mis padres siempre se almorzó muy tarde. Por eso, cuando aquel mediodía de 1986 el telediario de la primera cadena dio la noticia de que había muerto Borges aún tuve tiempo de seguir hipnotizado el reportaje sobre su fallecimiento y volver en trance, blanco como un endecasílabo que tradujera la pérdida, a mi habitación y mi escritorio, donde compuse un soneto a su memoria con escritura casi automática. Aún después tuve tiempo de regresar a la contigua pieza —quería decir habitación— y, cumplido ya el otro deber —el de verdad imperioso— de la poesía, poner la mesa con mis hermanos para el común almuerzo. Yo apenas comí.
Como un paseante de “El jardín de los senderos que se bifurcan”, mi relación con Borges es la de sucesivos encuentros intermitentes, que quiero creer que aún no han finalizado. En la biblioteca de mi padre había un volumen de cuentos al que tardé en prestarle atención y que sólo leí después de que en el manual de literatura española de COU hallara, puro deslumbramiento, su poema “Las cosas”, con su enumeración caótica y su dístico estremecedor. Una frase de “Deutsches Requiem”, incluido en aquel libro primero, me martillea desde entonces la cabeza, y en los momentos de desesperación es ya casi una divisa: “Que haya un cielo, aunque mi lugar sea el infierno”. Siempre desde aquel instante me ha acompañado el poeta, el narrador, el ensayista; sobre todo el primero. El tercero me servirá para argumentar, con la ayuda del autor de Salomé, lo que sigue.
En los años 80 se publicó una colección que con el título Biblioteca personal reunía una selección de obras prologadas por Borges. En uno de esos tomos, el de ensayos y artículos de Oscar Wilde, éste decía: “Hasta en la vida corriente no deja de tener atractivo el egoísmo. Cuando unas personas nos hablan de otras, resultan molestas por lo general; pero cuando hablan de ellas mismas, son casi siempre interesantes; y si se pudiera, cuando nos aburren, cerrarlas como se cierra un libro, serían absolutamente perfectas”. En este año que se celebra el centenario de Borges, en el que su obra será encomiada y diseccionada desde todos los puntos de vista, yo he preferido, para no aburrirme a mí ni a los siete lectores que tengo, traer a Borges al terreno de la autobiografía, esa única materia sobre la que tengo, aún, alguna certeza.
Quisiera creer que, de poseer alguna, una de las mayores afinidades que con él tengo es la de nuestro gusto, suyo y mío, por lenguas y literaturas de la Alta Edad Media. No hago sino seguir al Wilde de la anterior cita: en 1986 conocí a quien hoy es mi mujer, y recuerdo cómo en la fase del cortejo y las aproximaciones dedicamos algunos ratos inolvidables a un texto que el argentino cita en las páginas 41 y 42 de Literaturas germánicas medievales: el Bestiario o Physiologus anglosajón. Los dos estudiábamos Filología Inglesa, pero lo que en ella era aplicación y provecho en mí era desidia y un fantaseo rayano en la locura que me hizo abrazar la idea de que podía llegar a ser, ya que no lo era de lo que debía, un estudioso de las literaturas célticas. Cuando hubo de presentar a su profesor de Inglés Antiguo la traducción y comentario del poema “La pantera”, escrito en ese venerable antecesor de la lingua franca de hoy, ella me consultó qué metro castellano era el más apropiado para verter el original, con sus versos de cuatro acentos divididos en dos hemistiquios. Y cuando se puso a hacerlo en magníficos y sonoros alejandrinos, apenas me fue posible corregir, para mi vano lucimiento, más que dos o tres líneas aisladas. Esto fue un año antes de que el plan de estudios me obligara a conocer el anglosajón, pero ya entonces, junto a mis libros de gaélico y galés fueron hallando sitio los de la lengua de Beowulf, que la devoción de Borges tanto fatigó. Poco tiempo después, yo ya había publicado una traducción de “El navegante”, un artículo sobre esa elegía épica y moral que es “La batalla de Maldon” (cuyo aliento di en mezclar con el de las coplas manriqueñas), y presentado a un simposio una ponencia sobre “La versión aliterada de poemas anglosajones al español”. Aquella chica luego me regaló un ejemplar de la Edda Mayor, y después otro de la Edda Menor: en el primero, un monumento al paganismo, pude hallar la clave de “Gudrúnarkvida”, un poema que Luis Alberto de Cuenca publicó meses después en su libro El otro sueño; en el segundo, una nueva versión de La alucinación de Gylfi, ya puesta antes en español por Jorge Luis Borges, con diferencias que alejaban a Luis Lerate, el traductor, de Pierre Menard en su reescritura de Borges, alias Snorri Sturluson. Lo sé, lector: todo un laberíntico galimatías, como la intrincada lacería espiral de las ornamentaciones vikingas.
No es que haya leído varias veces Literaturas germánicas medievales; es que ésta es una obra que he estudiado y anotado y sobre la que he vuelto una y otra vez cuando me he ocupado aquí y allá de especímenes de esas prístinas literaturas, cuyo interés en mí, sin haber nacido de Borges, siempre lo ha tenido por compañero, maestro, precursor, en mis incursiones por los llamados “siglos oscuros” desde entonces, y siempre ha sido parte de mi impedimenta su libro (que me gusta recordar que fue escrito en colaboración con María Esther Vázquez, como “La pantera” fue traducido por Teresa Merino y revisado por mí mismo, o como los libros de Nora y Munro Chadwick, celtista una y anglosajonista otro, están redactados al alimón).
Muchas veces pienso que La narración de Arthur Gordon Pym es el principal escollo que se interpone entre dos escritores que admiro: Edgar Allan Poe y Jorge Luis Borges. Por lo demás, sus obras guardan notables paralelismos en el cultivo del relato corto y del ensayo rico en paradojas, con el soslayo de la novela. Además, ambos han dejado una notabilísima obra poética que a veces, ante el lector y la crítica, ha quedado sepultada bajo la formidable estatura de su producción en prosa. Eso me los hace más cercanos y admirables, y en el mundo platónico de los cuentos y poemas perfectos coinciden las ideas, hechas palabras, de su imaginación refundadora: ya no es posible decir cuervo o tigre sin evocarlos. Pero el azar o el destino, que es venero que riega el sentido último de ambas obras, quisieron que Borges viviera más y fuera dejando una obra en verso que superó a ese puñado de irrefutables obras maestras que son “Alone”, “The Bells” o “Annabel Lee”.
Es lógico que, sin vista, Borges concibiera las tiradas endecasilábicas, memorizables, que son sus mejores poemas, y que sus sonetos tengan una rotundidad perdurable en una forma estrófica que apenas había tenido cultivo en nuestra lengua. Para ello, siempre admirador de las letras inglesas, escogió el modelo del conocido como soneto isabelino, con sus tres cuartetos de rima independiente y el dístico final. Así son los sonetos de Shakespeare, que a lo largo de los años yo —me inmiscuyo aquí para seguir a Wilde— he ido traduciendo sin prisa y para mi propio goce, y de la frecuentación de uno y otro modelos —Shakespeare, Borges— han surgido algunos sonetos propios con esa estructura.
Tres días llevaba saliendo con la chica a la que, sin necesitarlo ella, había ayudado a versificar la traducción de un poema alegórico altomedieval, y sin embargo el soneto que aquella tarde de junio alguien o algo me dictó era por amor, sí, pero a un anciano que había muerto en Ginebra; un soneto isabelino que se publicó en la revista Signos y que ahora copio aquí:




EN LA MUERTE DE BORGES

Ya no escriben sus dedos, mas su boca
entona un canto antiguo: es un escalda.
Su sombra está dormida ante la falda
de una alta cordillera a la que invoca.
De pronto un tigre emerge de ese Ganges
que Heráclito dijera de su frente.
La fiera va y devora a la luciente
bermeja media luna en los alfanjes.
Una historia de las mil noches y una,
una milonga hendida de cuchillos,
el yelmo de un sajón y los colmillos
de lobos en Islandia. Es una runa,
misterio inquebrantable. Es una fuerte
espada que se adentra por la muerte.


Estas páginas de homenaje podrían haber acabado con la palabra “muerte” y el punto final que la sigue, lo que las haría girar sobre sí mismas retomando el comienzo como un texto circular, algo que tal vez sería del gusto de Borges. Pero es curioso comprobar cómo su muerte me inspiró en poco tiempo, además de este soneto del que hablaba al principio, un poema que recoge otra tradición muy querida de él: la de las famosas kenningar, esas abracadabrantes metáforas que son la vitamina y el brío de la poesía islandesa. El poema forma parte de una colección que titulé “Ellas” y en la que tenían asiento, desde Olga Rudge a Lou-Andreas Salomé, las amadas de grandes poetas. Cada kenning empleado en la composición está tomado de los ejemplos citados por Borges y, como es el caso de los acertijos anglosajones —aquellos riddles que entretenían los ratos de ocio de las frías noches del siglo IX—, su elucidación puede deparar más de un entretenimiento al lector (la solución, cómo no, mañana, ayer y siempre en algunas páginas de Literaturas germánicas medievales). Los poemas conocidos como “The Husband’s Message” y “The Wife’s Lament” están recogidos en uno de los más importantes códices de la Inglaterra altomedieval y, como en las otras elegías anglosajonas, en ellos el anónimo poeta adopta una persona a la que presta su voz, adelantándose diez siglos a esa impostura cuya patente en la poesía moderna parece haber registrado Robert Browning:



MARÍA KODAMA

(Borges)


“El mensaje del esposo”





Bien está “El lamento de la esposa”
en el Exeter Book,
pero tú, dura bellota del pensamiento,
luce tus riscos de las palabras.
Sonríe, sonríe dulcemente.

Ahora que no está mi asiento del halcón
en tu país de los anillos de oro,
ahora que ya soy trigo de los lobos
y estoy en el mar de los animales,
María, hermana de la luna,
brilla y no viertas lágrimas.

Balder es quien cuenta, y ni siquiera
él merece tu llanto.
No, manzana del pecho,
guarda tus lágrimas.



Publicado en La mirada (El Correo de Andalucía, 10/2/99)









domingo, 19 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (XII)




Geoffrey Hill, poeta inglés contemporáneo, ha escrito un hermoso poema en el que da voz al viejo hechicero que como otros personajes de la literatura céltica, tan propensa a la elegía, ha sobrevivido a sus camaradas. Esa nostalgia por los tiempos idos, ese acariciar en la memoria la juventud, la lozanía, el ímpetu, los ideales, está también presente (a Hill le llega el eco de esa triste romanza) en los héroes fenianos cuando ya nada queda de sus mesnadas, particularmente en esa maravilla que es el texto irlandés Acallamh na senórach, el coloquio de los ancianos, en el que hay mucho de Villon y prefiguración de sus nieves de antaño. Copio aquí el poema sobre Merlín que hizo Hill en la traducción de mi amigo Jordi Doce, gran conocedor de las letras inglesas:

MERLÍN

Reclaman mi atención los innúmeros muertos,
pues ellos son la cáscara de una rica simiente.
Si ahora se congregaran para obtener sustento,
rebasarían una manta invasora de langostas.

Arturo, Elena, Mordred: ya todos han partido
a las entretejidas galerías de hueso.
Junto a los largos túmulos de Logres se hacen uno,
y en su ciudad se yergue la espiga coronada.




En la Inglaterra victoriana, Sir Alred Tennyson, que cruzó cartas con Renan, escribiría cientos de páginas de tema artúrico que hunden su raíz en el abonado suelo de Sir Thomas Malory, pero cuyas flores ya poseen otro aroma, más al gusto de la época, podadas sus ramas de una sensualidad inconveniente. Uno ha traducido una antología del Poeta Laureado, en la que incluyó la célebre composición feérica de “La Dama de Shalott”, más otra dedicada a Lanzarote y la reina Ginebra, amén de ese prólogo lúgubre a los Idilios del Rey que es “Morte d’Arthur”. Porque ya las páginas del libro habían adquirido cierta extensión, quedó fuera “Merlín y el destello”, tan etéreo, vago, espiritual.

sábado, 18 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (XI)



Este año de 2003 se conmemora el centenario de la muerte de Gauguin, y numerosos actos y exposiciones se celebran en toda la región de Cornuaille, lo que es decir en el sur del Finisterre. En Quimper, hemos visto la exposición “La aventura de Pont-Aven y Gauguin”, celebrada en su Museo de Bellas Artes, donde no sólo hay obras del primero, sino también de Bernard y Sérusier, y de otros artistas como Moret o Maufra. Gauguin pintó campesinas bretonas, granjas y naturalezas muertas en el curso de sus estancias en Pont-Aven entre 1886 y 1894, antes de marchar a Tahití y las islas Marquesas. En el Museo de Pont-Aven, el título de la exposición era muy expresivo: Kenavo Monsieur Gauguin (kenavo es la palabra bretona para “adiós”). Y otras muestras y actividades se celebran en Douarnenez, en La Forêt Fouesnant, en Le Pouldu, en Penmarc’h, en Audierne…

viernes, 17 de octubre de 2008

"Su visión en el bosque"



Uno de los poemas de Yeats que he traducido recientemente y que aparecerá en la edición de su Poesía completa, que ultimo para Pre-Textos. Es un monólogo dramático escrito bajo la máscara femenina de "Una mujer joven y vieja":




SU VISIÓN EN EL BOSQUE


Leña seca bajo el feraz follaje,
a medianoche -oscura como vino-
en el bosque sagrado, ya muy vieja
para el amor de un hombre, enfurecida
hombres imaginé. E imaginando
con un dolor mayor calmar el leve,
o por ver si la sangre en las marchitas
venas corría aún, herí mi cuerpo,
por cubrir con su vino todo aquello
que pudiese evocar un labio amante.

Después alcé los dedos sobre mí;
oscuras como vino, vi las uñas,
o esa oscuridad que descendía
de las puntas de dedos marchitados;
mas lo oscuro se hizo rojo, y refulgieron
antorchas, y una música estridente
las hojas agitó; una muchedumbre
cargaba la camilla de un herido
o las cuerdas pulsaba, recitando
cómo la bestia dio su fatal golpe.

Majestuosas mujeres se movían
al ritmo de ese canto, con cabellos
desordenados o frentes pesarosas,
la tropa de un pintor del Quattrocento...
una imagen descuidada de Mantegna.
¿Por qué creerán que siempre serán jóvenes?
Contagiada del duelo, finalmente
contemplé yo su pecho embadurnado
en sangre, y con las otras entoné
también mi maldición. Aquella cosa

ahora sangre y cieno, ese despojo,
volviéndose hacia mí fijó sus ojos
en estos míos, y aunque había vuelto
el sabor agridulce del amor,
esos cuerpos de un cuadro o una moneda,
ebrios de su canción como de vino,
ni vieron caer mi cuerpo ni lo oyeron
gritar, y no supieron que el infausto
no era símbolo o emblema: sólo era
víctima de mi amor y su verdugo.

jueves, 16 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (X)





Quimper posee dos catedrales. La primera, más conocida, es la de San Corentín.
La otra es la tienda de música Keltia, en la Place aux Beurre. La de San Corentín tiene dos torres de piedra color miel o, mejor aún, sidra, sidra que burbujea y se sube a la cabeza en las filigranas de sus agujas. Sobre la de Keltia uno imagina alzarse otras torres mínimas y sonoras, hitos que lo llaman tal varas de zahorí que atraen el ochenta por ciento de agua (céltica) que uno lleva en su cuerpo: los palos de biniús, gaitas, cornamusas. Otro templo, a un tiro de piedra de la catedral de San Corentín, es la librería Ar Bed Keltiek.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Écija y Lebrija

Se está uno semanas enteras sin salir de su casa y de repente le invitan a tres cosas el mismo día. La tercera, una actividad en la Biblioteca Infanta Elena de Sevilla, no podrá ser, porque ya me había comprometido a las otras dos: una por la mañana y otra por la tarde en dos localidades sevillanas que confundía de niño.
El viernes 24 de octubre a las 12 h. leeré una muestra de mi poesía en la Biblioteca Pública Municipal de Écija, en la Plaza de Santa María, 4. Me piden que dedique unos minutos a hablar de Juan Ramón Jiménez; nada más justo: de Juan Ramón era el poema que, a modo de imitación y juego, para emular lo que me parecía una simpleza, me metió el veneno de la poesía. Era "Canción de invierno", que comienza así: "Cantan. Cantan. / ¿Dónde cantan los pájaros que cantan?"
Por la tarde, el acto será en Lebrija, cuyo Ayuntamiento ha organizado una mesa redonda sobre Luis Cernuda, en la que participaremos bajo la moderación de Jacobo Cortines Luis Antonio de Villena, Luis Muñoz y el recién llegado de Écija. Supongo que además de algunas ideas sobre la personalidad de Cernuda comunicaré algunos descubrimientos que he hecho sobre su estancia inglesa, que lo relacionan con Pedro Garfias (que vivió en Écija...)
Espero no tener una regresión a la infancia y, víctima de "donde habite el olvido" y el Alzheimer, presentarme por la mañana en Lebrija y por la arde en Écija...


(Ya escrito esto, me dicen que el acto de Lebrija se pospone hasta noviembre. Iré pues por la tarde la Biblioteca Infanta Elena de Sevilla. ¡Qué jaleo!)

martes, 14 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (IX)




Llegamos mediada ya la tarde a Guingamp, procedentes de Dinan. No había mucho tráfico a esa hora y no fue difícil encontrar un lugar para aparcar, prácticamente en el centro de la villa. Sucede que en Bretaña (no sé si en otras partes de Francia) hay que tener especial cuidado cuando se estaciona el coche en los grandes aparcamientos al aire libre, pues muchas veces son estas áreas despejadas donde se celebran los mercados una o dos veces por semana, por lo que la víspera hay que retirar el automóvil motu proprio, antes de que lo haga la grúa para dejar sitio a los puestos de quesos o de miel, de maestros cerveceros o carniceros ambulantes.

Luego, cama y silencio en el castillo de Brélidy, cena en mitad de la campiña. Muros de piedra y techos de pizarra.

En Tréguier, al norte de Brélidy, visitamos la casa natal de Renan. Allí pasó el autor de la Vida de Jesús, muy popular en su día y hoy polvo (sacramento de la confirmación de lo que a todos nos espera), sus primeros años. El edificio, primorosamente restaurado, es una feliz mezcla de piedra y madera, con volteadas vigas en relieve y en aspas que buscan el cielo bajo el pronunciado tejado de pizarra. Como tantas construcciones similares de Bretaña, en su fachada se pueden apreciar líneas que se curvan por el peso, vencimientos que escoran el volumen hacia un lado, delicadas asimetrías de la madera, al fin y al cabo más cerca de un organismo vivo y caprichoso que la piedra, firme y menos cansada por los siglos.

lunes, 13 de octubre de 2008

Libros recuperados

Muchas veces uno se lamenta de que tal o cual libro ya haya dejado de estar disponible en las librerías y sólo sea accesible en bibliotecas o en los comercios de viejo o de segunda mano. Todos tenemos una lista, aunque sea mental, de esos agravios del mercado contra la sensibilidad o la inteligencia. ¿Qué libros descatalogados rescataríais vosotros? ¿Y por qué? Me gustaría conocer vuestras respuestas.

domingo, 12 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (VIII)


Por todas partes, en Bretaña, el imperio avasallador y gozosamente aceptado de las hortensias. En los jardines públicos y en los de las casas particulares, en macizos o en las manos delicadas de unas danzarinas rústicas, camino del baile. Hasta tienen para ellas un festival, en Perros-Guirec, en el norte. A su alrededor, los bagadoù y los círculos de bailarines, danza de las flores.

sábado, 11 de octubre de 2008

Las secuoyas



Compuse este poema a la vuelta de un reciente viaje a los Estados Unidos y el paso por el Parque Nacional de Yosemite y su cercano Mariposa Grove, donde se alzan las antiquísimas y magnas secuoyas. De Yosemite hablaré próximamente en el suplemento "El Viajero", de El País. Pero he aquí en verso la traslación de la experiencia:


LAS SECUOYAS

Bajas por el sendero que te deja
ante sus troncos gruesos, las columnas
del templo que sostiene un universo
en que el bosque era al tiempo altar y dioses.
En el fondo del valle, en otra era
árboles que habitan la memoria.
Éste brotó cuando Héctor
fue ocupando sus pies en los hexámetros;
aquél cuando en Judea un niño vino
para al cabo abrazarse a otros leños;
el más joven tiene la edad
del oro en las vidrieras góticas o el oro
acuñado en monedas que un día
jarcias compró para Colón y hombres.
Uno, derribado, es un grito
de raíces torcidas; otro, a horcajadas, un pórtico
que atraviesa un camino.
En el fondo del valle, en otra era,
todo aquí tiene otro compás y otra escala.

A la vuelta, regresas jadeando
como un animal que en minutos pasa
de pez a anfibio, y de éste a hombre,
y aún no le obedecen los pulmones.

viernes, 10 de octubre de 2008

Los hermanos Rosales



Muy recomendable este artículo de Eduardo Jordá en Diario de Sevilla.

Un soneto a Jesús Aguado

Jesús Aguado es uno de nuestros mejores poetas. Con prólogo y selección de Juan Bonilla, la editorial Renacimiento acaba de publicar Mendigo, una estupenda antología de sus versos. Hace ya bastantes años le dediqué a Jesús este soneto. Aquí va, con mi admiración y mi amistad:

SONETO A JESÚS AGUADO DESDE DOS VERSOS SUYOS

Esta noche pasada me sumergí en el lago
que hay cerca de mi cuerpo cuando duermo,

libré un pulso de ahogo con mi reflejo enfermo,
nadé junto a su cieno gris y vago.

Las sombras del fangal en que deshago
mis límites borrosos han cubierto mi yermo.
Me voy haciendo invisible, menguo y mermo.
Al fin desaparezco, como el truco de un mago.

Ignoro dónde estoy, o si estoy en parte alguna.
Ignoro si estoy vivo o ya no existo.
Si he dejado de ser esa oscura persona.

Nada veo ya a la luz de la luna.
Ah, nada veo ya de todo cuanto he visto.
El Reino de lo Negro me corona.

jueves, 9 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (VII)



Habíamos realizado varios intentos de reservar habitación en diferentes partes de Finisterre, siguiendo nuestra ruta en sentido contrario a las agujas del reloj, pero todo había sido en vano. Por ello, no hubo más remedio que hacer noche en Brest, ciudad de la que no tenía especiales referencias aparte de la novela de homosexualidad malvada de Louis Aragon (hecha película por Fassbinder) o de las noticias de su base naval y algunas opiniones no del todo favorables de Flaubert. Lo que no podía suponer es que la realidad superaría cualquier expectativa de mal agüero y que la ciudad se mostraría una de las más espantosas que uno haya podido conocer. Si a la novela de Dickens Casa desolada le añadimos dos eses, una al final de cada palabra, tal vez tengamos un pálido reflejo de lo que por acumulación es Brest: una sucesión de inmuebles modernos y avejentados, grises con vocación cenicienta.
No tengo queja del hotel de Brest. A lo que parece, es el mejor sitio en que uno puede alojarse en la ciudad. Lo que resultó verdaderamente curioso fue comprobar cómo la habitación daba a un gran patio destartalado cuyos flancos grises, desangelados, tristones, aventajaban en elegancia y alegría a las fachadas de tantísimos otros edificios que copan las calles. En todas partes del mundo, los patios son menos nobles que los frontispicios, acumulan más desgana, pero en Brest el patio de mi hotel no sólo ponía de mejor humor que las calles o avenidas; es como si se le hubiera dado la vuelta a un pañuelo (un pañuelo sucio, lleno de hollín de ferrocarril antiguo y averiado, de enlutado minero cuyo negro hubiera degenerado en deslustrado grullo).
Brest, puerto de la Armada, sufrió graves bombardeos durante la II Guerra Mundial. Como Colonia o Bristol, Coventry o Dresde, gran número de sus manzanas saltaron por los aires bajo las bombas que despachaban los aviones, y luego la reconstrucción fue una ardua y aplicada lección de feísmo.
Brest queda a pocos kilómetros de Plougastel Daoulas, con su calvario de finales del XVI. Es sabido que Alfonso Rodríguez Castelao, amén de político y escritor, fue excelente caricaturista y dibujante. Esa capacidad suya para el boceto, para el sketch, se muestra espléndido en uno de sus libros menos conocidos, preludio de otro del mismo tema sobre su amada Galicia. En As cruces de pedra na Bretaña, Castelao recoge ciento cincuenta y un dibujos de lo que él clasifica como “cruces primitivas”, “megalitos cristianizados”, “cruceros”, “cruceros-púlpitos” y “calvarios”. Son dibujos sencillos, esquemáticos a la par que complejos y fruto de una detenida observación, como cuando se entretiene a hacer un estudio comparativo de las estilizaciones de Cristo crucificado, con los diferentes tipos de alineamientos de las costillas y el resalte de unos u otros rasgos de su cuerpo.
Castelao, en sus viajes por Bretaña, pronto se dio cuenta del protagonismo que aquí tiene la muerte, como es meridiano en la figura del Ankou o el Anaon, y la multitud de leyendas que giran alrededor de estas figuras. Él, perseguidor de piedras, lo expresa así: “Hablando de Breteña resulta más acertado decir que la iglesia parroquial está dentro del cementerio que decir que el cementerio está alrededor de la iglesia. Tal es la importancia que allí tiene el camposanto”. Y más adelante, haciéndose eco de un escritor bretón, añade el argumento incontestable de que alejar los cementerios de los pueblos es como expulsar a los viejos lejos de la casa de sus hijos. Por cierto, que no aclaré arriba qué cosa sean el Ankou o el Anon. Es el primero un laborero de la muerte, alguien que la sirve recolectando muertos. Se le representa con una hoz, y montado en un carro del que tiran dos rocines, el primero enjuto, grueso el segundo. Por su parte, el Anaon es un cortejo parecido al de la santa compaña.
Uno ha leído un buen número de relatos sobre los difuntos que regresan a las que fueran sus casas y se codean, fantasmagóricamente, con sus descendientes. Uno de ellos lo refiere Anatole le Braz en su obra fundamental La Légende de la Mort en Basse Bretagne. En Plougaznou, había, en una pequeña y pobre granja, un hombre bueno y su esposa, los cuales, no teniendo medios para trillar el trigo a máquina, lo hacían a mano. Desde que se levantaba el sol hasta que se ponía, los dos laboraban concertadamente, el hombre manejando la vara y la mujer ajustando el paso al suyo.
Cuando tras la interminable jornada en el campo regresaban por fin a casa, apenas tenían ya tiempo para dar cuenta de unas pocas patatas y decir una breve oración antes de meterse en su miserable cama: un colchón de paja y unas bastas telas de cáñamo. Una noche, al marido se le antojó pedir a su mujer unos crêpes de trigo negro. Pero ella estaba tan cansada que le dijo: “Ni lo sueñes. Tengo los brazos hechos polvo, y además he trabajado tanto como tú, y puesto que tú eres más fuerte yo estoy más cansada. Y aunque tuviera fuerza para ello, no nos queda ni una pizca de harina, pues hace ya una semana que no pasas por el molino.” (continuará)

miércoles, 8 de octubre de 2008

Jon Juaristi reseña La boca pobre




El sábado pasado, Jon Juaristi publicaba en ABCD una amplia y entusiasta reseña de La boca pobre, la pequeña gran novela de Flann O'Brien. Por la parte que me toca como introductor y traductor de ese título en España, comparto aquí la buena noticia. Justo es reconocer a Diego Moreno, el audaz editor de Nórdica, su interés por el libro desde el primer momento. Arriba reproduzco la portada del original (nadie se extrañe del seudónimo Myles na gCopaleen: lo explica Juaristi en su texto).

martes, 7 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (VI)



Aven, en bretón, significa río, lo mismo que Avon, el de Shakespeare. Por el río de Pont-Aven, junto al molino, la memoria de Paul Gauguin entre confiterías donde se expenden, harina, huevos, mantequilla, todas las especialidades de las galletas bretonas, a veces en cajas de lata que reproducen cuadros del artista. Su colorido intenso, como el que postulaban Gauguin y sus amigos que por aquí habitaron, es émulo del de las pinturas que se exhiben en las varias decenas de galerías de arte que salpican las calles de la villa. Sin duda, la Polinesia es, o soñamos con que sea, un lugar edénico, El paraíso en la otra esquina que da título a la novela de Vargas Llosa sobre Gauguin y su abuela, Flora Tristán. Pero una tarde luminosa de agosto, cuando Francia es sepultada por la canícula, en este extremo occidental, en esta otra esquina atlántica donde llega fluvialmente el frescor de la marea a casas y cabañas junto al bosque de Amour, uno renuncia a utopías y entre copas de muscadet y media docena de ostras toma, en la ribera, posesión de un paraíso próximo, cercano, íntimo, en esta tierra que a la noche se trasforma y se torna paseo de ánimas, solar del Purgatorio.

lunes, 6 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (V)

El del Cabo Fréhel es uno de esos escenarios de Bretaña que difícilmente se olvidan. Desde su borde, uno se alza a, no sé, ¿sesenta? ¿setenta metros sobre el nivel del mar? Detrás un faro muy alto, y otro, su padre, más antiguo y de menor estatura; delante cormoranes, alcatraces y gaviotas. Y con ser hermoso el paisaje, enseguida se apoderan de uno deseos de viajar, de buscar lejanías, singladuras que lleven a otras tierras, a promesas que se ofrecen más allá del horizonte. Los bretones vinieron de Devon y Cornualles en los siglos V y VI, y les ha quedado un ansia de navegaciones, de probar suerte lejos. Así muchos se fueron a pescar al Cabo Bretón, en Canadá, y otros, antes, al comercio con las Indias Orientales, marinería de San Malo y Lorient mayormente, u Occidentales, tripulaciones de Nantes. Quien fuera alumno de la Escuela Naval de Brest, Pierre Loti, dejó testimonio de las penalidades de los que se aventuraban a la captura del bacalao en su impagable y exitoso en tiempos Pescador de Islandia. A la derecha del faro, a unos kilómetros, el Fuerte La Latte, que moja sus pies, como un tosco guerrero cubierto por aparatosa armadura, en las aguas. Hay castillos que están próximos al mar, pero éste del que hablo prácticamente surca las olas, como una proa de tierra en el Océano Atlántico. Su foso es el más profundo y ancho: llega hasta las Islas del Canal o hasta Inglaterra. Su torre del homenaje, casi un faro ciclópeo pero ciego y algo achaparrado para lo que se estila.
Imanes de la espuma, apacentadores de los grandes rebaños de olas, los faros de Bretaña son hitos memorables, codificados guiños que me trasladan a otras tierras célticas. Si viendo las pinturas de Gauguin –Tahití, las islas Marquesas– el pensamiento se va a Samoa y al que apodaron Tusitala, el narrador de historias, los faros recuerdan a la misma persona, Stevenson, que procedía de un linaje de ingenieros que sembraron de faros, lighthouses, el litoral de Escocia. Éste escribió: “dondequiera que huela agua salada, sé que no estoy lejos de las obras de mis antepasados”.

domingo, 5 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (IV)




Concarneau es un puerto pesquero de primer orden, el cuarto de la nación, y, en habitantes la villa alcanza a ser la tercera de la no muy poblada región de Finisterre. Habíamos ido a recalar allí para pasar un par de días de diversión y música en la celebración del Festival de las Redes Azules. La noche de nuestra llegada ya estuvimos recorriendo las calles de la Ville-close, la ciudadela amurallada rodeada por las aguas que bañan también los puertos (el de pesca y el de recreo). Es este recinto un tanto decepcionante, lo que podría denominarse una trampa para turistas, lejos de ser un lugar vivido y con verdadero encanto. Apenas una calle alberga la totalidad de tiendas y restaurantes que se apiñan unos junto a otros, sin apenas solución de continuidad. Algún comercio se salva por su contenido, como la pastelería “La Maison du Kouign Amann”, que está en la plaza de San Guenolé: allí se hacen y venden galletas hechas a mano según una receta tradicional, con ciruelas o manzana, más las célebres galettes fines y las palets.
Ya saliendo de la Ville-close, dejando atrás los racimos de turistas que deambulaban por su calle principal, nos acercamos a la puerta del recinto. Y ya antes de llegar oímos las notas de un arpa. No hay música más acuática, en la que reverberan ecos de Ys y las ciudades sumergidas. La magia de Bretaña: la noche, un arpa, el agua, todo lo que fuimos en la placenta, a oscuras, en sintonía por una vez con el universo.
Concarneau ha ido adaptándose a los tiempos, es decir, ha ido capeando temporales: en el siglo XIV permaneció treinta años en poder de los ingleses. Después fue una importante guarnición, ya francesa, y desde fines del siglo XIX centro de una importante industria conservera. Fue en 1905 cuando con la desaparición de los bancos de sardinas, las fábricas de conserva y los pescadores sufrieron un gran revés. De aquí que se instituyera el mencionado Festival de las Redes Azules, las Filets Bleus, para socorrer a los que se habían quedado sin medios para ganarse la vida. En años más recientes, los astilleros y los diques secos han venido a cobrar una gran importancia. Hoy, la pesca está diversificada: hay buques de altura y de pesca artesana, y casi tres decenas de buques congeladores, que salen al atún y que llegan a lugares tan remotos como Senegal, Costa de Marfil, Madagascar o las Seychelles.
El Festival de las Redes Azules tiene su momento culminante en el gran desfile que se celebra la mañana del domingo, en el que toman parten más de un millar de participantes, todos ellos luciendo trajes regionales, muy diversos y ricos y un tanto desparejos, pues es posible ver cómo un círculo o peña lleva prendas de principios del siglo pasado mientas que el siguiente viste galas que se remontan a dos o tres centurias antes. Ellas suelen lucir vestidos de un negro casi azul; ellos, casacas también de un azul oscuro, con botonaduras y alguna lista o cenefa en amarillo. No falta el inmaculado blanco, muchas veces en las cofias, como contraste y eco, con el negro, de la bandera de Bretaña, la Gwenn ha Du de listas junto a un campo de armiños. Pero ya digo que la variedad de telas y confección es mucha.
La bandera de Bretaña, de la Armórica, se parece mucho, claro, a la de los Estados Unidos de América. La enseña es de 1923, e imita a la de las barras y estrellas norteamericanas. Uno se pregunta si además de la lógica influencia de la república de ultramar no pesó en la elección el eco, el recuerdo del Ranger, barco de John Paul Jones que por primera vez hizo ondear la bandera estadounidense en Europa, aquí en la bahía de Quiberon.
Por la tarde hay espectáculos de baile, y competiciones de juegos tradicionales armoricanos, entre los que destaca la lucha bretona: sobre un montículo de tierra traída para la ocasión, dos mozalbetes o adultos se enzarzan en una rústica pelea en la que, como en la grecorromana y tantas otras de occidente, a diferencia de muchas orientales, no se intercambian golpes, sino presas, agarrones, lo que en nuestra infancia llamábamos, con veneración al ducho en ellas, mañas.

Ronnie at His Best



Ronnie Drew con Eleanor Shanley cantando, ahí es nada, "Boots of Spanish Leather", ahora que hace ya seis semanas que nos dejó. Qué suave era la lija de su voz.

sábado, 4 de octubre de 2008

Defensa de la traducción poética

Cardarelli




Con estas palabras presenté una excelente antología de Cardarelli, a cargo de Enrique Baltanás. No recuerdo bien si luego lo publiqué como reseña. Si no mi memoria, mi admiración por el libro del que trata permanece intacta.


Recordando el título de Shelley Defense of Poetry, todo amante de la literatura, y en particular de la poesía, debiera con gratitud y reconocimiento saludar, si alguna vez se publica, la aún inédita Defensa de la traducción poética.
Porque si todos podemos citar un puñado de traducciones lamentables y reñidas tanto con la belleza como con la fidelidad a los textos originales, lo cierto es que en el camino de todos nosotros se han cruzado por ventura traducciones no solamente dignas, sino muchas de ellas de una gran hermosura y singularidad. ¿Qué, si no, hizo Fray Luis con el Cantar de los cantares, o Cernuda con Hölderlin?
Eso es lo que ha hecho ahora Enrique Baltanás con Vincenzo Cardarelli: una traducción llena de belleza y aciertos expresivos que renuncia a enmendarle la plana al autor del que parte para, eludiendo la versión libre, alcanzar la excelencia. No trata Baltanás de usar a Cardarelli como punto de partida para un poema propio, y, sin embargo, paradójicamente, consigue en El tiempo tras nosotros unos poemas que se leen como si hubieran sido originalmente escritos en nuestra lengua. Es honesto en ello, y firma como traductor —magnífico traductor, nada más y nada menos—; pero si en estos tiempos de plagios e “intertextualidades” bastardas hubiera decidido omitir el nombre del italiano y figurar él como autor del poemario, muchos, a tenor de la factura impecable de sus versos, lo habríamos tomado por verdadero creador de estos poemas un punto melancólicos y románticos en los que reverbera el eco de Leopardi.
Es honesto, dije; no como esa señorita, de cuyo plagio de un libro de Antonio Colinas uno lamenta haber vendido ejemplares en la librería que dirige. ¡Pobre y saqueado Sepulcro en Tarquinia! Tarquinia, que junto con Venecia guarda ecos de la mejor poesía española de la segunda mitad del siglo XX. Tarquinia, en donde nació Cardarelli en 1887, cuando la pequeña ciudad aún se llamaba Corneto, y no Tarquinia. En lo lírico, que no en lo geográfico, Tarquinia queda no lejos de Venecia, de la que Cardarelli dio una de sus más hermosas estampas en “Otoño veneciano”, cuyos cuatro últimos versos acarreaba uno —y perdón por la autocita— a su libro Las ciudades del hombre con voluntad de escapar del lugar común y buscar los callejones menos transitados del mito Venecia. No me atrevía entonces a ofrecer una traducción que empañara el original, así que cité sin más el texto italiano. Hoy sin dudarlo le agregaría los endecasílabos, el heptasílabo y el alejandrino de Baltanás: “Sólo el naufragio del invierno cuadra / a esta ciudad, Venecia, que no vive, / que tampoco florece / sino como una nave enterrada en el mar”.
He mencionado un heptasílabo. Añadiré ahora dos: uno es el título de esta antología, El tiempo tras nosotros. El otro es el del anterior libro de poemas de Enrique Baltanás, El círculo del tiempo. Como si todo fuera una continua persecución, como una noria hecha de transcurso y finitud, de eterno retorno, Baltanás ha dado a la antología de Cardarelli de hoy un título que podría ser intercambiable con el de su propio poemario de ayer, tanto llegan a identificarse traductor y traducido, con sensibilidades no muy desparejas. Su alquimia nos hace evocar la de Boscán, y sobre todo la de Garcilaso, al aclimatar a nuestra lengua esa herramienta, el endecasílabo, que para el poeta no es inferior en importancia a la invención de la rueda o el hallazgo del fuego. Los suyos son, como los de Cardarelli, blancos, sin la impureza de la rima, y modélicamente acentuados. Confesaré que en muchos casos me parecen preferibles a los originales. Y ello sin postizos, afeites ni embellecimientos. Con fidelidad no sólo a Cardarelli, también a la prosodia.
Enrique Baltanás, que ha traducido también —tan bien— a Goethe, me permitirá que termine este breve y mal hilvanado comentario con una cita de Luis Borges procedente de su obra Literaturas germánicas medievales, y que tan alto deja a quien como él, con esfuerzo y generosidad, sin estridencias, quedamente, nos ha dado una traducción de las que hacen época. Oigamos a Borges: “Beda, muy enfermo, estaba traduciendo al anglosajón el Evangelio de San Juan. El amanuense le dijo: «Falta un capítulo». Beda le dictó la traducción; luego el amanuense dijo: «Falta una línea, pero estás muy cansado». Beda le dictó esta línea; el amanuense dijo: «Ahora ya está concluido». «Sí, está concluido», dijo Beda, y poco después había muerto. Es hermoso pensar que murió traduciendo; es decir, cumpliendo la menos vanidosa y la más abnegada de las tareas literarias”.
Por edad y energías, de Enrique Baltanás hemos de esperar aún muchas y espléndidas traducciones. Que el Dios de Beda el venerable le conceda larga vida para verter otros textos. Sin vanidad, con abnegación, hoy nos ha ofrecido un libro de alta lírica memorable.

viernes, 3 de octubre de 2008

Se reedita Nadan dos chicos

La editorial Pre-Textos ha reeditado la gran novela de Jamie O'Neill, que tuve la fortuna de traducir. Ahora, con un papel más fino, porque las casi 800 páginas hacían del volumen un mazacote que nada tiene que ver con la agilidad de su(s) estilo(s). Guelbenzu hizo una reseña muy elogiosa en Babelia. Esta otra es de Toni Montesisnos, en Caballo Verde, el suplemento de La Razón. En El Ciervo, la también entusiasta reseña la firmó Joan Guasp. Francesc Nadal también la recomendó en Lateral. Ricardo Menéndez Salmón declaró a La nueva España: "A mi mejor amigo le regalaría Nadan dos chicos (Pre-Textos), de Jamie O'Neill, porque es el libro más hermoso que he leído en 2006." Y Luis Antonio de Villena dejó constancia de la calidad de la novela en El Mundo: "Quizá lo mejor de una literatura que busca lo hondo y al tiempo la amenidad del relato puede hallarse junto en un estupendo novelón de casi 800 páginas altas que acaba de publicar Pre-Textos: Nadan dos chicos, de Jamie O'Neill (publicada en inglés en 2001), un autor irlandés, nacido en 1962, que es hoy la gran promesa literaria de su país." Por último, enlazo aquí con una entrevista que El Mundo hizo al autor, así como una segunda que publicó El País.

jueves, 2 de octubre de 2008

Más sobre Roger Casement

Recibo mi ejemplar del TLS (hoy no ominosamente arrugado), y abriéndolo hallo muy amplia reseña de una biografía del héroe del Levantamiento de Pascua de 1916, protagonista de la próxima novela de Mario Vargas Llosa. Firma la crítica Roy Foster, el gran biógrafo de Yeats. Y no puedo sino quedar perplejo, entre tanto disparo de la rebelión irlandesa y tráfico de rifles, al ver que el autor del libro sobre Casement se llama Séamas Ó Síocháin. Resulta que síocháin significa "paz" en irlandés.
Antes de que se publique la novela de Vargas Llosa, además de introducirse en la vida de su protagonista mediante esta recensión de Foster, el interesado quizá quiera leer/releer Los anillos de Saturno, donde lo saca W. G. Sebald (de quien se estrena exposición en Alemania), o Nadan dos chicos, la genial novela de Jamie O'Neill.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Ferlinghetti y la poesía



Nunca me ha interesado gran cosa la contracultura, aunque reconozco la importancia de la Generación Beat: por supuesto, estoy más cerca de los poetas que de los narradores. Y Lawrence Ferlinghetti, ya se sabe, el autor de A Coney Island of the Mind, es uno de los más destacados. En los años cincuenta del pasado siglo fue uno de los fundadores de la librería City Lights de San Francisco, aún hoy templo lírico con regusto hippy y editorial independiente.


En City Lights compré justo hace ahora un mes un ejemplar, en muy hermosa edición encuadernada en tela, de Poetry as Insurgent Art, de Ferlinghetti. Se trata de un libro de reflexiones sobre la poesía, compuesto de fogonazos y no sesudas teorías. Algunas citas:


"Poesía, el último faro en mares encrespados"
"Es la voz de la Cuarta Persona del Singular"


"Es un sofá lleno de cantantes ciegos que han apartado sus bastones"


"Sé un lobo en el redil del silencio"