viernes, 22 de septiembre de 2017

Ave Fénix



SOBRE EL ÚLTIMO DYLAN






Bob Dylan, como el muérdago con el roble, es un parásito. Un parásito de nuestra vida, a la que se adhirió hace ya muchos años y que ha decidido no soltarla, agarrado siempre a ella de una forma u otra, transformándose como los peores bichos que se adaptan para sobrevivir. Como el muérdago es una figura entrañable, cálida, un parásito bienvenido. De Dylan fue el primer disco que compré (un long play de vinilo que escuchaba en el tocadiscos en sonido mono, nada de stereo) cuando tenía quince años; sus canciones folk me prepararon para el descubrimiento de la música tradicional irlandesa y escocesa; sobre Dylan fue la primera columna que publiqué en un periódico cuando comencé una colaboración semanal que se llevó por delante la crisis hace ya bastantes meses. Una crisis que ni en lo económico ni en lo personal a parece haberle afectado a él, pues está mejor que hace quince o más años, en una excelente forma. Con la voz cascada, es cierto, pero con más vigor y un superior control de sus posibilidades; por decirlo así, con un dominio milimétrico de sus carencias.
Yo creía que me gustaba Dylan, que algo sabía de él. Naranjas de la China. Lo que he descubierto en los últimos tiempos me hace ser un analfabeto total en la dylanmanía; comparada con la pasión que he descubierto en otros, mi gusto y mi interés son nada o cotizan en negativo en la Bolsa de las devociones musicales. Estas páginas son mi confesión. Cantaré, cantaré La Traviata. Reconozco que soy un mindungui en el fervor que rodea al cantante, un miserable grano de arena ante las dunas de otros. En asuntos dylanianos soy, como decimos en Sevilla, un papafrita. Sí, lo reconozco. Dónde hay que firmar.
            Yo, que tanto amé su música, en esto del amor absoluto soy ahora consorte. A mi mujer le dio hace tres o cuatro años la ventolera –Blowing in the Wind– y ahora es más del bardo de Duluth que yo mismo, me ha superado como un disco doble aventaja a un single. Por ella, mi cicerone en estas locuras, he ido conociendo algo de los fans de Dylan y mucho más acerca de este. Así, hemos viajado a algunas ciudades en pos del cantante. Y, justo anoche, aunque esto se publique más adelante, hemos regresado de escucharlo en uno de sus mejores conciertos de los últimos tiempos (no es un capricho mío, lo afirman muchos), celebrado en el Palladium de Londres, que es una especie de Royal Albert Hall en pequeño a literalmente dos pasos de Oxford Circus.
            Dylan ha estado tocando una parte de su Never-Ending Tour, que anda ya por su cuarta década, en Gran Bretaña e Irlanda. Tenía programado un concierto en Wembley, pero entonces se sacó de la manga un trío de ases: tres fechas adicionales pero no en un estadio, sino en un teatro, un lugar amplio pero recoleto (si se me permite) y con excelente acústica, particularmente apto para el estilo de música que últimamente graba, en la línea de Sinatra y los crooners famosos. Ha servido sin duda como promoción de su nuevo disco triple, Triplicate, en el que vuelca su sabiduría y lo más que da de sí su voz en los standards de la tradición americana de mediados del siglo XX. Una tradición que no recupera por un afán arqueológico, sino porque dice que son canciones que le tocan de cerca, con las que le es posible emocionarse y no solo desenrollar maquinalmente su alfombra mágica como un lorito de repetición. Que el último Premio Nobel de Literatura cante ahora treinta letras de otros parece –treinta monedas de plata– el precio de la traición a la Academia Sueca, que lo ha galardonado precisamente por su escritura, por condición de cantautor. Desde luego, no puede parecer más humorada.
            A veces se mueve –no puedo, no puedor– como Chiquito de la Calzada por el escenario, con algún pasito atrás, con leves torsiones pintorescas. Se echa la mano a la cadera, agarra el micrófono y casi baila con él, se inclina sobre el piano como si fuera más alto de lo que representa. Y eso sí, nada más terminar cada canción se sume en la oscuridad, presumiblemente para no tener que saludar o que se le robe un gesto de agradecimiento, una rendija en su hieratismo. Su traje –la arruga es bella– semeja un cruce de Armani y de pordiosero al que han entregado unos trapos en la parroquia. Lleva el traje un bordado de flores y espadas carmesíes, apenas perceptible en la distancia como el desvaído bigote que tendré la delicadeza de no comparar con el de Aznar. Con el sombrero blanco parece un gaucho más de Bolaño que de Borges aunque, desde luego, sea ajeno al terciopelo de la voz de Gardel. Pero es de la América del Norte de lo que canta (aunque también ejecute, y no hay aquí doble sentido, la francesa The Fallen Leaves). La banda, comedida, profesional, es una de las más perfectas que hoy ruedan por las carreteras: Tony Garnier al bajo, Charlie Sexton a la guitarra, Donnie Herron a la steel guitar y el esporádico violín, Stu Kimball a la guitarra también y George Receli a la percusión.
            Frente a los almacenes textiles Liberty con su fachada de vigas de estilo Tudor que parece que parece que vaya pasar bajo ellas el mismo Shakespeare camino de otro teatro, el Globe, y al principio de la calle que prestó su nombre al poemario de Leopoldo María Panero Así se fundó Carnaby Street, hay aparcados un camión de gran tonelaje y dos autobuses de Beat the Street, la empresa austriaca que lleva de un lugar a otro a Dylan y a sus músicos. Cuando es la hora de la prueba de sonido, varios gorilas se apostan junto a la reja de la puerta de camerinos del teatro y dificultan cuanto pueden el acoso al astro. En otro momento del día vemos a un operario acarreando algo fuera del tráiler. Extrañamente, vemos en el interior de este muchas bombonas de gas ¿de oxígeno, para la estrella? ¿Será ese el secreto de su magnífica situación actual? Tendrán otra explicación, claro, pero uno se queda con la mosca detrás de la oreja y fantasea con una suerte de elixir mágico, bálsamo de Fierabrás para este resurgir, como de ave Fénix, de Dylan, que ha superado baches y ahora está estupendo, renacido.
            Uno de los amigos de mi mujer que no nada en la abundancia y quizá se ahogue a ratos cumple esta noche los ochenta conciertos, ochenta muescas en la carcasa de su avión dylaniano. Que serán algunas más cuando finalice la gira, tras las de Cardiff, Bournemouth, Nottingham, Glasgow, Liverpool, y Dublín, el broche de la misma. Hace dos noches eran 78, pues ha asistido a los tres conciertos seguidos que ha dado el de Minnesotta en Londres, la víspera y la noche anterior a esta. Pero S. (daré solo su inicial) no puede medirse con otro de los componentes o fratres de esta logia, que ha visto en directo a Dylan no 90 ni 100 veces, sino 350. Al final del concierto coincidiremos con otro de los fans, que tampoco se ha perdido ninguna de las actuaciones de este tour británico y que queda con S. para verse mañana en la capital de Gales (el Gales del que procedía el nombre Dylan, de Dylan Thomas, que el cantante y compositor ha transformado en apellido).
            Es un fenómeno del que todos hemos oído hablar, el de los fans pero que muy fans, quienes siguen a los solistas y grupos en sus periplos y que viven prácticamente como ellos on the road, liando el petate y yendo de una ciudad a otra pero sin la comodidad de esos autocares que llevan a las estrellas como naves oscuras de La Guerra de las Galaxias o corceles azabaches en algún romance artúrico (el mago Merlín se diría que ha tenido mano en este mantener con tanto brío a Dylan, que es, sacando a diario la espada de la piedra, el rex quondam rexque futurus, el rey que fue y que será, pues nadie se remonta a un pasado musical más mítico con tanta autoridad para perpetuarse). Hay alguna gorrona (y por su aspecto también un poco gorrina) que no compra maldita la entrada y se limita a apostarse como un avezado cazador a la puerta de los auditorios a ver a quién le saca un ticket gratis, huérfano a última hora y que la caridad pone en su mano para que lo cuide en el calor de la sala de conciertos. Me dicen que la tal fan desestima las localidades peores y aguanta estoica, avezada jugadora de póker cuyo comodín es siempre “Mr. Tambourine Man”, hasta que obtiene gratis et amore un buen asiento. El riesgo es que a veces la jugada le sale mal y se queda  sin entrada esa noche. ¿Pero qué es una noche comparada con la suma de muchas seguidas, en cifra que ronda las cien anuales en varios continentes?
El mismo día que llegamos a Londres se ponía a la venta 50 Years of Blonde on Blonde (no, naturalmente, el álbum de 1966, sino las versiones que de aquel ha grabado en directo un excelente grupo de música americana, Old Crow Medicine Show. El trato con Dylan de este grupo de bluegrass desenfadado y un poco punk como unos Pogues de Tennessee es ya prolongado: una composición olvidada del hoy Nobel les proporcionó su mayor éxito, “Wagon Wheel”. También les “dio” otra canción, gran éxito para el grupo: “Sweet Amarillo”. Pero son incontables quienes han hecho covers de Dylan, de su casi interminable discografía si se tienen en cuenta las grabaciones descartadas, clandestinas, secretas como pecios que afloran con las tormentas o a los que los buzos descienden para llevar arriba su oro.
Los fans han quedado tres horas antes del concierto en un pub cercano, el Phoenix, que se halla en la esquina más próxima de Cavendish Square. En su sótano está tocando los tres días londinenses un grupo de nombre tan sencillo como inequívoco, Simply Dylan, una tribute band que hace versiones muy ortodoxas del repertorio más conocido, las cuales chocan con la heterodoxia de las que ahora interpreta el propio músico, quien en un concurso de versiones dylanianas con jurado popular quedaría inmediatamente descalificado. Pese a lo que dije antes de su silencio lírico reciente, hay en la manera que tiene de modificar sus canciones como un prurito de dar la razón a los académicos escandinavos: sí, las letras son las mismas (aunque también se permite alguna modificación), constituyen lo sustantivo, porque les cambia la melodía, los arreglos, hasta hacerlas a duras penas reconocibles.
            Cuando comience el concierto le oiremos hacer un repaso por algunas de las canciones claves de su carrera, aunque son tantas las obras maestras que el grueso de las más conocidas queda necesariamente fuera, lujo que pueden permitirse muy pocos. Suele tener una lista bastante fija, pero acaso para satisfacer a los fans recalcitrantes ofrece algunas variaciones y sorpresas. Esta noche en concreto desgrana “Things Have Changed”, “To Ramona”, “Highway 61 Revisited”, “Beyond Here Lies Nothin’”, “I Could Have Told You”, “Pay In Blood”, “Melancholy Mood” “Duquesne Whistle”,
 “Stormy Weather”, “Tangled Up In Blue” “Early Roman Kings”, “Spirit On The Water”, “Love Sick” “All Or Nothing At All”, “Desolation Row” (que causa la locura del respetable), “Soon After Midnight”, “That Old Black Magic”, “Long And Wasted Years” y “Autumn Leaves”. Las propinas serán gloriosas: “Blowin’ In The Wind” y “Ballad Of A Thin Man”. Comenzará con casi obsesiva puntualidad a las ocho y antes de las diez habrá acabado, sin un descanso, sin dar tregua entre las canciones.
            El público tiene ya una edad, con pocas personas en la audiencia por debajo del medio siglo. Hay blancas melenas de caballeros sueltas y recogidas, damas que debieron de ser muy hermosas hace cuarenta años. Una de ellas sangra por la nariz. Ha tenido varias operaciones y de vez en cuando se resiente, tapizando con una bandera abstracta del Japón el pañuelo de papel que sostiene en la mano durante toda la actuación. Antes y al final de esta, casi todos los hombres van a aliviar la vejiga, con la próstata ya haciendo de las suyas. Hay bastantes jubilados en la sala, lo que les permitirá seguir el tour sin obligaciones laborales. Otros hay que no tienen oficio ni beneficio y que milagrosamente sacan el dinero para las entradas, las sucesivas entradas, a menudo en la reventa institucionalizada o por medios inusuales como clubs de fans o directamente invitados por alguno de los integrantes de la banda, con quienes ya tienen confianza después de tantas noches, ciudades y escenarios. Los hay muy pudientes para llevar este tren de vida, como X, que posee ya varios cuadros de Dylan y a quien esta tarde le han ofrecido, privadamente y con invitación a vino o café con pastas, algunos lienzos que no estaban expuestos en la galería que, simultáneamente a la gira, cuelga grabados y serigrafías del músico, del escritor, del artista.
No es Hockeny por más que este pintara Malibú en un lienzo que se halla expuesto en la retrospectiva de su obra en la Tate (no digo Britain porque para mí la Modern es como si no existiera). Pero Bob Dylan le da desde hace mucho a los pinceles y la Halcyon Gallery en el elegante barrio de Mayfair, en plena New Bond Street, exhibe seis muestras de The Beaten Path, una serie de serigrafías firmadas por el propio Nobel entre obras de Lorenzo Quinn o Andy Warhol: una gasolinera, una silueta de Nueva York (¿o es san Francisco?) bajo un cielo enrojecido, el puente de Brooklyn, un motel, un clásico diner con anuncios de batidos, burritos y hamburguesas de queso. Hay también a la venta maletas con viejas etiquetas que contienen el catálogo. El precio es estratosférico, pero muy inferior a las 9.550 libras que cuestan las serigrafías sin enmarcar y 12.000 enmarcadas. También, esculturas en metal que incorporan a los herrajes herramientas. El ambiente de la galería es chic y nada tiene que ver con el del Village neoyorquino que vio los primeros pasos de Dylan, que se reinventa y cuando parecía que se había quemado ha removido sus propias brasas y ha salido de sus cenizas aunque con la garganta algo chamuscada. Por ello y por sus inquietudes no solo musicales sino en otras disciplinas, cabría llamarlo “Fénix de los ingenios”, como a Lope. En su caso, además, más que ave es pez, pez que se escurre cuando se pretende pescarlo, ajeno a las redes y anzuelos, a las falsillas, a lo que se espera de él. Curiosamente, yendo a lo suyo va a lo nuestro, como demuestra que sus seguidores no lo hayan abandonado tras tantos vericuetos y –sorprendentes– cambios de dirección.
A la salida del concierto chispea, pero no se aguan los adjetivos que profieren los fans, ni desdibuja la lluvia lo exultante de sus sonrisas. Hacía años que Dylan no estaba tan bien. Podemos dar fe modestamente de ello, aunque las veces que lo hemos visto se pueden contar con los dedos de una mano. En alguna sala superior se está celebrando en este momento una fiesta con que se agasaja a los VIP. Vuelvo a ver a alguien que ya avisté a la entrada y para mí es muy importante aunque esté de nuevo a ras de calle: Sean Cannon de los Dubliners, superviviente del grupo y que también está en excelente forma y con envidiables reflejos: cuando antes de entrar me dirigí a él reconociéndolo pero con mala memoria le pregunté que si era Eamonn (por Eamonn Campbell, otro dublinés de pro) me dijo sonriendo maliciosamente que no. Tonto de mí por equivocarme no de rostro sino de nombre. Con Irlanda vuelvo al principio de este artículo y del comienzo del concierto: siempre bebiendo en lo tradicional y haciendo de su capa un sayo, como es ya norma desde hace tiempo Dylan hizo que la banda arrancara rasgueando las notas de ese clásico de la Isla Esmeralda y de mi corazón: “The Foggy Dew”. Me acordé como siempre del llorado Liam Clancy, otra leyenda con quien Dylan coincidía en los garitos de Manhattan hace casi sesenta años. Quiero decir, ayer.


(Publiqué este artículo en el penúltimo número de la revista Clarín)




jueves, 21 de septiembre de 2017

Traducir el futuro





El festival Bookstock vuelve este próximo fin de semana a la sede del CICUS. Son muchas, variadas e interesantes las actividades. El domingo modero y participo en una mesa redonda sobre la traducción literaria. Toda la programación, aquí.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

martes, 19 de septiembre de 2017

Torremolinos de pueblo a mito





Se presenta hoy en Torremolinos el libro que coordinado por Alfredo Taján y editado por Litoral recoge varias décadas del magnetismo que ha ejercido la localidad malagueña. Yo he colaborado con un artículo en que recuerdo la visita de Cernuda al Castillo del Inglés.

lunes, 18 de septiembre de 2017

domingo, 17 de septiembre de 2017

Diccionario para mitómanos



Así titula Luis Alemany la entrevista que me hizo y publicó ayer en El Mundo con motivo de la aparición de En busca de la Isla Esmeralda. Diccionario sentimental de la cultura irlandesa.



sábado, 16 de septiembre de 2017

Don Juan cabalga de nuevo





Rafael Marín agavilla en su persona diferentes saberes y quehaceres: profesor, traductor, experto en historietas y guionista de cómics, novelista... Había ido dejando durante meses y meses pistas de que estaba embarcado en una larga y ambiciosa obra, que por fin ha visto la luz hace algunas semanas. Cinco años ha estado dedicado a ella. Y no es en verdad moco de pavo lo que ha hecho con Don Juan (Dolmen Editorial), un volumen que frisa el millar de páginas. Le ha dado la palabra al Burlador de Sevilla, al protagonista de tantos relatos, poemas y hasta óperas. En este largo duelo singular ha salido airoso, lo mismo en la inventiva de la narración que en la recreación lingüística, que tiene sabor pero no suena a arcaíca, ejecutada con un envidiable pulso.
     Comienza la narración donde estas suelen: por el principio. Y se derrama sobre las páginas la Sevilla de principios del siglo XVI. Siguen Toledo, Roma, Viena, Cádiz, Londres, Venecia... Y enrola a secundarios que ya los quisieran para sí muchos libros como protagonistas: "-Ah, Don Juan -me decía Garcilaso mientras compartíamos una botella del clarete italiano y disfrutábamos del momento sin preocuparnos por el ayer ni interrogarnos por el futuro-, cuánto me habría gustado estar allí presente en el asedio de Viena." Pero también figuran aquí Catalina de Aragón, Enrique VIII, Tomás Moro, Ignacio de Loyola, y algunos personajes inventados como el magnífico Capitán Centellas. La acción no impide, porque la memoria y las memorias invitan a ello, la sentenciosidad y los acentos graves, particularmente notables cuando el libro va tocando a su fin. Ameno y vrosímil, un libro, pues, de los que se escriben pocos o muy pocos. Es decir, de los que hay que recomendar mucho.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Una voz entre el ruido





Ni siquiera figura el nombre del autor en la cubierta. Solo por la contracubierta y el lomo sabemos que se trata de Marcos Matacana Martín. Dejaré a un lado el asunto de la identidad del autor para centrarme en la voz de estos poemas, en el protagonista poemático de una de las colecciones más coherentes y desoladoras de las publicadas en lo que va de año, si no más, y que desde luego es muy superior a la mayoría de títulos que se han aúpado desde hace varias temporadas a las listas de más vendidos en poesía que publican los suplementos. 
     Con poemas en general de mediana extensión o incluso relativamente largos (varios superan los cien versos), sin signos de puntuación pero con solvente y hasta brillante prosodia de silva, de gran musicalidad, las páginas de este libro que rondará las doscientas páginas sin numerar, Polvo en el aire, dibujan un protagonista reiterativo, obsesionado, que siempre está escribiendo de unas pocas cosas: las relaciones fracasadas, las pensiones y hoteluchos, la bebida, las prostitutas, el tabaco, un nihilismo radical adornado de vómitos y fetideces. Pero es esta una obra de alguien que conoce la tradición (no solo Bukowski, no solo Carver, sino también Bécquer o Cirlot) y se convierte, beat español que no tiene nada que envidiar a muchos de los norteamericanos, en un aullido de dolor difícilmente aplacable que discurre entre Eros y Tánatos.
     Hay mucho lenguaje coloquial, pero también referencias cultas; numerosos momentos desagradables y otros de una vulnerabilidad y fragilidad máxima. Matacana es una mezcla de Wolfe, Iribarren, Ginsberg y muchos más, pero como también Ballerina Vargas Tinajero, la poeta que recientemente se ha dado a conocer y con quien tiene tanto en común, Matacana es él mismo sobre cualquier cosa, porque una fórmula no es solo los elementos que intervienen en ella, sino un ars combinatoria que tiene mucho de alquimia.
     Hay numerosas composiciones en las que impera lo sórdido y que acaso echen para atrás a lectores pudibundos. Esta elegía, sin embargo, es demoledora. La traigo aquí como invitación a la lectura de un libro casi secreto, demasiado secreto:

HERENCIA

                                                        y sin calor las manos regresan del poema
                                                         José Julio Cabanillas


en África mi abuelo fue
o eso decía siempre
el soldado de su batallón
con mejor puntería

con los años sin embargo
se fue quedando ciego y lo recuerdo
inclinado sobre la mesa
rozando con las gafas la rugosa
superficie del papel
de un libro abierto

en las últimas visitas que le hice
cuando todo en esa casa era penumbra
me pedía que le leyese él no podía
aquellos viejos libros de poemas
Rafael Laffón Foxá
Murube o Bécquer
velados de amarillo y manchas negras

para qué otra vez si ya
te los sabes de memoria
y él mirando
Dios sabe viendo qué
me sonreía

en la mili yo también
presumía de puntería y un brigada
de esos gordos con bastante mala leche
me gritaba joder macho deberías
dedicarte a esto y dejar ya
tanta mariconada
eso fue lo que me dijo
exactamente

                     y esta tarde
al guardar las gafas en su estuche
negro que parece un cargador
he visto los dedos
las mismas manos
borrosas y desenfocadas
de mi abuelo

y he cerrado los ojos
y he acariciado el lomo de los libros
soldados alineados ensayando ya
la despedida

jueves, 14 de septiembre de 2017

Homenaje al Mérito Editorial





La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la más importante de lengua española, anunció ayer que este año Juan Casamayor recibirá el Homenaje al Mérito Editorial. Es una excelente noticia por cuanto que se reconoce a un magnífico profesional que lleva años luchando por la dignidad de un género, el cuento, desde Páginas de Espuma, también abierta al ensayo y a los clásicos. Juan y todo su equipo están de fiesta, pero lo deben estar también todos los lectores. En este enlace, una sabrosa entrevista con él que con tal motivo publica hoy Charo Ramos en Diario de Sevilla.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Sólo hechos




Fue en 1990, hace veintisiete años, cuando leí un libro que aparecía recomendado, aquí y allá, por y para el discreto. Me llamó la atención y lo compré. Se llamaba El gato encerrado y su autor era Andrés Trapiello. Lo tomo ahora de la estantería y leo sus paratextos (perdón por el palabro), que incluyen con muy leves modificaciones el párrafo que desde hace tiempo se hace estampar en las sobrecubiertas de los volúmenes que han ido conformando un ciclo sin parangón en la literatura española: "En las viejas casas había siempre un Salón Chino, un Salón Pompeyano, un Salón de Baile, otro de retratos, cada uno empapelado o pintado de un color, con unos muebles apropiados y decoración idónea... En estos viejos palacios españoles había también un Salón que se llamaba el de los Pasos Perdidos. La casa que no lo tenía no era una buena casa. Era el salón donde nadie se detenía, pero por donde se pasaba siempre que se quería ir a algunos de los otros. A mí me gustaría que este libro se llamase Salón de los Pasos Perdidos. Un libro en el que sería absurdo quedarse, pero sin el cual no podríamos llegar a esos otros lugares donde nos espera el espejismo de que hemos encontrado algo."
     Absurdo o no, un buen número de lectores nos quedamos en el Salón, y hasta la fecha, en libros que van apareciendo varios años después de lo sucedido y sin ánimo de exactitud documental, no en vano Trapiello también gusta de llamarlos una novela en marcha. El más reciente, Sólo hechos, discurre por los caminos conocidos, que son siempre nuevos al mismo tiempo. Aquí, por lo que respecta a la literatura, que acaso sea el tema menos importante de los diarios, desfilan un declinante Julio Aumente o un nonagenario José Antonio Muñoz Rojas, entre otros, incluidos sus editores valencianos en su retiro vacacional de la costa almeriense. Pero hay sobre todo vida, la menuda vida diaria en Madrid o en el retiro extremeño de Las Viñas, los conocidos risibles y los familiares queridos, el destello de un aforismo y unas descripciones portentosas, más el humor, más la agudeza, más una capacidad verbal inusitada, más una lengua afilada que a veces parece cruel pero a la que atemperan tantas ocasiones en las que se manifiestan la piedad y un fondo humanísimo, que sabe sufrir con los indefensos.  
     De Trapiello se dicen muchas cosas. Lo importante, sin embargo, es lo que él escribe. Si se empieza uno de los tomos de este diario o Salón, difícil es que no se avance por lo menos cien páginas por jornada. No hay muchos autores de los que uno haya leído veinte o más libros, y esto sin contar con los de los otros géneros: la poesía, las colecciones de artículos, el ensayo, la novela... La siguiente entrega será Mundo es, con las entradas correspondientes a 2007. No sé en qué mes aparecerá, pero ya la aguardo como agua de mayo.

martes, 12 de septiembre de 2017

Otras lecturas recientes (III)






Vienen al blog hoy tres novedades de poesía. De Luis Bagué Quílez, Clima mediterráneo (Visor), ganador del XXX Premio Tiflos, donde hay emigración, lecturas de lienzos o de pinturas rupestres, apariciones de Cervantes, haikus que trepidan con un tren de alta velocidad, inteligencia y tino al expresarla con una capacidad que no siempre está al alcande de todos: la de incomodar. También leí a principios de verano Testigos de la utopía (Pre-Textos), de Julio César Galán. Hay aquí en este libro singular, con tachones, composiciones hermanas del caligrama y notas a pie de página o al margen, también una presencia mediterránea, y la queja de los que tienen que abandonar su tierra. Tampoco es libro cómodo, ni siquiera en su presentación; lo cual, guste o no, no es demérito sino virtud. De Sonia Aldama, finalmente, he leído La piel melaza (Torremozas): amor y desamor, la presencia de la hija, un esbozado viaje a Dublín, flores que envejecen y el tono melancólico de la saudade: "Eres luciérnaga esquiva, / telar construido sobre éxodo de mirlos / que niegan su sed / sobre el aljibe de tu boca."

lunes, 11 de septiembre de 2017

Otras lecturas recientes (II)





Continúo con el repaso de los últimos libros leídos. En poesía, Al umbral de las horas, de Mario Vega en Valparaíso, que no es en realidad novedad, pues salió el año pasado por estas fechas, pero se trata de un muy buen debut del poeta asturiano, que hasta ahora solo había publicado en revistas; también el primer libro de la cordobesa de Pozoblanco Ana Castro, El cuaderno del dolor (Renacimiento), que hace justicia a su título, sin sentido figurado, pues nace de un crónico dolor físico muy bien transfigurado en versos emocionantes, que extienden también sus alfileres sobre otros ámbitos; Juegos de misantropía, del poeta de Sanlúcar de Barrameda Juan José Vélez Otero (Anantes), libro, también duro, que canta la soledad y la derrota ("Bésame la boca / y ahuyenta mi tristeza de lata en la basura"); por último, dos obras del panameño Javier Alvarado, Carta natal al país de los locos y Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín, ganadores de sendos premios que confirman al autor, quien hace poco ha estado en España, como una voz ya imprescindible de la actual poesía hispanoamericana. En el terreno de la novela, y en estas fechas en que la estación toca a su fin, Hasta que sea verano, de Ignacio Barral (Anantes), retrato coral de un grupo de amigos con playas y pasiones juveniles, con transformaciones como las que refiere uno de los persoanjes: "El tiempo nos cambia y nos vuelve a todos desconocidos y extraños."

domingo, 10 de septiembre de 2017

Otras lecturas recientes (I)



Jorge Ibargüengoitia


Le gustaría a uno dejar aquí constancia de todas sus lecturas, las completas y los picoteos. No siempre es posible. De las de estas semanas pasadas no querría dejar de mencionar algunas: en poesía, QWERTY (Isla de Siltolá), de Itziar Mínguez Arnáiz, con su inteligente y fresca disección de la escritura, aquí a partir del teclado de una máquina de escribir u ordenador, pero también de la creación poética; a caballo (o elefante, o camello) entre la poesía y el diario, La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés 1987-2004 de Jesús Aguado en la desaparecida DVD (el libro es de 2010), testimonio de muchos años de frecuentación de la India que solo había leído en parte al aparecer una primera entrega y ahor, claro está, me ha deslumbrado íntegro; también de tema indio, el largo ensayo de Roberto Calasso El ardor (Anagrama) sobre el mundo védico y sus sacrificios; en narrativa, el estreno de Sofía González Gómez con su colección de amores, encuentros e incomunicaciones que es Una playa de septiembre; en un formato que me resulta delicioso cuando el talento del autor acompaña, como es el caso, la recopilación de artículos, Misterios de la vida diaria (Booket) del tan a menudo desopilante Jorge Ibargüengoitia, que me recuerda cada vez más a Flann O'Brien cuando escribía para el Irish Times con el seudónimo de Myles na Gopaleen atizando a la idiosincrasia nacional.

(Continuará)

sábado, 9 de septiembre de 2017

Tiembla



El reciente seísmo que ha asolado el sur de México me ha hecho recordar este poema que escribí hace unos años cuando partía del aeropuerto Benito Juárez de la capital del país. Creo que permanecía inédito:



TERREMOTO EN EL AIRE

Has embarcado en el avión,
dispones tus cuadernos y la manta,
la almohada que emerge de su bolsa
como el sueño del día y del cansancio.

Si ahora un terremoto desgajase
esta tierra feroz que te despide,
si justo cuando el ala, y su gemela,
al alzar el vuelo acuchillaran
la engañosa paz, y la pista
trozos se hiciera como seres que aman,
¿qué quedaría de esta semana,
de las horas de plática y tequila
y acentos cantarines, como un coro
de veintidós millones de habitantes?

Trizas sin trazas, un sueño
borrado al despertar, como la tierra
que abajo queda entre sus nubes

blancas sobre otras de escombros.