jueves, 31 de enero de 2008

Babel en España


"Un libro muy bien escrito que se lee con placer"

Antonio Garrido, Sur, 18-1-2008


Hace unas semanas hablé en la distancia con Brita Haycraft, la viuda del autor de este divertido y revelador testimonio de la Andalucía de los años cincuenta del pasado siglo. Sucede que Brita es además coprotagonista del volumen, y como traductor me resultó extraño tener al otro lado del hilo telefónico a un personaje del libro, por más que real que fuera.
Parece mentira que España fuera así hace medio siglo, pero en el haber de JohnHaycraft, el autor, está haber salvado esta imagen antropológica y novelesca, llena de poderosos secundarios y descripciones vivísimas. Muy recomendable este título y toda la colección "Noche española" de Almuzara, tan bien ideada, y llevada a cabo, por David González Romero, su director.

miércoles, 30 de enero de 2008

Lejos


Con un frío glacial, digno de la Escocia a cuya aristocracia pertenecieron varios de sus retratados, voy a Madrid, al Museo Thyssen, a la exposición que se detiene en los paralelismos entre los pintores Sargent y Sorolla. Qué galanura la de Lady Agnew de Lochnaw, pelo negro, piel blanca sobre gasa violeta, cuya efigie nos deslumbró ya hace veinte años en la National Gallery of Scotland, frente a la Princes Street de Edimburgo. Y qué revelador del carácter de Robert Louis Stevenson, que vivía a un tiro de piedra, otro lienzo de Sargent en que aquél andurrea, rumiando páginas, y se dispone a abandonar la habitación, el cuadro, donde permanece apoltronada su esposa. Parece que el escritor ya tiene un pie en las arenas de los Mares del Sur, y la brisa presentida de Samoa ya le orea la roja cabellera, que se nos antoja palma sobre el esbelto cocotero de su feble cuerpo. A Henry James, de quien también hizo célebre retrato, Sargent dijo que Stevenson era “la criatura más intensa que haya conocido nunca”. Además del expuesto en Madrid, Sargent pintó otros retratos del autor de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Sargent anteponía a su apellido John Singer (casi el John Silver de La isla del tesoro), y aunque norteamericano fue nacido en Florencia. Sorolla, que a su vez pintó a Blasco Ibáñez, a Pérez de Ayala, a Echegaray, es un pintor valioso, quién lo niega, pero a mí dadme las brumas del Norte. Uno busca siempre otras latitudes. Como los padres de Sargent y él mismo, como Stevenson, buscaron el sol mediterráneo o el del Pacífico.


(Publicado en Mercurio, 2007)

Himnos de Mercia


A esta máquina del tiempo hoy acude un poemario en el que hallo monedas y restos antiguos, metales que entre sí se enganchan como cotas de mallas del tesoro de Sutton Hoo.

Geoffrey Hill lo publicó en 1971 en una prosa poética que rinde vasallaje a un rey anglosajón del s. VIII, Offa, y es fiel al mundo de la segunda mitad del siglo XX, entremezclando ambos. Dos décadas después de hacerlo por vez primera, retomo el mismo florilegio de iniciación al inglés antiguo que usara Hill y me sumerjo en aquellos primeros pasos torpes, como de quien viste armadura, en el alba de Inglaterra.

Entre páginas del rey Alfredo y pasajes de la Crónica Anglosajona, junto a versos de “El navegante” o adivinanzas, reencuentro las glosas de las que Hill toma el título de su obra y, caprichosamente, algunos motivos. Es el suyo un libro por el que campan los anacronismos, y en el que junto a una retahíla de batallas aparecen vendedores de automóviles. Qué embarazoso es confesar que uno sabe más de la de Catraeth, por ejemplo, que de algún modelo de coche que se cita. Pero hablaré de lo que conozco: Seamus Heaney empleó también una figura altomedieval, el loco Sweeney, en una versión y luego en poemas propios; y Ted Hughes hizo una operación similar a la de Hill cuando en Restos de Elmet enfrentó los orígenes de otro reino anglosajón con la sociedad postindustrial.

Publicado ahora en la editorial DVD, Jordi Doce y Julián Jiménez Heffernan han sido buenos scopas, bardos, en la presentación y traslación de este libro difícil, un panegírico que es también sátira. A Borges le hubiera interesado.


(Publicado en Mercurio, 86, 2007)

Sólo palabras



En los últimos meses han sucedido algunas cosas importantes. Sin ir más lejos, la exposición que dedicada a W. B. Yeats se inauguró en mayo en la Biblioteca Nacional de Irlanda.

¿No es hermoso que la biblioteca de la que se ha sido usuario le homenajee a uno? Esto ya había ocurrido en el mismo lugar con Joyce, quien recientemente, con motivo del centenario del Bloomsday, fue protagonista de una de las mejores exposiciones literarias que recuerdan los siglos. Hubo ahí además una doble justicia, pues uno de los capítulos de Ulises se desarrolla en esa misma biblioteca.

Yeats fue un poeta ineludible y mágico que frecuentó igual el discurso sobre las responsabilidades del creador que el numen visionario que persigue a éste, y que a él, desde los días de la Golden Dawn hasta la postrera convivencia con su mediúmnica esposa, no le dio tregua.

Al poeta, epítome del amor no correspondido, le hubiera satisfecho más adentrarse por otras visiones: las del cuerpo de su amada Maud Gonne, que nunca llegó a desvestirse para él. Pero esa frustración da alas a muchos de sus mejores poemas. Hay uno de 1913 en que, dirigiéndose a sus antepasados, se queja de que esa pasión estéril le haya impedido formar una familia, ya a los cuarenta y nueve años de su edad. Y ante la laboriosidad y el valor heroico de sus antecesores no puede oponer, añadir, más que un magro tesoro que ha ido amasando con los años: sólo palabras.

Tanto nos dejó. Y gracias a ellas recordamos su linaje de clérigos y mercaderes, por él hoy rescatados de la nada.


(Publicado en Mercurio, 83, 2006)

EL MUSEO DE LAS LÁGRIMAS


Canongate, en la acera de la izquierda conforme se baja de la Royal Mile hasta el palacio de Holyrood. Bajo unos soportales, el museo de las lágrimas.

Hay muchas librerías de segunda mano por esos mundos de Dios; pocas de tanto encanto como esta de Edimburgo, donde todos los volúmenes a la venta lo son de literatura infantil. Estantería tras estantería, el adulto puede recordar aquellos libros que maltrató descuidadamente en su infancia, los mismos que hoy, emocionadamente, quiere acariciar, sabiendo que el llanto que amenaza con anegar sus mejillas brota por los años irrecuperables. Se entra allí por curiosidad, y adonde en realidad se entra es en las cámaras más remotas de la memoria y el corazón. Los libros con los que aprendimos nuestras primeras letras, sus textos y sobre todo sus dibujos, de repente libres del polvo de décadas y de las telarañas de la edad. Los cuentos con los que conocimos el hedonismo de la lectura. Los clásicos con los atravesamos el desierto de la pubertad y la primera adolescencia.

No importan los idiomas. Noddy es Hilitos, y su gorro azul es idéntico en Andalucía o en Escocia. Babar, el elefante de libros gigantescos como él mismo. Potter, Beatrix Potter, una antepasada de Harry en las preferencias de los niños, despliega toda su idílica fauna antropomórfica vestida a la moda victoriana. La rebosante magia de los cuentos de hadas. Las aventuras de los Cinco o los Siete Secretos.

La clientela de esta librería la componen personas mayores que desean recobrar la magia de lo que ya no volverá; niños hay pocos, éstos prefieren, hasta en una sociedad tan conservadora como la británica, otros personajes, libros más vistosos, las nuevas generaciones de héroes infantiles. La mujer que regenta el local no tiene caja registradora y sólo usa bolsas de papel marrón, probablemente el resto de una resma que sobró de la última guerra. Con cuidada caligrafía, los precios vienen expresados en libras, pero no se extrañaría uno de verlos reflejados también en chelines, la moneda circulante por tantos de los relatos que pueblan los anaqueles.

H. G. Wells ideó una máquina para viajar por el tiempo. Su libro, con dibujos a plumilla, está presente aquí entre tantos otros que, apelando a la sola maquinaria de los sentimientos y la memoria, devuelven la inocencia preterida. Si entre las páginas de un libro fuimos felices, qué alegría teñida de congoja no nos viene de nuevo al retomarlo.

Un lugar que ya no existe


UN LUGAR QUE YA NO EXISTE


Siempre, desde que comenzó a salir al extranjero, ha cultivado uno esa forma suprema de turismo cultural, y aún más, hedonista, que es la de visitar librerías. No las de libro viejo o de segunda mano en bocacalles estrechas, que también a veces, sino las librerías de primera, a mano en las grandes avenidas y centros de las ciudades, en las que conviven los últimos lanzamientos y los títulos de fondo. Los Waterstones o antes los Dillons en el Reino Unido, la gran Hodges Figgis de Dublín, los Barnes and Noble o Borders de Nueva York. Lugares de los que uno se enamora y entre cuyos senos y rincones, sobre la piel de su moqueta, querría perderse en tardes de lluvia inacabable.

A la ciudad de los rascacielos (este epíteto parece hoy más que nunca una fórmula homérica, la fosilización de un sintagma que alude a una realidad que, en parte, dejó de existir) llegué con anotaciones tomadas de los diarios o libros de viaje de José Luis García Martín o Martín López-Vega, o de esa rememoranza de su estancia neoyorquina a la que José María Conget tituló Cincuenta y tres y octava, coyuntura donde quedaba su domicilio (rebajando un grado, pues todavía hay clases, la semana que yo pasé en Nueva York me alojé en un hotel que se alza entre la calle cincuenta y dos y la séptima avenida). En esas páginas, las menciones a varias sucursales de Barnes and Noble o a la pequeña Librería Francesa del Rockefeller Center. No recuerdo ahora si también a una de mis predilectas: la librería de la cadena Borders en los bajos del World Trade Center.

Quizá no era una de esas librerías que cierran a las tantas de la noche, oasis en el desierto de la soledad urbana, pero sí, probablemente, la que más temprano abría sus puertas por la mañana. Uno no conoce muchas tiendas que abran a las siete, cuando aún es de noche, y este Borders, al lado de La Bolsa y al pie de tantas oficinas y bancos, permitía la compra de un volumen antes de entrar en el trabajo, tomar una taza de café y un rosco mientras se hojeaba un periódico de cualquier parte del mundo adquirido en el mismo establecimiento, o el primer flirteo del día con la secretaria de una compañía de la competencia cuyo despacho quedaba setenta y dos plantas arriba.

Muchos estantes estaban consagrados a la literatura afroamericana o a la de gays y lesbianas, géneros de gran éxito en un país en el que toda minoría tiene su hueco y, sobre todo, su mercado. Y no era escasa la oferta de títulos en español, no pocos de los cuales editados directamente en los Estados Unidos. García Márquez e Isabel Allende, además de muchos otros para mí desconocidos, tenían allí sus obras a disposición de la gran cantidad de hispanos que, a lo que parece, está haciendo de nuestra lengua la segunda más empleada en Nueva York. No recuerdo muchos ejemplares de poesía (ni siquiera me viene a la memoria que estuviese Poeta en Nueva York, del que Francisco Correal entresacó en un artículo unos escalofriantes versos que, leídos hoy, parecen oscuramente proféticos, y mucho más certeros sin duda que cualquiera de las cuartetas de Nostradamus).

No creo que tampoco hubiese libro alguno de Pedro Salinas, lo cual no es sorprendente en Norteamérica. Pero sí pasma, deja atónito y con escalofríos la relectura de su poema “Cero”, que, escrito tras el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, es perfectamente aplicable a la hecatombe sufrida por los ocupantes de los edificios en los que se asentaba Borders, y mucho más actual y gráfico que los versos de García Lorca. La tarde del once de septiembre de dos mil uno, todos asistimos estupefactos a algo que interrumpía de súbito la vida de tres millares y medio de personas. El poema de Salinas es como una instantánea terrible de esa tragedia caída del cielo. Lo encabezan dos citas, de Francisco de Quevedo la una, la otra de Antonio Machado. Dice la primera:


Y esa Nada, ha causado muchos llantos,

Y Nada fue instrumento de la Muerte,

Y Nada vino a ser muerte de tantos.

Y la segunda:

Ya maduró un nuevo cero

Que tendrá su devoción.


Y después, Salinas dibuja su visión de la hecatombe, con palabras que entonces eran testimonio y son hoy profecía. No sé si alguien las habrá traducido al inglés, pero aquí están en nuestra lengua, como un escalpelo inquieto en la conciencia:


El cero cae sobre ellas.

Ya no las veo, a las muchas,

las bellísimas, deshechas,

en esa desgarradora

unidad que las confunde,

en la nada, en la escombrera;

por el escombro busco yo a mis muertos;

más me duele su ser tan invisibles.

Nadie los ve, lo que se ve son formas

truncas; prodigios eran, singulares,

que retornan, vencidos, a su piedra.


No en vano se llamó a la zona de la catástrofe Zona Cero. El poema de Pedro Salinas es, al revés de lo que esperamos de esos mensajes interestelares que nos han de dar fe de la vida que hubo en otros planetas en un ayer remoto, un mensaje enviado hace tiempo que nos habla de hoy; y no de vida extraterrestre, sino de la muerte en la Tierra.


(Publicado en Turia, 65, 2003)

"Jóvenas"

Dos simpáticas que firman como “jóvenas” piden en no sé qué manifiesto que nos quitemos el yugo del latín, lengua muerta que al parecer hace machista nuestra expresión. Todo se aclara cuando se ve que las tales puellae son hermanas y se recuerda a otros fraternales humoristas como los hermanos Calatrava o, mismamente, a los Marx. Espero que, dedicadas al espectáculo, estas payasas se hayan hecho trabajadoras autónomas y hayan cobrado, y disfruten, cada una de ellas la subvención de 6.000 euros que se le niega a un varón cuando inicia esa actividad (u otra más seria).

Ojo a una nueva editorial


Ya ha comenzado su cuenta atrás la andadura de Metropolisiana, una nueva editorial dedicada a la literatura y al ensayo. Los títulos que me cuentan que saldrán son más que apetitosos. De momento, aquí va el hermoso logotipo, procedente de su página web en construcción.

Sobre Hay-on-Wye


Se acaba de celebrar en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias el tercer Hay Festival, todo un acontecimiento literario que ha dado el salto desde su localidad matriz en Gales a América y, aquí en España, a Segovia y muy pronto a Granada. Copio aquí unos párrafos dedicados a Hay-on-Wye, procedentes de mi Viaje sentimental por Inglaterra (sí, y por Gales también), publicado hace unos meses en Almuzara:


A dieciséis millas de Brecon está Hay-on-Wye, pueblo fronterizo y ribereño, y la posibilidad de un quimérico paraíso de un irreal sosias de Andrés Trapiello, un tipo cuya inteligencia, como la del de carne y hueso en la española, estuviera embutida en el traje de la lengua inglesa, rico paño por cierto; o también podría ser Hay-on-Wye la pesadilla comercial, por competencia, de un Abelardo Linares metido al negocio de libros antiguos en la lengua de Byron y Eliot. Famoso en el mundo anglosajón, este poblado de librerías —más que de lance, de Lancelot y Sir Kay, Gawain y Arthur, las mil y una noches de Burton, y el arábigo oriente con aroma a té de T. E. Lawrence y sus siete pilares de la sabiduría (sólo una ínfima parte de los que sostienen esta enciclopédica, que no ciclópea, pequeña villa de Hay)— guarda muchos libros curiosos y raros. A Richard Booth, un americano, pertenecía la mayor colección de libros de segunda mano del mundo y, excentricidad suya, se le ocurrió venir a venderlos al pie de las Montañas Negras, entre ovejas y carneros analfabetos. Booth empezó a vender libros al peso en 1961, en la antigua sede de los bomberos. En 1977, habiendo tomado ya posesión del castillo (además de varias iglesias de diferentes credos, y graneros, y el cine) declaró la independencia de Hay y él mismo se coronó rey, concediendo los honores de Primer Ministro a su caballo. Luego, otros libreros se instalaron en casas colindantes, abriendo negocios que son cajón de sastre o especializándose en libros para niños o temas de espiritualidad, apicultura o relatos detectivescos, libros de boxeo o consagrados a la época victoriana. De todos los billones de letras que en Hay-on-Wye aguardan a ser leídas, nuestros ojos sólo vieron las de la señal de la carretera en nuestra subida al norte. Quede para otra ocasión, con más tiempo, el curioseo de sus altos fondos.





martes, 29 de enero de 2008

Las runas circulares





LAS RUNAS CIRCULARES

(CIRLOT Y BORGES, CON UN HOMENAJE A POE)


Siempre me ha atraído el poderoso campo magnético de ese triángulo aliterativo, Baltimore, Buenos Aires, Barcelona, que da las coordenadas de un irrepetible trío de ases (aesir) de la poesía moderna: Edgar Allan Poe, Jorge Luis Borges, Juan Eduardo Cirlot. Aún si intercambiáramos los nombres de Boston y Baltimore, lugares respectivamente del nacimiento y muerte del poeta norteamericano, la tríada aliterativa se mantendría intacta, guardando con su triple b los vértices de este triángulo que unen las dos ciudades más “europeas” del Nuevo Mundo y la que lo es más en España: la vieja Ciudad Condal, patria de trovadores y donde por vez primera se imprimió El Quijote.

Tanto Borges como Cirlot escribieron homenajes a figuras de la literatura a las que por un motivo u otro ellos mismos se sentían próximos, y casi sin excepción bajo la forma del soneto, que ambos tanto cultivaron. Borges lo hizo sobre todo en páginas de El otro, el mismo (1964), ya dentro del molde del soneto isabelino inglés —sin división estrófica, rimando independientemente los cuartetos y fluyendo toda la composición hacia el remate o epifonema del dístico final—, ya desde la ortodoxia del modelo castellano: “Snorri Sturluson (1179-1241)”, “Emanuel Swedenborg”, “Emerson”, “Rafael Cansinos-Asséns”... También tocó la misma cuerda en libros posteriores como Elogio de la sombra, El oro de los tigres o La moneda de hierro, con composiciones dedicadas a Heráclito, James Joyce, Ricardo Güiraldes, Keats, Melville, Spinoza o Blake. Por lo que respecta a Cirlot, en dos ocasiones agrupó un número de homenajes: la primera, en una plaquette de Dau al Set de 1951, temprana reveladora de sus intereses estéticos y míticos (“A Raimundo Lulio”, “A Max Ernst”, “A Osiris”, “A Jakob Böhme”, “A René Magrite”, “A Mitra”, “A Gaudí”); la segunda, en 1972, con homenajes a Orfeo, Dante Gabriel Rossetti, Alexander Scriabin, Nerval, Schoenberg, Torcuato Tasso y Richard Wagner. Si Borges dedicó sus homenajes no sólo a literatos, sino también a filósofos, Cirlot aunó creadores literarios y de otras artes (que en algún caso coinciden en la misma persona: ahí está Rossetti, pintor y poeta; o Wagner, poeta y músico), además de figuras cercanas a la alquimia o pertenecientes a la religión o la mitología.

Deliberadamente he omitido de las dos series de homenajes —de Borges, de Cirlot— el otro, el mismo, el único personaje que a ambas las visita: Edgar Allan Poe. De uno y otro soneto se desprende la manera de estar en el mundo de nuestros dos poetas: para Borges, el autor de “El cuervo” tuvo el “destino de inventor de pesadillas” y, sugiere, “quizá, del otro lado de la muerte, / siga erigiendo solitario y fuerte / espléndidas y atroces maravillas”. Sin embargo, para Cirlot no importa la inventiva literaria de Poe, ni su capacidad de crear narraciones arquetípicas que nos deparen un placer estético. Sin la brillantez verbal y metafórica de Borges, Cirlot repara en lo tormentoso que late en el alma del hombre Poe, y, sintetizando lo que había tenido ocasión de exponer en un artículo publicado en La Vanguardia, se dirige a él de tú a tú y abriendo su primer cuarteto con escalpelo diseccionador: “La muerte fue tu voz, tu inteligencia, / tu modo de asumirte en la pasión, / tu modo de sentir y la oración / con que cruzaste valles de demencia”. Para uno es ejemplo de escritura, para el otro de autodestrucción consciente expresada en esa misma escritura.

Hijo de unos actores ambulantes, Edgar Allan Poe, que quiso entrar en el Ejército, fue expulsado de West Point. Por su parte, Borges y Cirlot, que cultivaron la literatura y de ella hicieron el motor de su existencia, vivieron obsesionados por sus antepasados militares y la admiración por las espadas, hasta el punto de que el argentino llevó al poema numerosas veces las batallas de su patria, y elevó cantos a ese arma cuyo significado simbólico tradicional ya habían manifestado René Guénon y Julius Evola, y del que se hizo eco Cirlot en su Diccionario de Símbolos. Precisamente, Cirlot fue coleccionista de espadas, y en la iconografía del poeta destacan unos retratos en los que ellas, con sables y floretes, se convierten en sus sombras tutelares. Así, “Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges (1833-1874)”, del argentino, tiene su correspondencia en “A mis antepasados militares”, un poema publicado en 1968, donde el poeta catalán afirma: “Os prefiero / entre todas las sombras / que precedieron, vívidas, mi antorcha.” Luego, en otros versos, muy borgeanamente, dice “mis espadas de bruma os substituyen”, o bien “las batallas os dieron una luz / que no tengo”. En La moneda de hierro, inmediatamente tras el poema “A mi padre”, en “La suerte de la espada” Borges habla de una espada perteneciente a un familiar, y ante ella concluye: “Acaso no soy menos ignorante”. Compárese con el “A mi padre” de Cirlot recogido en Poemas familiares: “¿Me sirve arrepentirme de haber sido? / Sabes que tengo espadas, pero están / tan muertas como yo.” El poema de Cirlot acaba así:

De niño tal vez sintiera envidia

ante tus condecoraciones,

tu uniforme

y tu espadín viviente.

Luego tú les temías a mis libros,

mientras eran mi clave y mi victoria

todavía entre las sordas

palabras de los textos.

De las espadas y los antepasados, a un mundo en que ambas ideas se concilian en un pasado remoto de la Alta Edad Media: Borges y Cirlot fueron los dos, a su modo, pioneros de los estudios anglosajones entre nosotros a ambos lados del Atlántico. Cuando el argentino comenzó a finales de la década del cincuenta el estudio del inglés antiguo (véase su poema de El hacedor “Al iniciar el estudio de la gramática anglosajona”), la literatura británica anterior a Chaucer era una rareza y reducto de las facultades de Filosofía y Letras, en las que sólo con suerte había un departamento de inglés y, si el azar era benigno, algún profesor que sabía abrirse paso entre las declinaciones y tiempos de esa pretérita lengua barbárica; pero de ninguna forma era literatura que pudiera codearse con los cantares de gesta franceses o la poesía del amor cortés, con las que nos querían convencer que habían nacido las letras vernáculas europeas. Tras el escrutinio de ése que él llamó “lenguaje del alba”, Borges escribió una obra de divulgación modélica en su género, Literaturas germánicas medievales (versión corregida de su Antiguas literaturas germánicas, publicada en 1951 y escrita en colaboración con Delia Ingenieros) donde tradujo pasajes de esas obras que alumbró la pagana y cristiana Inglaterra desde los siglos VI al XI, y también de otras literaturas parientes como la antigua alemana o la escandinava. A partir de 1960, en todos sus libros de poesía aparecen alusiones a temas sajones o islandeses, citándose los nombres de los reinos de Mercia o Northumbria, los nombres de monarcas o caudillos, y recónditos episodios de esas literaturas como alusiones a la batalla de Finnsburh o a la de Brunanburh (que Tennyson, en quien Borges vio esencialmente una música, tradujo vigorosamente en versos que guardan el eco de las aliterativas líneas originales. Bracelet-bestower / and Baron of Barons”, “Struck for their hoards and their hearths and their homes”, “Traitor and trickster / and spurner of treaties”). Qué hermoso su escolio “Composición escrita en un ejemplar de la Gesta de Beowulf”, que me permito citar entero:

A veces me pregunto qué razones

me mueven a estudiar sin esperanza

de precisión, mientras mi noche avanza,

la lengua de los ásperos sajones.

Gastada por los años la memoria

deja caer la en vano repetida

palabra y es así como mi vida

teje y desteje su cansada historia.

Será (me digo entonces) que de un modo

secreto y suficiente el alma sabe

que es inmortal y que su vasto y grave

círculo abarca todo y puede todo.

Más allá de este afán y de este verso

me aguarda inagotable el universo.

Cirlot también se interesó por la antigua versificación nórdica y del extremo occidente europeo, viendo sobre los textos originales en galés, irlandés y las lenguas germánicas —idiomas que, él confesó, no entendía, pero sí sabía oír—, elementos como la rima no sólo externa, sino también interna, y sobre todo la aliteración, que habrían de servirle de modelos para su opus magna: el ciclo Bronwyn. Que yo sepa, al menos una vez cita Cirlot a Borges, y es en la entrada sobre “espada desnuda” en su Diccionario de símbolos, donde recoge una observación de éste incluida en la primera edición de su obra sobre Beowulf y el Cantar de los Nibelungos, la poesía escáldica y las elegías anglosajonas.

Sería interesante comprobar si, antes de Borges en la América hispana y Cirlot en España, algún poeta empleó la palabra runa en nuestra lengua: esto es algo que dejamos a los lexicógrafos y a esforzados investigadores de futilidades. Borges incluye por vez primera la palabra “runa” en “Un sajón (449 A. D.)”, que forma parte de El otro, el mismo (1964). A partir de ese momento, las runas irán compareciendo en diferentes poemas de ese y futuros libros. Por su parte, Cirlot siembra de runas y esvásticas su poesía última, empezando por el texto que sirve de pórtico a su primer libro de Bronwyn (1967), en el que escribe “Dentro del corazón está la muerte / como una runa blanca de ceniza”. Luego, lo hace, por ejemplo, en Los restos negros, entrega en la que habla de Hallstatt y que guarda estrofas como ésta. “Cuando el navío viking se alejó / yo estaba junto al mar, encadenado, / y mis ojos de anciano contemplaban / el cisne blanquecino de las olas” (nótese que Cirlot emplea la forma preconizada por Borges, viking, en lugar de vikingo). En Un poema del siglo VIII (como el título anterior, publicado en 1970): “Olas entrelazadas, alas, / azules espirales, cruces. / Las ruinas de las runas en silencio.” Ahí aliterando en una paronomasia que llega hasta casi la identidad de los vocablos, aparece una segunda vez junto a la palabra ruinas, y dos veces más en los 44 Sonetos de amor (1971). Vuelve a grabarse en dos poemas aparecidos en 1972 (“Virgen sola” y “Helma”), y numerosas veces hasta el final de los días del poeta.

Son numerosas las coincidencias entre nuestros dos autores, así la similitud entre Un poema del siglo VIII de Cirlot (de 1970, aunque en realidad se trata de la segunda versión de un poema escrito en 1963-64) y composiciones borgeanas como “Un poeta del siglo XIII” (1964). También los dos escribieron algún poema en inglés, esa lengua que en ambos casos hablaron una rama de sus antepasados y en cuyo estrato primitivo de inglés antiguo o anglosajón hallaron expresión las ideas, mitos y ficciones de una de las familias de la gran literatura germánica. En Cirlot como en Borges, la fascinación por la germanística (unida en el primero a un celtismo afín y coincidente tanto en los temas como en las formas) es relativamente tardía, pero llegará a hacerse consustancial a la intensísima labor poética de ambos autores en las rectas finales de sus respectivas vidas.

Ello es algo muy singular que merece ser destacado. Con la excepción del estereotipado mundo grecolatino, no ha sido frecuente en nuestra literatura el homenaje —que a veces es viva presencia avasalladora— a ámbitos espaciotemporales alejados de la realidad cotidiana. En la poesía reciente, han sido excepciones Víctor Botas (con su fijación por una idea corrosiva de Roma, o a través del mundo antiguo, presente en todos sus libros), Luis Alberto de Cuenca (con su temprano “In the days of King Arthur”, e incontables composiciones en las que se apiñan alusiones a los Mabinogion o La Vulgata, Egil Skallagrímsson o Jaufré Rudel, con otras a actrices de Hollywood o a personajes de comic) o Julio Martínez Mesanza (con sus mesnadas de endecasílabos blancos procedentes de Asiria o las Cruzadas).

Pero no es sólo el mundo de las tradiciones hiperbóreas el que compartirán los poetas de los que nos estamos ocupando. Cartago, que siempre había estado presente en la obra de Cirlot desde Canto de la vida muerta (1946) —“Cartago se parece a mi tristeza”— , y que aflora en los Poemas de Cartago de 1969, y en los textos que forman parte del recientemente publicado y reconstruido Libro de Cartago, cobrará una inusitada presencia en la obra del último Borges, hasta el punto de que la ciudad púnica aparece hasta un total de siete veces en los dos últimos libros suyos: La cifra (1981) y Los conjurados (1985).

Cirlot y Borges frecuentaron los mismos territorios, pero no son de ningún modo poetas de la misma estirpe. Uno, sin en absoluto carecer de inteligencia, antes al contrario, tiene una sensibilidad exacerbada y espinosa, y si se acerca al Medievo, al culto a las armas antiguas, al amor redivivo por una doncella (Bronwyn) que nunca existió, lo hace siempre con un pie en el vacío, con vértigo, con el terror que le producen sus propias obsesiones y visiones y sueños. El otro, aunque aluda reiteradamente a lo onírico, a las paradojas de las creencias religiosas y a esos hermosos artefactos verbales que son la épica germánica y la arqueología lingüística y literaria islandesa, aunque se vea atraído por la Cábala y la tradición hermética (como Cirlot, que las estudió a fondo), siempre lo hace de una forma especulativa (a diferencia suya), y nunca con él se cruza su propio Golem desatado ni paladea lo terrible. Borges fue dueño de una poderosa imaginación que aplicó a ese doble portento de su narrativa y su poesía, pero Cirlot, por el contrario, no necesitó imaginar nunca nada, ni narrar nada que no fueran sus sueños, pues era víctima de un mundo interior donde éstos campaban incontroladamente por sus respetos y las visiones se desataban sin ser invocadas, como sucedió cuando tras asistir a la proyección de El señor de la guerra el poeta sufrió el arrebato del que nacería su más inmortal obra dedicada a Bronwyn, en la que cristalizaron figuras anteriores como la doncella de las cicatrices, Anahit, Lilith, etc. En su poesía, Borges paseó por civilizaciones y filosofías, creencias religiosas y paradojas de la matemática o la lógica con una voz llena de curiosidad y conocimiento, dejando sólo para sus narraciones lo más inquietante y desazonador, que alienta en piezas como “Deustches Requiem” o esa paráfrasis que escribiera sobre un pasaje del evangelio de San Marcos. Pero Cirlot, cuando se asoma a Cartago o a Roma, visita la corte de Hamlet, príncipe de Dinamarca, o muere por una virgen del Brabante del siglo XI, transmite un desgarro interior muy distinto al de la serenidad de Borges, más cerebral siempre. Como Blake, con quien tiene tanto en común, no es Cirlot un escritor del corazón y los sentimientos, lo que lo situaría en un ámbito romántico; lo es del alma, o mejor aún, del ánima que sabe que existe pero no es. Algo que vibra con una angustia terrible, por ejemplo, en su libro Las oraciones oscuras:

Si soy para no ser y tengo para no tener; si perdí y fui mutilado; si he de ser aún quemado en la hoguera del Tiempo e ir abandonando todo; y si nada es mío, y creí que lo era; y aún lo creo, en falso, por error...

Si nada en mi persistencia ha de sobrevivirme; y si trabajo para la muerte y la sombra; y mis propios testimonios son ceniza y tristes trozos de mi muerte-en-vida; y si mi padecer y mi conciencia son lo mismo y como restos...

El poema “Things that Might have Been” de Borges conecta con una de las más personales ideas del mundo cirlotiano: lo no sido. Efectivamente, en la médula del pensamiento o agonía del autor de Donde nada lo nunca ni se hunde como una espada inquieta el cúmulo de potencialidades no realizadas, que ya estaba latente en ese libro de delicadísima hermosura de su primera época, no suficientemente valorado, que es Donde las lilas crecen.

Por su parte, “Momento”, que es para muchos pocos entre los que me hallo —we few, we happy few, we band of brothers— el compendio de la poética de Cirlot, y que tan buena fortuna ha tenido recientemente al ser doblemente incluido entre los mejores cien poemas de nuestra lengua, según criterio de Luis Alberto de Cuenca, y en una antología de la poesía amorosa debida a Luis María Anson (curiosa inclusión, al tratarse de un poema no de amor, aunque sí turbador como el que más de ese género), recoge una tendencia tan cara a Borges como es la de la enumeración caótica —o supuestamente caótica— en versículos que pasan de los libros de arte de la Edad del Hierro o sobre los Plantagenet o de Raimundo Lulio a las íntimas creencias sobre la reencarnación, la música de sus compositores favoritos o la memoria del autor y de sus campañas con Lúculo, Pompeyo o Sila. En el ya mencionado poema “Al iniciar el estudio de la gramática anglosajona” el argentino dice “a las ásperas y laboriosas palabras / que, con una boca hecha polvo, / usé en los días de Nortumbria y Mercia, / antes de Ser Haslam o Borges.” Ante tan elocuente parecido sobran los comentarios. Textos como “Insomnio” o “Mateo, XXV, 30”, “Elegía”, u “Otro poema de los dones”, “Un lector”, “El centinela”, acercan a Borges al Cirlot de “Momento” con sus catálogos de referentes de mitologías personales.

La visión del mundo de la antigua Germania era cíclica. En la Völsunga saga, impresionante narración mitológica inspirada en algunos de los cantos de la Edda Mayor, y en la que está en germen El anillo del nibelungo de Richard Wagner, asistimos a un relato de Odín, el señor de las runas, que abre y clausura la historia. En ella y en el canto de la Edda conocido como Sigrdrífumál (“Los dichos de Sigrdrfa”) se puede leer un número de estrofas relativas al saber mágico de las runas y el papel relevante que esta escritura tenía entre los antiguos escandinavos. Poe, que en “País de los sueños” habló de la última Thule, esa tierra de la que Odín era el dios máximo y sobre la que imperaba con sus cuervos (que no atendían al nombre de “Nevermore”, sino de Hugin y Munin), también usó la palabra runa, o más bien runic, “rúnico”, en ese prodigio verbal de intraducibles ecos que es su poema “The Bells” (“Las campanas”), milagro que sin duda hubieron de leer dos atentos seguidores de su obra como fueron Borges y Cirlot.

Curiosa compañía la que hemos convocado: un dios tuerto y un escalda invidente; otro poeta visionario, y un tercero que murió ciego —borracho— en Baltimore. Boston, Buenos Aires, Barcelona aliterando... Igual que un torques o brazalete con esas inscripciones antiguas, las runas, se cierra el círculo.

(Publicado en Clarín, 27, 2000)

lunes, 28 de enero de 2008

TRAICIÓN A EZRA



TRAICIÓN A EZRA

Lo siento, Ezra Pound. Mis canciones

naufragan en el mar de los acentos,

y al fin he sucumbido a lo que tú llamabas

el metrónomo en The ABC of Reading.

Con sílabas contadas, que es gran torpeza.


A los endecasílabos blancos los tizna

la impericia en otras músicas y la infidelidad a la tuya,

por más que ahora intente otras medidas.

¿Para qué tanto leer tu prosa crítica

si los versos claudican y no arriesgan?

El bardo inagotable



Siempre se nos muestra inagotable. A pesar de los dislates de majaderos que han pretendido “mejorar” sus obras con lerdos montajes, Shakespeare se nos aparece hoy incontaminado como el primer día. Y con mayor grandeza si cabe, pues que la historia, las catástrofes, las enseñanzas de la edad, la perspectiva que no querríamos tener y nos estraga la vista y el corazón, van añadiendo matices que enriquecen sus obras, haciéndolas más universales y vigentes. Lo tenemos más que comprobado: cuanto peor interpretan los actores, es decir, cuanto más ramplonamente actúan, más prurito de interpretar en el otro sentido, el de adaptar, se apodera de los directores de escena. Los ejecutores de estos estropicios son como los fools de Shakespeare, tanto más necios cuanto creen que el bufón es el no respetable público.

Sobre Shakespeare, además de los disparates perpetrados en los escenarios, también se han escrito muchas sandeces, bastantes de las cuales, en las pasadas décadas, han procedido de esa llamada “escuela del resentimiento” puesta en evidencia por Harold Bloom. Afortunadamente, Sobre Shakespeare, de José María Álvarez, es un libro que parte del amor y el conocimiento y de una prolongada frecuentación de los textos y sus representaciones, y nada tiene que ver con esa otra propensión enfermiza y lacerante. Así nos trasmite su fervor contagioso. También por suerte se centra en la inconmensurable obra y no se pierde por el laberinto un tanto estéril del debate sobre quién fue Shakespeare, las teorías y tonterías sobre su identidad (que si Francis Bacon, que si Edward de Vere, Conde de Oxford...). Sin embargo, a la hora de hablar de los Sonetos deja al Conde de Pembroke con un palmo de narices y no duda ni por un momento de que su misterioso destinatario sea el de Southampton. Álvarez arriesga a veces, pero sus juicios (y otros de grandes escritores que convoca en estas páginas) son ponderados y siempre nos interesan, porque aúnan conocimiento e intuición. Hay algunos errores y gazapos, o llamémoslos atrevimientos, que espantarían a un catedrático de Filología pero que en un libro sugerente como éste vienen a ser cual lunares en la piel de una mujer hermosa. También Cernuda los cometió en su traducción de Troilo y Crésida, no superada por otras posteriores, más exactamente inanes y ajustadamente sosas y fielmente insípidas.

No es novedad el interés de Álvarez, poeta culto y culturalista incluido en la antología Nueve novísimos, por el bardo. Hay alusiones, citas, homenajes, en su poesía reunida, Museo de cera, una de cuyas secciones, Signifying Nothing, toma su título de esos versos de Macbeth (acto V, escena 5) de los que también se apropiaría Faulkner cuando escribió The Sound and the Fury (he aquí el nihilismo extremo de Shakespeare: la vida es “un relato contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”). Además, la editorial Pre-Textos publicó en 1999 su traducción de los Sonetos, ejercicio un tanto extravagante a veces y libérrima versión que mezcla versos blancos de hasta veinticinco sílabas con otros que se quedan en heptasílabos rasos.

Es comprensible esta pasión, y nada insólita, aunque rara vez la habíamos hallado tan bien articulada. La devoción que demuestra en este libro altamente recomendable la comparte con otros muchos autores españoles. Otro novísimo de la antología de Castellet, Molina-Foix, ha puesto en español al bardo: Hamlet y El Mercader de Venecia (Venezia, como gusta de decir suntuosamente Álvarez). Manuel de Lope escribió la novela Shakespeare al amanecer. Muy pocos saben que Juan Ramón Jiménez tradujo los primeros treinta y cinco sonetos del inglés entre 1914 y 1915, versiones que dejaron su impronta en sus propios Sonetos espirituales, compuestos por las mismas fechas. Cernuda se refugió en Shakespeare en su exilio, y además de la de Troilo y Crésida emprendió en sus últimos años la traducción de Romeo y Julieta. Gil-Albert escribió su Valentín, un romance entre dos actores en época de Shakespeare que es un homenaje explícito a éste. Carlos Pujol y García Calvo también han vertido los sonetos, Jenaro Talens dramas, y Cirlot se estremeció con Hamlet y su encarnación en Laurence Olivier, escribiendo un poemario que llevaba por título el nombre del príncipe de Dinamarca, donde acuñó esta terrible expresión, también nihilista en grado extremo y que todos suscribiríamos: “ser y no ser”.

En la margen sur del Támesis, en Londres, se ha reconstruido “El Globo”, el teatro shakespeareano. Allí hay exposiciones y representaciones que nos aproximan al gran dramaturgo y poeta. Quizá este libro, Sobre Shakespeare, sea otra forma de entrada o localidad a ese mundo, que es también el nuestro.


(Publicado en Mercurio, 75, 2005)

El amor de los camaradas



Recuerdo una página de prensa que hace pocos años vino a azuzar mi jamás curada hibernofilia. La noticia era el suculento anticipo recibido por un joven escritor irlandés, Jamie O’Neill, cuya novela ―de amor que no se atreve a decir su nombre―, se desarrollaba durante las vísperas y los dramáticos días del Levantamiento de Pascua de 1916; ya se sabe, los hechos que hicieron escribir a Yeats: “Una terrible belleza ha nacido”.

No podía sospechar entonces que andando el tiempo yo mismo sería el traductor de esa obra maestra al español. Digo maestra porque, al margen de mi condición de padre adoptivo como traductor, y en consecuencia parcial a ella, en Nadan dos chicos concurren muchas circunstancias que, objetivamente, la hacen ser esa cosa tan elusiva y mágica: una gran obra literaria. Por ejemplo, un lenguaje rico, un río caudal al que afluyen materiales tan diversos como la jerga militar del Imperio Británico, el lenguaje sabrosísimo de las calles de Dublín, sus canciones, el melodioso gaélico, los ecos, las reverberaciones de los mejores autores irlandeses. También, y esto no es nada frecuente, el dibujo de unos personajes que echan a andar y se levantan de la página y nos rondan y casi podemos tocar y oler y que, desde luego, oímos a la perfección mientras hablan, laten, vibran, pues O’Neill consigue hacérnoslos reales, vivísimos, con todas sus exageraciones y defectos.

Hay algunas concomitancias entre Nadan dos chicos y la obra de Joyce: la presencia de la Torre Martello de Sandycove donde se inaugura Ulises y la playa del Forty Foot (la historia de cuyo nombre se nos cuenta como si se tratara de uno de esos poemas toponímicos medievales del Dindsenchas). El inefable Señor Mack de O’Neill, amigo de los eslóganes publicitarios y los lemas pegadizos, siempre pensando en enviar sus ocurrencias al periódico, posee algunos rasgos que nos recuerdan al Bloom de Joyce. Se trata de un tierno patán, un tendero cabeza de chorlito al que, pienso, bien le cuadra la expresión tender churl del primero de los sonetos de Shakespeare. En cuanto al estilo, abunda ese rasgo tan joyceano como es el flujo de conciencia, que, serrín o elucubraciones, se derrama directamente desde la cabeza de los personajes en la página, sin pasar por la garganta del narrador. También está ese oído dotadísimo para la reproducción de voces populares y otras estiradas, muy certero en trasmitir los acentos, las connotaciones de clase o procedencia.

Con Flann O’Brien, de cuyo At Swim-Two-Birds es un remedo el título, O’Neill comparte el gusto por el humor (rasgo que por otra parte aquél destacaría como característica primordial de Joyce). Y la alargada sombra de Wilde está presente, aparte de la inventiva y el ingenio, en un personaje crápula y que como él cumplió una pena de prisión por sodomita, Anthony MacMurrough.

Lo cual nos lleva al meollo de la trama de esta novela: una relación amistosa, que derivando en bildungsroman se trueca en amorosa, entre dos chicos, Jim, el dulce e ingenuo vástago de Mack, y Doyler, el mozo del estercolero, aprendiz de socialista e hijo de un borrachín entrañable y perillán fordiano que fue en tiempos camarada del tendero con ínfulas de grandeza. La relación entre los padres, con frases hechas y un tanto vacías como “amigo del alma”, se torna dramática realidad en los chicos, que también se hacen camaradas compartiendo el lecho, y no ya en el Ejército británico de la guerra de los bóers, sino en la resistencia irlandesa a ese mismo ejército, los rebeldes que se echaron a las calles dublinesas un lunes de Pascua Florida, trasunto y metáfora de la resurrección de su país. La libertad individual corre pareja, pues, a la de Irlanda. Y el patriotismo de los chicos se resume en una frase de Jim, “No odio a los ingleses y no sé si amo a los irlandeses. Pero lo amo a él. Ahora estoy seguro. Y él es mi patria”, que en sus labios evoca, y cómo, al “¿Mi tierra? / Mi tierra eres tú” de los “Poemas para un cuerpo” cernudianos. Tarambana bujarrón, MacMurrough tutelará esta iniciación homosexual de los muchachos, que se prometen entregarse el uno al otro esa Pascua haciendo flamear una bandera verde sobre un islote al que llegarán a nado. Su tía, Eveline MacMurrough, es una aristócrata que adopta la causa nacionalista, y en ella adivinamos a la Condesa Markiewicz y, por qué no, a la mismísima Maud Gonne adorada por Yeats.

Otros personajes históricos aparecen con su nombre, Cames Connolly, Pádraic Pearse, Roger Casement (sobre cuya posible homosexualidad ha corrido mucha tinta). Pero es esta una novela de amor contada con humor, que apela a la inteligencia y los sentimientos de todo tipo de lectores. No es una novela gay por lo mismo que no es una novela histórica. Ponerle un marbete sería cometer con ella un delito de leso reduccionismo.

Hay episodios muy cómicos, como el desvanecimiento del pederasta hermano Policarpo (Pollicabro lo llaman los chicos) o el ridículo discurso del patriótico padre Taylor (O’Táighléir, da en llamarse él, gaelicizando su nombre). Hallazgos verbales, todos los que se quieran; por ejemplo, la representación panteísta de Doyler a ojos de Jim (p. 232), tan lírica. También hay páginas muy emotivas, como la de la última reunión de los viejos camaradas, sus padres, o las del vacío que impregna el breve e intenso capítulo veintiuno a partir de la p. 775 (Nadan dos chicos es una gran novela, y no sólo por su calidad). A poco que escarbemos hallamos elementos de la tradición irlandesa, como la visión o aisling de una vieja como personificación de Irlanda, aquí una anciana feniana que a Jim se le aparece como una imagen de su madre, muerta pero imperecedera en una fotografía que su padre custodia.

Nadan dos chicos abunda en juegos de palabras y retruécanos. Emplea numerosos registros, pasa de lo bufo a lo trágico. En sus últimos capítulos hay que leerla tras un saco terrero, pues parece que a cada momento nos vaya a saltar una esquirla, con un realismo, con una narración poderosa en mi opinión muy superior a la de Una estrella llamada Henry, de Roddy Doyle, que reconstruye los mismos episodios bélicos.

Traduciéndola, siempre pensé que debía hacerlo como una totalidad, compensando con limitados logros allí donde se presentaba la oportunidad los innumerables fracasos de traducción, para los que no había solución posible. No se me ocurre mayor piropo para esta novela que decir que de algún modo toda mi vida de lector y traductor no ha sido sino una preparación, un dilatado entrenamiento para ella: cada paso dado por el Stephen’s Green, cada balazo visto en la Oficina Central de Correos, el poema del gaélico escocés Sorley Maclean sobre la ejecución de Connolly, mis quijotescos estudios de irlandés, la versión que hice de La boca pobre de O’Brien, la arrobada audición durante años de “A Nation Once Again” u “Oft in the Stilly Night”, los viajes en el DART a Dún Laoghaire (la antigua Kingstown) o a Sandycove, todo fue un curso nada acelerado, moroso, amoroso, para rescribir en español Nadan dos chicos. Catorce meses de traducción, durante los cuales conté con la inestimable ayuda de Teresa Merino, no son nada comparados con los diez años que tardó en escribirla Jamie O’Neill. Pero querría creer que a veces se parece el resultado.


(Publicado en Turia, 77-78, 2006)

El motor en marcha



Enfrentadas en otros tiempos, Inglaterra y España gozan de décadas, tal vez siglos, de paz en sus relaciones políticas. Eso quizá sea bueno para ambos reinos, para sus economías, pero no estoy seguro de que esa tibia mansedumbre sea beneficiosa para la república de las letras, para el comercio de las obras literarias. Al menos en lo que toca a nuestra patria, pues esta paz huele al triunfo, bien que pírrico, de Albión. Recuerdo cómo Cervantes fue acogido en la lengua de Shakespeare, y cuánto a través de Tobias Smollett influyó en las obras de él mismo, Defoe, Sterne... Igual con La Celestina o Lope. Nuestro Siglo de Oro dejó notable huella en las letras británicas; y si no se puede decir que en la actualidad sea perceptible una impronta siquiera de lejos parecida, sí hay que afirmar que nuestro conocimiento de las letras inglesas es hoy muy superior al que en aquellas latitudes pueda haber sobre las nuestras. Sucede, no obstante, que esto es a veces un tanto superficial, y que rara vez, al menos en poesía, nuestros escritores están bien informados de lo que allí se cuece.

En otras páginas ya hemos hablado de la singularidad de Jordi Doce, que es poeta que piensa y que por inclinación ha tendido siempre puentes entre aquella tradición, la anglosajona, y ésta otra, la nuestra en lengua española, mediante un diálogo que ha resultado siempre fructífero y gozoso. No sólo su vocación le ha llevado a ocuparse mediante la traducción, esa forma de crítica, de poetas como Tomlinson, Auster, Simic, Hughes o Hill, sino que también mediante la lectura crítica, esa otra forma de traducción, se ha empleado en descifrar las honduras de poetas como, por ejemplo, Octavio Paz y los antologados en Poesía hispánica contemporánea (en colaboración con Andrés Sánchez Robayna).

Dos libros recientes vienen a reafirmar a Doce en esta posición de faro alumbrador de orillas opuestas que un mismo mar baña. El primero de ellos, Imán y desafío: presencia del romanticismo inglés en la poesía española contemporánea, ha obtenido el IV Premio de Ensayo Casa de América. El segundo, menos explícito en su título, acaba de ver la luz en la también recién nacida Artemisa Ediciones, y bajo el epígrafe Curvas de nivel (artículos 1997-2002) recoge dos docenas de ensayos que podríamos decir, quedándonos cortos, que versan sobre literatura comparada, siendo más cierto, sin embargo, que son de más amplias miras y anchos intereses.

Pero vayamos por partes. Y advirtámoslo desde un principio. Aunque Imán y desafío nace como un libro motivado por la necesidad de labrar una carrera académica (aquí, una tesis doctoral), más allá de unos cuantos tics habituales en las publicaciones universitarias (pongo por caso la profusión de notas) se trata de un espléndido estudio, con sensibilidad de poeta, soldando intuición y conocimiento, sobre la recepción del romanticismo inglés en cuatro poetas de la talla de Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda. Poetas que, como muy bien señala Doce (y por eso se ocupa precisamente de ellos) vislumbraron las carencias de nuestra propia tradición y miraron afuera para suplirlas. Refiriéndose a la inglesa, afirma: “Para todos ellos, en mayor o menor medida, esa tradición fue a la vez un imán y un desafío, una atracción y un reto, pues les obligó a tomar distancia de los modelos heredados y revisar, siquiera en parte, los presupuestos que habían gobernado su escritura inicial”.

La recopilación Curvas de nivel se ocupa igualmente, desde diferentes ángulos, de aspectos de la literatura inglesa y de la escrita en español. El tono de esta gavilla es diverso: crónicas de corresponsal, estampas literarias, inquisiciones; la ciudad de Oxford, el páramo en torno al Haworth de las hermanas Brontë, la tradición de Guy Fawkes, el barrio de Chelsea y el carácter de extravagantes personajes impregnan estas páginas. Y Doce consigue hacernos sentir la sombra de Tolkien en un college, el olor a brezo, la excitación de descubrir King’s Road cuando se es joven, el humo de las hogueras de noviembre.

Hay otros artículos que no son estrictamente de asunto inglés, aunque nunca puedan sacudirse del todo el polen o el antiguo hollín de allí, el eco de las aves de sus prados. Escritos sobre poética, sobre la vida literaria, sobre las cartas al director, acerca de las entregas de poesía de las prensas oxonienses... Hay incluso algún texto que podría constituir el envés de un ensayo de Imán y desafío, como el titulado “Antonio Machado en Escocia”, que es a su vez la crítica de una traducción.

Particularmente recomendable considero el artículo “El baile del poeta”, donde con los ejemplos de Eliot y Hughes se discute sobre el carácter “necesario” de la buena poesía, y cómo el poeta, que no siempre puede estar aplicado a escribir poemas igualmente necesarios y buenos ha de entrenarse en “actividades desplazadas”, como la reseña, la traducción, el ensayo (actividades todas que ha realizado y realiza con solvencia el propio Doce). Esto es lo que Hughes denominaba “mantener el motor en marcha”. El caso opuesto, Doce lo señala, es el del poeta Peter Redgrove, dedicado por entero a la creación verborraica de poemas sin cuento. Sin canto también, diríamos apoyándonos en Machado y su definición del género.

Hay motores que suenan a gripados cacharros. Con prosa elegante y precisa, como en Imán y desafío, éste de Jordi Doce en Curvas de nivel, de tantísimos disciplinados caballos, suena como el mullido ronroneo de un Aston Martin por una carretera comarcal de Inglaterra. Y lo mejor es que nos lleva a bordo.


(Publicado en Clarín, 63, 2006)

Viajes de ayer


Leo en el periódico que la líneas aérea SAS comenzará esta primevera una ruta directa Sevilla-Oslo. Qué gran error quitarle la poesía a la distancia. Como recuerdo del viaje que hice hará tres lustos, valga esta página de Las ciudades del Hombre (Llibros del Pexe), que creo que aún se puede encontrar por ahí. Es un libro en que reúno estampas de dos docenas de lugares. Y ésta es la primera:


OSLO


Cae del lado del norte. Para entender a los antiguos vikingos y meterse en su pellejo aunque sea en la fugacidad de unos instantes, nada hay como en la mañana temprano -aurora de pies ligeros, no en el decir de un escalda del siglo VIII de nuestra era, sino de un escopa griego de dieciséis centurias antes- surcar las aguas gélidas del fiordo de Oslo. Al viajero lo traen las olas desde la comparativamente meridional Copenhague en uno de esos grandes transbordadores que singlan -con cerveza rubia en las cubiertas y bares, con hermosas cabezas rubias en las bodegas de un sueño leve- este para nosotros Mare Alienum, un Mar del Norte que evoca misterio y leyenda, ya no muerte, fuego, violaciones, pillaje.

El navío rompe el fiordo como un viril miembro tocado de priapismo, desmesurado hermano mayor de los frágiles drakkars de antaño. Penetra la tierra y la fecunda de ese germen de vida que es siempre el comercio, el intercambio, los anchos viajes. También en los Siglos Oscuros los buques de estos noruegos iban, como abejas libando las flores de la Europa marina y fluvial, polinizando el continente. O como esas aves que llevando en el buche su ración de semillas van trasladando una vida -tesoros, joyas, retorcidos utensilios- que germinará de sus excrementos -rapiñas, diezmos, carnicería sin crueldad: espontáneamente salvajes-.

Los dos prismas rojizos del nuevo ayuntamiento, la marinería de los muelles, los barbados nietos de aquellos guerreros, hoy funcionarios de aduanas casi desocupados, las calles de la moderna estación central y los viejos y ronroneantes tranvías: Oslo al cabo, villa y corte que ardió por el gran incendio de 1624 y fue mandada reconstruir, y que aún muchas tardes se quema en el arrebol del crepúsculo moroso de su septentrión.

Ahorrando al impresor la tarea de buscar en sus cajas la letra o escindida del alfabeto noruego, se omite aquí el nombre de la isla que mira a la capital y es una introspección a su pasado. Llegado a ella -quince minutos de travesía y varias coronas de pasaje- está uno de esos barrios residenciales que nos tientan a empadronarnos ya para siempre en ellos, con sus casas individuales y armonía compartida. Casas de cuento de una Escandinavia ideal que guardamos en la memoria de nuestra infancia de hermanos Grimm y relatos de hadas. También la funcionalidad y el diseño que caracterizan al saber vivir de la gente de estos pagos pese a las inclemencias del clima y lo inhóspito de su invierno.

Aquí, el Folkemuseum, con sus casas rústicas e iglesias altomedievales como venidas en volandas de otras partes del país, de otros siglos. Aquí la exhibición de las embarcaciones famosas de Thor Heyerdahl: los dos Ra y la Kon-Tiki (va por usted, maestro Miguel d’Ors). Pero aquí, sobre todo, el Museo de los Barcos Vikingos, un crucero de imponentes naves encaladas donde se guardan las negras naves de reyes que ha destronado el tiempo con atronador silencio. Troncos del potro del agua, potros del viento, caballo del pirata, jacos de Atal: hípica hiperbórea de la mar en estos kenningar o epítetos con los que los poetas designaban a los barcos.

Al atardecer, el viajero regresa al centro, bajo la sombra tutelar del Hotel Plaza y las luces que, desperdigadas, comienzan a esta hora a encenderse en las colinas. Vuelta a la modernidad y al desasosiego. La mueca de un borracho lleva la firma de Munch.

Nuevos versos de José Gutiérrez


LA CALMA DEL VERSO

Tras largo silencio de casi dos décadas, lejano ya el 1989 en que publicó De la renuncia, José Gutiérrez (Nigüelas, Granada, 1955) nos entrega ahora en la editorial Huerga y Fierro La tempestad serena, un poemario en el que destaca un puñado de composiciones memorables.

Muy fino seguidor de las formas clásicas, no en vano bajo la sombra tutelar de Garcilaso, Gutiérrez cultiva aquí el soneto en sus diferentes formas (a la común en nuestra tradición une la inglesa, a la que cierra un pareado) y esa rareza en la que naufragan poetas peor dotados: la sextina, de la que va generosamente servido el libro, con un total de tres muestras.

Entre un preludio y un postludio, la primera parte es el territorio de las evocaciones: aquí hallamos poemas de la memoria surcados por la emoción y la expresión más lírica, a los que asoman familiares desaparecidos, las viejas casas, los “juguetes antiguos” del poema homónimo, tan a lo Agustín de Foxá. Todo en la línea del muy explícito, y hermoso, “Al encuentro de la infancia”.

El tramo central de esta estructura trimembre corresponde a poemas más variados, en los que no falta un texto erótico en el que el cuerpo de la mujer se hace paisaje. Excelente es la celebración vitalista de “Mística de mayo”, entre loores a la naturaleza y la sensualidad, a través de las flores. El comienzo de ritual mariano católico deviene deseo y paganismo: “Venid y vamos todos; salid cautos, sin ruidos. / (El incienso flotando, la plegaria que huye, / las velas apagadas, en el altar Cupidos)”. Cierran la sección sendos cantos a la mujer y al vino, no exentos de humor (algo no frecuente en Gutiérrez): “La joven ciclista con escarpines rojos” y “La cofradía” son los títulos de estos poemas.

Más elegíaca ya, la tercera estancia de esta casa vuelve a hablar del paso del tiempo, como dice un verso de “Hacia la bruma”: “invocación al aire deshojado”. A Antonio Machado se dedica un soneto muy bien trabado, y otros poetas y compositores se citan en el quizá algo prolijo “La música indeleble”. Con cierta reserva ante su dístico final, los alejandrinos de “Puesta la vida al tablero” son, haciendo honor a la cita borgeana que los precede, una feliz fusión de temblor e inteligencia: “Olvidado el tablero, puse después la vida / al servicio del verso. Buscando mejor suerte, / quise medir mi fuerza en guerra fratricida / contra el impune tiempo: perdí. Ganó la muerte.”

Muy fértil al principio de su carrera, pero menos difundido hoy que otros poetas contemporáneos granadinos, en parte por su voluntario apartamiento, José Gutiérrez vuelve a los lectores. Esperemos que sea para quedarse.

Hexámetros para Ovidio







Un experimento de versión en hexámetros, que me gustaría impostar que abarca todo el original de Ovidio pero que sólo llega, ay, a un puñado de versos:



DE LA PRIMERA PÁGINA DE LAS METAMORFOSIS

Quiero exponer mutaciones de cuerpos en formas distintas:
dioses, haced que prospere el intento, y que pueda mi canto
ir desde el día en que el mundo empezó hasta hoy, sin pausa,
ya que vosotros también los autores habéis de ellas sido.
Antes del mar y la tierra y del cielo que todo lo cubre,
sólo tenía un aspecto Natura en el vasto universo.
Caos fue el nombre que tuvo la masa sin orden, confusa:
gérmenes mal ensamblados, montón discordante, sin vida.
Luz todavía no daba Titán, ni tampoco al creciente
Febe los cuernos...

OVIDIO

Cuatro poemas de Renée Vivien


La poeta Aurora Luque ha publicado recientemente una traducción de la poesía de Renée Vivien, que por suya adivino excelente. Hace veinticino años yo también puse en español una brevísima muestra de esta poeta nacida inglesa pero que escribió en francés. Como permanecía inédita, la traigo aquí a este presente continuo en el que, en sólo tres días, se ha ha convertido ya este blog.

ESPERA

En esta estancia, ya sin confidencias,
nuestros jazmines de ayer ya no aroman...
Solamente para ti me he vestido,
para ti sola he soltado mi pelo...

He escogido joyas... ¿Te gustarán?
En mi inquieto corazón estás tú...
¿Cómo me verás? ¿Qué me dirás tú,
amiga, al cruzar mi umbral al ocaso?

Habrá lluvia de violetas y de algas
cruzando el ventanal verde y violáceo...
Saboreo la angustia de esperar
la dicha que vendrá cuando anochezca.

Silente espero la hora que he soñado...
La noche con su manto oscuro y claro...
Mi alma infinita esparcida en el aire...

Está templado, y ha salido la luna.



PROFESIÓN DE FE

Abril y el agua, la luna y el arcoiris:
amo todo lo que cambia, engaña y huye.
Mi risa es inconstante como el hado,
y miente pues que soy hija de la noche.

Y la noche ve en mí a su dulce hija,
me hace venir a los dormidos bosques
y me otorga el oído con que escucho,
como en sueño hondo, pasos enemigos.

Siempre fue para mí magna y clemente,
de ella aprendí las sendas de la huida,
ella amortigua el ruido de mis pasos
por las sombras, como un recuerdo, dulces.

De ella adquirí el desprecio por la prisa,
el ojo esquivo, el santo horror al ruido...


SONETO A LA MUERTE

Espero, ¡oh Bienamada!, oh jovial virgen
que alumbras con tu frente nuestra noche,
tu himen con blanquez de una eterna ternura,
tu abrazo de amor, hondo y sutil.

Llenarán nuestro lecho flores trémulas
y clamará la nupcial ebriedad
el órgano, y como un lirio infecundo
tú palidecerás entre las sombras.

La paz de los altares arderá;
lágrimas e incienso, epitalamios
y oración se alzarán hasta nosotras.

Aunque sea de día dormiremos
con un sueño letárgico de esposos,
y no temerá al alba nuestra noche.


EN LAS NOCHES FUTURAS

¡No! En las noches futuras de rosas y de llamas,
misteriosas como templos hindúes,
nadie sabrá mi nombre, ni vosotras
repetiréis mi verso, ¡oh bellas jóvenes!

Ninguna de vosotras tendrá el dulce capricho
de añorar el amor de una amiga imposible,
ni pedirá ansiosamente, en voz baja,
el beso irresistible de mis labios de amante.

Buscaréis el amor, perfumadas y tiernas,
andando hacia el futuro con pasos indecisos,
y no habrá ya ninguna que se acuerde
más de mí, que tanto os habría amado.