domingo, 31 de agosto de 2008

Cuarentena (38)

38

Una pantera bebe de su mano. Su cuerpo —el de él— tiembla rítmicamente con el ronroneo de la bestia. Su cuerpo —el de ella— está sumido como en un pétreo letargo, se ha adentrado en los parajes donde la duermevela tiene su imperio, y el abandono, y el olvido, son plantas silvestres de inigualada lozanía.
El hombre y la pantera, y el líquido que los une: agua y piedra que hacen una fuente, noche y día que engendran el tiempo. La tarde se va poniendo, y el manantial borbotea. La sangre corre. Un hombre bebe de su zarpa.

sábado, 30 de agosto de 2008

En la laguna de Walden

Con Thoreau

Naturaleza:
el horror a lo oscuro
en uno mismo.

Dejo el camino.
El miedo a descubrirme
me sale al paso.

Cabaña y bosque.
La senda que se pierde
y no me encuentra.

Entre los árboles
no duran más las huellas
que en la laguna.

Setas mordidas.
Me acechan los fantasmas.
¿Envenenados?

La ardilla cruza
borrando con su cola
el verso. Callo.

viernes, 29 de agosto de 2008

Otras casas de Cernuda (II)



Éste es el hall en que Cernuda residió durante su estancia en Middlebury College (Vermont) el verano de 1948, cuando impartió clases de español en la escuela de idiomas frecuentada por Salinas o Guillén (precisamente, Cernuda fue en sustitución de Guillén, que acababa de ser operado de desprendimiento de retina). Aquí en Middlebury leyó el texto de Dámaso Alonso que le hizo escribir su sonada "Carta abierta", y también aquí sintió el aguijón que le llevó a componer, mezclando venenos, ese "diálogo ejemplar" en que ponía de vuelta y media a los críticos que seguían insistiendo en la influencia de Guillén en Perfil del aire.
Middlebury es muy hermoso, como el paisaje que lleva a él y lo rodea.

jueves, 28 de agosto de 2008

Cuarentena (37)

37

Estoy dormido. Sé que estoy dormido porque lo que veo y vivo no puede ser otra cosa que un sueño. Estoy dormido y me hace despertar un olor a quemado, un intenso olor que me abre los ojos al tiempo que sofoca mis pulmones.
Pavesas. Veo pavesas que vienen sobrehilando el campo en que estoy. Rasgos negros de una escritura indescifrable, símbolos de algo que quiero aprehender pero escapa.
Algunas pavesas caen sobre mi cuerpo desnudo: mis hombros, mi vello púbico, mi espalda. Me lloran los ojos. Un ángel desciende de los cielos, cuerpo blanco sobre negras pavesas. La asfixia me hace suyo, me hace perder la consciencia.
No sé por qué el ángel dice que es una muchacha violada.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Otras casas de Cernuda (I)



Además de en la casa natal de la calle Acetres, en Sevilla, o la del Aire, en la misma ciudad, Cernuda vivió bajo diferentes techos hasta morir una mañana temprano en casa de Concha Méndez, en la ciudad de México. De mi reciente viaje norteamericano me he traído algunas fotos (hechas con mejor mano que la mía por Teresa Merino) que dan testimonio de sucesivas etapas de su exilio.

Peterson Lodge, el pabellón universitario de Mount Holyoke College, en Massachusetts, donde vivió de septiembre de 1947 a 1952, ya no existe. Venga en su lugar Skinner Hall, donde el poeta tenía su despacho.

martes, 26 de agosto de 2008

Cuarentena (36)

36

Tras muchos esfuerzos, el joven comienza a dominar esa lengua extranjera. Se expresa en ella para conversar con los viejos volúmenes de la olvidada biblioteca, su soplo levanta el polvo acumulado en décadas, su voz repite lo ya dicho por otras voces en otro tiempo.
Tarde tras tarde, después de la puesta de sol, tan esplendorosa desde esa parte del edificio, el joven va deshaciendo el velo que se interponía entre él y la lengua, cada vez menos bárbara a sus oídos, a las cuerdas que pulsa su garganta. Va tejiendo el tapiz en que se dibuja el mundo. Nombradas aves anidan en las ramas de árboles con nombre.
Morosa, amorosamente, el hombre pasa páginas y años. Lee y habla lo que nadie oye, lo que ya nadie escribe. La lengua muerta es ahora resucitada, tiene de nuevo vida, por más que sea efímera y el hombre pronuncie ya para sí la palabra viejo. En una fría sala, como ahora su carne, el anciano expira. Con él la lengua, que regresa al olvido.

lunes, 25 de agosto de 2008

Hibernia ibérica


En el festival de Cannes se ha presentado fuera de concurso —y a salvo de jurados y perjuros, me atrevería a afirmar— una singular película del director catalán José Luis Guerín. Innisfree, que así se llama esta rareza, es un homenaje al mago John Ford, y según quienes ya han tenido ocasión de verla, un homenaje más que regular: una inteligente obra que ha buscado —y hallado— su propia tradición. Lo que no es poco.
Innisfree, la islita irlandesa de ese nombre, hace tiempo que dejó de ser simplemente un lugar hermoso del condado de Sligo para convertirse en un lugar literario. Famoso es el poema de Yeats “The Lake Isle of Innisfree”, y conocida por los lectores de Pound la alusión de éste, en Lustra, al poema del irlandés. Otro eslabón de la cadena —aunque de un metal más ligero— es el divertido episodio que aparece en la novela de David Lodge Small World, recientemente traducida al español con el título de El mundo es un pañuelo.
Sí, el mundo es un pañuelo. Precisamente para el día 15 de mayo tiene anunciada su publicación la novela The South, del irlandés Colm Toíbín. La obra trata de las vivencias de una mujer en la Barcelona de los años cincuenta, y en opinión de John Banville, director literario del The Irish Times, se trata de una brillante y reveladora narración. Barcelona, Innisfree. Un catalán filmando Irlanda y un irlandés escribiendo Cataluña. Feliz coincidencia. Pero de ningún modo casualidad. Los lazos, a veces invisibles, entre Irlanda y España son poderosos desde el más remoto pasado.
Ya en la Alta edad Media, los historiadores —¿o hemos de llamarlos fabuladores?— irlandeses sostenían el origen español de la raza que tras sucesivas invasiones conquistó y pobló la isla. No es necesario por tanto acudir a los náufragos de la Armada Invencible, a su asentamiento en Irlanda, para establecer ciertos vínculos de sangre entre ambos pueblos (hace poco pudimos leer que la cantante Enya desciende por lado paterno de uno de aquellos marinos).
Otro marino, Bran, San Brandan, o San Barandán —como mejor se le conoce por estos pagos— fue el protagonista de una extraordinaria navegación de la Edad Media, real, fantástica, que aún ejerce no desdeñable influencia. Dada su insularidad, Irlanda siempre ha dependido del mar en sus relaciones de todo tipo con el exterior, y la Península Ibérica ha sido punto de referencia obligado. Como señalé antes, desde que existe una identidad nacional irlandesa —aun conviviendo ésta con rivalidades locales— la Isla Esmeralda se ha sentido ligada a España. Tras las etapas prehistóricas y altomedievales, en siglos recientes muchos irlandeses católicos hallaron refugio en nuestro país. Irlandesas fueron las esposas de dos de nuestros más destacados románticos, y también de origen irlandés muchos de los jefes militares de nuestro agitado siglo XIX.
En el campo de la literatura, Irlanda siempre ha brillado de manera especial, ya sea en inglés, ya sea en gaélico irlandés, la lengua vernácula. Y aunque en época contemporánea Joyce, Wilde, Shaw, Yeats, Beckett, no tengan parangón en la literatura escrita en irlandés, no es menos cierto que ésta, en sus períodos más antiguos, es de una deslumbrante riqueza. El año pasado fue en lo que respecta al eco de la literatura gaélica en España una fecha importante, y esperemos que auspiciadora de futuras realizaciones. Terminando 1989 se publicaron en edición de Juan Renales y Pilar Ortiz tres relatos en irlandés antiguo sobre el héroe Cú Chulainn, y también una traducción —mía en este caso— de la novela de Flann O’Brien An Béal Bocht (La boca pobre). Son éstas las primeras versiones directas a nuestra lengua de textos escritos en irlandés, y seguro que no son las últimas.
Por lo que se refiere a La boca pobre, la deliciosa novelita de Flann O’Brien (1911-1966), he de decir que, por enojosas que sean las comparaciones, es a un tipo de narraciones irlandesas de principios de siglo lo que Don Quijote a las novelas de caballerías. Sin duda, la obra sobre el hidalgo manchego es más compleja, rica y de mayor calado que la que versa sobre el pobrecito irlandés, pero no dejan de existir importantes paralelismos. Mucho hay de cervantino en esta parodia de obras que, como Séadna, del padre P. O’Leary, ofrecían una imagen estereotipada del pueblo gaélico.
Se dice que el celta gusta de la paradoja. Una, y no pequeña, es que a O’Leary se deba la meritoria traducción de Don Quijote al irlandés.



Publicado hace bastantes años en algún suplemento o revista. No tengo ahora el dato a mano.

domingo, 24 de agosto de 2008

Cuarentena (35)

35

No hay duda de que el camino ha sido largo. Y desde luego, las piernas no se acostumbran al hecho de que han completado la etapa y de que la silueta de la isla, el follaje de la isla, imponen un límite, una meta anhelada.
Es grande el cansancio; mayor, la dicha. Empinada la cuesta que desciende, y escarpada la roca que por la breve costa sube hasta los árboles. Algún ave me canta y otra le responde en su mismo idioma. Hay un barquero que no habla nuestra lengua.
¿Cómo es posible que la felicidad de la llegada no nos estalle en el pecho? ¿Que la voz, no entendida, se escuche?
El barquero se ofrece a pasarnos. Por señas. Por señas regateamos y por señas alcanzamos un acuerdo que traicionaremos al no dar sus monedas al hombre a quien maldecimos como a un demonio que nos condujo, sin retorno, a nuestro paraíso.

viernes, 22 de agosto de 2008

Ron, ron, ron, la botella de ron



Todos aceptamos que el edificio de la literatura, su frágil fábrica hecha sólo de palabras, hunde sus cimientos, como la mata de frijoles del cuento penetraba con sus ramas en el cielo, en la niñez, ese dudable paraíso que como el otro quizá nunca haya existido. Algunos hay que empiezan a escribir de viejos, pero quien no haya empezado a leer en su infancia, probablemente ya no lo hará nunca. Robert Louis Stevenson escribió muchas páginas para niños, en verso y prosa. En su invención que más recordamos (porque el caso del doctor Jekyll no necesitamos recordarlo: lo tenemos siempre presente bajo la piel), un ladino John Silver pone todo su afán en lograr un mapa en el que se puede leer dónde se halla un tesoro escondido. Tal vez todos los letraheridos seamos como ese cojo de Stevenson, bookaneros a la busca de un mapa o libro en el que, letras sobre el papel, vamos descifrando el camino hacia el tesoro. Y cada vez que abrimos un libro que merece la pena, estamos levantando los sellos que velaban esa pieza de cartografía maravillosa, o lo que es más: la mismísima tapa del cofre, bajo la que rutila el más precioso oro. En esto también, la literatura es alquimia. Pero siempre lo que nos da es un tesoro para compartir.

martes, 19 de agosto de 2008

On the Road

No es facil conciliar el viaje con la puntualidad en colgar entradas en el blog, pues cuando no estoy conduciendo el coche por carreteras idilicas o por autopistas con medianas de la anchura de un campo de futbol estoy dando largas caminatas. Por eso apenas tengo ocasion de desquiciarme con los teclados de por aqui, que a la vista esta que no tienen tilde. Pido disculpas por no haber contestado a los comentarios que algunos habeis realizado durante los ultimos dias. Este es para mi el momento de viajar, de coger un dia tras otro carretera y manta. El portattil lo deje en casa, no todos los alejamientos disponen de internet para los huespedes, y, a que negarlo, acabo muy cansado la jornada.

Hoy regresado algo antes al hotel, aqui en Santa Monica, frente al Pacifico. Manana volamos a San Francisco, desde donde espero colgar alguna otra entrada, una vez visitada la libreria City Lights que fundara Ferlinghetti. He escrito algunos poemas aqui. Pero preferire compartirlos cuando pueda escribirlos sin involuntarias faltas de ortografia.

domingo, 17 de agosto de 2008

Cuarentena (34)

34

Vuelve a su casa el pescador, con el exiguo fruto de tantas horas de esfuerzo a la espalda, por el camino viejo que ya nadie usa, a la sombra de los robles. A mitad de camino recuerda que ha prometido a un amigo que esa noche devorará la luna. De un solo bocado, afirmó. Bicorne, ella lo mira en silencio.
Uno de los peces cae a la vereda es un golpe seco de cadáver no humano. El pescador no muere hasta andada otra legua, cuando su amigo, aprovechando la noche más oscura, las recientes tinieblas, le asesta un gran golpe en la nuca. Le da de oídas.
¿Adónde fue la luna? El amigo la escupe sobre un charco. Recupera su voz el mochuelo, y un lobo que pasa, ululando, se lleva el salmón caído sobre el polvo.

jueves, 14 de agosto de 2008

Cuarentena (33)

33

Taciturno, tras una mesa cubierta de pedrería, un hombre joven, pálido, enfermizo. Nada rompe su silencio, ni siquiera una muchacha que se le acerca y clava alfileres en su cuello.
La madre de él entra en la sala. Acerca un yelmo de oro a la enjoyada mesa, trae un escoplo y un mazo, y toma de la mano a la muchacha. Desde la ventana se ve a un ahorcado que cuelga.
A una orden de la mujer, la chica se arrodilla y echa el cuerpo para adelante, se apoya sobre las palmas de indilucidables líneas y alza las caderas. El joven no puede evitar que una lágrima escinda su mejilla, línea brillante como oscura la de la carne oferente.
Golpes sobre la mesa. Se arrancan ágatas y gemas. Un diamante más que mediano muestra todas sus facetas. A la lágrima primera suceden otras, y pronto el llanto crece. Tiene una misión el llanto: ayuda a abrir el ano. Ópalos y esmeraldas por el recto.

martes, 12 de agosto de 2008

Nantucket




De Martha's Vineyard a Nuntecket. Llamadme Ismael. Los nombres indios reverberan como las ondas del mapa. Yates de recreo donde había balleneros. No es Moby Dick, pero dentro de un par de meses la editorial Metropolisiana publicará mi nueva traducción de Bartlebey el escribiente, con ilustraciones de Manolo Cuervo. Pero iba a hablar de Melville, no de Poe...

lunes, 11 de agosto de 2008

Cuarentena (32)

32

Entré en la habitación de al lado. Una muchacha vino a recibirme tocada con un extraño sombrero. Bajo él, el cuerpo desnudo irradiaba blancura, carne que en la penumbra ha ido forjando un mito. Lo que dije, ella lo repitió sonriendo. Después me puso un dedo en los labios, dejó caer el sombrero y ambos nos tendimos sobre el mármol.
El calor sofocante del día, fuera, pronto dio paso al sudor amante. Mordí su nuca y su espalda y, cuando ya bajaba a lo hondo, su voz dijo mi nombre en otra lengua. El león que no nos quitaba ojo era de fuego, y una araña en el techo tejía nuestra soledad.

domingo, 10 de agosto de 2008

En Vermont



Hemos dejado Mount Holyoke, donde Cernuda pasó varios de los peores años de su vida, sólo aliviados por sus visitas a México y la que realizó a Cuba, y de Massachusetts hemos pasado a este casi canadiense Vermont, donde en otro de sus colleges, Middlebury, el poeta participó en la Spanish School el verano de 1948. Allí se reencontró muchos años después de dejar de verse con Pedro Salinas. Allí leyó juicios de Dámaso Alonso y Ángel del Río que le harían escribir, quería decir escupir, su "Carta abierta a Dámaso Alonso" y su "El amigo, el crítico, el poeta. Diálogo ejemplar".


Voy cazando datos como un coleccionista mariposas. Pero no todos son libros y archivos. Esta Norteamérica rural es muy bella. En las afueras de Middlebury, paseamos por el lago Dunmore, y visitamos la Bread Loaf Mountain de Robert Frost. Esta tarde partimos para Boston. En la foto, la Inn on the Green, nuestro alojamiento en Middlebury.

sábado, 9 de agosto de 2008

De Cornell a Mount Holyoke





Ahí el lago Cayuga, y toda esta orografía con nombres indios. Recorremos la ciudad y sus alrededores, esquivando deliberadamente las puertas de acceso a las bibliotecas, porque entrar en ellas sería ya no salir.

viernes, 8 de agosto de 2008

Cuarentena (31)

31

Hay una muralla que adopta diferentes nombres. Para el hijo mayor, se llama Espacio. Paz es como dice el pequeño. Entre ellos dos, una muchedumbre de hermanos vivos y no sidos entona, cada uno, una voz del diccionario.
Una mañana, cuando el sol da sobre la muralla, que parece de oro, un extranjero llega y se despoja de sus ropas: doce cicatrices le atraviesan el pecho, y una herida abierta sangra en su costado. Todas las muchachas viene a lavarlo con polen y saliva. El extranjero cae y pronuncia un nombre: cada una escucha el suyo propio y se arranca el pelo entre lágrimas. Los hijos, los hermanos, hablan todos a un tiempo. Un escriba toma nota de todo, y unos años después —esta tarde— me entrega el manuscrito.

Regreso a Ítaca



Salimos a las siete de la mañana de Sevilla, y montados en la máquina del tiempo de H. G. Wells (cuya autobiografía, que publicará Berenice, uf, por fin he acabado de traducir,) hemos llegado cinco minutos antes –sí, a las siete menos cinco- a Lisboa. Qué mundo, en Lisboa, o más bien en Estoril, vive desde hace unos años mi hermano Fernando, que da clase en el Instituto Español donde profesara Eugenio Montes, pero ahora, cuando vuelvo a Portugal al cabo de muchos años, él está en el Brasil. Go West, parece que ha sido la llamada que ha oído también mi hermano, pero él a varios miles de kilómetros al sur de nuestro destino.


El avión nos lleva siguiendo la trayectoria del sol a Filadelfia, y luego, trasbordando, a Ithaca, o Ítaca, en cuyo aeropuerto hemos aterrizado a las seis de la tarde. En Ithaca, al norte del estado de Nueva York, donde vive el escritor bloguero y boliviano Edmundo Paz Soldán, en la Universidad de Cornell, y donde fue profesor Nabokov, realizó Teresa sus estudios de postgrado, embarcada para mi envidia en un curso monográfico sobre Beowulf con el profesor Kaske (me he traído ejemplares del TLS que apenas había hojeado estas semanas y veo un anuncio de la cuarta edición del poema, debida a Klaeber; la nuestra es la segunda, y mucha de su roña es de mis dedos). Qué extraño regresar a este lugar, y que lo hagamos juntos: ella y yo, en Ítaca, adonde fui llegando durante meses con mis cartas. Me apropio del poema de Cavafis:


Cuando emprendas tu viaje a Itaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado,

si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Poseidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.


Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias a aprender,

a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Itacas.



C. P. Cavafis. Antología poética. Alianza Editorial, Madrid 1999. Edición y traducción, Pedro Bádenas de la Peña

miércoles, 6 de agosto de 2008

Cuarentena (30)

30

Mientras tu mano va recorriendo mi muslo, y ya la ingle tiembla presintiendo su contacto, un león y un arpa vienen a mi mente: escucho un coro de doncellas.
Se adentra en mi bosque; explora el territorio que sólo a ti te pertenece: tu mano toma posesión de lo que es tuyo. Una puerta de una ciudad derruida, un león y una lámpara llenan mi pensamiento.
Busca la encrucijada, halla el centro justo de mi mundo, la piedra en que se funda mi placer. Pero yo estoy ausente de tu mano: veo tonos azules tras los cerrados ojos, salas vacías en primavera, y un alto león que rampa por mi cuerpo.

martes, 5 de agosto de 2008

Un poema de Robert Graves




De mi edición bilingüe de Poemas (editorial Pre-Textos), un texto escrito durante la Primera Guerra Mundial:

LA MAÑANA ANTERIOR A LA BATALLA

La lucha hoy, mi fin está muy cerca,
y firme es la sentencia de mis horas:
lo supe ayer, andando al mediodía
por un jardín desierto y con mil flores.

Cantando, prendí rosas en mi pecho
y, asiendo unas cerezas, ya la Muerte
sopló sobre el jardín desde el nordeste
y heló toda belleza con su aliento.

Miré ante mí y, horror, vi mi fantasma,
con furia golpeada la cabeza:
la fruta de mi boca en sangre espesa

se había transformado, y ya la rosa
marchita olía, hasta que en raudas lágrimas
pareció que los muertos florecían.




Junto a las brasas (1916)

lunes, 4 de agosto de 2008

Ficción Sur




Ficción Sur
VV. AA.
Editorial Traspiés, 220 págs., 16 €

Desde Hipólito G. Navarro, nacido en Huelva, hasta Miguel Ángel Muñoz, nacido en Almería; desde Pilar Mañas que vino al mundo en 1952 hasta Cristina García Morales, que lo hizo en 1985, Ficción Sur es un repaso ambicioso y meditado a la nómina de cuentistas andaluces de las últimas décadas. Prologado y seleccionado por el escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel -que dirige el programa Literatura en Breve de Radio Nacional de España, así como la sección de relato de El Ojo Crítico, y es profesor en la escuela de escritura creativa Fuentetaja de Madrid-, este libro ofrece una panorámica que muestra el resurgimiento del cuento en las últimas décadas del siglo XX, pero también las perspectivas que se ofrecen para este principio de siglo XXI, en una región donde tiene particular cultivo. Felipe Benítez Reyes, Andrés Neuman, Fernando Iwasaki o Andrés Pérez Domínguez son algunos otros de los representados, veintitrés en total.

domingo, 3 de agosto de 2008

Cuarentena (29)

29

Subieron juntos a la torre de la catedral. A la cima él quiso besarla, pero ella se apartó, y aunque no había nadie más en aquel momento y lugar, dijo que no le gustaban esas efusiones en público. Él no comprendió, y se sintió herido en su virilidad: ¿por qué ahora no, y sí otras veces? ¿Por qué ahora no, que estaban solos?
El pelo corto y rubio de ella tenía la luz agónica de la tarde, y no difería mucho del de la piedra que los alzaba sobre una ciudad tornasolada y soñolienta. Ella cogió la mano de él, y la llevó a la fría superficie del alféizar, contra el muro en que se abría la escalera, sobre las gastadas losas centenarias. Le dijo nombres caídos durante siglos en el silencio del mundo, palabras olvidadas bajo ruidos y gritos, soledades cavadas en su pecho.
Sonó una campanada en otra torre, y una sombra pasó torpemente revoloteando al lado de ellos. Él comprendió muchas cosas. Su amada desapareció, como el día, escaleras abajo.

sábado, 2 de agosto de 2008

Viajeros americanos


Trastocados los números romanos (XXI en vez de XIX), y a punto de hacer yo ahora el viaje inverso, reproduzco esta otra reseña que escribí no hace muchas semanas para la revista El libro andaluz:


Viajeros americanos en la Andalucía del XIX,
Antonio Garrido Domínguez,
La Serranía, 752 págs., 20 €

Casi sesenta relatos, en su mayoría inéditos, monta la abigarrada diligencia de este libro que traquetea por tierras andaluzas. Se asoman a él, vistos con ojos estadounidenses, fiestas laicas y religiosas, tradiciones, sediciones, amoríos o asaltos de bandidos en los que, sin proponérselo o a posta, se vieron envueltos los autores de estas apasionantes narraciones: diplomáticos, científicos, religiosos, escritores, artistas, visionarios, periodistas, militares, aventureros y hasta algún ex-presidente. No faltan las mujeres, que en cifra de hasta once también aportan su personal visión de aquella Andalucía romántica y favorecida por el buen tiempo. Y destaca, en lo literario, la figura de Longfellow, el autor de La canción de Hiawatha que, cosa poco conocida, publicó en 1833 la traducción de las “Coplas a la muerte de su padre”, de Jorge Manrique. El libro se enriquece con un centenar de grabados de la época.

viernes, 1 de agosto de 2008

Cuarentena (28)

28

Vamos cabalgando por un vasto prado. Frente a nosotros, las colinas donde naciste; a la derecha, el río por el que bajé a estas tierras. Es media tarde, y la luz todavía se niega a ser devorada por la noche, se abraza a la hierba y a las flores, aún busca un reflejo en una roca.
Llegamos al lugar donde por primera vez te besé, desmontamos y dejamos sueltas nuestras yeguas. Cogidos de la mano, damos unos pasos y pronunciamos, como misteriosos arcanos, nuestros nombres. Desde una arboleda nos llega el bramido de un ciervo cuando ya rodeo tu cintura. Otro bramido le responde mientras enmudecen nuestras lenguas, chocando entre sí. Es blando el pasto, como tú, horizontal. Está húmedo y frío —dices—, pero nos damos calor en un momento en que ya las nubes no proyectan su sombra.
Es noche cerrada cuando regresamos. No hace falta espolear, pues las monturas ansían el calor del establo y el heno cortado esa misma mañana. El capataz se hace cargo de ellas. Ha incendiado, como ordené, la casa.